Vísperas – Jueves XXIX de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: VENGO, SEÑOR, CANSADO.

Vengo, Señor, cansado;
¡cuánta fatiga
van cargando mis hombros
al fin del día!
Dame tu fuerza
y una caricia tuya
para mis penas.

Salí por la mañana
Entre los hombres,
¡y encontré tantos ricos
que estaban pobres!
La tierra llora,
porque sin ti la vida
es poca cosa.

¡Tantos hombres maltrechos,
sin ilusiones!;
en ti buscan asilo
sus manos torpes.
Tu amor amigo,
todo tu santo fuego,
para su frío.

Yo roturé la tierra
y puse trigo;
tú diste el crecimiento
para tus hijos.
Así, en la tarde,
con el cansancio a cuestas,
te alabo, Padre.

Quiero todos los días
salir contigo,
y volver a la tarde
siendo tu amigo.
Volver a casa
y extenderte las manos,
dándote gracias. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Salmo 29 – ACCIÓN DE GRACIAS POR LA CURACIÓN DE UN ENFERMO EN PELIGRO DE MUERTE

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

Señor, Dios mío, a ti grité,
y tú me sanaste.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto,
por la mañana, el júbilo.

Yo pensaba muy seguro:
«No vacilaré jamás.»
Tu bondad, Señor, me aseguraba
el honor y la fuerza;
pero escondiste tu rostro,
y quedé desconcertado.

A ti, Señor, llamé,
supliqué a mi Dios:
«¿Qué ganas con mi muerte,
con que yo baje a la fosa?

¿Te va a dar gracias el polvo,
o va a proclamar tu lealtad?
Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.»

Cambiaste mi luto en danzas,
me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;
te cantará mi alma sin callarse.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Ant 2. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Salmo 31 – ACCIÓN DE GRACIAS DE UN PECADOR PERDONADO

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos,
rugiendo todo el día,
porque día y noche tu mano
pesaba sobre mí;
mi savia se me había vuelto
un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.

Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,
fijaré en ti mis ojos.

No seáis irracionales como caballos y mulos,
cuyo brío hay que domar con freno y brida;
si no, no puedes acercarte.

Los malvados sufren muchas penas;
al que confía en el Señor,
la misericordia lo rodea.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor,
aclamadlo, los de corazón sincero.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Ant 3. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

LECTURA BREVE   1Pe 1, 6-9

Saltad de júbilo, aunque de momento tengáis que sufrir un poco en diversas pruebas. Así la pureza de vuestra fe resultará más preciosa que el oro (que, aun después de acrisolado por el fuego, perece) y será para vuestra alabanza y gloria y honor en el día de la manifestación de Jesucristo. A él no lo habéis visto, y lo amáis; en él creéis ahora, aunque no lo veis; y os regocijaréis con un gozo inefable y radiante, al recibir el fruto de vuestra fe, la salud de vuestras almas.

RESPONSORIO BREVE

V. Nos alimentó el Señor con flor de harina.
R. Nos alimentó el Señor con flor de harina.

V. Nos sació con miel silvestre.
R. Con flor de harina.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Nos alimentó el Señor con flor de harina.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro refugio y nuestra fortaleza, y digámosle:

Escucha, Señor, nuestra oración.

Dios de amor que has hecho alianza con tu pueblo,
haz que recordemos siempre tus maravillas.

Que los sacerdotes, Señor, crezcan en la caridad
y que los fieles vivan en la unidad del Espíritu y en el vínculo de la paz.

Que el mundo prospere y avance según tus designios
y que los que lo construyen no trabajen en vano.

Envía, Señor, operarios a tu mies
para que tu nombre sea conocido en el mundo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A nuestros familiares y bienhechores difuntos dales un lugar entre los santos
y haz que nosotros un día nos encontremos con ellos en tu reino.

