Vísperas – Lunes XXX de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: PRESENTEMOS A DIOS NUESTRAS TAREAS.

Presentemos a Dios nuestras tareas,
levantemos orantes nuestras manos,
porque hemos realizado nuestras vidas
por el trabajo.

Cuando la tarde pide ya descanso
y Dios está más cerca de nosotros,
es hora de encontrarnos en sus manos,
llenos de gozo.

En vano trabajamos la jornada,
hemos corrido en vano hora tras hora,
si la esperanza no enciende sus rayos
en nuestra sombra.

Hemos topado a Dios en el bullicio,
Dios se cansó conmigo en el trabajo;
es hora de buscar a Dios adentro,
enamorado.

La tarde es un trisagio de alabanza,
la tarde tiene fuego del Espíritu:
adoremos al Padre en nuestras obras,
adoremos al Hijo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia.

Salmo 44 I – LAS NUPCIAS DEL REY.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre;
cetro de rectitud es tu cetro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia.

Ant 2. Llega el esposo, salid a recibirlo.

Salmo 44 II

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna:
prendado está el rey de tu belleza,
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Llega el esposo, salid a recibirlo.

Ant 3. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

LECTURA BREVE   1Ts 2, 13

Nosotros continuamente damos gracias a Dios; porque habiendo recibido la palabra de Dios predicada por nosotros, la acogisteis, no como palabra humana, sino – como es en realidad- como palabra de Dios, que ejerce su acción en vosotros, los creyentes.

RESPONSORIO BREVE

V. Suba, Señor, a ti mi oración.
R. Suba, Señor, a ti mi oración.

V. Como incienso en tu presencia.
R. A ti mi oración.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Suba, Señor, a ti mi oración.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame mi alma tu grandeza, Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame mi alma tu grandeza, Dios mío.

PRECES

Alabemos a Cristo, que ama a la Iglesia y le da alimento y calor, y roguémosle confiados diciendo:

Atiende, Señor, los deseos de tu pueblo.

Haz, Señor, que todos los hombres se salven
y lleguen al conocimiento de la verdad.

Guarda con tu protección al papa Francisco y a nuestro obispo N.,
ayúdalos con el poder de tu brazo.

Ten compasión de los que no encuentran trabajo
y haz que consigan un empleo digno y estable.

Señor, sé refugio de los oprimidos
y protégelos en todas sus necesidades.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te pedimos por el eterno descanso de los que durante su vida ejercieron el ministerio para el bien de tu iglesia:
que también te celebren eternamente en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has querido asistirnos en el trabajo que nosotros, tus siervos inútiles, hemos realizado hoy, te pedimos que, al llegar al término de este día, acojas benignamente nuestro sacrificio vespertino de acción de gracias y recibas con bondad la alabanza que te dirigimos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 29 de octubre

