Mc 10, 35-45 (Evangelio Domingo XXIX de Tiempo Ordinario)

Continuamos recorriendo, con Jesús y con los discípulos, el camino hacia Jerusalén. Marcos observa que, en esta fase, Jesús va al frente y los discípulos lo siguen “llenos de temor” (cf. Mc 10,32).

¿Habrá aquí alguna mala voluntad de los discípulos, a causa de las últimas polémicas y de las exigencias radicales de Jesús? ¿Este “temor” es fruto del hecho de que Jesús se acerca a su destino final, en Jerusalén, destino que el grupo no aprueba? Sea como fuere, Jesús continúa su catequesis y, más de una vez (es la tercer, en el corto espacio de pocos días), recuerda a los discípulos que, en Jerusalén va a ser entregado en manos de los líderes judíos y va a cumplir su destino de cruz (cf. Mc 10,33-34). Por esta vez, no hay ninguna reacción de los discípulos.

Ya observamos, el pasado Domingo, que el camino recorrido por Jesús y por los discípulos es, además de un camino geográfico, también un camino espiritual.

Durante ese camino, Jesús va completando su catequesis a los discípulos sobre las exigencias del Reino y las condiciones para formar parte de la comunidad mesiánica. La respuesta de los discípulos a las propuestas que Jesús les va haciendo, nunca es demasiado entusiasta.

El texto que se nos propone esta vez demuestra que los discípulos continúan sin percibir, o sin querer percibir, la lógica del Reino. Ellos todavía continúan pensando en términos de poder, de autoridad, de grandeza y ven en la propuesta del Reino solamente una oportunidad de realizar sus sueños humanos.

En la primera parte de nuestro texto (vv. 35-40), se presenta la pretensión de Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, en el sentido de sentarse, en el Reino que va a ser instaurado, “uno a la derecha y otro a la izquierda” de Jesús. La cuestión ni siquiera es presentada como una petición respetuosa; sino que parece más una reivindicación de quien se siente con el derecho incuestionable a un privilegio.

Ciertamente Santiago y Juan imaginan que el Reino que Jesús vino a proponer está de acuerdo con Dn 7,13-14 y quieren asegurarse en ese Reino poderoso y glorioso, desde luego, lugares de privilegio al lado de Jesús.

El hecho muestra cómo Santiago y Juan, después de toda la catequesis que han recibido durante el camino hacia Jerusalén, aún no han entendido nada de la lógica del Reino y que continúan sintiendo y pensando de acuerdo con la lógica del mundo. Para ellos, lo importante es la realización de sus sueños personales de autoridad, de poder y de grandeza.

Una vez más Jesús se ve obligado a aclarar las cosas. En primer lugar, Jesús avisa a los discípulos de que, para sentarse a la mesa del Reino, deben estar dispuestos a “beber el cáliz” que él va a beber y a “recibir el bautismo” que él va a recibir.

El “cáliz” indica, en el contexto bíblico, el destino de una persona; entonces, “beber el mismo cáliz” de Jesús, significa compartir ese destino de entrega y de donación de la vida que Jesús va a cumplir.

El “recibir el mismo bautismo” evoca la participación e inmersión en la pasión y muerte de Jesús (cf. Rom 6,3-4; Col 2,12). Para formar parte de la comunidad del Reino es preciso, por tanto, que los discípulos estén dispuestos a recorrer, con Jesús, el camino de sufrimiento, de entrega, de donación de la vida hasta la muerte. A pesar de que Santiago y Juan manifestarán, con toda sinceridad, su disponibilidad para recorrer el camino de entrega de la vida, Jesús no les asegura una respuesta positiva a su pretensión. Jesús evita asociar el cumplimiento de la misión y la recompensa, pues el discípulo no puede seguir determinado camino o embarcarse en determinado proyecto por cálculo o por interés; de acuerdo con la lógica del Reino, el discípulo está llamado a seguir a Jesús con total gratuidad, sin esperar nada a cambio, acogiendo siempre como gracias no merecidas los dones de Dios.

