Heb 4, 14-16 (2ª lectura Domingo XXIX de Tiempo Ordinario)

Ya vimos, en los Domingos precedentes, que la Carta a los Hebreos está destinada a comunidades cristianas en situación difícil, expuestas a tribulaciones varias y que, por eso mismo, son frágiles, están cansadas y desalentadas. Los creyentes que componen esas comunidades necesitan urgentemente recuperar su entusiasmo inicial, revitalizar su compromiso con Cristo y apostar por una fe más coherente y más comprometida.

En ese sentido, el autor de la “carta” les presenta el misterio de Cristo, el sacerdote por excelencia, cuya misión es poner a los creyentes en relación con el Padre e insertarlos en ese Pueblo sacerdotal que es la comunidad cristiana.

Una vez comprometidos con Cristo, los creyentes deben hacer de su vida un continuo sacrificio de alabanza, de entrega y de amor. De esta forma, el autor ofrece a los cristianos, una profundización y una ampliación de la fe primitiva, capaz de revitalizar su experiencia de fe, debilitada por la hostilidad del ambiente, por la acomodación, por la monotonía y por el enfriamiento del entusiasmo inicial.

El texto que se nos propone, está incluido en la segunda parte de la Carta a los Hebreos (cf. Heb 3,1-5,10). Ahí, el autor presenta a Jesús como el sacerdote fiel y misterioso que el Padre envió al mundo para cambiar los corazones de los hombres y para aproximarlos a Dios. A los creyentes se les pide que “crean” en Jesús, esto es, que escuchen atentamente las propuestas que Cristo vino a realizar, que las acojan en el corazón y que las transformen en gestos concretos de vida.

Jesús es, para todos los creyentes, el gran sumo sacerdote, que “ha atravesado el cielo” para alcanzar misericordia para todos los creyentes (v. 14).

La expresión “ha atravesado el cielo” se refiere, naturalmente, a la realidad de la encarnación: Jesús, el Hijo de Dios, vino al encuentro de los hombres como sumo sacerdote, a fin de eliminar el pecado que impedía la comunión entre los hombres y Dios y llevar a los hombres al encuentro de Dios.

Aquí se evoca el esfuerzo de Dios, a través de su Hijo, en el sentido de rehacer la comunidad de vida con los hombres y de conducirlos al encuentro de la vida eterna y verdadera.

Ante esta acción increíble de Dios, fruto de su amor por el hombre, los creyentes deben responder con la fe, esto es, con la aceptación incondicional de la propuesta de Jesús (“mantengamos la confesión de la fe”).

Adherirse a la propuesta de Jesús, es volver a entrar en comunión con Dios, entrar a formar parte de la familia de Dios, recibir de Dios vida en abundancia.

A pesar de ser Hijo de Dios, Jesús, el sumo sacerdote no es, sin embargo, un ser celestial extraño, incapaz de comprender a los creyentes en su dramática lucha de todos los días, en su fragilidad hacia la persecución, en su dificultad para vencer la lucha contra el egoísmo, la acomodación, la pereza, la monotonía. Él mismo fue sometido a la misma prueba, conoció la mordedura de estas mismas tentaciones, experimentó las mismas dificultades. Sin embargo, él supo siempre mantenerse fiel a Dios y a sus planes, mostrándonos que también nosotros podemos vivir en fidelidad a Dios y a sus propuestas (v. 15).

Nosotros, los seguidores de Jesús, no estamos en una situación desesperada, a pesar de nuestras faltas e incoherencias. Podemos y debemos aceptar la propuesta de Jesús y dirigirnos a Dios, con la certeza de que seremos acogidos por él como hijos muy amados.

Gracias a Jesús, el sumo sacerdote que vino a nuestro encuentro, que experimentó y asumió nuestra fragilidad, que restableció la comunión entre nosotros y Dios, que nos lleva al encuentro de Dios y que nos garantiza su misericordia, estamos ahora en una nueva situación de gracia y de libertad. Podemos, con tranquilidad y confianza, sin ningún miedo, aproximarnos a ese “trono de gracia” de donde brota la vida eterna y verdadera. Esta certeza debe ayudarnos y darnos esperanza en los momentos más dramáticos de nuestro caminar por la historia (v. 16)

En total consonancia con las otras lecturas de este Domingo, el autor de la Carta a los Hebreos nos habla de un Dios que ama al hombre con un amor sin límites y que, por eso, está dispuesto a asumir la fragilidad de los hombres, a descender a su nivel, a compartir su condición.

Él no se esconde detrás de su poder, de su autoridad, de su importancia, de su omnipotencia; él no tiene miedo de perder su dignidad o sus prerrogativas divinas cuando asume la pobreza, la fragilidad, la debilidad de los hombres.
En la lógica de Dios, el más importante no es aquel que protege su autoridad y su importancia a través de barreras insuperables, sino es aquel que es capaz de bajar al encuentro de los últimos, de los desheredados, de los marginados, de los que sufren, para ofrecerles su amor.

Esta es la lógica de Dios, lógica que estamos llamados a comprender, a asumir y a testimoniar.

Los seguidores de Cristo están, naturalmente, invitados a asumir su ejemplo. Así como Cristo, por amor, se vistió con nuestra fragilidad y vino a nuestro encuentro, también nosotros debemos, despojándonos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad, de nuestra pereza, de nuestra indiferencia, ir al encuentro de nuestros hermanos, vestirnos con sus dolores y fragilidades, hacernos solidarios con ellos, compartir sus dramas, lágrimas, sufrimientos, alegrías y esperanzas.

No podemos, desde lo alto de nuestra situación cómoda, limpia, ordenada, decidir que no tenemos nada que ver con el sufrimiento del mundo o con la carencia que aflige la vida de uno de nuestros hermanos.
Siempre somos responsables de los hermanos que comparten con nosotros los caminos de este mundo, cuando los conocemos personalmente o aunque estemos separados de ellos por fronteras geográficas, históricas, éticas u otras.

Al asegurarnos que nada tenemos que temer pues Dios nos ama, quiere integrarnos en su familia y ofrecernos vida en abundancia, nuestro texto nos invita a encarar la vida y sus caminos con serenidad y confianza.
Los cristianos son personas serenas y con el corazón en paz. Son conscientes de que sus fragilidades y debilidades, no les apartan, nunca, de Dios y de su amor.