Is 53, 10-11 (1ª lectura Domingo XXIX de Tiempo Ordinario)

Nuestro texto pertenece al “Libro de la Consolación” del Deutero-Isaías (cf. Is 40-55). “Deutero-Isaías” es un nombre convencional con el que los biblistas designan a un profeta anónimo de la escuela de Isaías, que cumplió su misión profética en Babilonia, entre los exiliados judíos. Estamos en la fase final del Exilio, entre el 550 y el 539 antes de Cristo.

La misión del Deutero-Isaías es consolar a los exiliados judíos. En ese sentido, comienza anunciando la inminencia de la liberación y comparando la salida de Babilonia con el antiguo éxodo, cuando Dios liberó a su Pueblo de la esclavitud de Egipto (cf. Is 40- 48); después, anuncia la reconstrucción de Jerusalén, esa ciudad que la guerra redujo a cenizas, pero a la cual Dios va a hacer regresar la alegría y una paz sin fin (cf. Is 49-55).

En medio de esta propuesta “consoladora” aparecen, sin embargo, cuatro textos(cf. Is 42,1-9; 49,1-13; 50,4-11; 52,13-53,12) que se separan un tanto de esta temática. Son cánticos que hablan de un personaje misterioso y enigmático, que los biblistas designan como el “Siervo de Yahvé”: es un predilecto de Yahvé, a quien Dios llamó, a quien confió una misión profética y a quien envió a los hombres de todo el mundo; su misión se cumple en el sufrimiento y en una entrega incondicional a la Palabra; el sufrimiento del profeta tiene, con todo, un valor expiatorio y redentor, pues de él viene el perdón para el pecado del Pueblo; Dios aprecia el sacrificio de este “Siervo” y le recompensa haciéndole triunfar delante de sus detractores y adversarios.

¿Quién es este profeta? ¿Es Jeremías, el paradigma del profeta que sufre a causa de la Palabra? ¿Es el mismo Deutero-Isaías, llamado a dar testimonio de la Palabra en el ambiente hostil del Exilio? ¿Es un profeta desconocido? ¿Es una figura colectiva, que representa al Pueblo exiliado, humillado, aplastado, pero que continúa dando testimonio de Dios, en medio de las otras naciones? ¿Es una figura representativa, que une el recuerdo de personajes históricos (patriarcas, Moisés, David, profetas) con figuras míticas, de forma que representa al Pueblo de Dios en su totalidad? No lo sabemos; sin embargo, la figura presentada en esos poemas va a recibir otra iluminación a la luz de Jesucristo, de su vida, de su destino.

El texto que se nos propone, forma parte del cuarto cántico del “siervo de Yahvé”. En él, sin embargo, el “Siervo” no habla; quien proclama este “cántico” parece ser un coro, que percibió en el aparente sinsentido de la vida del “Siervo”, un profundo significado a la luz de la lógica de Dios.

La primera parte de nuestro texto (vv. 2-3) nos presenta al “Siervo de Yahvé”. No se dice quien es, quiénes son sus padres, cuál es su tierra. Es una figura anónima, sin historia, oscura, ignorada, insignificante a la luz de los criterios humanos.

Recorriendo la imagen vegetal, el profeta lo compara a una raíz crecida en el desierto, marcada por la aridez del ambiente circundante, sin belleza y sin características que atraigan la miradas o la atención de los hombres (v. 2). Pero: es una figura despreciada y abandonada por los hombres, que ven en su sufrimiento un castigo de Dios y que ocultan el rostro ante él para no contaminarse (v. 3).

En una época en la que el sufrimiento es siempre visto como castigo por el pecado, el notorio sufrimiento de ese “Siervo” debía aparecer, a los ojos de sus conciudadanos, como un castigo de Dios por faltas particularmente graves.

A la luz de los criterios de evaluación utilizados por los hombres, el “Siervo” es un fracasado, un vencido, un ser trágico, abandonado de Dios y despreciado por los hombres. Seguramente, nunca será contado entre los grandes, entre los vencedores, entre aquellos que tienen un papel preponderante en la construcción del mundo y de la historia.

A la luz de la lógica de Dios, sin embargo, la existencia del “Siervo” no es una existencia insignificante, perdida, sin sentido. El sufrimiento que le alcanzó a lo largo de toda la existencia, no es un castigo de Dios por causa de sus pecados personales, sino un sacrificio de reparación que justificará los pecados de muchos.

