II Vísperas – Domingo XXX de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: ¿DONDE ESTÁ MUERTE, TU VICTORIA?

¿Dónde está muerte, tu victoria?
¿Dónde está muerte, tu aguijón?
Todo es destello de su gloria,
clara luz, resurrección.

Fiesta es la lucha terminada,
vida es la muerte del Señor,
día la noche engalanada,
gloria eterna de su amor.

Fuente perenne de la vida,
luz siempre viva de su don,
Cristo es ya vida siempre unida
a toda vida en aflicción.

Cuando la noche se avecina,
noche del hombre y su ilusión,
Cristo es ya luz que lo ilumina,
Sol de su vida y corazón.

Demos al Padre la alabanza,
por Jesucristo, Hijo y señor,
denos su espíritu esperanza
viva y eterna de su amor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Cristo es sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cristo es sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Ant 2. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

Salmo 113 B – HIMNO AL DIOS VERDADERO.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria;
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:

tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendiga a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

Ant 3. Alabad al Señor sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Alabad al Señor sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA BREVE   2Ts 2, 13-14

Nosotros debemos dar continuamente gracias a Dios por vosotros, hermanos, a quienes tanto ama el Señor. Dios os eligió desde toda la eternidad para daros la salud por la santificación que obra el Espíritu y por la fe en la verdad. Con tal fin os convocó por medio del mensaje de la salud, anunciado por nosotros, para daros la posesión de la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

RESPONSORIO BREVE

V. Nuestro Señor es grande y poderoso.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

V. Su sabiduría no tiene medida.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús dijo al ciego: «Anda, tu fe te ha salvado.» Al instante recobró la vista y fue siguiéndolo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús dijo al ciego: «Anda, tu fe te ha salvado.» Al instante recobró la vista y fue siguiéndolo.

PRECES

Demos gloria y honor a Cristo, que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive para interceder en su favor, y digámosle con plena confianza:

Acuérdate, Señor, de tu pueblo.

Señor Jesús, sol de justicia que iluminas nuestras vidas, al llegar al umbral de la noche te pedimos por todos los hombres,
que todos lleguen a gozar eternamente de tu luz.

Guarda, Señor, la alianza sellada con tu sangre
y santifica a tu iglesia para que sea siempre inmaculada y santa.

Acuérdate de esta comunidad aquí reunida,
que tú elegiste como morada de tu gloria.

Que los que están en camino tengan un viaje feliz
y regresen a sus hogares con salud y alegría.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge, Señor, a tus hijos difuntos
y concédeles tu perdón y la vida eterna.

Terminemos nuestras preces con la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, aumenta en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, y para que alcancemos lo que nos prometes haz que amemos lo que nos mandas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

¡Señor, que yo vea!

1.- Anuncio gozoso. El libro de la Consolación del profeta Jeremías es un canto a la esperanza. El pueblo en el exilio recibe el anuncio de que se acerca su liberación: una gran multitud retorna: cojos, ciegos, preñadas y paridas…. El Señor es fiel a su pueblo, es un padre para Israel. ¡Qué anuncio más gozoso, qué gran noticia! La alegría del pueblo será inmensa. Por eso, cuando se hace realidad la promesa del regreso a casa entona el salmo 125 «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres». ¡Cómo no estarlo si sabemos que Dios camina a nuestro lado pase lo que pase! Brota espontáneamente la alabanza en el «resto de Israel».

2.- La auténtica compasión: solidaridad con el que sufre. El pueblo de la Nueva Alianza experimenta también que Dios salva. El ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, simboliza la nueva humanidad, es el prototipo de cada uno de nosotros. El maravilloso relato de cómo se acerca a Jesús está cargado de simbolismo. Él es un necesitado que pide compasión, pero no una compasión lastimera, sino pide solidaridad en su sufrimiento y liberación de la carga que sufre. Es una llamada de atención ante la falsa resignación dolorista, que no permite al que sufre salir de su postración. Bartimeo sí quiere salir de allí y por eso grita más y más. Hace todo lo que está de su mano para sobreponerse a su debilidad. Hasta se atreve a llamar a Jesús con un título mesiánico, «Hijo de David», porque está seguro de que Él es el Mesías, el único que puede salvarle. Sabe que se la juega, porque se van a meter con él por su osadía, pero tiene fe, mucha fe.

3.- Poner de nuestra parte. Jesús le pregunta, curiosamente, lo mismo que les preguntó en el evangelio del domingo pasado a los hijos de Zebedeo: «¿Qué quieres que haga por ti?». Pero la actitud del ciego es mucho más auténtica que la de Santiago y Juan. Simplemente quiere curarse, quiere ver. Y Jesús le cura porque tiene mucha fe: «Anda, tu fe te ha curado». El ciego ha puesto de su parte, no se ha resignado a quedarse allí quieto pidiendo limosna, «dio un salto y se acercó a Jesús». Es lo mismo que pide de nosotros, que demos el salto, que salgamos de nuestra apatía y vayamos a su encuentro. Lo más grande que nos puede pasar es encontrarnos con Jesús. Es un encuentro mutuo: nosotros le buscamos y Él se hace el encontradizo. Ante tanto desaliento como hay muchas veces en el ambiente, ante tanta desesperación, ante tanto estar «de vuelta», ante lo imposible, Jesús convierte en realidad nuestros anhelos. Es posible realizar nuestros deseos y proyectos de un mundo más justo y humano si colaboramos con Jesús. No nos cansemos de pedir como Bartimeo que nos ayude a ver, porque sin El no podemos hacer nada. Ese ver es recuperar el optimismo, la esperanza, las ganas de vivir y de trabajar por el Reino. Recuperemos la esperanza.

José María Martín OSA

¡Hijo de David, ten compasión de mí! ¡Señor, que vea!

El Señor nos regala hoy una escena ejemplar llena de ternura. Jesús cura a un enfermo y lo libera de una de las grandes esclavitudes del hombre: la ceguera. Querido amigo, estamos ante un encuentro precioso, profundo, lleno de cariño, de amor y que tú y yo tenemos que disfrutar en él y sentirnos como este pobre ciego que se pone delante de Jesús y recobra la vista. Vamos poco a poco a desgranar este encuentro para llenarnos de la ternura de Dios y del cariño de Jesús. Y lo vemos en el texto de Marcos 10,46-52. Lo escuchamos con toda atención:

Y llegaron a Jericó. Y al salir Él de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, el hijo de Timeo, Bartimeo “el Ciego”, estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Cuando se enteró de que pasaba Jesús el Nazareno, comenzó a gritar y a decir: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”, y muchos le reprendían para que callase. Pero élgritaba mucho más: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”. Se detuvo Jesús y dijo:“Llamadle”. Llaman al ciego y le dicen: “¡Ánimo, levántate, que te llama!”. Él,arrojando su manto, dio un salto y vino hacia Jesús. Y Jesús, dirigiéndose a él lepreguntó: “¿Qué quieres que te haga?”. El ciego le respondió: “Ramoní, ¡que vea!”. Y Jesús le dijo: “Ve. Tu fe te ha salvado”. Al instante recobró la vista y le seguía por elcamino.

