Domingo XVIII de Tiempo Ordinario

Este relato del hombre rico, que pretendió seguir a Jesús sin dejar de ser rico, debió de impresionar mucho a las primeras comunidades de creyentes en Jesús. Prueba de ello es que los tres evangelios sinópticos nos dejaron el recuerdo detallado de este episodio (Mc 10, 17-30; Mt 19, 16-30; Lc 18, 18-30). Un episodio en el que queda patente que, a juicio de Jesús, la pretensión de estar cerca de Jesús manteniendo, al mismo tiempo, las propiedades, los bienes, la abundancia de las muchas posesiones y los muchos caprichos, eso es un proyecto contradictorio, imposible. Porque en semejante proyecto se pretenden armonizar dos cosas irreconciliables, que son contradictorias la una con la otra, la «cercanía a Jesús» y la «posesión de bienes». Querer tener esas dos cosas a la vez, eso es sencillamente imposible. No nos engañemos. No hay razón o argumento que pueda justificar la presencia, en una misma vida, de Jesús y de la riqueza. El primer paso, que tiene que dar quien quiera estar con Jesús, es el paso del que es rico y pasa a no ser rico.

¿Por qué es esto así? ¿Por qué este planteamiento tan tajante? No hay que ser muy listo para ver con claridad que esto tiene que ser así. De forma que aquí no cabe escapatoria. ¿Por qué? La respuesta es tan clara como dura. Por sentido común, por la razón más elemental, la propiedad individual de los bienes de este mundo no se puede anteponer a las necesidades fundamentales de las grandes mayorías de los seres humanos. Si este criterio no se mantiene firme, la «Ley de la Selva» termina por imponerse y destruye la convivencia humana. El más fuerte se impone y manda y mata y devora al más débil. La convivencia se convierte en violencia, y la violencia termina destrozando a todos. Es lo que estamos viendo y viviendo ahora mismo en nuestro mundo. En el que el 2 % de los habitantes del planeta domina, manda, usa y abusa, no solo de los bienes de la tierra, sino incluso del futuro de la tierra misma. Mientras que los demás aguantamos y callamos, anhelando parecernos a quienes nos están destrozando.

¿Tiene esto solución? El problema está en que, en la sociedad, la «igualdad» y la «libertad» no se pueden unir ni son armonizables, a no ser que se introduzca un principio y una convicción que intervenga como un principio externo interiorizado por todos (o al menos por una importante mayoría). Ese principio puede ser el Evangelio que nos dejó Jesús. Si en la sociedad se privilegia la libertad, el pez grande se come al pez chico. Y si se quiere a toda costa que tengamos la igualdad, eso solo se puede lograr mediante una dictadura que controle todas las libertades. Ser libres y ser iguales, a la vez y respetando las diferencias, eso no es posible si semejante utopía no se programa desde los criterios (por ejemplo) que planteó Jesús y que vivió el propio Jesús. Solo una firme y compartida convicción de «fe laica» puede ser la raíz y el camino que nos lleve a poder vivir en una sociedad «libre» e «igualitaria». Eso es lo que quiso y propuso Jesús con su vida y su Evangelio. De ahí que convertir el Evangelio en religión, eso es, no solo deformar el Evangelio, sino además distraer y tranquilizar a la gente, para que todo siga como está. O sea, el mayor desastre.

José María Castillo