Ya que por Jesucristo hemos llegado a ser hijos de Dios, nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Tú, Señor, que iluminas la noche y haces que después de las tinieblas amanezca nuevamente la luz, haz que, durante la noche que ahora comienza, nos veamos exentos de toda culpa y que, al clarear el nuevo día, podamos reunirnos otra vez en tu presencia para darte gracias nuevamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio Divina – 25 de octubre

Lectio: Jueves, 25 Octubre, 2018
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Lucas 12,49-53
«He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! «¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»
3) Reflexión
• El evangelio de hoy nos presenta algunas frases sueltas de Jesús. La primera sobre el fuego sobre la tierra la tiene sólo Lucas. Las otras tienen frases más o menos paralelas en Mateo. Esto nos remite al problema del origen de la composición de estos dos evangelios que hizo correr ya mucha tinta a lo largo de los últimos dos siglos y se resolverá plenamente sólo cuando podamos conversar con Mateo y Lucas, después de nuestra resurrección.
• Lucas 12,49-50: Jesús, vino a traer fuego sobre la tierra.     “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!” La imagen del fuego vuelve muchas veces en la Biblia y no tiene un sentido único. Puede ser imagen de la devastación y del castigo y puede también ser la imagen de la purificación y de la iluminación (Is 1,25; Zc 13,9). Puede evocar hasta protección como vemos en Isaías: Si pasas en medio de las llamas, no te quemarás” (Is 43,2). Juan Bautista bautizaba con agua, pero después de él, Jesús habría de bautizar por medio del fuego (Lc 3,16). Aquí, la imagen del fuego es asociada a la acción del Espíritu Santo que descendió el día de Pentecostés bajo la imagen de lenguas de fuego (He 2,2-4). Las imágenes y los símbolos no tienen nunca un sentido obligatorio, totalmente definido, que no permita divergencia. En este caso ya no sería ni una imagen, ni un símbolo. Es típico de la naturaleza del símbolo el provocar la imaginación de los oyentes y de los espectadores. Dejando la libertad a los oyentes, la imagen del fuego combinado con la imagen del bautismo indica la dirección en la que Jesús quiere que la gente dirija su imaginación. El bautismo es asociado con el agua y es siempre expresión de un compromiso de Jesús con su pasión:. ¿Podéis ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» . (Mc 10,38-39).
• Lucas 12,51-53: Jesús vino a traer la división. Jesús habla siempre de paz (Mt 5,9; Mc 9,50; Lc 1,79; 10,5; 19,38; 24,36; Jo 14,27; 16,33; 20,21.26). Entonces ¿cómo entender la frase del evangelio de hoy que parece decir lo contrario: “¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división.”. Esta afirmación no significa que Jesús estuviera a favor de la división. ¡No! Jesús no quiere la división. El anuncio de la verdad que él, Jesús de Nazaret, era el Mesías se volvió motivo de mucha división entre los judíos. Dentro de la misma familia o de la comunidad, unos estaban a favor y otros radicalmente en contra. En este sentido la Buena Noticia de Jesús era realmente una fuente de división, una “señal de contradicción” (Lc 2,34) o como decía Jesús: “Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.” Era lo que estaba ocurriendo, de hecho en las familias y en las comunidades: muchas divisiones, mucha discusión, como consecuencia del anuncio de la Buena Noticia entre los judíos de aquella época, unos aceptando, otros negando. Lo mismo vale para el anuncio de la fraternidad como valor supremo de la convivencia humana. No todos concordaban con este anuncio, pues preferían mantener sus privilegios. Por esto, no tenían miedo de perseguir lo que anunciaban la fraternidad y el compartir. Esta es la división que surgía y que está en el origen de la pasión y de la muerte de Jesús. Era lo que estaba aconteciendo. Lo que pensaba la gente. Jesús quiere la unión de todos en la verdad (cf. Jn 17,17-23). Hasta hoy es así. Muchas veces, allí donde la Iglesia se renueva, el llamado de la Buena Noticia se vuelve una “señal de contradicción” y de división. Personas que durante años vivieron acomodadas en la rutina de su vida cristiana, y que ya no quieren ser incomodadas por las “innovaciones” del Vaticano II. Incomodadas por los cambios, usan toda su inteligencia para encontrar argumentos en defensa de sus opiniones y para condenar los cambios como contrarios a lo que ellas piensan ser la verdadera fe.
4) Para la reflexión personal
• Buscando la unión, Jesús era causa de división. ¿Te ocurrió lo mismo alguna vez?
• Ante los cambios en la Iglesia, ¿cómo me sitúo?
5) Oración final
¡Aclamad con júbilo, justos, a Yahvé,
que la alabanza es propia de hombres rectos!
¡Dad gracias a Yahvé con la cítara,
tocad con el arpa de diez cuerdas; (Sal 33,1-2)

Introducción al Catecismo de la Iglesia Católica

52.- “Dios, que “habita una luz inaccesible” (1 Tm 6,16) quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por Él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1,4-5). Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas.”