Después de oír este texto, nos metemos en la escena profundamente. Con la ayuda de Jesús entramos dentro y nos situamos allí, yendo con Jesús de camino a Jerusalén. Pasan por grandes ciudades, está muy cerca la Pascua y Jesús quiere ya llegar pronto para realizar ahí su Pasión y consumar el gran amor que nos tiene. Nosdice el texto que “aconteció esto acercándose a Jericó”, que pasaban por allí toda clasede peregrinos. Entre toda esta gente había muchos pordioseros y muchos ciegos, como ocurría en Palestina —Jericó, que es la primera ciudad después de Jerusalén, situada a unos once kilómetros a orillas del Jordán—.

Allí vemos a este hombre que está en el camino y que ve toda esta gente que va, todos estos peregrinos, y oye todo ese tropel de gente que acompaña y que pasa…pregunta que qué pasa, que quién es el que pasa, y le dicen que es Jesús el Nazareno. Él ha oído, por la fama que tiene de milagros, y aprovecha este paso de Él para pedirle la curación. Fijaos lo que hace —fíjate, querido amigo—, a voces grita: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Esta súplica tan breve pero tan llena… ¡cómo me impresiona oírla! Y esta escena es una de las que a mí me enternecen y me llevan a unencuentro profundo con Jesús: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Los que van delante de él le riñen para que no le pida limosna al Señor o para que no le moleste, pero él grita mucho más: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”. ¿Y la reacción de Jesús? (Querido amigo, no nos perdamos estos momentos, son momentos preciosos, profundos.) Se conmueve ante la súplica. Y vienen una serie de verbos en progresión, preciosos, que nos llevan al encuentro: se conmueve, ve la fe de este hombre, se para, manda que se lo traigan, cuando lo tiene cerca le pregunta: “Pero ¿qué quieres que Yo te haga?” —siempre pidiendo la aceptación de la persona, ¡qué bueno es Jesús!—. Y él responde: “Señor, mira, que vea, recobra mi vista”. Jesús al ver tanta fe, le dice: “Tu fe te ha curado. Ya ves”. ¡Qué alegría para este hombre, y qué suerte tuvo Bartimeo que pudo ver claramente al Señor! Y dice el texto que se unió a la multitud y seguía alabando al Señor, alabando a Jesús. ¡Qué escena y qué encuentro tan conmovedor!

Querido amigo, ¿a qué te lleva a ti este texto? ¿A qué me lleva a mí este texto? A darle gracias al Señor, en primer lugar porque siempre actúa como un médico que nos cura, que nos quita todo. Nos lleva a ver nuestras cegueras, nos lleva a dejarnoscurar por Él, nos da la luz, nos cambia el corazón. ¡Cuántas cegueras tenemos…cuántas! Tenemos que gritar como este hombre y salir rápidos como él —dice que soltó el manto y de un brinco se acercó a Jesús—. ¡Cuántas veces tenemos que acercarnos a Él!

Querido amigo, le preguntamos a Jesús qué clase de ceguera tengo. Estas cegueras espirituales que tanto me dañan, esta manera de no ver que me ataca totalmente a la visión y no veo más allá de unos metros, no alcanzo a ver a Dios, no alcanzo a ver a Jesús en mi vida. Yo ando por un lado… Dios, Jesús, el amor de Dios anda por otro. Y esta ceguera me limita a ver tus misterios, tu amor, tu voluntad. Vamos a gritarle, querido amigo: “¡Hijo de David, ten compasión de mí, porque me afecta también a mí este tipo de mal! No tengo visión, no veo tu voluntad, no veo los acontecimientos como mano tuya, no te veo a mi lado. ¡Qué torpe, qué ciego, qué cataratas tengo tan grandes! ¡Hijo de David, ten compasión de mí! También tengo muchas más cegueras, Jesús: otra forma es… otra forma de ver la vida como a mí me parece, nunca verla desde ti; te uso a distancia, cuando me interesas, cuando te necesito, pero no te uso continuamente. Y no me meto en tu corazón y no navego entu barca, y me hundo tan pronto…”.

Éste es el gran peligro de mis cegueras, de mi ceguera espiritual: que tropiezo, no enfoco, no veo. ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí! ¡Cuántas nieblas tengo opacas en mi vida, cuántos estorbos en mi forma de pensar, cuántas cataratas espirituales, cuántas neblinas! A veces veo todo mal, todo negativo, no consigo ver en los demás a ti, no consigo levantarme ni ayudar a los demás en los tropiezos del camino. Tengo miedo, estoy insegura, ando con preocupación, creo que todo es destrucción. ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí! No sé lo que quieres hacer de mi vida, Señor. Y como ciega, ni me pongo en camino, ni ando detrás de ti, ni me doy cuenta de que Tú estás ahí. Llevo una vida engañada, fofa, vacía… con cierta coberturaque no me deja transpirar, ni ver, ni sentir tu calor, ni tu amor. ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Yo sé que Tú me puedes sanar, Jesús. Yo sé que si me siento ciega y si me siento ciego, Tú me vas a decir: «¿Qué quieres que Yo te haga?». Yo tendré que decirte: «Señor, que vea. Señor, que te vea en todo. Señor, que sienta tu presencia.

Señor, que sienta tu amor. Señor, que disfrute de la vida que Tú me das. Señor, que no ponga vendas en mis ojos para no descubrirte. ¡Abre mis ojos y muéveme!»”.

Es un encuentro profundo de quedarnos frente a frente a Jesús y dejarnos que nos cure. Y si nos mandan callar, seguiremos gritando; y si otras voces me dicen que me calle, sé que me tengo que levantar rápido y acercarme a ti. Si yo me atrevo a gritarte, sé que soy curada, sé que me darás luz. Porque cuando carezco de luz es que estoy tan ciega… tantos problemas, envuelta en mis líos, en mis dificultades, en mis necesidades urgentes, en mis vacilaciones, en mis dudas… ¡Hijo de David, ten compasión de mí!… ¡Maestro, que yo vea!… ¡Maestro, que yo vea!… Que pueda oír en mi corazón: “¡Ánimo, levántate que el Maestro te llama! No te quedes ahí parado. ¡Levántate!”.

