Domingo XXX de Tiempo Ordinario

A las orientaciones de Jesús sobre la grandeza de la familia, el uso correcto del dinero y el modo de ejercer cristianamente la autoridad se unen hoy las referentes a la confianza que hemos de tener ante las dificultades de la vida y ante los juicios de Dios sobre nuestras deficiencias.

Jesús con sus palabras y comportamientos nos anima a luchar siempre, a no sentirnos derrotados, a no perder la confianza en nosotros mismos ni en Dios, en una palabra: a que nunca tiremos la toalla, tanto ante las dificultades de tipo material como ante las de orden espiritual.

En cuanto a la superación de las dificultades materiales, Jesús más que palabras de aliento, de ánimo, que no faltan, nos ofrece el ejemplo de su propia persona.

La segunda lectura nos habla de Jesús como de un hombre fuerte, que fiel a su compromiso, superó toda tentación de abandonar. Fue firme como lo fue el sacerdote Melquisedec.

A Jesús no le echaron atrás ni los insultos, ni los desplantes, ni las malas caras, ni siquiera las amenazas de muerte que recibió, nada consiguió apartarle lo más mínimo de su empeño.

Siempre se mostró con una enorme fortaleza: Subió a Jerusalén cuando sabía que le estaban esperando para matarle, desenmascaró a los fariseos que le ponían trampas, calificó a Herodes de Raposa, defendió a los Apóstoles en Getsemaní y arrostró a pie firme el tormento antes de la muerte. Jesús fue un hombre fuerte, un hombre de una pieza, que no titubeo nunca ante las exigencias de lealtad con Dios y consigo mismo.

Su ejemplo, como hombre, es un magnífico acicate para todos nosotros cuando nos encontremos en situaciones difíciles, dolorosas, complicadas.

Antes de pasar a considerar la importancia de las orientaciones de Jesús en nuestros conflictos con Dios, merece la pena que recordemos el comportamiento de Jesús en uno de los momentos de su vida en los que más se aproximó a nuestras debilidades. Fue en el monte de los olivos, aquella noche en la que abrumado por lo que se le venía encima preguntó a su Padre ¿por qué le había abandonado?

Jesús nunca estuvo lejos del Padre en razón a pecados cometidos. NO. Él nunca tuvo mancha moral encima, pero en su voluntad de hacerse semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado, experimentó una especie de vacilación en la confianza del Padre. La aprovechó precisamente para servirnos también en esto de ejemplo. Reaccionó rápidamente y con absoluta fe en lo que estaba haciendo y en quien era Él, en el supremo momento del Gólgota nos enseñó la correcta reacción con aquella manifestación solemne de su fe: ¡Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu! Esa es su gran enseñanza: nunca perder la fe esperanzada en el amor de Dios hacia nosotros.

Referente ya a nuestros alejamientos debidos al pecado, los tres textos de esta Eucaristía pueden devolvernos la absoluta tranquilidad.

En el primero de ellos, Jeremías, (31, 7-9) consciente de la misericordia de Dios, invita a su pueblo a mostrarse alegre porque Dios le ha perdonado. Se ha portado como un Padre con ellos.

En la segunda lectura (Heb. 5, 1-6) hemos contemplado a Jesús como un sacerdote eterno ofreciéndose a buscar y salvar las ovejas perdidas.

En el Evangelio, (Mc. 10, 46-52) encontramos a ese sacerdote protagonizando uno de los innumerables casos en los que ejerció como salvador. Esta vez con un ciego.

Preguntado por Jesús sobre lo que él desea le contesta: Señor, que vuelva a ver.

Según esto, no se trataba de un ciego de nacimiento. Que pida “volver” a ver indica que hubo un tiempo en el que sí lo hacía.Jesús dio la vista a algunos ciegos de nacimiento y también a éste que en algún momento había dejado de ver.

El ciego aquel insistió en ver a Jesús y su insistencia recogió su fruto: volvió a ver y siguió a Jesús.

La postura de tirar la toalla en las dificultades materiales nos aleja del Jesús valiente y sólido ante las exigencias del cumplimiento del deber. Tirarla en los problemas con Dios es ceguera a la infinita misericordia con la que Él se muestra siempre con nosotros. No es teoría. Todos tenemos suficiente experiencia de ratos en los que hemos vivido ciegos y de encuentros con Jesús en los que hemos recobrado la visión de fe, como si nada hubiera ocurrido.

Se dice que mientras hay vida hay esperanza. En el caso de nuestras relaciones con Dios eso es absolutamente cierto. Jesús, Dios, siempre está dispuesto a devolvernos la vista si es que se lo pedimos. Siempre nos abrirá los ojos para que podamos volver a verle como un padre que, como aquel de la parábola del hijo pródigo, nos muestra los brazos abiertos para estrecharnos contra su corazón.

Tu fe te ha curado. Son las palabras que siempre escucharemos cuando nos acerquemos humildes y confiados a Dios. Jesús supo oírlo, comprenderlo y curarlo. Así será también con nosotros si como el ciego le decimos de verdad: Señor, que yo vuelva a ver. AMÉN.

Pedro Sáez