Aquí hay como dos afirmaciones principales, Dios habita en una luz inaccesible, es un versículo de 1Tm 6, 16. Dios habita en una luz inaccesible, es decir que Dios por naturaleza no es accesible al hombre. No es accesible primero porque no conocemos, mejor dicho, nuestros sentidos no le captan. Es verdad que nuestra razón tiene capacidad de concluir en su existencia, pero no hasta el punto de hacernos nosotros interlocutores con él. Pues no, eso ya es por gracia. Eso no es por naturaleza, por naturaleza el hombre puede concluir la existencia de Dios, pero una cosa es concluir en que Dios existe y otra cosa es tener la capacidad de hablar con él, de entrar en su intimidad. Eso ya son palabras mayores, eso ya es gracia, eso es un don, un regalo. Y esa es la revelación, que lo que es una luz inaccesible, el pueblo que habitaba en tinieblas, una luz le brilló. Eso se nos proclama la Nochebuena, el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz, una luz le brilló. Habitaba en tierra de tinieblas, pero se hizo en ti la alegría. Se hizo luz la alegría. Esta imagen de la luz, luz accesible, fijaros, curiosamente son dos noches claves las que expresan el mensaje cristiano, la Nochebuena que se hace la luz del día y la noche de Pascua, en la que se enciende la luz de la Resurrección. La luz que era inaccesible, según dice Timoteo, llega a hacer que no haya noche en el cielo. El libro del apocalipsis describe como que allí no hay noche, sino que la luz está continuamente presente, sin margen de tinieblas, sin margen de sombra alguna. Pues esta es otra imagen muy hermosa para describir qué es la revelación. La luz inaccesible que se hace nuestra luz habitual. Y fijaros que por ejemplo cuando alguien vive desde la fe y cuando alguien discierne lo que ocurre a su alrededor o en su vida lo discierne desde la fe. Cuando alguien por ejemplo dice, bueno ha acontecido esto, Dios lo ha permitido, adelante, confío en él, Señor quiero buscar tu voluntad, etc… Es una persona que tiene como un candil, el candil de la fe y vive siempre la luz de la fe. Esa luz inaccesible, por medio de la fe, es como una lámpara que guía sus pasos, que guía sus caminos. Tiene un candil, el candil de la fe que lo ilumina, que va dando luz a todo. Que no es una luz tan potente como será, por supuesto en el cielo la visión beatífica. Ese candil de la fe hace que pueda ver el mundo según la mirada de Dios. Es como ponerse las gafas de Dios para comprender y para ver la luz de la fe, la existencia.

Dando un paso más, aquí se nos remite también, se nos invita a leer el punto 1996, que dice: “Nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios (cf. Jn 1, 12-18).Esta afirmación nos hace entender, todavía en una vuelta de rosca más, lo siguiente. Que una cosa es, una gracia de Dios es que él decida hablar, él decida descubrirse, compartir su misterio de amor y una gracia añadida, distinta a la anterior de alguna manera, todavía añadida, nos haga a nosotros capaces de comprenderlo. Una cosa es que Dios decida darse pero otra cosa es que a nosotros nos haga capaces de recibirle, porque no es tan fácil. Por naturaleza el hombre no puede recibir la luz de Dios sin quedarse cegado. Lo lógico sería que si Dios decidiese iluminarnos, nos quedásemos cegados y no viésemos nada. Dios nos da como dos gracias, la primera gracia es su decisión de enviar su luz, pero la segunda gracia es la capacitación que hace recibamos la luz sin que nos ciegue. De manera que podamos verle. Eso es un milagro tan grande como el primero, porque lo lógico sería que si Dios te ilumina, tú no seas capaz de ver nada, porque no tienes tus ojos capacitados para verle. Entonces es una gracia añadida, que si me permitís un ejemplo, imaginaros que una persona muy sabia, Einstein, o algún premio nobel… Imaginaros que Einstein dice yo voy a compartir mi sabiduría con la humanidad y va a explicar la teoría de la relatividad. Pero una cosa es que él explique la teoría de la relatividad y otra cosa es que le entendamos. Lo más posible es que el hombre la explique pero no la entendamos. Otra cosa es no únicamente decir o explicar la teoría de la relatividad, sino que Einstein tuviese la capacidad, que en obviamente no la tiene, de hacer que nosotros la entendamos de forma sencilla. Este es la luz de la revelación. No sólo la decisión de Dios, de descubrirse, sino la gracia que nos da de poderlo entender y que encima sea sencillo. Encima sea sencillo, porque es verdad que Dios es sencillo, Dios es humilde. Somos nosotros los que somos verdaderamente complicados.

