I Vísperas – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA

I VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: LOS PUEBLOS QUE MARCHAN Y LUCHAN

Los pueblos que marchan y luchan
con firme tesón
aclamen al Dios de la vida.
Cantemos hosanna que viene el Señor.

Agiten laureles y olivos,
es Pascua de Dios,
mayores y niños repitan:
«Cantemos hosanna que viene el Señor.»

Jesús victorioso y presente
ofrece su don
a todos los justos del mundo.
Cantemos hosanna que viene el Señor.

Resuenen en todo camino
de paz y de amor
alegres canciones que digan:
«Cantemos hosanna que viene el Señor.»

Que Dios, Padre nuestro amoroso,
el Hijo y su Don
a todos protejan y acojan.
Cantemos hosanna que viene el Señor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Salmo 140, 1-9 – ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Señor, te estoy llamando, ven de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos;
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo opondré mi oración a su malicia.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Ant 2. Tú eres mi refugio y mi heredad, Señor, en el país de la vida.

Salmo 141 – ORACIÓN DEL HOMBRE ABANDONADO: TU ERES MI REFUGIO

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Me vuelvo a la derecha y miro:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio
y mi heredad en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tú eres mi refugio y mi heredad, Señor, en el país de la vida.

Ant 3. El Señor Jesús se rebajó; por eso Dios lo levantó sobre todo, por los siglos de los siglos.

Cántico: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL – Flp 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor Jesús se rebajó; por eso Dios lo levantó sobre todo, por los siglos de los siglos.

LECTURA BREVE   Rm 11, 33-36

¡Qué abismo de riqueza es la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor? ¿Quién ha sido su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es origen, camino y término de todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

V. Cuántas son tus obras, Señor.
R. Cuántas son tus obras, Señor.

V. Y todas las hiciste con sabiduría.
R. Tus obras, Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Vosotros beberéis del cáliz que yo he de beber y recibiréis el bautismo que yo he de recibir», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Vosotros beberéis del cáliz que yo he de beber y recibiréis el bautismo que yo he de recibir», dice el Señor.

PRECES

Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, y supliquémosle diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que abunde en la tierra la justicia
y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte de tu reino
y que el pueblo judío sea salvado.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
y que sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, haz que nuestra voluntad sea siempre dócil a la tuya y que te sirvamos con un corazón sincero. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 20 de octubre

Lectio: Sábado, 20 Octubre, 2018
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del santo Evangelio según Lucas 12,8-12

«Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.
«A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
«Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir.»
3) Reflexión
• El contexto. En el cap. 11 que precede a nuestro relato, Lucas, en el camino de Jesús hacia Jerusalén, muestra su intención de revelar los abismos del obrar misericordioso de Dios y, al mismo tiempo, la profunda miseria que se esconde en el corazón del hombre, y en particular en los que tienen la misión de ser testimonios de la Palabra y de la obra del Espíritu Santo en el mundo. Jesús presenta estas realidades con una serie de reflexiones que surten efecto en el lector: verse atraído por la fuerza de su Palabra hasta el punto de sentirse interiormente juzgado y despojado de las pretensiones de grandeza que inquietan al hombre (9,46). El lector se identifica, además, con algunas actitudes provocadas por la enseñanza de Jesús: ante todo, se reconoce en el discípulo que sigue a Jesús y es enviado delante de él como mensajero del reino; en el que tiene dudas para seguirlo; en el fariseo o doctor de la ley, esclavos de sus propias interpretaciones y estilo de vida. En síntesis, el recorrido del lector por el cap. 11 tiene como característica encontrarse con la enseñanza de Jesús que le revela la intimidad de Dios, la misericordia del corazón de Dios, pero también la verdad de su ser como hombre. Sin embargo, en el cap. 12 Jesús contrapone al corazón pervertido del hombre la benevolencia de Dios, que siempre da de manera sobreabundante. Está en juego la vida del hombre. Hay que estar atento a la perversión del juicio humano, o mejor, a la hipocresía que distorsiona los valores para sólo favorecer el propio interés y las propias ventajas más que para interesarse por la vida, la que se recibe de manera gratuita. La palabra de Jesús dispara al lector un interrogante sobre cómo afrontar la cuestión de la vida: el hombre será juzgado por su comportamiento ante los peligros. Hay que preocuparse no tanto de los que pueden “matar el cuerpo”, sino tener en el corazón el temor de Dios que juzga y corrige. Jesús no promete a los discípulos que se ahorrarán las amenazas y las persecuciones, pero les asegura la ayuda de Dios en el momento de la dificultad.