En la segunda parte de nuestro texto (vv. 41-45), tenemos la reacción de los discípulos a la pretensión de los dos hermanos y una catequesis de Jesús sobre el servicio.

La reacción indignada de los otros discípulos a la petición de Santiago y Juan, indica que todos ellos tenían las mismas pretensiones. La petición de Santiago y de Juan a Jesús les parece, por tanto, como una “jugada de anticipación” que amenaza las secretas ambiciones que todos ellos guardaban en el corazón.

Jesús aprovecha la circunstancia para reiterar su enseñanza y para reafirmar la lógica del Reino.

Comienza recordándoles el modelo de los “gobernantes de las naciones” y de los grandes del mundo (v. 42): ellos afirman su autoridad absoluta, dominan a los pueblos por la fuerza y los someten, exigen honores, privilegios y títulos, promoverse a costa de la comunidad, ejercer el poder de forma arbitraria. Ahora, este esquema no puede servir de modelo para la comunidad del Reino. La comunidad del Reino se asienta sobre la ley del amor y del servicio. Sus miembros deben sentirse “siervos” de los hermanos, empeñados en servir con humildad y sencillez, sin ninguna pretensión de mandar o de dominar.

Lo mismo aquellos que están destinados para presidir la comunidad, deben ejercer su autoridad en un verdadero espíritu de servicio, sintiéndose siervos de todos. Excluyendo de su universo cualquier ambición de poder y de dominio, los miembros de la comunidad del Reino darán testimonio de un mundo nuevo, regido por nuevos valores; y enseñarán a los hombres, que con ellos se crucen por los caminos de la vida, a ser verdaderamente libres y felices.

Como modelo de esta nueva actitud, Jesús se propone a sí mismo: él se presenta como el “el Hijo del hombre que no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” (v. 45). De hecho, toda la vida de Jesús puede ser entendida en clave de amor y de servicio. Desde el primer instante de la encarnación, hasta el último momento de su caminar por esta tierra, él se pone al servicio del proyecto del Padre y hace de su vida un don de amor a los hombres. Él nunca se dejó seducir por los proyectos personales de ambición, de poder, de dominio, sino que quiso entregar toda su vida al servicio de los hombres, a fin de que los hombres pudiesen encontrar la vida plena y verdadera.

El fruto de la entrega de Jesús, es el “rescate” (“lytron”) de la humanidad. La palabra aquí utilizada indica el “precio” pago para rescatar a un esclavo o a un prisionero. Atendiendo al contexto, debemos pensar que el rescate hace relación a la situación de esclavitud y de opresión a la que la humanidad está sometida. Al dar su vida (hasta la última gota de sangre) para proponer un mundo libre de ambición, de egoísmo, de poder que esclaviza, Jesús pagó el “precio” de nuestra liberación.

Con él y por él nace, por tanto, una comunidad de “siervos”, que son testigos en el mundo de un orden nuevo, el orden del Reino.

En el centro de este episodio está Jesús y el modelo que él propone, con el ejemplo de su vida. La frase “el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” (Mc 10,45) resume admirablemente la existencia humana de Jesús. Desde el primer instante, él rechazó las tentaciones de ambición, de poder, de grandeza, de aplausos de las multitudes; desde el primer instante, él hizo de su vida un servicio a los pobres, a los desfavorecidos, a los pecadores, a los marginados, a los últimos. El punto culminante de esa vida de donación y de servicio, fue la muerte en cruz, expresión máxima y total de su amor a los hombres.

Es preciso que tengamos conciencia de que este valor del servicio no es un elemento accidental o accesorio, sino que es un elemento esencial en la vida y en la propuesta de Jesús. Él vino al mundo para servir y puso el servicio sencillo y humilde en el centro de su vida y de su proyecto. Se trata de algo que no puede ser ignorado y que tiene que estar en el centro de la existencia cristiana. Nosotros, seguidores de Jesús, debemos ser plenamente conscientes de esta realidad.