Querido amigo, tenemos que oír eso también, esa voz: “Maestro…—tú y yo— ¡levántate, suelta el manto, da un brinco, acércate, ánimo, que el Señor te llama!”. Y tendremos que oír: “Vete, que tu fe te ha curado… Vete”. Muchas veces ni le vemos nipodemos disfrutar de Él. Y como decía antes: “Dichoso tú, Bartimeo, que has visto a Jesús, y lo has visto con tus ojos y lo has contemplado y has contemplado su amor”. Ojalá yo también pueda ser así: ser Bartimeo y seguirte, alabándote, enriqueciendo mi vida de ti, bendiciéndote, demostrando y diciendo y proclamando a los demás que Tú me has curado. Es un encuentro de silencio, de necesidad, de pobreza… Es unencuentro de palpar la presencia de Dios. Déjame, Jesús, que te dirija esta pobre oración que nace de un corazón que te ama, de un corazón ciego y de un corazón que necesita que Tú le des luz:

“Cura mi ceguera espiritual, Jesús, mi incapacidad de creer en ti, mi incapacidad para palpar tu presencia en mi vida. Cúrame de mi ceguera y de mi incapacidad de creer en tu Palabra y confiar en ti. Sé que estás ahí, que estás cerca de mí, pero algo… no sé… Tú sabrás… —descúbremelo, cúrame—, algo me impide reconocerte. Algo meimpide… y soy incapaz de verte. Te leo en la Palabra, te veo en la Eucaristía, te veo enlos sacramentos, pero no asimilo nada, no vivo. Noto que quiero… pero no puedo. Y aveces me da dolor tener esta minusvalía espiritual. Por eso en este encuentro te ruego que me capacites para reconocerte, que me cambies para poderte amar, que me transformes y que abandones esta incapacidad para que pueda entrar en una intimidad y en una relación profunda contigo. Quiero sentir tu presencia en mi vida, quiero confiar en ti, quiero tener una fe fuerte, quiero alabarte, bendecirte, acompañarte y entrar contigo siempre glorificándote porque me has curado. «Vete, tu fe te ha curado. Vete y glorifica, porque tu fe te ha curado». Necesito oír eso: «Tu fe te ha hecho sano, te ha curado»”.

Querido amigo, hoy vamos a escuchar a Jesús: “¿Qué quieres que haga contigo?”. Y tú y yo le vamos a contar detalladamente nuestras cegueras espirituales y nuestras cegueras físicas, ¡todo! Y nos vamos a dejar tocar por Él, y nos vamos a dejar sentir… y para poder ver su luz…, y ahí, con Él… ¡ver! Ver su rostro, verle su amor,quererle, sentirle, palparle y comunicar: “¡He visto, he sentido y he disfrutado de Jesús,que me ha curado!”.

¡Hijo de David, ten compasión de mí! ¡Señor, que vea! ¡Señor, que te descubra! ¡Señor, que te palpe, que te sienta, que te acompañe! Este encuentro… lleno deternura y que a mí me gusta tanto cada vez que… entro en profundidad de Jesús con mis limitaciones… Uno de los textos que más me emocionan y que más necesito repetir. En este encuentro disfrutemos del gozo de sentirnos curados. Sintamos nuestras cegueras y llenémonos del amor de Dios que hace todo esto: nos ve, se conmueve, se para, nos manda acercarnos, nos pregunta: “¿Qué quieres que hagacontigo?”, y tendremos que decirle: “¡Hijo de David, ten compasión de mí! ¡Señor, quevea!”.

Se lo pedimos a la Virgen, que nos dé… —Ella que era tan clarividente, tan lúcida en ver el amor de Dios, el amor de su Hijo—, que nos descubra su amor y nos dé la luz y que estemos ahí, al borde del camino gritando: “¡Hijo de David, ten compasiónde mí!”.

Francisca Sierra Gómez

¡Señor, que yo vea!

1.- EL GOZO DE JEREMÍAS. «Esto dice el Señor: Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos, alabad y bendecid: el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel» (Jr 31, 7). El profeta de los lamentos, el hombre de las maldiciones duras, Jeremías, el plañidero. En este pasaje su alma se derrama en exclamaciones de gozo. Ante su mirada clarividente de profeta se despliega el espectáculo maravilloso de la Redención. Ese pueblo que ha sido destrozado, ese pueblo que tuvo que abandonar la tierra, y caminar hacia países lejanos bajo el yugo del extranjero, ese pueblo deportado a un exilio deprimente, ese pueblo, el suyo, ha sido salvado, ha recobrado la libertad.

Todo parecía perdido. Como si Dios hubiera desatado totalmente su ira y el castigo fuera el aniquilamiento definitivo. Pero no, Dios no podía olvidarse de su pueblo. Le amaba demasiado. Y a pesar de sus mil traiciones, le perdona, le vuelve a recoger de entre la dispersión en donde vivían y morían… Esta realidad palpitante que se sigue repitiendo sin cesar, debe mantenernos en la confianza en el amor de Dios. Nunca es tarde, nunca es mucho, nunca es demasiado. Nada puede apagar nuestra esperanza. Nada ni nadie puede cerrarnos al amor. La capacidad infinita de perdón que tiene Dios, su actitud permanente de brazos abiertos pide y provoca espontáneamente una correspondencia generosa, un sí decidido y constante a cada exigencia de nuestra condición de hijos de Dios.

«Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano que no tropezarán» (Jr 31, 9). Caminar por una ruta retorcida, dura y empinada. Dejando el hogar cada vez más lejos, los rincones que nos vieron crecer, los recuerdos de los momentos decisivos, las alegrías y las penas, la tierra donde la vida propia echó sus raíces y sus ramas, sus flores y sus frutos. Marchar. Teniendo por delante un horizonte desconocido, un paisaje envuelto en el azul difuso de las distancias, con unas personas diferentes, entreviendo situaciones difíciles, con la inquietante duda de lo que se ignora. Una caravana que avanza perezosamente entre cantos de nostalgias, en el silencio de las lágrimas.

Pero Dios nos traerá nuevamente hasta nuestra buena tierra. Nos guiará entre consuelos. Y las lágrimas se cambiarán en risas, los lamentos en canciones alegres. Dios nos devolverá el gozo del corazón. Nos colocará junto al torrente de las aguas, nos llevará por un camino ancho y llano, en el que no hay posible tropiezo.

Señor, mira nuestra vida afincada en el destierro, sembrada en este valle de lágrimas. Compadécete de nosotros, de este pueblo que camina doliente por esta tierra extraña y triste. Allana el camino, abre nuevas sendas, deja que nos apoyemos en ti. Estate siempre muy cercano, quédate con nosotros que la tarde se muere y la noche negra nos atemoriza.

2.- COMO BARTIMEO. «Hijo de David, ten compasión de mí» (Mc 10, 47). Bartimeo era un pobre ciego que pedía limosna al borde del camino que, procedente de Jerusalén, llega a Jericó. Hasta que un día pasó Jesús cerca de él. Al principio, el ciego sólo percibía el rumor de la gente que pasaba, más bulliciosa que de costumbre. Extrañado ante aquel alboroto preguntó que ocurría: Es Jesús de Nazaret que pasa, le dijeron. Entonces la oscuridad que le envolvía se tornó luminosa y clara por la fuerza de su fe, y lleno de esperanza comenzó a gritar con todas las fuerzas: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí…»

También nosotros somos muchas veces pobres ciegos sentados a la orilla del camino, pordioseando a unos y otros un poco de luz y de amor para nuestra vida oscura y fría. Sumidos como Bartimeo en las tinieblas de nuestro egoísmo o de nuestra sensualidad. Quizá escuchamos el rumor de quienes acompañan a Jesús, pero no aprovechamos su cercanía y seguimos sentados e indolentes, tranquilos en nuestra soledad y apagamiento. Es preciso reaccionar, es necesario recurrir a Jesucristo, nuestro Mesías y Salvador. Gritarle una y otra vez que tenga compasión de nosotros.