Lectio: Lunes, 29 Octubre, 2018

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial
Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad; y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Lucas 13,10-17
Estaba un sábado enseñando en una sinagoga. Había allí una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años; estaba encorvada y no podía en modo alguno enderezarse. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» Y le impuso las manos. Y al instante se enderezó y glorificaba a Dios.
Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una curación en sábado, decía a la gente: «Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado.» Replicóle el Señor: «¡Hipócritas! ¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar? Y a ésta, que es hija de Abrahán, a la que ató Satanás hace ya dieciocho años, ¿no estaba bien desatarla de esta ligadura en día de sábado?» Y cuando decía estas cosas, sus adversarios quedaban abochornados, mientras que toda la gente se alegraba con las maravillas que hacía.
3) Reflexión
• El evangelio de hoy describe la curación de la mejor encorvada. Se trata de uno de los muchos episodios que Lucas nos narra, sin mucho orden, al describir el largo camino recorrido por Jesús hacia Jerusalén (Lc 9,51 a 19,28).
• Lucas 13,10-11: La situación que provoca la acción de Jesús. Jesús está en la sinagoga en un día de reposo. Cumple con la ley, guardando el sábado y participando en la celebración con su gente. Lucas informa que Jesús estaba enseñando. Había en la sinagoga una mujer encorvada. Lucas dice que un espíritu de flaqueza le impedía asumir una postura recta. En aquel tiempo la gente explicaba así las dolencias. La mujer llevaba dieciocho años en esta situación. No habla, no tiene nombre, no pide la curación, no toma ninguna iniciativa. Su pasividad llama la atención.
• Lucas 13,12-13: Jesús cura la mujer. Viendo a la mujer, Jesús la llama e le dice: “¡Mujer, queda libre de tu enfermedad!”. La acción de liberar se realiza por medio de la palabra, dirigida directamente a la mujer, y por el toque de la imposición de las manos. Inmediatamente, se pone de pie y empieza a alabar al Señor. Hay una relación entre el ponerse de pie y dar gloria a Dios. Jesús hace que la mujer se ponga de pie para que pueda alabar a Dios en medio del pueblo reunido en asamblea. La suegra de Pedro, una vez curada, se levanta y se pone a servir (Mc 1,31). ¡Alabar a Dios y servir a los hermanos!
• Lucas 13,14: La reacción del jefe de la sinagoga. El jefe de la sinagoga se volvió furioso viendo la acción de Jesús, porque había curado a la mujer un día de sábado: “Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado.” . En la crítica del jefe de la sinagoga resuena la palabra de la Ley de Dios que decía: “Acuérdate del día de sábado para santificarlo. Trabaja seis días y, en ellos, haz todas tus faenas. Pero el día séptimo es día de descanso, consagrado a Yahvé, tu Dios. Que nadie trabaje”. (Ex 20,8-10). En esta reacción autoritaria del jefe tenemos una llave para entender por qué motivo la gente estaba tan oprimida y por qué la mujer no podía participar en aquel tiempo. El dominio sobre las conciencias a través de la manipulación de la ley de Dios era muy fuerte. Era ésta la manera en que mantenían a la gente sometida y encorvada.
• Lucas 13,15-16: La respuesta de Jesús al jefe de la sinagoga. El jefe condenó a las personas porque quería que observasen la Ley de Dios. Aquello que para el jefe de la sinagoga es observancia de la ley de Dios, para Jesús es hipocresía: «¡Hipócritas!¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar? Y a ésta, que es hija de Abrahán, a la que ató Satanás hace ya dieciocho años, ¿no estaba bien desatarla de esta ligadura en día de sábado?” Con este ejemplo sacado de la vida diaria, Jesús muestra la incoherencia de este tipo de observancia de la ley de Dios. Si está permitido desatar un buey en el día de sábado, sólo para darle de beber, mucho más está permitido desatar a una hija de Abrahán para liberarla del poder del mal. El verdadero sentido de la observancia de la Ley que agrada a Dios es éste: liberar a las personas del poder del mal y ponerlas de pie, para que puedan glorificar a Dios y rendirle homenaje. Jesús imita a Dios que endereza a los encorvados (Sal 145,14; 146,8).
• Lucas 13,17: La reacción de la gente ante la acción de Jesús. La enseñanza de Jesús deja confusos a sus adversarios, pero la multitud se llena de alegría por las maravillas que Jesús está realizando: “toda la gente se alegraba con las maravillas que hacía”. En la Palestina del tiempo de Jesús, la mujer vivía encorvada, sometida al marido, a los padres y a los jefes religiosos de su pueblo. Esta situación de sumisión estaba justificada por la religión. Pero Jesús no quiere que ella siga encorvada. Desatar y liberar a las personas no tiene un día marcado. Es todos los días, ¡y hasta el día de sábado!
4) Para la reflexión personal
• La situación de la mujer ¿ha cambiado mucho o es la misma que en el tiempo de Jesús? ¿Cuál es la situación de la mujer hoy en la sociedad y en la Iglesia? ¿Hay alguna relación entre religión y opresión de la mujer?
• La multitud se alegra con la acción de Jesús. ¿Cuál es la liberación que está aconteciendo hoy y que está llevando a la multitud a alegrarse y a dar gracias a Dios?
5) Oración final
Feliz quien no sigue consejos de malvados
ni anda mezclado con pecadores
ni en grupos de necios toma asiento,
sino que se recrea en la ley de Yahvé,
susurrando su ley día y noche. (Sal 1,1-2)