Un aspecto más, por lo tanto, para que maticemos qué es lo que supone que nosotros seamos interlocutores de Dios, que estemos en un tú a Tú, como ya sabemos que hay ese tú a Tú es un tú con minúsculas frente a un Tú con mayúsculas, eso es verdad. Pero es un tú a Tú. Es un diálogo, no es un monólogo. Esto es un verdadero diálogo. Me acuerdo que Juan Pablo II en aquel encuentro que tuvo en el año 2000 con los jóvenes en Tor Vergata, era un encuentro entrañable. Era ya el papa anciano y los jóvenes le aclamaban, vamos a decir le aclamábamos porque era un poco más joven entonces y hubo un momento en que el papa emocionado dijo: esto no es un monólogo.Claro el micrófono lo tenía él obviamente, pero nosotros gritábamos, cantábamos, a cada palabra que decía aplaudíamos y entonces dijo él: esto no es un monólogo, es un verdadero diálogo, dijo él. Pues eso es lo fuerte. Es verdad que el papa estaba allí, él tenía el micrófono y nosotros estábamos abajo, pero era un diálogo y eso pasa con la revelación. Es verdad que el Tú de él es mayúscula y el tú nuestro es minúscula, pero son dos tús. Dios nos habla de persona a persona. Y esa es la maravilla de la revelación. Y además se hace capaz de entender.

