Un tipo decididamente simpático

Esos que se ponen la corbata en el alma

No sé por qué, durante la predicación, desde hace tiempo me abandono a consideraciones extemporáneas sobre el contenido y lo que falta, qué desearía tener y qué me gustaría ver desaparecer, con el riesgo de perder el hilo del tema desarrollado por el párroco. No puedo tener dos teléfonos pegados contemporáneamente al oído y escuchar, a la vez, mi voz y la del cura.

Quizás, tengo que admitirlo, todavía no he renunciado a la idea de convencer a mi hija teóloga para que haga la tesis precisamente sobre el tema de la predicación, que tanto me apasiona, preocupándome yo mismo de preparar una parte del material.

Me ha pasado la otra semana, cuando he denunciado la falta de conmoción. También me ocurrió el domingo.

Me venía a la cabeza una conversación en casa de unos amigos, que habían invitado a un pariente suyo, conductor de programas de una televisión local. Yo, una vez roto el hielo, le he expresado mi admiración sincera por la desenvoltura con que se mueve, habla, charla con los huéspedes distendidos y sobre todo mostrándose él mismo también distendido. Ante las cámaras exhibe la misma naturalidad que tenía allí, mientras estaba recostado en el diván.

El me ha explicado: «Basta ser uno mismo, conversar, gesticular, sin pensar en el ojo de la cámara. Yo no tengo dificultad para moverme como si estuviera en mi casa. He de reconocer que algunos colegas, quizás más valiosos que yo, no lo logran, aparecen enyesados, estudian los movimientos, se ponen rígidos en poses poco naturales, recitan… Parece que se ponen la corbata también en el alma…».

Esa expresión, «poner la corbata en el alma», me ha acompañado hasta la iglesia. Sí, por lo que parece, hay también curas, independientemente de que lleven sotana o clergyman que se ponen, que se preocupan de ponerse la corbata en el alma, para aparecer bien vestidos, incensurables, metidos en el personaje.

Quiero decir que les falta naturalidad, espontaneidad, inmediatez, genuinidad. Se controlan, se esfuerzan para no ser ellos mismos. Rostros apagados, sonrisas congeladas, gestos calculados, palabras prudentes, miradas opacas, bocas masticando fórmulas, cabezas graves, poses mesuradas… Individuos engallados como matronas… Incapaces de abandonarse, de distenderse… (he oído, una vez, a mi obispo que, después de un escopetazo, comentó: «Ahora me diréis que soy raro… pero no me importa si me juzgáis como hombre de mal humor…»; le habría abrazado).

No logran adoptar un estilo directo, hablar con simplicidad, poner al desnudo su alma. Hay en ellos un no sé qué de artificial, estudiado, medido, sostenido. Y hasta la voz parece enyesada, cambia tonalidad, asume modulaciones extrañas, y a veces hasta estridentes. Cuando hablan con amigos ciertamente no se expresan así.

De Luca invitaba a la conmoción. Yo quisiera invitar a la naturalidad. Queridos predicadores, ganad en desenvoltura. Desenredaos del personaje.

Uno que salta las vallas

Me resulta particularmente simpático Bartimeo, protagonista de la escena descrita en el evangelio del domingo con tanta fuerza y exactitud de detalles (cuando se trata de contar ciertos episodios, Marcos supera a todos).

Buen tipo, en verdad. Original, imprevisible, incontrolable. Uno que no se resigna a su condición de enfermo, rompe las filas, y cuando los titulares del orden pretenden que se quede disciplinadamente en el puesto que se le ha asignado y se contente con ello, salta las vallas y tira por el aire sus andrajos.

Uno que coge al vuelo la gran ocasión, no la deja escapar, sin preocuparse del juicio de los demás. Uno que, aun siendo ciego, ve (es más, crea) la rendija por donde pasar y precipitarse después en la dirección exacta, hacia la persona que puede atenderle.

El, aunque todavía no ve, se dirige decididamente hacia el único que «es capaz de compadecerse de nuestras debilidades» (según la estupenda frase de la Carta a los hebreos).

«Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: Hijo de David ten compasión de mí». Un grito que tiene el poder de parar el cortejo que avanza.

«Jesús se detuvo y dijo: Llamadlo».

Asistimos así a un doble interés: él se interesa por Jesús, y el Maestro se interesa por sus problemas. Y todo esto en el marco compuesto por una gran multitud. En medio de tanta gente, un solo encuentro verdadero, pero puede bastar.

Por su cuenta, nuestro párroco nos ha puesto dos consideraciones fulminantes. Ante todo: «La gente ha informado al ciego de que pasaba Jesús. Pero después el ciego mismo se ha movido, ha tomado la iniciativa sin pedir permiso a nadie y sin ser escoltado por nadie, se ha presentado cara a cara ante del Maestro. Esta debería ser la función de la comunidad cristiana: facilitar alguna noticia, suscitar un interés, señalar una presencia. Pero si alguno de nosotros pretendiese llevar o acompañar a Bartimeo ante Jesús, sería como si un ciego condujera a otro ciego».

Y añadió: «No estaría mal si nuestras asambleas se sintiesen molestadas por algún grito fuera de programa. Me refiero al grito del que está lejos, está en los márgenes, es olvidado, se siente excluido de la fiesta, se ve obligado a convivir con la soledad y la desesperación, tiene la impresión de una condena que nunca le permite ser como los demás.

Queridos parroquianos: nuestras oraciones resultarían mucho más verdaderas se acogieran las distracciones provocadas por los sufrimientos del prójimo. Nuestros cantos serían más hermosos si sufriesen las interferencias del grito de quien no soporta más su condición de miseria.

Sí, nuestras asambleas dominicales tendrían necesidad de alguna intrusión no prevista, nuestras liturgias tendrían necesidad de alguna voz desafinada. Nuestros «gritos (cantos) de alegría» (primera lectura) necesitan que alguien desafinen… La regularidad de nuestros ritos debería ser interrumpida de vez en cuando…

En casa, mi mujer me ha preguntado: «¿Qué le pasaba al párroco esta mañana? Nunca le había oído hablar con tanta espontaneidad…».

He respondido: «Evidentemente se ha quitado la corbata del alma, y la ha tirado, como ha hecho Bartimeo con el manto». …Después se lo he explicado.

A. Pronzato