La voz del ciego se alzaba sobre el bullicio de la gente, tanto que era una nota discordante y estridente, molesta para todos. Cállate ya, le decían. Pero él gritaba aún más. Jesús no quiso hacerle esperar y llevado de su inmensa compasión llamó a Bartimeo. Cuando el mendigo escuchó que el Maestro lo llamaba, arrojó su manto, loco de contento, dio un salto y se acercó como pudo a Jesús.

Eran sentimientos de júbilo indescriptible, que también han de embargar nuestros corazones, pues también a nosotros nos llama Cristo para preguntarnos como a Bartimeo: «¿Qué quieres que haga yo por ti?”. Bartimeo no dudó ni un momento en suplicar: «Maestro, que pueda ver». Jesús tampoco retarda su respuesta: «Anda, tu fe te ha curado». Y al instante la oscuridad del ciego se disipa bajo una luz que le permite contemplar extasiado cuanto le rodea, ese espectáculo único que es la vida misma.

Vamos a seguir clamando con la misma plegaria en el fondo de nuestra alma, sin cansarnos jamás: Señor, que yo vea. Señor, que pueda contemplar tu grandeza divina en las mil minucias humanas y materiales que nos circundan, que tu luz mantenga encendido nuestro amor y brillante nuestra esperanza.

Antonio García-Moreno

Gaudete et exsultate (Francisco I)

121. Tal actitud supone un corazón pacificado por Cristo, liberado de esa agresividad que brota de un yo demasiado grande. La misma pacificación que obra la gracia nos permite mantener una seguridad interior y aguantar, perseverar en el bien «aunque camine por cañadas oscuras» (Sal 23,4) o «si un ejército acampa contra mí» (Sal 27,3). Firmes en el Señor, la Roca, podemos cantar: «En paz me acuesto y enseguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo» (Sal 4,9). En definitiva, Cristo «es nuestra paz» (Ef 2,14), vino a «guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,79). Él transmitió a santa Faustina Kowalska que «la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina»[98]. Entonces no caigamos en la tentación de buscar la seguridad interior en los éxitos, en los placeres vacíos, en las posesiones, en el dominio sobre los demás o en la imagen social: «Os doy mi paz; pero no como la da el mundo» (Jn 14,27).


[98] Diario, p. 132.

Lectio Divina – 28 de octubre

Lectio: Domingo, 28 Octubre, 2018

Jesús cura a Bartimeo, el ciego de Jericó
¡Aquél que es ciego, ve! ¡Quien tiene ojos no se deje engañar!
Marcos 10, 46-52

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Clave de lectura:

El evangelio de este domingo describe el episodio de la curación del ciego Bartimeo de Jericó (Mc 10,46-52), que recoge una larga instrucción de Jesús para sus discípulos (Mc 8,22 a 10,52). Al principio de esta instrucción, Marcos coloca la curación del ciego anónimo (Mc 8,22-26). Ahora, al final, comunica la curación del ciego del Jericó. Como veremos, las dos curaciones son el símbolo de lo que sucedía entre Jesús y los discípulos. Indican el proceso y el objetivo del lento aprendizaje de los discípulos. Describen el punto de partida (el ciego anónimo) y el punto de llegada (el ciego Bartimeo) de la instrucción de Jesús a sus discípulos y a todos nosotros. En el curso de la lectura trataremos de prestar atención a las actitudes de Jesús, del ciego Bartimeo y de la gente de Jericó y en todo lo que cada uno de ellos dice y hace. Mientras lees y meditas el texto, piensas como si tu mismo te estuviera mirando a un espejo. ¿En qué se refleja tu rostro: En Jesús, en el ciego Bartimeo, en la gente?

b) Una división del texto para ayudar a la lectura:

Marcos 10,46: Descripción del contexto del episodio
Marcos 10,47: El grito del pobre
Marcos 10,48: Reacción de la gente ante el grito del pobre
Marcos 10,49-50: Reacción de Jesús ante el grito del pobre
Marcos 10,51-52: Conversación de Jesús con el ciego e su curación

c) El texto:

46 Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. 47Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: «¡Hijo de David, Marcos 10, 46-52Jesús, ten compasión de mí!» 48 Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» 49 Jesús se detuvo y dijo: «Llamadle.» Llaman al ciego, diciéndole: «¡Ánimo, levántate! Te llama.» 50 Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino ante Jesús. 51 Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: «¿Qué quieres que te haga?» El ciego le dijo: «Rabbuní, ¡que vea!» 52 Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado.» Y al instante recobró la vista y le seguía por el camino.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Cuál es punto del texto que más te ha gustado? ¿Por qué?
b) ¿Cuál es la actitud de Jesús? ¿Qué dice y qué hace?
c) ¿Cuál es la conducta de la gente de Jericó? ¿Qué dicen y qué hacen?
d) ¿Cuál es comportamiento del ciego Bartimeo? ¿Qué dice y qué hace?
e) ¿Cuál es para nosotros la lección de la curación del ciego Bartimeo?

5. Para aquellos que desean profundizar el tema

a) Contexto de la larga instrucción de Jesús a los discípulos:

La curación del ciego anónimo, al comienzo de la instrucción, se completa por dos momentos (Mc 8,22-26). En el primer momento, el ciego comienza a intuir las cosas, pero sólo a mitad. Ve las personas como si fuesen árboles (Mc 8,24). En el segundo momento, en el segundo intento, comienza a entender bien. Los discípulos eran como el ciego anónimo: aceptaban a Jesús como Mesías, pero no aceptaban la cruz (Mc 8,31-33). Eran personas que cambiaban personas por árboles No tenían una fe fuerte en Jesús. ¡Continuaban siendo ciegos! Cuando Jesús insistía en el servicio y en la entrega (Mc 8,31;34; 9,31; 10,33-34), ellos discutían entre sí sobre quien era el más importante (Mc 9,34) y continuaban pidiendo los primeros puestos en el Reino, uno a la derecha y otro a la izquierda del trono (Mc 10,35-37). Señal de que la ideología imperante de la época penetraba profundamente en sus mentalidades. El haber vivido varios años con Jesús, no les había renovado su modo de ver las cosas y personas. Miraban a Jesús con la mirada del pasado. Querían que fuese como ellos se lo imaginaban: un Mesías glorioso (Mc 8,32). Pero el objetivo de la instrucción de Jesús es que sus discípulos sean como el ciego Bartimeo, que acepta a Jesús como es. Bartimeo tiene una fe fuerte que le hace ver, fe que Pedro no posee todavía. Y así Bartimeo se convierte en el modelo para los discípulos del tiempo de Jesús, para las comunidades del tiempo de Marcos, como para nosotros.

b) Comentario del texto:

Marcos 10,46-47: Descripción del contexto del episodio: el grito del pobre
Finalmente, después de una larga caminata, Jesús y sus discípulos llegan a Jericó, última parada antes de llegar a Jerusalén. El ciego Bartimeo está sentado a la vera del camino. No puede participar en la procesión que acompaña a Jesús. Pero grita, invocando la ayuda del Señor: “¡Hijo de David! ¡Ten piedad de mi!” La expresión “Hijo de David” era el título más común que la gente daba al Mesías (Mt 21,9; cf. Mc 11,9) Pero este título no agradaba mucho a Jesús. Él llegó a cuestionar y a criticar la costumbre de los doctores de la ley que enseñaban a la gente diciendo el Mesías es el Hijo de David (Mc 12,35-37).