Fe en que Dios puede cambiarnos

Un principio de confianza debe inspirar todo propósito de dirección espiritual: el convencimiento de que Dios puede cambiarnos. En este sentido, debemos preguntarnos antes de nada si estamos dispuestos a dejarnos cambiar por Dios.
El hecho mismo de mudar es ya un don, y distingue radicalmente al creyente del pagano. El mundo antiguo —pagano— sabía mucho de la crudeza del destino, y lo vinculaba a la naturaleza del hombre: todo está determinado de antemano. Es la tragedia griega: pase lo que pase, hagas lo que hagas, te toparás con la cruda realidad de un destino fatal.
Después de Cristo, ya no impera el reino de la necesidad, sino el de la gracia. ¿Qué significa esto? Significa que es posible cambiar siempre; que siempre es posible ser agradables ante Dios por pura misericordia (cfr. Lc 1, 30).
Después de Cristo, y con Cristo, ya no hay razón suficiente para cerrarse, abandonando toda esperanza. Si algún día, por lo que fuera, perdiéramos la confianza en que podemos ser cambiados, y continuáramos no obstante gozando de acompañamiento espiritual, llegaríamos a ser como «metal que resuena o un címbalo que aturde» (1Co13, 1). Se apaga el regalo de la gracia y vence el imperativo de la naturaleza… mientras mantenemos unas formas que pueden llegar a ser inútiles.
De la disposición a cambiar dan fe aquellos que han seguido a Jesucristo a lo largo de los siglos. Los apóstoles fueron capaces de dejarlo todo y seguir al Señor (cfr. Mc 1, 18) y san Pablo habla de revestirse del hombre nuevo (cfr. Col 3, 10). Es la flexibilidad de los santos, que han dejado de ser ellos mismos para llegar a ser Cristo; hombres y mujeres, cera blanda donde se ha impreso delicadamente el rostro de Jesús (cfr. D. von Hildebrand, p. 15).
La disposición se transforma en pregunta, cuando uno se cuestiona, en concreto, qué ha de hacer para transparentar la paz y la alegría de Dios. Alguno podrá decir: de acuerdo, yo quiero estar dispuesto a cambiar, pero… ¿cómo?
Esa pregunta hay que dirigirla a Dios mismos, como hicieron los habitantes de Cafarnaún a Jesucristo, la tarde en que se iluminó el litoral galileo con el bellísimo discurso del Pan de vida (cfr. Jn 6, 22-59). Los judíos tienen noticia de la reciente multiplicación de los panes y los peces; y quizá conozcan de oídas lo ocurrido el día anterior: Jesús caminando sobre las aguas. Saben de la autoridad de jesús, y por eso le preguntan qué es necesario hacer para obrar lo que Dios quiere. La respuesta de Cristo apela a la fe en Él mismo; obrar lo que Dios quiere es creer en quien Dios ha enviado. Solo después de haber hablado de la fe, Cristo pondrá delante de sus discípulos el misterio eucarístico, alimento de esa misma exigencia creyente.
Nuevamente, resuena en los Hechos de los Apóstoles la misma pregunta evangélica. Después del encendido discurso de Pedro en Pentecostés, los oyentes quedan profundamente conmovidos y preguntan al Príncipe de los apóstoles qué es lo que tienen que hacer (cfr. Hch 2, 37). Cristo, en Cafarnaún, habla de la fe; Pedro, en Pentecostés, del bautismo y del perdón de los pecados. Fe y bautismo, apertura al don divino.
«¿Quién eres, Señor?» (Hch 9, 5). Saulo ha sido derribado camino de Damasco. El extraordinario encuentro con Cristo le abre a la absoluta novedad de Dios. Se pone a su disposición y obedece puntualmente sus órdenes: se encamina a casa de Ananías y recibe el bautismo. «Sobre todo una idea, un sentimiento ha dominado a todos los otros en el alma de Pablo: el estar penetrado del incomprensible y perdonador amor de Cristo» (cfr. 2Tm 1, 1). En Pablo se manifiesta el camino de todo discípulo: ponerse a disposición de Otro. Apertura.
Al más puro estilo evangélico, tenemos que alimentar el deseo de ser cambiados por la gracia hasta el postrer instante de nuestra vida. Igual que el buen ladrón, siempre se puede confiar en la bondad del Dios altísimo. Entregado al suplicio de la cruz, Dimas hizo una petición llena de piedad: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reina» (Lc 23, 42). ¿Habrá expresión más clara de apertura a la gracia, de confianza en Jesús? El requerimiento del ajusticiado está tan lleno de fe como escaso de razones: por pedirlo a quien pedía, por lograr lo que lograba, y por alcanzarlo de modo tan incierto.
En efecto, necesitamos para nuestras vidas una petición llena de fe. ¿Quién era Jesús para llevarle a ningún reino? No olvidemos que era ajusticiado juntamente con él. ¿Quién era el ladrón para poder pedir tal cosa? Un villano, un traidor o un asesino. Quién sabe. Un hombre que, según sus propias palabras, se lo tenía merecido (cfr. Lc  23, 40). Pero Dios puede más que todo pecado. Tú, si quieres, me llevarás a tu reino. «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43). Cristo no confía la salvación del delincuente a un tiempo prudente de purgación, tampoco a un mañana próximo. Hoy. Porque la fe sincera en Dios es correspondida con la mayor abundancia de dones divinos.
La fe de Dimas no se circunscribe a la elección del defensor en el futuro reino, sino también a la meta de la petición misma. Queremos cambiar; y la meta de ese cambio no puede ser menor: es el Cielo, pretensión que va más allá de toda expectativa. Dejarse cambiar por Dios es llegar a vivir en el amor, gozando de la paz del corazón que supera todo obstáculo o dificultad. Vivir bajo el amparo de la gracia de Dios es participar de la quietud de quien ama sin medida.
Finalmente, en el diálogo del buen ladrón con Jesús, se percibe lo incierto del camino. Un delincuente pide la salvación a un crucificado cubierto de sangre, que ha sido previamente flagelado y coronado con espinas. Resulta del todo misterioro el modo en que ese «juez» benévolo puede llevar a cabo su promesa (hoy estarás conmigo en el Paraíso). No le importó a Dimas. Murió confiado en la misericordia de Dios, mudado en lo más íntimo de su alma. Llegó a ser amigo de Dios por un camino del todo insospechado. ¿Quién podía imaginarlo?
Estoy convencido de que, antes de salir camino del patíbulo, no imaginaba en absoluto su final. Así es Dios. Todo es verdad cuando pensamos que Dios puede cambiarnos. Dimas albergó secretamente esa ilusión… y obtuvo la recompensa.
Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