• Saber reconocer a Jesús. El compromiso valiente de reconocer públicamente la amistad con Jesús comporta, en consecuencia, la comunión personal con él cuando vendrá para juzgar al mundo. Al mismo tiempo, “el que me niegue”, el que tenga miedo de confesar y reconocer públicamente a Jesús, él mismo se condena. Se invita al lector a reflexionar sobre la importancia crucial de Jesús en la historia de la salvación: es necesario decidirse, o con Jesús o contra Él y contra su Palabra de gracia; de esta decisión, reconocer o negar a Jesús, depende nuestra salvación. Lucas evidencia que la comunión que en el tiempo presente ofrece Jesús a sus discípulos será confirmada y llegará a la perfección en el momento de su venida en la gloria (“vendrá en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles”: 9,26). Es evidente la referencia a la comunidad cristiana: aunque se está expuesto a la hostilidad del mundo, es indispensable que el testimonio valiente de Jesús y de la comunión con Él no disminuya, es decir, no hay que avergonzarse de ser y de manifestarse cristianos.
• La blasfemia contra el Espíritu Santo. Blasfemar es entendido aquí por Lucas como hablar de manera ofensiva o en contra. Este verbo se aplicó a Jesús cuando, en 5,21, perdonó los pecados. La cuestión que plantea nuestro pasaje puede presentar alguna dificultad para el lector: ¿Es menos grave la blasfemia contra el Hijo del hombre que la que va contra el Espíritu Santo? El lenguaje de Jesús puede resultar un poco fuerte para el lector del evangelio de Lucas: a lo largo del evangelio ha visto a Jesús mostrando la actitud de Dios que va en búsqueda del pecador, que es exigente pero sabe esperar el momento de la vuelta a Él y la madurez del pecador. En Marcos y en Mateo, la blasfemia contra el Espíritu Santo es la falta de reconocimiento del poder de Dios en los exorcismos de Jesús. Pero en Lucas más bien significa el rechazo consciente y libre del Espíritu profético que actúa en las obras y enseñanzas de Jesús, es decir, el rechazo del encuentro con el obrar misericordioso y salvífico del Padre. La falta de reconocimiento del origen divino de la misión de Jesús, la ofensa directa a la persona de Jesús, pueden ser perdonadas, pero el que niega el obrar del Espíritu Santo en la misión de Jesús no será perdonado. No se trata de la oposición entre la persona de Jesús y el Espíritu Santo, o de un contraste o símbolo de dos períodos diversos de la historia, el de Jesús y el de la comunidad post-pascual, sino que, en definitiva, el evangelista trata de demostrar que negar la persona de Cristo equivale a blasfemar contra el Espíritu Santo.
4) Para la reflexión personal
• ¿Eres consciente de que ser cristiano reclama afrontar dificultades, insidias y peligros, hasta el punto de arriesgar la propia vida para dar testimonio de la amistad personal con Jesús?

• ¿Te avergüenzas de ser cristiano? ¿Prefieres el juicio de los hombres, su aprobación, o el hecho de no perder tu amistad con Cristo?
5) Oración final
¡Yahvé, Señor nuestro,

qué glorioso es tu nombre en toda la tierra!
Tú que asientas tu majestad sobre los cielos. (Sal 8,2)

Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

El problema capital que plantea este evangelio no es el rechazo de la soberbia, sino el rechazo del poder. Para que los discípulos entiendan lo que el Evangelio les pide, Jesús no pone, como ejemplo de lo que hay que evitar, a los orgullosos, sino a los poderosos. Sin embargo, es un hecho que en la Iglesia se ha entendido y se ha justificado el «ministerio apostólico» como «sacerdocio» dotado de «potestad» (Trento, ses. 23. DH 1764; 1771) y como «episcopado» dotado de «plena y suprema «potestad» (Vat. II. LG 22). El problema que tiene la Iglesia con el Evangelio no está en el posible orgullo, la vanidad o la soberbia que puedan tener algunos de sus miembros, sino en el poder que el «ministerio apostólico» ejerce sobre los demás católicos.