El acompañamiento en la catequesis de iniciación cristiana

Tengo que confesar que, tras la publicación de Evangelii Gaudium, una primera lectura un poco rápida de los números 222 al 225, donde el Papa Francisco afirma que el tiempo es superior al espacio, no me permitieron hacerme una idea clara de su pensamiento, ni caer en la cuenta de que lo que el Papa Francisco trata en estos números tenía mucho que ver con algo que yo entonces ya estaba trabajando: el acompañamiento pastoral. Posteriormente, una lectura más reposada me permitió caer en la cuenta de que, cuando el Papa hacía referencia al tiempo y al espacio, estaba haciendo una propuesta de profundo calado para la acción pastoral de la iglesia, proponiendo un modelo de acompañamiento pastoral. Pero, las cosas alcanzaron una claridad meridiana con la lectura de Amoris laetitia, y especialmente de los números 260-262, en los que el Papa se refiere al proceso de acompañamiento en la educación de los hijos. Es ahí donde, a mi modo de ver, el Papa presenta su pensamiento sobre el valor del tiempo como superior al del espacio como una forma de situarse en la acción pastoral, como una invitación acompañar procesos, a no estar preocupado por controlar los espacios, y a desarrollar una serie de virtudes y actitudes pastorales (saber respetar los ritmos, cuidar la escucha, etc.), que podríamos englobar con el término “paciencia pastoral”. Pues bien, el contenido de este artículo se sitúa en este contexto, y quiere abordar el papel del catequista como acompañante pastoral.

1. La figura del catequista como acompañante del proceso de iniciación cristiana a lo largo de la historia

Para ello, y como punto de partida, basten algunas pinceladas para contextualizar el momento actual, y para hacernos caer en la cuenta de que el papel del acompañante, del maestro de vida, fue fundamental en el origen del cristianismo en el proceso de iniciación de los que incorporaban a la Iglesia. Los grandes catequistas de la antigüedad de los que guardamos recuerdo así lo confirman, y también el trabajo de tanto catequista anónimo, cuya obra se perdió en el olvido, o de los que nos queda memoria por el testimonio de aquellos a los que acompañaron. Fueron los cambios en la forma de ubicarse el cristianismo en la sociedad, la conversión de éste en religión oficial del Imperio, lo que permitió que esta tarea, fundamental en los orígenes del cristianismo, fuera transformándose hasta convertirse casi en una caricatura.

En los primeros siglos del cristianismo, cuando éste era una experiencia minoritaria en el contexto del paganismo reinante, la articulación del proceso de iniciación a la fe, del catecumenado, que tan importante resultó para la iglesia naciente, tenía que ir acompañado necesariamente por agentes que lo llevarán a cabo: los catequistas. Éstos no eran personas únicamente preparadas en la doctrina. Muchas veces no poseían un gran bagaje intelectual. Otras veces sí. Pero, sobre todo, lo que se esperaba de ellos es que fueran maestros y maestras de vida por su ejemplaridad en la forma de vivir el cristianismo. Personas con autoridad moral, y no solo doctrinal, capaces de introducir a los catecúmenos en el misterio de la fe. De ahí que se les denominará mistagogos, maestros y acompañantes para el encuentro personal con el misterio que es Dios.

Todo esto suponía que los catequistas acompañaban a adultos, o al menos jóvenes adultos, capaces de tener una vida interior y un recorrido personal para acercarse al misterio y no quemarse. El proceso recogido en las catequesis de la antigüedad nos ha permitido reconstruir un proyecto catecumenal para el mundo de hoy, como más adelante veremos.