Gaudete et exsultate (Francisco I)

118. La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad. Si tú no eres capaz de soportar y ofrecer algunas humillaciones no eres humilde y no estás en el camino de la santidad. La santidad que Dios regala a su Iglesia viene a través de la humillación de su Hijo, ése es el camino. La humillación te lleva a asemejarte a Jesús, es parte ineludible de la imitación de Jesucristo: «Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas» (1 P 2,21). Él a su vez expresa la humildad del Padre, que se humilla para caminar con su pueblo, que soporta sus infidelidades y murmuraciones (cf. Ex 34,6-9; Sb 11,23-12,2; Lc 6,36). Por esta razón los Apóstoles, después de la humillación, «salieron del Sanedrín dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús» (Hch 5,41).

Jesús se acerca a nosotros

Después de la enseñanza sobre el servicio del domingo pasado, en su subida a Jerusalén, cuando ya están cerca de la Ciudad Santa, al salir de Jericó, Jesús se encuentra con un ciego llamado Bartimeo, sentado al borde del camino. Aquel pobre hombre abrió primero los ojos de la fe al reconocer a Jesús que pasaba por allí, y después Jesús le abrió los ojos de la cara para poderlo seguir.

1. “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Esta es la petición del ciego Bartimeo. Era pobre, no tenía nada, vivía en la miseria debido a su ceguera, y estaba al borde del camino pidiendo limosna. Pero su ceguera no le impide reconocer a Jesús que pasa por allí. En su grito de auxilio, Bartimeo confiesa la fe en Jesús como Mesías al llamarle “Hijo de David”. Es sorprendente que aquel ciego, que no veía lo que pasaba por delante de él, sin embargo sí reconoce y confiesa a Cristo como salvador. Por eso le pide con insistencia que tenga compasión de él, pues sabía que Jesús era el único capaz de sanar de verdad su ceguera. Es de destacar que Bartimeo insiste en su intento de llamar la atención de Jesús, a pesar de que le regañaban para que se callara. El grito de aquel ciego era un grito sincero de petición de auxilio. Tantas veces nuestra vida se parece a la que aquel ciego. Tantas veces nosotros estamos echados al borde del camino de la vida, ciegos, sin ser capaces de ver ni de reconocer lo que sucede a un palmo de nuestros ojos, ciegos quizá por la tristeza, por el egoísmo, por nuestro afán de tantas cosas… Pero sin casi darnos cuenta Jesús pasa por nuestra vida. Le sentimos a nuestro lado, y en medio de tantos ruidos elevamos nuestro grito suplicante: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. Tantas veces en nuestra vida hemos de gritarle a Dios, como Bartimeo: Jesús, ¿no me escuchas? Estoy mal, necesito de ti, ¡ayúdame! A veces no lo hacemos por vergüenza, o por soberbia, o por pereza. Pero qué necesario es que nos pongamos ante Dios y le gritemos, como aquél ciego, para que nos escuche, con fe, reconociéndole como al Mesías y Señor, y reconociéndonos como necesitados de su misericordia.

2. “Ánimo, levántate que te llama”. Por fin la súplica de Bartimeo ha obtenido respuesta. Jesús lo escucha y lo manda llamar. Alguien, quién sabe si algún amigo, o algún extraño que pasaba por allí, anima al ciego para que se levante y vaya donde Jesús. Y Bartimeo, a toda prisa, olvidándose de toda prudencia, se levanta inmediatamente, tira el manto con el que cubría su débil cuerpo ante el frío, y se dirige directamente a Jesús. Igual que Jesús llama a Bartimeo, también Él se acerca a nosotros, en el borde del camino de nuestra vida, y nos llama. Dios siempre escucha nuestros gritos de auxilio cuando son de verdad una oración suplicante que nace de la fe, del reconocimiento de Cristo como el verdadero Mesías. Nos llama para que vayamos donde Él, pues quiere que nos acerquemos a Él para obrar el milagro. No basta con que desde la distancia le supliquemos y Él haga el milagro desde lejos. Jesús quiere que primero nosotros nos acerquemos a Él. Qué necesario es que, para que Dios pueda obrar maravillas en nuestra vida, primero abandonemos nuestra comodidad, nos pongamos en pie y nos acerquemos a toda prisa. Es entonces, y sólo entonces, cuando Cristo actúa en nuestra vida.

