Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 6, 48-50

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p style=»text-align:justify;»>48Y viéndolesfatigados en el remar, porque el viento les era contrario, hacia la cuarta vigilia de la noche viene hacia ellos caminando sobre el mar, y quería pasarles de largo.
49Pero ellos, viéndole caminando sobre el mar, pensaron que era un fantasma y gritaron. 50(Porque todos le habían visto y se habían llenado de pavor).

Pero él, de inmediato, habló con ellos, y les dice: “Animaos, soy yo, no temáis”.

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p style=»text-align:justify;»>6,48-50: Con su mirada penetrante, sobrenatural, Jesús descubre el esfuerzo de sus seguidores aislados, amenazados, remando fatigosamente en medio de un mar azotado por el viento (Mc 6,48a). A causa de su vinculación bíblica con la muerte (cf. 2Sm 22,5; Cant 8,6-7; Sal 69,2-3; Jonás 2), en la literatura apocalíptica el mar sacudido por la tormenta se convirtió en una imagen común de la tribulación escatológica del fin de los tiempos. La tribulación de los discípulos en el mar probablemente haría que los discípulos de la comunidad de Marcos recordaran la aflicción y el desamparo escatológico que ellos mismos estaban experimentando bajo las olas de las persecuciones asociadas con la guerra judía. Es probable que los lectores de Marcos escucharan la narración de la aparición milagrosa de Jesús sobre las 
aguas tormentosas como una narración con un profundo mensaje de esperanza para ellos. Este mensaje quedaría simbólicamente reforzado por el hecho de que el milagro acontece en la cuarta vigilia de la noche (entre las 3 y las 6 de la madrugada), el tiempo en que la oscuridad comienza a perder su dominio sobre la tierra, conforme al tema bíblico común del Dios que llega con su ayuda al amanecer.

En este tiempo de victoria del amanecer, Jesús viene hacia sus discípulos caminando a grandes pasos sobre el mar espumante (Mc 6,48b). Este es el centro de la narración. Para este asombroso caminar de Jesús sobre el mar hay una remota analogía bíblica en la historia de la «cabeza» de hacha que Elías hizo flotar sobre el agua (2Re 6,1-7); pero resultan más semejantes los actos de levitación atribuidos a los magos y a otros obradores de milagros en la antigüedad helenista; esta impresión queda confirmada por la ansiedad de los discípulos, que temen que Jesús sea un fantasma.

Sin embargo, en la atmósfera de nuestra narración, saturada de Antiguo Testamento, esta figura de Jesús caminando sobre las aguas evoca más que un hecho asombroso de magia. Este paso de Jesús por el mar lleva el recuerdo de los israelitas cruzando el Mar Rojo en el Éxodo; así, este pasaje se sigue manteniendo en la línea de la tipología de pascua/éxodo/Moisés que ha caracterizado la narración anterior. Por otra parte, la fórmula de autoidentificación de Jesús (Yo estoy aquí: ego eimi, yo soy) tiene una fuerte conexión con la pascua y es, además, una interpretación del nombre divino que Dios reveló a Moisés en la zarza ardiente (Ex 3,14). Los ecos de Moisés y del Éxodo resultan inconfundibles en nuestro pasaje.

Pero estos matices no significan que nuestro pasaje asimile a Jesús con Moisés, pues le compara más bien con Dios. En el Antiguo Testamento es Dios mismo o su Sabiduría quien camina sobre las aguas del mar; es Dios mismo quien pisotea y domina las olas del mar, demostrando así que Él es y que ningún otro es divino (cf. Job 9,8; Hab 3,15; Sal 77,19; Is 43,16; 51,9-10; Sir 24,5-6). Dios es el único que puede rescatar al pueblo del mar (Sal 107,23-32; Jon 1,1-16; Sab 14,2-4). Pues bien, esto es lo que el pasaje de Marcos atribuye a Jesús.

Sin embargo, precisamente en este momento más «divino» del Jesús marcano, ese mismo Jesús despliega también su humanidad: Jesús desea pasar ante sus discípulos, por el propio bien de ellos, para ofrecerles una revelación plena de su identidad, pero no puede hacerlo a causa del terror y la incomprensión que ellos muestran. Así, Jesús tiene que volver de nuevo a la barca, porque resulta necesario ayudar a los discípulos.

A pesar de esta limitación, el impacto básico de nuestra narración consiste en darnos una impresión de la divinidad de Jesús. Pues bien, precisamente esta cualidad divina es la que permitirá que Jesús supere la muerte, la suya y la de sus seguidores. Es probable, pues, que Marcos haya querido que esta narración se entienda como un retrato simbólico de la victoria de Jesús sobre el «último enemigo» (cf. 1Cor 15,26). Sin embargo, parece que los discípulos todavía no están preparados para esta revelación: gritan de miedo, pensando que Jesús es un fantasma (6,49). Este detalle puede tener una resonancia espiritual para los lectores de Marcos; probablemente están siendo tentados por la persecución que sufren, de manera que algunos piensan que han colocado su confianza en una alucinación o en un fantasma, que no tiene poder para salvarles. Pero el texto de Marcos disipa esas dudas. Todoslos discípulos ven la figura caminando sobre el agua, de tal forma que si fuera una ilusión sería un caso raro de psicosis de masas. El clímax del pasaje llega inmediatamente, cuando Jesús reafirma su identidad como ha puesto de relieve el redactor del evangelio introduciendo esta afirmación de Jesús con una fórmula pleonástica: «De inmediato habló con ellos y les dijo». Esta fórmula subraya el restablecimiento de la comunicación después de que se haya roto, destacando también el carácter básico de aquello que va a ser comunicado.

Jesús está de nuevo con sus discípulos y les habla otra vez con este anuncio soberano: «¡Animaos! Soy yo; no temáis» (6,50b). Las palabras de Jesús, que consuelan y transmiten poder, refuerzan también la conexión que esta historia ha trazado entre Jesús y el Dios del Antiguo Testamento, por la connotación divina de la fórmula ego eimi («Yo soy» = «Yo estoy aquí»).

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