El episodio que hoy se nos propone como Evangelio muestra, con todo, la dificultad que los discípulos tienen para entender y acoger la propuesta de Jesús.
Para Santiago, para Juan y para los otros discípulos, lo que parece contar es la satisfacción de los propios sueños personales de grandeza, de ambición, de poder, de dominio. No les interesa hacer de la vida un servicio sencillo y humilde a Dios y a los hermanos; les preocupa ocupar los primeros lugares, los lugares de honor.

Jesús, de forma sencilla y directa, les avisa que la comunidad del Reino no puede funcionar según los modelos del mundo.
Aquí no hay término medio: quien no sea capaz de renunciar a los esquemas de egoísmo, de ambición, de dominio, para hacer de su vida un servicio y un don de amor, no puede ser discípulo de ese Jesús que vino para servir y para dar la vida.

Al presentar las cosas de esta forma, nuestro texto nos invita a repensar nuestra forma de situarnos, en la familia, en el centro de estudios, en el trabajo, en la sociedad.
La instrucción de Jesús a los discípulos que el Evangelio de este Domingo nos presenta, es una denuncia de los juegos de poder, de los intentos de dominio sobre aquellos que viven y caminan a nuestro lado, de los sueños de grandeza, de las maniobras patéticas para conquistar honras y privilegios, del ansia de protagonismo, de la búsqueda desenfrenada de títulos, de la caza de posiciones de prestigio.

El cristiano tiene, absolutamente, que dar testimonio de un nuevo orden en su espacio familiar, poniéndose en una actitud de servicio y no en una actitud de imposición y de exigencia;
el cristiano tiene que dar testimonio de un nuevo orden en su espacio laboral, evitando cualquier actitud de injusticia o de prepotencia sobre aquellos que dirige y coordina;

el cristiano tiene siempre que encarar la autoridad que le ha sido confiada como un servicio, cumplido en la búsqueda atenta y coherente del bien común.

En la comunidad cristiana encontramos también, con mucha frecuencia, la tentación de organizarnos de acuerdo con principios de poder, de autoridad, de predominio, a la manera del mundo.
Sabemos, por la historia, que siempre que la Iglesia intentó esos caminos, se apartó de su misión, dio un testimonio poco creíble y se hizo escándalo para los más débiles.

Por otro lado somos testigos todos los días en nuestras comunidades cristianas que los comportamientos prepotentes crean divisiones, rencores, envidias, alejamientos.
Que no haya dudas: la autoridad que no es amor y servicio, es incompatible con la dinámica del Reino.

Nosotros, los seguidores de Jesús no podemos, de forma alguna, pactar con la lógica del mundo; y una Iglesia que se organiza y estructura teniendo en cuenta los esquemas del mundo, no es la Iglesia de Jesús.

En nuestra sociedad, los primeros son los que tienen dinero, los que tienen poder, los que frecuentan las fiestas retratadas en las revistas del corazón, los que visten según las exigencias de la moda, los que tienen éxito profesional, los que saben situarse en los valores políticamente correctos.

¿Y en la comunidad cristiana? ¿Quiénes son los primeros? Las palabras de Jesús no dejan lugar a dudas: “el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”.
En la comunidad cristiana, la única grandeza es la grandeza de quien, con humildad y sencillez, hace de su propia vida un servicio a los hermanos.

En la comunidad cristiana no hay señores, ni grupos privilegiados, ni personas más importantes que otras, ni distinciones basadas en el dinero, en la belleza, en la cultura, en la posición social.
En la comunidad cristiana hay hermanos iguales, a quienes la comunidad confía servicios diversos en vista del bien de todos. Aquello que nos debe mover es la voluntad de servir, de compartir con los hermanos los dones que Dios nos ha concedido.

La actitud de servicio que Jesús pide a sus discípulos debe manifestarse, de forma especial, en la acogida de los pobres, de los débiles, de los humildes, de los marginados, de los sin derechos, de aquellos que no aportan reconocimiento público, de aquellos que no pueden retribuirnos.

¿Seremos capaces de acoger y de amar a los que llevan una vida poco ejemplar, a los marginados, a los extranjeros, a los enfermos incurables, a los sidosos, a los deficientes, a los que nadie quiere ni ama?