Marcos 10,48: Reacción de la gente ante el grito del pobre
El grito del pobre es incómodo, no gusta. Los que van en la procesión con Jesús intentan hacerle callar. Pero “¡él gritaba todavía más fuerte!” También hoy el grito del pobre es incómodo. Hoy son millones los que gritan: emigrantes, presos, hambrientos, enfermos, perseguidos, gente sin trabajo, sin dinero, sin casa, sin techo, sin tierra, gente que no recibirán jamás un signo de amor. Gritos silenciosos, que entran en las casas, en las iglesias, en las ciudades, en las organizaciones mundiales. Lo escucha sólo aquél que abre los ojos para observar lo que sucede en el mundo. Pero son muchos los que han dejado de escuchar. Se han acostumbrado. Otros intentan silenciar los gritos , como sucedió con el ciego de Jericó. Pero no consiguen silenciar el grito del pobre. Dios lo escucha. (Éx 2,23-24; 3,7) Y Dios nos advierte diciendo: “ No maltratarás a la viuda o al huérfano”. ¡Si tú lo maltratas, cuando me pida ayuda, yo escucharé su grito!” (Éx 22,21)

Marcos 10,49-50: Reacción de Jesús ante el grito del pobre
¿Y qué hace Jesús? ¿Cómo escucha Dios el grito? Jesús se para y ordena llamar al ciego. Los que querían hacerlo callar, silenciar el grito incómodo del pobre, ahora, a petición de Jesús, se ven obligados a obrar de modo que el pobre se acerque a Jesús,. Bartimeo deja todo y va corriendo a Jesús. No posee mucho, apenas una manta. Lo único que tiene para cubrirse el cuerpo (cf. Éx 22,25-26). ¡Esta es su seguridad, su tierra firme!

Marcos 10, 51-52: Conversación de Jesús con el ciego y su curación
Jesús pregunta: “¿Qué quieres que te haga?” No basta gritar. ¡Se necesita saber por qué se grita! Él responde: “¡Maestro! ¡Que yo recobre la vista!” Bartimeo había invocado a Jesús con expresiones no del todo correctas, porque, como hemos visto, el título de “Hijo de David” no le gustaba mucho a Jesús (Mc 12,35-37). Pero Bartimeo tiene más fe en Jesús que en las ideas y títulos sobre Jesús. No así los demás. No ven las exigencias como Pedro (Mc 8,32). Bartimeo sabe dar su vida aceptando a Jesús sin imponerle condiciones. Jesús le dice: “¡Anda! Tu fe te ha salvado!” Al instante, el ciego recuperó la vista”. Deja todo y sigue a Jesús (Mc 10,52). Su curación es fruto de su fe en Jesús (Mc 10,46-52). Curado, Bartimeo sigue a Jesús y sube con Él a Jerusalén hacia el Calvario. Se convierte en un discípulo modelo para Pedro y para nosotros: ¡creer más en Jesús que en nuestras ideas sobre Jesús!

c) Ampliando conocimientos

El contexto de la subida hacia Jerusalén

Jesús y sus discípulos se encaminan hacia Jerusalén (Mc 10,32). Jesús les precede. Tiene prisa. Sabe que lo matarán. El profeta Isaías lo había anunciado (Is 50,4-6; 53,1-10). Su muerte no es fruto de un destino ciego o de un plan ya preestablecido, sino que es la consecuencia de un compromiso tomado, de una misión recibida del Padre junto con los marginados de su tiempo. Por tres veces, Jesús llama la atención de los discípulos, sobre los tormentos y la muerte, que le esperan en Jerusalén (Mc 8,31; 9,31: 10,33). El discípulo debe seguir al maestro, aunque sea para sufrir con él (Mc 8,34-35). Los discípulos están asustados y le acompañan con miedo (Mc 9,32). No entienden lo que está sucediendo. El sufrimiento no andaba de acuerdo con la idea que ellos tenía del Mesías (Mc 8,32-33; Mt 16,22). Y algunos no sólo no entendían, sino que continuaban teniendo ambiciones personales. Santiago y Juan piden un puesto en la gloria del Reino, uno a la derecha y otro a la izquierda de Jesús (Mc 10,35-37). ¡Quieren estar por delante de Pedro! No entienden la propuesta de Jesús. ¡Están preocupados sólo de sus propios intereses! Esto refleja las disputas y riñas existentes en las comunidades al tiempo de Marcos y las que pueden existir todavía en nuestras comunidades. Jesús reacciona con decisión: “¿Qué es lo que estáis pidiendo?” (Mc 10,38). Y les dice si son capaces de beber el cáliz que Él, Jesús, beberá, y si están dispuestos a recibir el bautismo que Él recibirá. ¡El cáliz del sufrimiento. el bautismo de sangre! Jesús quiere saber si ellos, en vez de un puesto de honor, aceptan dar vida hasta la muerte. Los dos responden: “¡”Podemos!” (Mc 8,39). Parece una respuesta dicha sólo con los labios, porque pocos días después, abandonan a Jesús y lo dejan solo en la hora del sufrimiento (Mc 14,50). Ellos no tienen mucha conciencia crítica, no perciben su realidad personal. En su instrucción a los discípulos, Jesús insiste sobre el ejercicio del poder (cf. Mc 9,33-35). En aquel tiempo, aquellos que detentaban el poder no prestaban atención a la gente. Obraban según sus ideas (cf. Mc 6,17-29). El imperio romano controlaba el mundo y lo mantenía sometido por las fuerzas de las armas y así, a través de tributos, tasas e impuestos, conseguía concentrar la riqueza del pueblo en manos de unos pocos en Roma. La sociedad se caracterizaba por el ejercicio represivo y abusivo del poder. Jesús tiene una propuesta diferente. Dice: “No debe ser así entre vosotros. Quien quiera ser grande entre vosotros sea vuestro servidor” (Mc 10,43). Enseña a vivir contra los privilegios y las rivalidades. Subvierte el sistema e insiste en el servicio, remedio contra la ambición personal. En definitiva, presenta un testimonio de la propia vida: “El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por muchos “ (Mc 10,45).

