Seguimiento de Jesús, la Palabra de Dios

Cada domingo nos reunimos los cristianos alrededor del altar para celebrar nuestra fe. Celebramos el amor de Dios, que se nos da en el pan de la Eucaristía. Pan compartido, Cuerpo entregado que comulgamos y que nos invita a hacer nosotros lo mismo dando lo que somos y lo que tenemos, como le pidió Jesús al joven rico del pasaje del Evangelio de hoy. Pero es necesario primero escuchar la palabra de Dios y dejar que ésta llegue hasta el fondo de nuestra vida. Es la palabra de Dios la que nos cambia, la que nos llama y nos hace capaces de seguir a Jesús.

1. Cuando escuchamos la palabra de Dios, no estamos escuchando una palabra más, como si fuese una especie de instrucción. No es tampoco una biografía de un tal Jesús de Nazaret. No es una palabra muerta que quizá nos puede parecer muy interesante, o de la que podemos sacar alguna enseñanza para nuestra vida. Cuando escuchamos la palabra de Dios estamos escuchando una palabra que es viva y eficaz, que actúa en nuestra vida, que es capaz de transformarnos y de cambiar nuestro corazón. Si leemos un texto de un teólogo, o algún escrito de un santo, por muy importante que sea y por muy interesante que nos parezca, no es palabra viva. Puede movernos a actuar de algún modo, o hacernos ver algo de forma distinta. Pero no deja de ser una palabra humana. Sin embargo, la palabra de Dios está viva, cambia, transforma. De hecho, la palabra de Dios es la que convoca a la asamblea de los cristianos cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía. La palabra de Dios no se lee en la Misa, como podríamos leer cualquier otro texto, sino que la palabra de Dios se proclama para ser escuchada, para que entre a través de nuestros oídos y llegue hasta nuestro corazón para transformarlo. Pero es necesario que dejemos que la palabra de Dios penetre en nuestra vida. Nos dice el autor de la carta a los Hebreos que la palabra de Dios es cortante como espada de doble filo, que entra hasta los más profundo de nuestro ser. Por ello es necesario que nos quitemos cualquier escudo que impida a la palabra de Dios entrar en nosotros. También es necesario leer con frecuencia la palabra de Dios. A veces tenemos la tentación de leer el comienzo de un fragmento del Evangelio, y como ya casi nos sabemos de memoria, el texto cerramos la Biblia y nos conformamos simplemente con recordar lo que dice. Es necesario que leamos siempre el texto, aunque nos lo sepamos de memoria, para así dejar que la palabra de Dios actúe en nosotros. Esto nos puede suceder por ejemplo con el pasaje del Evangelio de este domingo.

2. En el Evangelio de hoy, se acerca un hombre a Jesús, un hombre que era rico. Este hombre, cuyo nombre no aparece en el Evangelio, pregunta al Maestro qué hay que hacer para heredar la vida eterna. Era muy buena y muy santa la intención de este hombre. Jesús comienza pidiéndole lo más elemental, lo que nos pide a todos los cristianos, que cumpla los mandamientos. Aquel hombre ya cumplía todos los mandamientos. Puede parecernos que era un hombre santo, un discípulo perfecto. Sin embargo, Jesús siempre da un paso más, siempre nos pide algo más de lo que ya damos. Por eso a continuación le pide: “Vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. Jesús le pide que deje atrás aquello que le ata a la tierra y que por tanto no le deja seguirle. Sin embargo aquel hombre no fue capaz de hacerlo. No era el problema el tener muchos bienes. El problema era que no fue capaz de dejarlo todo para seguir a Jesús. Aquel hombre se entristece, se da media vuelta y se aleja de Jesús. Y es que el alejarse de Dios da siempre tristeza. Por eso es hermoso ver cómo hay gente que sí ha sido capaz de dejarlo todo por Cristo y vive con felicidad, con alegría.

3. Siguiendo con la misma idea del Evangelio, la primera lectura nos presenta a la Sabiduría como imagen del mismo Dios. El autor de este libro afirma que prefiere la Sabiduría a todos los bienes del mundo: cetros, tronos, riqueza, la piedra más preciosa, plata, salud, belleza, pues sabe que con la sabiduría recibirá riquezas incontables, mucho mayores que las de este mundo. Así lo explica Jesús a sus discípulos cuando les dice que todo el que deja casa, familia y tierras por Él y por su Evangelio recibirá cien veces más aquí en este tiempo, aunque con persecuciones, y les promete la vida eterna en el futuro. Así contrasta la actitud del hombre rico con la de los apóstoles, que sí han dejado todo, como dice Pedro, para seguir a Jesús.

Nos cuesta creer de verdad que si dejamos todo por Dios tendremos más de lo que damos. Sin embargo hoy Jesús nos lo asegura. Que esta palabra entre de verdad en nuestra vida, como espada de doble filo, nos transforme, nos desapegue de todo aquello que nos impide seguir al Señor, y nos deje las manos y el corazón libres para seguirle.

Francisco Javier Colomina Campos