Al decir esto, no se trata de afirmar que en la Iglesia no debe haber presbíteros, obispos y Papa. El problema no está en la existencia del poder, sino en el ejercicio de ese poder. Jesús no quiere que los apóstoles (y sus sucesores o colaboradores) ejerzan el poder como lo ejercen los jefes políticos. Sin embargo, resulta chocante que el texto evangélico en el que Jesús prohíbe eso, de forma tajante (Mt 20, 26; Mc 10, 43), no se cita ni una sola vez en los documentos principales del Magisterio de la Iglesia (DH, pg. 1583 s). Resulta inevitable pensar que el Magisterio eclesiástico ha escogido del Evangelio lo que ha justificado su poder y su forma de ejercer el poder, al tiempo que se ha marginado lo que plantea el más serio problema al ejercicio del poder eclesiástico.

Los documentos eclesiásticos sobre el poder en la Iglesia no son la última palabra sobre este asunto. La Iglesia tiene el derecho y el deber de seguir buscando el modo de ejercer el poder que sea coherente con el Evangelio. Un poder nunca basado en la sumisión incondicional de unos (los laicos) a otros (presbíteros, obispos, Papa), sino en el seguimiento de Jesús, el Señor. Porque el seguimiento genera, por sí solo y por sí mismo, ejemplaridad y felicidad. Es urgente que la Iglesia ofrezca a este mundo (de tantos poderes opresores) otro modelo de ejercer la autoridad.

José María Castillo

Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

Estos domingos hasta el Adviento, si Dios quiere, iremos reflexionando sobre algunas de las enseñanzas de Jesús que, como le dijo san Pedro, tienen para nosotros la condición de palabras de vida eterna.

Hace quince días Jesús ofrecía un modo de vivir la familia: amaos, multiplicaos y dominad las cosas, que lejos de dar lugar a una vida familiar de cansancios y aburrimientos soportados, mantiene viva la ilusión y la ternura de aquellos primeros momentos en los que comenzó todo.

Hace ocho, las enseñanzas de Jesús giraban en torno al correcto uso de las riquezas. Nos decía que por encima de todo está la dignidad de la persona humana, muy superior a la que pueda tener el dinero incluso en su actual divinización.

Hoy Jesús nos orienta sobre cómo ejercer cristianamente la autoridad en cualquiera de sus variadas formas.

Estas orientaciones que Dios nos da no hemos de entenderlas como unas normas que privan de libertad al hombre y le imponen unos comportamientos robóticos. NO. De ninguna manera.

Dios como Padre nuestro que es, a la manera de cualquier buen padre, nos avisa de los peligros que corremos, y nos señala el camino correcto por el que podemos caminar seguros. Son una manifestación del amor que nos tiene, no una exhibición de poder absoluto sobre nosotros.

Esto supuesto entramos en el tema de hoy: la visión que Jesús nos da de cómo se ha de ejercer el poder, la autoridad.

Es una reflexión-compromiso que nos afecta a todos, no solamente a los grandes gobernantes políticos, empresariales, judiciales, eclesiásticos, militares, académicos, etc. porque todos tenemos alguna pequeña parcela en la que ejercemos alguna autoridad que podemos y debemos someter a un riguroso análisis. Pensemos ahora en nuestro hogar, la empresa donde trabajamos, el centro de estudios, nuestro contexto, allí donde tengamos alguna responsabilidad de que algo marche correctamente.