La fe es una fuerza que transforma a las personas

La Buena Nueva del Reino anunciada por Jesús es como un fertilizante. Hace crecer la semilla de la vida escondida en las personas, en la gente, escondida como un fuego bajo las cenizas de la observancia, sin vida. Jesús sopla sobre las cenizas y el fuego se enciende, el Reino se muestra y la gente se alegra. La condición es siempre la misma: creer en Jesús. Pero cuando el temor se apodera de las personas, entonces desaparece la fe y la esperanza se apaga. En la hora de la tormenta, Jesús reprende a los discípulos por su falta de fe (Mc 4,40). No creen, porque tienen miedo (Mc 4,41). Por la falta de fe de los habitantes de Nazaret, Jesús no puede obrar allí ningún milagro (Mc 6,6). Aquella gente no quiere creer, porque Jesús no era como ellos pensaban que debía ser (Mc 6,2-3). Y precisamente es la falta de fe la que impide a los discípulos a arrojar “al espíritu inmundo” que maltrataba a un niño enfermo (Mc 9,17). Jesús los critica: “¡Oh generación incrédula!” (Mc 9,19). E indica el camino para reanimar la fe: “Esta especie de demonio no se puede arrojar de ningún modo, si no es con la oración” (Mc 9,29)

Jesús animaba a las personas a que tuviesen fe en Él y por lo mismo, creaba confianza en los demás (Mc 5,34.36; 7,25-29; 9,23-29; 10,52; 12.34.41-44). A lo largo de las páginas del evangelio de Marcos, la fe en Jesús y en su palabra aparece como una fuerza que transforma a las personas. Hace que se reciba el perdón de los pecados (Mc 2,5), afronta y vence la tormenta (Mc 4,40), hace renacer a las personas y obra en ellos el poder de curarse y de purificarse (Mc 5,34). La fe obtiene la victoria sobre la muerte, por lo que la niña de doce años resucita gracias a la fe de Jairo, su padre, en la palabra de Jesús (Mc 5,36). La fe hace saltar al ciego Bartimeo: “Tú fe te ha salvado” (Mc 10,52). Si tú dices a la montaña: “Levántate y arrójate al mar”, la montaña caerá en el mar, pero no hay que dudar en el propio corazón (Mc 11,23-24). “Porque todo es posible para el que cree” (Mc 9,23). “¡Tened fe en Dios!” (Mc 11,22). Gracias a sus palabras y gestos, Jesús despierta en la gente una fuerza dormida que la gente no sabe que tiene. Así sucede con Jairo (Mc 9,23-24), con el ciego Bartimeo (Mc 10,52), y tantas otras personas, que por su fe en Jesús, hicieron nacer una vida nueva en ellos y en los otros.

La curación de Bartimeo (Mc 10,,46-52) aclara un aspecto muy importante de la larga instrucción de Jesús a sus discípulos. Bartimeo había invocado a Jesús con el título mesiánico de “Hijo de David” (Mc 10,47). A Jesús este título no le agradaba (Mc 12,35-37). Pero aunque ha invocado a Jesús con una expresión no correcta, Bartimeo tiene fe y es curado. Lo contrario de Pedro, cree más en Jesús que en las ideas que tiene sobre Jesús. Cambia su idea, se convierte, deja todo y sigue a Jesús por el camino hasta el Calvario (Mc 10,52).

La comprensión completa del seguimiento de Cristo no se obtiene con la instrucción teórica, sino con el compromiso práctico, caminando con Él por el camino del servicio desde Galilea a Jerusalén. Quien insista en tener la idea de Pedro, o sea, la del Mesías glorioso sin la cruz, no entenderá a Jesús y no llegará a asumir jamás la actitud del verdadero discípulo. Quien quiere creer en Jesús y hacer “don de sí” (Mc 8,35), aceptar “ser el último” (Mc 9,35), “beber el cáliz y llevar la cruz” (Mc 10,38), éste , como Bartimeo, aun sin tener las ideas totalmente correctas, obtendrá el poder de “seguir a Jesús por el camino” (Mc 10,52). En esta certeza de poder caminar con Jesús se encuentra la fuente del coraje y la semilla de la victoria sobre la cruz.

6. Oración de un Salmo 31 (30)

En ti, Yahvé, me cobijo!

En ti, Yahvé, me cobijo,
¡nunca quede defraudado!

¡Líbrame conforme a tu justicia,
tiende a mí tu oído, date prisa!
Sé mi roca de refugio,
alcázar donde me salve;
pues tú eres mi peña y mi alcázar,
por tu nombre me guías y diriges.

Sácame de la red que me han tendido,
pues tú eres mi refugio;
en tus manos abandono mi vida
y me libras, Yahvé, Dios fiel.
Detestas a los que veneran ídolos,
pero yo confío en Yahvé.
Me alegraré y celebraré tu amor,
pues te has fijado en mi aflicción,
conoces las angustias que me ahogan;
no me entregas en manos del enemigo,
has puesto mis pies en campo abierto.

Ten piedad de mí, Yahvé,
que estoy en apuros.
La pena debilita mis ojos,
mi garganta y mis entrañas;
mi vida se consume en aflicción,
y en suspiros mis años;
sucumbe mi vigor a la miseria,
mis huesos pierden fuerza.

De todos mis opresores
me he convertido en la burla;
asco doy a mis vecinos,
espanto a mis familiares.
Los que me ven por la calle
se apartan lejos de mí;
me olvidan igual que a un muerto,
como objeto de desecho.
Escucho las calumnias de la turba,
terror alrededor,
a una conjuran contra mí,
tratando de quitarme la vida.

Pero yo en ti confío, Yahvé,
me digo: «Tú eres mi Dios».
Mi destino está en tus manos, líbrame
de las manos de enemigos que me acosan.
Que brille tu rostro sobre tu siervo,
¡sálvame por tu amor!

Yahvé, no quede yo defraudado
después de haberte invocado;
que queden defraudados los impíos,
que bajen en silencio al Seol.
Enmudezcan los labios mentirosos
que hablan insolentes contra el justo,
llenos de orgullo y desprecio.

¡Qué grande es tu bondad, Yahvé!
La reservas para tus adeptos,
se la das a los que a ti se acogen
a la vista de todos los hombres.
Los ocultas donde tú solo los ves,
lejos de las intrigas de los hombres;
bajo techo los pones a cubierto
de las querellas de las lenguas.

¡Bendito Yahvé que me ha brindado
maravillas de amor (en plaza fuerte)!
¡Y yo que decía alarmado:
«Estoy dejado de tus ojos»!
Pero oías la voz de mi plegaria
cuando te gritaba auxilio.

Amad a Yahvé, todos sus amigos,
a los fieles protege Yahvé;
pero devuelve con creces
al que obra con orgullo.
¡Tened valor, y firme el corazón,
vosotros, los que esperáis en Yahvé!

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo XXX de Tiempo Ordinario

En el evangelio que acabamos de escuchar vemos como Jesús tiene otra manera de mirar, cómo realmente es el único que verdaderamente no está ciego, ve más allá que nosotros, se da sin condiciones por los otros, sobre todo los más necesitados. Ni sus discípulos tienen la manera de ver de Jesús, ni de actuar.

