Ceguera y cegueras

Post-verdad es una palabra que está de moda desde hace varios años. Sobre todo en los cinco últimos. Sucede que medias verdades o verdad a medias es peor que la mentira. Un ejemplo de post-verdad lo encontramos en el triunfo del republicano Donald Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas. En todo el desarrollo de la campaña se dio una manipulación de la información de tal suerte que la ciudadanía no fue capaz de distinguir que era verdad, que era mentira.

En el evangelio observamos como Jesús cura a un ciego en una escena cargada de compasión y de ternura. Así pues estamos ante un ciego que recupera la vista por la acción de Jesús. La sociedad actual también está carente, no es capaz de seleccionar, de escoger los valores más apropiados para crear, para construir un mundo lo más ejemplar posible.

Según la Organización Mundial de la Salud, el número de ciegos (físicos) oscila en torno a los cuarenta y cinco millones de personas. Pero se dan otra clase de ciegos, que son (o somos) los que no vemos lo profundo de las personas y de los acontecimientos. En el texto del evangelio fue el ciego el que descubrió a Jesús. La multitud no se enteró. ¿Quién o quiénes fueron los ciegos?

Nos podemos imaginar que nuestra sociedad está ciega, al menos en ciertos momentos. No es capaz de ver su camino, sus valores. Una sociedad que, como el ciego del evangelio sea consciente de sus deficiencias y pida ayuda. Una sociedad, que oiga los gritos de ánimo de los ciudadanos más positivos. Necesitamos oír el grito de ánimo que nos llega del Maestro.

No es extraño oír en nuestros ambientes que no sabemos rezar o que nosotros mismos tengamos esa sensación. Sin embargo es muy asequible, muy fácil el orar. Algo que está al alcance de todos y todas. Basta presentar nuestro estado de ánimo como lo hacemos con un amigo. Un ejemplo lo tenemos en el ciego de hoy. Con dos palabras hilvana una oración modélica: “Señor, que pueda ver”. Un ejemplo de oración.

Josetxu Canibe