Hay también una serie de relaciones en las que podemos considerarnos con derecho a alguna prestación, que exigen, por nuestra parte, comportamientos humanizados, por ejemplo: las relaciones con los camareros, los dependientes, el barbero, los que nos atienden en una oficina, el taxista, el que nos vende los periódicos, la señora de la limpieza, etc. etc. Son individuos que están para prestarnos su colaboración pero a los que debemos tratar con el respeto que merece su dignidad de persona. No están para que los mangoneemos sino para que nos sirvan en aquello que corresponde a su función. Es muy aconsejable revisar también este tipo relaciones.

Esto supuesto veamos lo que piensa Jesús sobre cómo ejercer la autoridad. (Tercera lectura, Mc. 10, 35-45

Comienza criticando seriamente las formas de ejercerla en aquellos tiempos. Eran actitudes despóticas con las que no se pretendía conseguir el bien común sino dominar, avasallar a los súbditos.

Es ésta una perniciosa forma de entender la autoridad todavía muy vigente entre nosotros.

Muchos que detentan una gran autoridad se olvidan que son servidores públicos, de modo especial aquellos que han ofrecido sus servicios en sufragios nacionales, autonómicos, municipales con el compromiso de trabajar por el bien común.

Se olvidan de su condición de servidores de la comunidad, para pensar solo en encumbrarse y enriquecerse aprovechando su posición.

Jesús rechaza tajantemente esa concepción del poder: NO ASÍ entre vosotros. Es en ese momento en el que expone claramente la verdadera doctrina sobre el poder: quien mande sea el servidor de todos. Un giro Copernicano. Mandar no es un privilegio particular sino una forma de colaboración social. Es una forma de servir a la sociedad, cooperando con su capacidad de dirigir, a que consiga su finalidad en provecho de todos.

Esto es así en el pensamiento cristiano y, debería serlo en cualquiera otro que se respete a sí mismo.

Desde un punto de vista cristiano, desde el pensamiento de Jesús, entender así el mandar no es más que el ejercicio de la caridad fraterna que nos insta a servir a los demás, según la posibilidad y situación de cada uno.

En Jesús tenemos un perfecto ejemplo de lo que es pasar una vida orientando, enseñando, dirigiendo a todos, pero sirviendo a todos. Jesús no se revistió de su autoridad sino que despojándose de su rango y aceptando ser como uno de nosotros pasó toda su vida sirviendo a los demás, como un hombre bueno poseído por Dios, que dijo San Pedro hablando de Él.

Ya en el A.T. el profeta Isaías (primera lectura, 53, 10-11) habla de Jesús como de alguien que carga con las responsabilidades de los demás para purificarlas.

El autor de la Carta a los Hebreos, (segunda lectura, 4, 14-16) ya conocedor de la vida de Jesús, habla de Él como: alguien que se ofreció a sí mismo para encauzar la vida de los hombres de modo que puedan alcanzar la herencia eterna prometida.

Esa fue exactamente la vida de Jesús: un constante ejercicio de servicio a la humanidad. Su confesión de que Él no había venido a ser servido sino a servir, fue la constante de toda su vida terrenal. Predicó, caminó, curó, perdonó, consoló, nunca dejó pasar en blanco la oportunidad de hacer algo por los demás.

La postura y doctrina de Jesús es clara y coincidente con su proclama del amor. Quien ama se pone al servicio de los demás. Es una idea que exponía San Pablo y que recordábamos hace quince días: el amor es servicial.

Ejerzamos nosotros así la autoridad que nos corresponda y quienes conviven con nosotros, podrán alegrarse de que hayamos aprendido de Jesús a “mandar-sirviendo” y nosotros podremos dormir tranquilos, sabiendo que con el ejercicio de nuestra autoridad hemos procurado el bien a los demás. AMÉN.