Sale de una población, Jericó, con sus discípulos y seguidores. A la salida de la ciudad hay un mendigo pidiendo limosna, algo común entre los marginados de la sociedad para lograr sobrevivir en aquella época. A pesar de ser ciego, está atento a lo que ocurre a su alrededor, está alerta, despierto. Y se entera de que pasa Jesús. Por su reacción, debe conocer algo sobre Jesús: le llama hijo de David, parece conocer cuál es su origen, su linaje.

Nos puede sorprender la reacción de los que acompañan a Jesús. Oyen que alguien reclama a Jesús, que les llama a gritos. Se dan cuenta de quién es, un mendigo ciego. Nadie para aquella sociedad. Y le recriminan su actuación, dada la importancia de la persona a la que acompañan.

Pero nosotros solemos reaccionar de modo parecido. Si vamos acompañando a una persona importante, lo que menos nos agrada es que aparezca alguien de fuera del grupo, más todavía, alguien que no tiene ninguna importancia para nosotros ni la sociedad, y que quiera acercarse a nuestro líder. Porque Jesús es considerado un líder para aquellos que le van siguiendo. Jesús lleva un mensaje de amor, de búsqueda de la igualdad entre todos y de servicio los unos por los otros. Pero muchos de los que le siguen, incluso sus discípulos ven en él a la persona que va a liberar a su pueblo de la opresión extranjera, a un rey que va a liderar un cambio de gobierno y de poder.

Vaya desilusión si esta es nuestra visión y nuestro deseo: el poder y las riquezas, una visión equivocada. Ya nos lo muestra la lectura de Jeremías. Alegraos porque el Señor ha salvado a su pueblo. Los traerá de los confines de la tierra, entre ellos a los ciegos y a los cojos. Dios no hace distinciones entre personas, busca la salvación de todos. Y esto es algo que siempre nos cuesta aceptar, el Amor de Dios por el ser humano. Que Dios quiera la salvación de todos, honrados y pecadores, buenos y malos, sin importar su condición.

Jesús, a pesar de todo, tiene los sentidos abiertos, y escucha al ciego, y reclama su presencia. Está preparado para recibir a todo aquel que le busque, que le llame, que le reclame. ¿Y nosotros, estamos preparados para recibir a todo aquel que nos requiere, que busca nuestra ayuda?

El ciego es reclamado y no lo duda un instante, deja sus pertenencias, lo único que tiene, el manto que le puede resguardar del frío de la noche y se acerca a Jesús. Cuando uno se acerca al Salvador, se despreocupa de todo. Que hay mejor que estar en presencia del Señor.

Ante el Señor, el ciego ya no pide como a todas las personas que pasan a su lado limosna. Pide recobrar la vista. Nos muestra la fe, la confianza en Jesús. Y Jesús no dice que recobre la vista, sino “tu fe te ha salvado”. El motivo por el que nos salvaremos es la fe que tengamos en Jesús. Solamente por medio de la fe, nuestra manera de vivir, nuestro modo de actuar y de ser será el adecuado. Así es como aprenderemos a mirar, a captar con nuestros sentidos todo lo que acontece a nuestro alrededor. Es la única manera que tenemos para darnos cuenta del sufrimiento, del dolor, de las necesidades que tienen las personas que están a nuestro alrededor. Es así como podremos ayudar y servir a esas personas.

Estamos llamados como el ciego Bartimeo a seguir a Jesús por el camino que es nuestra vida. Pero solo hay una manera de hacerlo, tener la suficiente confianza y fuerza de voluntad para llamar a Jesús, que siempre está a nuestro lado, levantarnos dejando todo lo que no nos es necesario, y permitir que nos abra los ojos. Que nos permita ver lo que realmente importa: el amor que Dios nos da para que podamos continuar su obra en la tierra. Para ser verdaderos servidores de Dios, dando su amor a los demás.

Que, por medio de nuestra vida y nuestras obras, seamos ejemplo del Amor de Dios a los demás.

Germán Rivas, sdb

Tengamos vida

Personalmente creo que el sentido de la vista es el más necesario. La carencia de alguno de los otros sentidos es una grave dificultad, pero no puedo imaginarme lo que es no ver lo que te rodea, no ver por dónde vas, no ver a las personas queridas; de ahí los esfuerzos que se están haciendo, aprovechando la tecnología, para facilitar la vida a las personas ciegas. Pero además del sentido corporal, en nuestra vida también necesitamos “tener vista”, es decir, la capacidad para descubrir lo que otros no ven, o para anticipar un suceso a partir de los signos presentes, o para ir más allá de las apariencias de las cosas y personas hasta penetrar en su realidad más profunda.

En el Evangelio hemos escuchado el encuentro de Jesús con el ciego Bartimeo. Ante la pregunta de Jesús: ¿Qué quieres que haga por ti? El ciego le contestó: Maestro, que pueda ver. Bartimeo siente en primer lugar la necesidad de recuperar el sentido de la vista, porque esa carencia le obligaba a estar sentado al borde del camino pidiendo limosna. Y podemos pensar que el milagro que Jesús obra en él se limita a una curación “física”, que ya supondría un importante cambio en su vida.

Pero la respuesta de Jesús le abre a un horizonte más amplio que la simple recuperación del sentido corporal. Al decirle: tu fe te ha curado, Jesús hace descubrir a Bartimeo que “ya tenía vista”, porque aunque estuviera privado del sentido corporal, al oír que era Jesús Nazareno el que pasaba por el camino, empezó a gritar: Hijo de David, ten compasión de mí. Bartimeo no puede ver a Jesús físicamente pero por la fe lo llama Hijo de David, que es un título que los judíos aplicaban al Mesías, el cual había de ser descendiente del rey David. Bartimeo, aunque físicamente sea ciego, “tiene vista” para reconocer en Jesús Nazareno al enviado de Dios.

Y no sólo eso: al momento recobró la vista y lo seguía por el camino. La curación física ha provocado que Bartimeo se convierta en seguidor de Jesús. A partir de ahora Bartimeo “verá” y sobre todo “tendrá vista” evangélica, porque su vida será “seguimiento”, es decir, irá haciendo suyas las actitudes, comportamientos y enseñanzas de Jesús.

Con este signo, Jesús nos hace una llamada a todos a desear “tener vista” evangélica, es decir, a “ver”, a la luz de la fe, los acontecimientos de la vida, grandes o pequeños, personales o colectivos, para descubrir en ellos la presencia de Dios, que pasa por el camino a nuestro lado. Y así aprender a realizar una lectura creyente de la realidad, para actuar en nuestra vida con criterio evangélico.

La curación del ciego Bartimeo nos invita a reflexionar: ¿En qué aspectos de nuestra vida estamos “ciegos”? ¿Qué circunstancias personales o sociales no somos capaces de “ver”, y quizá nos mantienen también “sentados al borde del camino”, sin saber o poder tomar una determinación?

¿Tenemos “la vista” de la fe? Aunque en nuestra mente lo tengamos claro, ¿sabemos reconocer de forma vivencial a Jesús como el Mesías, el enviado por Dios, nuestro Salvador?

