Homilía (Domingo XXIX de Tiempo Ordinario)

EL SIERVO

<

p style=»text-align:justify;»>Uno de los títulos más importantes que la Iglesia primitiva da a Jesús es el de Siervo. La narración de las diversas pasiones, y ciertos discursos de los Hechos, están bajo el influjo de la imagen del Siervo de Yavé. Ningún escritor del Nuevo Testamento pierde de vista este hilo conductor de la fe en la redención de Cristo y de nuestra solidaridad  con El.


 

1.- Jesús de Nazaret: hombre como los hombres.

El Hijo del hombre y el Siervo de Yavé (Is 42, 1 s.; 52.13-53, 12) son dos imágenes afines. Esa figura misteriosa que Daniel vio sentada junto al anciano de los días (Dan 7, 9 ss.), ha aparecido en medio de la historia, entre los hombres, tomando la forma de Siervo de Dios, de obediente a su Palabra. A la vez, la aparición del Siervo es pensada como una encarnación humillante, un desandar muchos peldaños desde la alta dignidad hasta la condición de esclavo. «Siendo de condición divina, no retuvo ávidamente ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo… y apareciendo en su porte como un hombre» (Fil 2, 6-7). Jesús es Siervo por oposición a «Señor» (v. 11). El Siervo de Yavé nos revela la realidad y la calidad humana de Cristo. Jesús de Nazaret fue, además de Dios, un hombre entre los hombres, sin apariencias. Vivió la realidad de nuestra propia vida, porque era hombre como nosotros. «Ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado» (Hech 4, 15). Jesús de Nazaret ha estado expuestoa nuestras propias debilidades, surgiendo de ellas, por su obediencia rendida. «El cual habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor… fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia» (Hech 5, 7-8). Jesús es Hijo de Dios, pero «nacido de mujer, nacido bajo la ley» (Gal 4, 4).

Jesús, como Siervo, es un hombre con nosotros. No vivió su existencia como un ser raro, extraterrestre, al que no le ligaba nada a la tierra. Cristo es un hombre con los hombres. Su vida es un singular ejemplo de solidaridad humana. Cristo no sólo vivió su vida aislada, sino que vivió con los demás. Ahí están para probarlo todas las narraciones evangélicas: las miserias de todos los hombres, la alegría, la tristeza, la enfermedad y la muerte, la amistad y la persecución, el mismo pecado de sus contemporáneos, fue vivido por El. Hasta tanto que el N. T. llega a afirmar que Dios le ha hecho pecado y maldito por nosotros (Gal 3, 13). Jesús de Nazaret ha vividode tal manera con nosotros que se ha hecho solidario de nuestra propia maldición. «A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros» (II Cor 5, 21; Col 2, 14; Rom 8, 3).

Jesús de Nazaret, el Siervo de Yavé, es un hombre para los hombres: «Con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos» (Is 53, 11). La vida de Jesús es un servicio realizado en favor de sus hermanos. Dada la calidad de su vida, así fue la riqueza aportada por su servicio: la salvación. En Jesús, se nos ha entregado toda la capacidad de amor que Dios tiene para con el hombre. En la vida de Jesús se nos ha revelado que Dios no es sino amor y que el destino del hombre consiste en realizarse en el amor. «El Hijo del hombre no ha ve- nido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45). Este es el servicio fundamental de Jesús: Siervo de Dios cumpliendo su plan; siervo de los hombres, poniendo su vida como precio de salvación. En la Cruz es donde se consuma este servicio de Cristo, «entregó su vida como expiación» (Is 53, 10). En el madero, hecho víctima agradable, el Siervo se convierte en Sacerdote que agrada a Dios y ofrece al pueblo su benevolencia.

<

p style=»text-align:justify;»>2.- La Eucaristía, sacramento del Siervo.


Los creyentes, admirados por este estilo de vida, nos reunimos en el Nombre de Jesús, para realizar el memorial de la Pasión, del quebrantamiento del Siervo de Yavé. Su Cuerpo es celebrado por nosotros como un pan roto, partido para todos. Su Sangre es como el vino escanciado en una copa, para que todos alcancemos el calor de la vida y la alegría de la salvación (Mt 26, 26-28). Celebramos nuestra solidaridad con el Siervo de Dios, entrando en comunión con su sufrimiento y su gozo. Proclamamos su salvación aclamando al Siervo como a Señor. A la vez, y misteriosamente entramos en comunicación con El.

Entrar en comunión con el Siervo supone siempre una confrontación con las actitudes fundamentales de la vida. Nosotros, pequeños «señores» idolátricos, tenemos que reconocernos hombres de verdad: como Cristo, somos siervos y esclavos. Jesús de Nazaret es la manifestación de lo que somos. En Jesús Dios nos ha revelado nuestra verdadera condición: somos hombres. Frente al único Señor, siervos, es decir, no somos señores. La comunión con el sacramento del servicio de Cristo, nos interpela sobre nuestra solidaridad. ¿Somos hombres con los demás? Somos solidarios en el mismo mundo, en el mismo destino, en la misma maldición, en el pecado y en la gracia? ¿Cómo podemos repetir nosotros las mis- mas palabras de Caín: «Soy yo acaso el guardián de mi hermano»? (Gen A, 9). La actitud de siervos de Cristo, que nos proclama este sacramento, nos interroga sobre nuestra vida para los demás. ¿Tenemos tina ver dadera actitud de amor, de entrega, de disposición hacia el hermano? ¿Somos capaces de entregar la vida?

Vivimos a contrapelo del misterio cristiano. Lo normal en el mundo es tiranizar y oprimir. «Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» (Mc 10, 42-43). Todo el mundo piensa que es mejor estar sentado a la mesa, que sirviendo. «Pero yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22, 27). El servicio se nos hace muy difícil, pero es actitud fundamental de la fe. Sin él, es imposible que podamos tener conciencia de que somos creyentes. «Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis lo que yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15).

Jesús Burgaleta