Pedro Sáez

Gaudete et exsultate (Francisco I)

113. San Pablo invitaba a los romanos a no devolver «a nadie mal por mal» (Rm 12,17), a no querer hacerse justicia «por vuestra cuenta» (v.19), y a no dejarse vencer por el mal, sino a vencer «al mal con el bien» (v.21). Esta actitud no es expresión de debilidad sino de la verdadera fuerza, porque el mismo Dios «es lento para la ira pero grande en poder» (Na 1,3). La Palabra de Dios nos reclama: «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad» (Ef 4,31).

El dominio o el servicio

1. A pesar de los tres anuncios de la Pasión que ha hecho Jesús a sus discípulos, seguidos de otras tantas instrucciones, éstos no entienden. La ambición de los primeros discípulos y la indignación contra ellos de los otros muestran lo difícil que es formar parte de la comunidad eclesial en dinámica pascual. Los discípulos de Jesús, a pesar de seguir al Maestro, están tentados, por un lado, de egoísmo, vanidad, deseo de poder, ambición; por otro, de celos y envidias.

2. En el reino mesiánico no hay jerarquías de mando ni primeros puestos de honor. Sólo le cabe al discípulo «ser sumergido en las aguas» o bautizarse, es decir, morir con los pecadores y por los pecadores, y «beber la copa» amarga del sufrimiento, o entrar en comunión eucarística, es decir, aceptar una muerte como la del Maestro. Son dos imágenes que significan lo mismo: participar sacramentalmente en la muerte y resurrección de Jesús, compartiendo lo que esto entraña históricamente de entrega por los demás, especialmente por los pobres.

3. En la sociedad civil o en el Estado, los gobernantes ejercen su señorío y dejan sentir el peso de su poder. Todos quieren ser «jefes» o «grandes». Buscan honores, dinero, poder… No se acepta la idea de servicio. Recordemos que la palabra «servicio» se emplea en dos casos que muchas personas ponen en tela de juicio o rechazan: el «servicio militar» (para los hombres) y el «servicio doméstico» (para las mujeres). La comunidad cristiana es una comunidad sin poder y con servicio —así lo quiso y lo dijo Jesús— , y de este modo se redime. En resumen, los discípulos no deben ser ambiciosos, sino servidores, ya que el servicio es el rasgo más característico del reino.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Por qué nos gusta tanto dominar y ser tenidos en cuenta?

¿Por qué nos resistimos a servir?

Casiano Floristán

Servir y dar la vida

La sección del evangelio de Marcos que va de 8, 22 a 10, 52 contiene una serie de indicaciones sobre el discipulado. De ella han sido tomados los textos de los últimos domingos: el de hoy subraya un punto central.

El camino del discípulo

En varias ocasiones Marcos menciona, en la sección a que nos hemos referido, que Jesús y sus discípulos «iban de camino» (8, 32). Seguir al Señor significa ponerse en marcha; con esa clásica imagen bíblica el evangelista busca comunicarnos lo que entiende por el discipulado. Se trata de una ruta en la que hay avances y retrocesos, claridades y oscuridades. Marcos tiene una aguda conciencia de la complejidad del proceso; insobornable, nos hace ver con frecuencia las deficiencias en la fe de los discípulos.

Dos de los más cercanos seguidores de Jesús muestran su confusión diciéndole: «Concédenos sentarnos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (v. 37). El Señor responde preguntando si podrán, como él, pagar el precio de sufrimientos y muerte («cáliz» y «bautismo») por anunciar el Reino de vida (cf. v. 3940). Este anuncio ya había provocado el rechazo inicial de Pedro (cf. 8, 31-32). Entrega a los otros y no gloria personal es lo que Cristo, «siervo sufriente» (cf. Is 53, 10-11) propone a sus seguidores (cf. Mc 10, 39-40).

El sentido del poder

Los discípulos se indignan contra Santiago y Juan, no por equivocarse sobre la significación del mensaje del Mesías, sino por haberse adelantado a pedir lo que en el fondo todos ellos deseaban (cf. v. 41). En efecto, no se entiende fácilmente lo que implica acoger el Reino; una de las graves perversiones del discípulo es creer que nuestra condición de cristianos o nuestras responsabilidades en la Iglesia nos dan un poder de «señores absolutos» (v. 42) sobre otras personas. Es decir, de gloria personal según las categorías dominantes entre los grandes de nuestra sociedad (cf. v. 42).