La palabra “reparación” aquí utilizada por el Deutero-Isaías, es un término cúltico por excelencia. Se refiere a un ritual sacrificial a través del cual el creyente vetero-testamentario ofrecía un animal en sacrificio y, por esa oferta, alcanzaba de Dios el perdón de sus pecados.

Al decir que el sufrimiento del “Siervo” es un sacrificio de reparación, el profeta está diciendo que ese sufrimiento no es ningún castigo, ni una inutilidad; sino que es un sufrimiento que servirá para eliminar el pecado y para generar vida nueva para toda la comunidad del Pueblo de Dios (los muchos de los que habla el texto). Al bendecir a su “Siervo”, al darle una “posteridad duradera”, una “vida larga” (v. 10) y una posibilidad de “ver la luz” (v. 11), Dios garantiza la verdad y la autenticidad de la vida del “Siervo”.

Dicho con otras palabras: el autor de este texto está convencido que una vida vivida en sencillez, en humildad, en sacrificio, en entrega y en don de uno mismo no es, a los ojos de Dios, una vida maldita, perdida, fracasada; sino que es una vida fecunda y plenamente realizada, que traerá liberación, verdad, esperanza y amor al mundo y a los hombres.

Los primeros cristianos, impresionados por la belleza y por la profundidad de este texto, lo utilizaron frecuentemente para comprender la figura de Jesús, que “murió por la salvación del pueblo”. En Jesús, esta enigmática figura del “Siervo de Yahvé” alcanzó su pleno significado.

Nuestro texto muestra, una vez más, cómo los valores de Dios y los valores de los hombres son diferentes.

En la lógica de los hombres, los vencedores son aquellos que toman el mundo al asalto con su poder, con su dinero, con su ansia de triunfo y de dominio, con su capacidad de imponer sus ideas o su visión del mundo; son aquellos que impresionan por la forma como visten, por su belleza, por su inteligencia, por sus brillantes cualidades humanas.

En la lógica de Dios, los vencedores son aquellos que, aun viviendo en el olvido, en la humildad, en la sencillez, saben hacer de la propia vida un don de amor a los hermanos; son aquellos que, con sus actitudes de servicio y de entrega, aportan al mundo un mayor valor de vida, de liberación y de esperanza.

¿Cuál de estos dos modelos tiene más sentido para mi? Cuando, en el día a día, tengo que establecer mis prioridades y realizar mis elecciones, ¿me dejo conducir por la lógica de Dios o por la lógica de los hombres?
¿Quiénes son las personas que admiro, que tengo como modelos, que me impresionan?

¿Dónde está Dios? ¿Dónde podemos encontrar su rostro, sus propuestas, sus llamadas y desafíos?
Presentándonos la figura del “Siervo” insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios, nuestro texto nos recuerda que Dios, siguiendo su lógica viene, tantas veces, a nuestro encuentro en la pobreza, en la pequeñez, en la sencillez, en la fragilidad, en la debilidad.

Conscientes de esta realidad, podremos percibir la presencia de Dios a nuestro lado en los pequeños gestos que todos los días testimoniamos y que nos dan esperanza, en las cosas sencillas y banales que nos llenan el corazón de paz, en las personas humildes que el mundo desprecia y margina, pero que son capaces de gestos impresionantes de servicio, de compartir, de donación, de entrega.

No nos dejemos engañar: Dios no está en aquello que brilla, seductor, majestuoso, espectacular; Dios está en la sencillez del amor que se hace don, servicio entrega humilde a los hermanos.

¿Cuál es el sentido del sufrimiento? ¿Por qué tantas personas buenas, honestas, justas, generosas pasan por la vida hundidas en el dolor y en el sufrimiento? Se trata de una pregunta que hacemos frecuentemente y que el autor del cuarto cántico del “Siervo” también se hace a sí mismo.

La respuesta que él encuentra es la siguiente: el sufrimiento del justo no se pierde; a través de él, los pecados de la comunidad son expiados y Dios dará vida y salvación a su Pueblo.
Se trata, sin duda, de una respuesta incompleta, parcial, no totalmente satisfactoria; pero se encuentra ya en esta respuesta la convicción de que, en los misteriosos caminos de Dios, el sufrimiento puede ser una dinámica generadora de vida nueva. Jesucristo demostrará, con su pasión, muerte y resurrección, la verdad de esta afirmación.