3. “¿Qué quieres que haga por ti?”. Fíjate que es la misma pregunta que el domingo pasado Jesús hacía a los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan. Pero en aquella ocasión los dos hermanos fueron egoístas y pidieron tan sólo honor y poder, es decir, sentarse al lado de Jesús en la gloria. Sin embargo, Bartimeo muestra su sencillez de corazón, su recta intención, cuando pide a Jesús tan sólo (¡ni más ni menos!) poder ver. Y así Jesús obra el milagro y le devuelve la vista al ciego. Es la fe, dice Jesús, la que ha curado a Bartimeo, pues aunque él no veía con los ojos de la cara, sin embargo sí tenía bien abiertos los ojos de la fe reconociendo a Jesús cuando pasaba por su vida. Jesús ha cumplido así lo anunciado por el profeta Jeremías en la primera lectura de este domingo: alegraos y regocijaos porque el Señor viene a salvar a su pueblo. La vista que recobra el ciego es signo de la salvación que Dios ha traído a la tierra con su encarnación y con su muerte y resurrección. Así, Jesucristo es el sumo sacerdote que el autor de la carta a los Hebreos nos presenta en la segunda lectura, pues él ha traído con su sacrificio la salvación al mundo entero.

Que Dios encuentre en nosotros aquella misma fe del ciego Bartimeo, que sepamos reconocerle cuando pasa por el borde del camino de la vida, que le gritemos con insistencia, como Bartimeo, pero sobre todo con su misma fe, que sepamos pedirle no de forma egoísta, sino que con un corazón sencillo le supliquemos que nos devuelva la vista, que nos cure de nuestras cegueras, para así poderle reconocer en cada momento de nuestra vida, y como el ciego Bartimeo le sigamos llenos de alegría.

Francisco Javier Colomina Campos

Maestro, haz que pueda ver

Fueron a Jericó. Y al salir de Jericó con sus discípulos y mucha gente, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al oír que pasaba Jesús el nazareno comenzó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!».
La gente le reprendía para que se callase, pero él gritaba con más fuerza: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «¡Llamadlo!». Y llamaron al ciego diciéndole: «¡Ánimo! Levántate, que te llama». Él, tirando su manto, saltó y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego respondió: «Maestro, que vuelva a ver». Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado». Inmediatamente recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.

Marcos 10, 46-52

 

Comentario del Evangelio

Jesús hace ver a los que no ven. Jesús hace que recobremos la vista. A veces creemos que nos damos cuenta de todo, que vemos todo lo que pasa… Pero nos equivocamos.
Puede ser que no necesitemos gafas, que tengamos la vista perfecta, pero a veces aunque nuestros ojos estén perfectos, no vemos muchas cosas que pasan a nuestro alrededor. Muchas veces porque tenemos tantas cosas en nuestras vidas que no nos paramos a mirar, que no dedicamos tiempo a ver lo que pasa en nuestro barrio, en nuestro pueblo, en nuestra familia…

Somos los ojos de la Iglesia, somos quienes ven con los ojos de Jesús. Y si miramos como mira Jesús podemos cambiar muchas cosas…

Para hacer vida el Evangelio

• Esta semana tienes que fijarte más en las cosas que pasan a tu alrededor. Escribe alguna cosas que te haya sorprendido por fijarte más en las cosas.

• ¿Crees que nos fijamos en las cosas que pasan a nuestro alrededor? ¿Cómo quiere Dios que miremos la realidad que nos rodea?

• Escribe un compromiso para ser una persona que mira la realidad con los ojos de Dios.

Oración

Purifica nuestra mirada,
para que no veamos el defecto ajeno, mientras asumimos con normalidad
los propios errores,
para que no gastemos tiempo
en la queja y el reproche,
sino que lo invitarnos en disculpar, aceptar y construir.
Ábrenos bien los ojos, Señor,
para contemplar la belleza alrededor, para captar las pequeñas maravillas
que nos envuelven,
para admirar a cada persona
en sus adentros
y para ver quién y dónde se nos necesita. No nos dejes seguir viviendo
con los ojos entornados,
que miran sólo hacia uno mismo, centrados egoístamente en lo nuestro.
Queremos mirar y contemplar como Tú, Jesús.