Jesús, el Mesías, trastoca el orden imperante. Buscando hacer avanzar a sus discípulos en el camino que han iniciado, les dice que el grande es el servidor, y el primero es «el esclavo de todos» (v. 43-44). Se trata de la inversión mesiánica que constituye, como sabemos, un elemento central del mensaje evangélico. Esto empieza con el Señor mismo que, hecho uno de nosotros (cf. Heb 4, 14-16), no ha venido a ser servido sino a servir.

Servicio no quiere decir aceptar pasivamente que las cosas sigan como están. Servir implica iniciativa y creatividad, conocimientos y esfuerzos por construir un mundo humano, justo y fraterno. Lo que el evangelio rechaza es el poder como dominación, ansia de ser reconocidos como «jefes», no el poder comprendido como solidaridad eficaz.

En este tiempo, la situación de hambre en que viven los dos tercios de la humanidad, así como la constante violación de los derechos humanos por gobiernos autoritarios, nos lleva con urgencia a poner al servicio de los marginados lo que somos y tenemos y a transformar un presente de injusticia y de exclusión de muchos.

Gustavo Gutiérrez

Ábreme tu corazón

DOMUND. Palabra que nos resulta un tanto extraña. Proviene de DOmingo MUNDial de la propagación de la fe cristiana. Es creación de la Iglesia que ha sido la primera institución en crear un Departamento destinado a dar a conocer su mensaje a sus seguidores. El lema escogido para esta jornada de 2018 es “CAMBIA EL MUNDO” Ciertamente un lema breve, vigoroso.

Un sufí musulmán, de nombre Bayazid, rogaba a Dios todos los días fervorosamente: “Señor dame fuerzas para cambiar el mundo”. A medida que fui haciéndome adulto caí en la cuenta de que me había pasado media vida sin haber logrado cambiar a una sola alma. Cambié mi oración y comencé a decir: “Señor dame la gracia de transformar a cuántos entren en contacto conmigo, aunque solo sea familiares y amigos”. Con eso me doy por satisfecho. Ahora que soy un viejo y tengo los días contados he empezado a comprender lo estúpido que he sido. Mi única oración es la siguiente: “Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo”. Si yo hubiera orado así desde el principio, no habría malgastado mi vida.

Día del DOMUND. Mirada al mundo. Celebramos el día del DOMUND. Ésta jornada misionera fija su atención principalmente en aquellas personas y regiones que no han sido evangelizados o al menos han sido poco evangelizados. Regiones, que por otro lado, ya no sólo se localizan en África o Asia, las descubrimos entre nosotros: en nuestras familias, en nuestros pueblos, en nuestros barrios. A nuestras catequesis parroquiales acuden niños que no saben hacer la señal de la cruz. Tenemos que cambiar el mundo, al menos intentar mejorarlo. Pero no olvidemos que lo primero que tenemos que cambiar es nuestro yo, nuestra persona y después…

El mundo de las Misiones está muy relacionado con el mundo de los refugiados y con el fenómeno de la migración, con el de la injusticia y el de la desigualdad. Analizando con profundidad esta realidad nos topamos con aspectos importantes. Por ejemplo un cantautor, Manu Chao y un poeta africano nos dejan dos perlas: ”Me dicen el clandestino por no llevar papel. Sólo voy con mi pena. Correr es mi destino” El poeta africano René Philombe escribe: “Yo no soy negro, yo no soy oriental, yo no soy un blanco, yo solo soy un ser humano. Ábreme tu puerta, ábreme tu corazón”.

Jesús nos dio un doble recado o encargo: “Dadles vosotros de comer”. Y en otra ocasión añadió “Id por todo el mundo y mostrarles cuanto yo os he enseñado”.