Si Jesús nos preguntase ahora mismo: ¿Qué quieres que haga por ti?, ¿qué le responderíamos? ¿Le pediríamos “ver”, “tener vista” evangélica, o nos quedaríamos en algún interés personal?

¿Nuestra vida de fe es verdadero “seguimiento” de Jesús, vamos haciendo nuestros sus criterios, actitudes, sentimientos… para concretarlos en las circunstancias de cada día? ¿O nos limitamos a “cumplir” unas normas y preceptos que tranquilizan nuestra conciencia, pero que no tienen verdadera repercusión en lo cotidiano?

Pidamos hoy por todas las personas ciegas, para que dispongan de los medios necesarios que les ayuden a vivir mejor. Y pidamos por todos nosotros, para que “tengamos vista” y sigamos a Jesús. Como indica la nota de La Casa de la Biblia sobre este pasaje: El ciego Bartimeo, cansado ya de estar sentado, desea recobrar la vista para poder seguir a Jesús. La figura de este ciego se convierte en modélica para todo discípulo. Auténtico discípulo es aquel que, como Bartimeo, testifica y proclama su fe, la traduce en oración perseverante y confiada, se libera de todo lo que impida un encuentro personal con Cristo e, iluminado por Él, lo sigue decidido en su camino.

Curarnos de la ceguera

¿Qué podemos hacer cuando la fe se va apagando en nuestro corazón? ¿Es posible reaccionar? ¿Podemos salir de la indiferencia? Marcos narra la curación del ciego Bartimeo para animar a sus lectores a vivir un proceso que pueda cambiar sus vidas.

No es difícil reconocernos en la figura de Bartimeo. Vivimos a veces como «ciegos», sin ojos para mirar la vida como la miraba Jesús. «Sentados», instalados en una religión convencional, sin fuerza para seguir sus pasos. Descaminados, «al borde del camino» que lleva Jesús, sin tenerle como guía de nuestras comunidades cristianas.

¿Qué podemos hacer? A pesar de su ceguera, Bartimeo «se entera» de que, por su vida, está pasando Jesús. No puede dejar escapar la ocasión y comienza a gritar una y otra vez: «ten compasión de mí». Esto es siempre lo primero: abrirse a cualquier llamada o experiencia que nos invita a curar nuestra vida.

El ciego no sabe recitar oraciones hechas por otros. Solo sabe gritar y pedir compasión porque se siente mal. Este grito humilde y sincero, repetido desde el fondo del corazón, puede ser para nosotros el comienzo de una vida nueva. Jesús no pasará de largo.

El ciego sigue en el suelo, lejos de Jesús, pero escucha atentamente lo que le dicen sus enviados: «¡Ánimo! Levántate. Te está llamando». Primero, se deja animar abriendo un pequeño resquicio a la esperanza. Luego, escucha la llamada a levantarse y reaccionar. Por último, ya no se siente solo: Jesús lo está llamando. Esto lo cambia todo.

Bartimeo da tres pasos que van a cambiar su vida. «Arroja el manto» porque le estorba para encontrarse con Jesús. Luego, aunque todavía se mueve entre tinieblas, «da un salto» decidido. De esta manera «se acerca» a Jesús. Es lo que necesitamos muchos de nosotros: liberarnos de ataduras que ahogan nuestra fe; tomar, por fin, una decisión sin dejarla para más tarde; y ponernos ante Jesús con confianza sencilla y nueva.

Cuando Jesús le pregunta qué quiere de él, el ciego no duda. Sabe muy bien lo que necesita: «Maestro, que pueda ver». Es lo más importante. Cuando uno comienza a ver las cosas de manera nueva, su vida se transforma. Cuando una comunidad recibe luz de Jesús, se convierte.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 28 de octubre

Ver para creer

      Los que viven en situaciones de pobreza, de opresión e injusticia son los que saben apreciar de verdad la liberación. En eso se parecen al ciego del que hoy nos habla el Evangelio. No es un ciego como los demás. Hay una diferencia clave: es consciente de su ceguera. Por eso es capaz de gritar al paso de Jesús y pedirle que tenga compasión de él. Quizá podríamos aventurar la idea de que este ciego no lo era de nacimiento, como algún otro que aparece en los Evangelios. Sabía lo que era ver las cosas, el mundo, las personas. Cuando se quedó ciego, se dio cuenta de lo que perdió. Por eso su sufrimiento era mayor. O simplemente sus familiares le habían hablado de lo que era ver las cosas y los rostros de las personas, los atardeceres y amaneceres con todos sus colores. Por eso grita al paso de Jesús. Y cuanto más le dicen que se calle, más grita. Es su oportunidad. Con su grito, está llamando la atención sobre su limitación, sobre su pobreza. Pero el grito no es educado. Es molesto. Impide que los discípulos escuchen la voz de Jesús. Por eso le piden que se calle.

      En nuestra sociedad a veces también resulta de poca educación poner al descubierto nuestras pobrezas, nuestras limitaciones. Pero los pobres, los oprimidos, los que sufren la injusticia y el dolor están siempre ahí. Por más que les echemos de nuestro barrio o miremos a otra parte cuando pasan cerca de nosotros. Pienso ahora en los jóvenes delincuentes. Viven en medio de la violencia. Hacen ruido, nos quitan la paz. Pero tengo la impresión de que todas esas cosas que hacen que tanto nos molestan y que ponen auténtica violencia en nuestros barrios no son más que una forma de gritar su miseria, su necesidad de cariño. En el fondo no son más que niños necesitados de una familia que les apoye, que les defienda, que les haga sentirse seguros. 

      Jesús devuelve la vista al ciego. Pero el milagro físico de devolverle la vista nos habla de otro milagro más profundo. Parece que el ciego empieza a ver no sólo con los ojos sino también con el corazón. Dice el Evangelio al final que “al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”. Quizá haya pocos ciegos en el sentido físico entre nosotros. Pero es posible que haya muchas maneras de ser ciego, muchas clases de ceguera. Y que algunos de nosotros ni siquiera tengamos el privilegio, como aquel ciego, de darnos cuenta de que estamos ciegos. 

      Ése es el milagro que hoy le tenemos que pedir a Jesús con todas las fuerzas. Que nos cure el corazón, que nos abra los ojos, para creer, para levantarnos y caminar mano a mano con nuestros hermanos y hermanas, construyendo fraternidad, construyendo reino, trabajando para que nadie se quede a la vera del camino, marginado, abandonado, para que los gritos de los que, cerca de nosotros, nos piden ayuda no nos resulten molestos sino que sean llamadas a vivir la fraternidad tal y como Jesús quería. Jesús nos dará la fuerza y la gracia que necesitamos. 

Para la reflexión

      ¿Qué gritos escuchamos en nuestra sociedad? ¿Cómo gritan los pobres de nuestro tiempo? ¿Qué dicen? ¿Cómo podemos ayudarles a encontrar el camino? ¿Puede ser Jesús una ayuda en ese camino? ¿Cómo?

Fernando Torres, cmf