Josetxu Canibe

Nada de eso entre nosotros

Mientras suben a Jerusalén, Jesús va anunciando a sus discípulos el destino doloroso que le espera en la capital. Los discípulos no le entienden. Andan disputando entre ellos por los primeros puestos. Santiago y Juan, discípulos de primera hora, se acercan a él para pedirle directamente sentarse un día «el uno a su derecha y el otro a su izquierda».

A Jesús se le ve desalentado: «No sabéis lo que pedís». Nadie en el grupo parece entenderle que seguirle a él de cerca colaborando en su proyecto, siempre será un camino, no de poder y grandezas, sino de sacrificio y cruz.

Mientras tanto, al enterarse del atrevimiento de Santiago y Juan, los otros diez se indignan. El grupo está más agitado que nunca. La ambición los está dividiendo. Jesús los reúne a todos para dejar claro su pensamiento.

Antes que nada, les expone lo que sucede en los pueblos del imperio romano. Todos conocen los abusos de Antipas y las familias herodianas en Galilea. Jesús lo resume así: Los que son reconocidos como jefes utilizan su poder para «tiranizar» a los pueblos, y los grandes no hacen sino «oprimir» a sus súbditos. Jesús no puede ser más tajante: «Vosotros, nada de eso».

No quiere ver entre los suyos nada parecido: «El que quiera ser grande, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero, que sea esclavo de todos». En su comunidad no habrá lugar para el poder que oprime, solo para el servicio que ayuda. Jesús no quiere jefes sentados a su derecha e izquierda, sino servidores como él, que dan su vida por los demás.

Jesús deja las cosas claras. Su Iglesia no se construye desde la imposición de los de arriba, sino desde el servicio de los que se colocan abajo. No cabe en ella jerarquía alguna en clave de honor o dominación. Tampoco métodos y estrategias de poder. Es el servicio el que construye la comunidad cristiana.

Jesús da tanta importancia a lo que está diciendo que se pone a sí mismo como ejemplo, pues no ha venido al mundo para exigir que le sirvan, sino «para servir y dar su vida en rescate por muchos». Jesús no enseña a nadie a triunfar en la Iglesia, sino a servir al proyecto del reino de Dios desviviéndonos por los más débiles y necesitados.

La enseñanza de Jesús no es solo para los dirigentes. Desde tareas y responsabilidades diferentes, hemos de comprometernos todos a vivir con más entrega al servicio de su proyecto. No necesitamos en la Iglesia imitadores de Santiago y Juan, sino seguidores fieles de Jesús. Los que quieran ser importantes, que se pongan a trabajar y colaborar.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 20 de octubre

No es lo mismo seguir a Jesús en espacios y tiempos tranquilos que seguirlo en condiciones de amenaza y persecución. Algunas palabras de Jesús sólo comienzan a ser inteligibles cuando experimentamos dificultades a causa de su nombre; por ejemplo, las que leemos en el evangelio de hoy. ¿Qué significa ponerse de parte de Cristo delante de los hombres? ¿Cómo dar testimonio de él sin arrogancia pero también sin temor al ridículo, sin falsos pudores, sin vergüenza?

A veces los creyentes podemos dar la sensación de que, en el fondo, no creemos lo que decimos creer. Cuando se presentan las ocasiones de decir una palabra clara, o de realizar un gesto oportuno, nos retiramos por temor a ser tildados de … ¿de qué? Esto les sucede a menudo a muchos cristianos famosos que se mueven en el terreno de la política, de la economía, de la ciencia, de las artes, del deporte. No es que vivan su fe con discreción: es que la viven de manera vergonzante, a escondidas, como si temieran perder relieve social por manifestarse humildemente seguidores de Cristo.

Pero no sólo los famosos. Este temor puede asaltarnos a todos nosotros. Si así fuera, significaría que estimamos en muy poco nuestra fe. O que preferimos la aceptación social a la autenticidad de manifestar lo que somos.

Cuando nos dejamos llevar por el temor no dejamos espacio al Espíritu Santo. Cuando hablamos nosotros, no permitimos que el Espíritu nos enseñe «lo que tenemos que decir». El resultado es una tranquilidad personal aparente y una ocasión perdida para el evangelio.