Posteriormente, a causa del reconocimiento de cristianismo como religión oficial del Imperio, tras las conversiones masivas de los pueblos bárbaros al cristianismo y los bautismos masivos, el proceso de iniciación cristiana dejó de ser un camino de encuentro personal con el misterio de Dios. La preocupación principal dejó de ser el encuentro personal de cada uno de los fieles con Dios, para bautizar la cultura e impregnarla de las verdades de la fe. Con ello el papel del catequista como mistagogo dejó de ser fundamental. Solamente aquellos que querían un grado mayor de perfección buscaron a los monjes del desierto para que les iniciaran en la vida de oración y en el encuentro personal con Dios.

La catequesis, en gran parte, se fue convirtiendo poco a poco, y cada vez más, en una tarea dirigida a los niños. El conocimiento de los contenidos de la fe se convirtió en su núcleo, y los catequistas en gran parte redujeron su tarea a enseñar esos contenidos. Sé que esta presentación es demasiado simplista y esquemática, pero un texto como éste no me permite matizar las afirmaciones, y describir nada más que a muy grandes trazos el proceso.

Este proceso comienza un camino inverso en el siglo XX. Una serie de razones llevaron a ello. Señalo únicamente las dos que considero principales: el progresivo derrumbamiento de un cristianismo vivido en régimen de cristiandad en los países de tradición cristiana, para ir siendo sustituido por un cristianismo vivido en minoría en una sociedad pluri-religiosa, pero sobre todo indiferente, que nos ha llevado a tomar conciencia de la necesidad de una iniciación cristiana adecuada a esta situación. Y de otra parte, la tarea misionera, llevada a cabo en aquellos lugares donde el Evangelio es recibido por primera vez. En estas iglesias jóvenes el papel de los catequistas y su tarea de acompañamiento de las personas y de las comunidades ha jugado un papel impagable.

Pues bien, todo esto ha llevado a una nueva forma de comprender la catequesis y su tarea, y lo que es más importante para el objetivo de estas líneas, todo esto ha supuesto una recuperación del papel de los catequistas y de su tarea. Así, siguiendo la línea de acción propuesta por el Concilio para la recuperación del catecumenado de adultos y, como consecuencia, la articulación de un proyecto catequético centrado en la iniciación cristiana, se recuperará también la dimensión mistagógica del catequista, y, por tanto, la comprensión de su tarea como acompañante, maestro de vida, más que como simple transmisor de conocimientos.

Con ello llegamos al núcleo de nuestra reflexión, que precisamente lo que intenta abordar es esta comprensión del papel del catequista como iniciador y acompañante en el camino de la fe.

 

2. La tarea de acompañar en la catequesis

Pues bien, en este contexto en el que actualmente nos movemos, creo que algo que necesariamente debemos tener en cuenta, como punto de partida, es la pluralidad de situaciones en las que se encuentran las personas que se acercan y se inician en la fe, a las que nos proponemos acompañar, con el fin de responder adecuadamente a cada una de ellas y a sus necesidades. Para ello hemos de ser conscientes de que en los procesos de iniciación cristiana nos encontramos con un público muy variado y diferente. Nos encontramos con un grupo de personas que se acercan a la fe a partir de experiencias muy diferentes, pero todas ellas coinciden en que, con anterioridad a su encuentro con el Evangelio, nunca recibieron, ni para bien ni para mal, ninguna formación religiosa. Son terreno virgen. También existen otros que proceden de una formación religiosa, que posteriormente ignoraron y relegaron al ámbito de lo irrelevante, o incluso en algunos casos la rechazaron de forma agresiva. Éstos, cuyo número es muy difícil de cuantificar, pero que probablemente irá en progresivo aumento en los años venideros, se caracterizan por participar del ambiente cultural de indiferencia, o, como han denominado algunos autores, de una cultura post-cristiana.

Existe también una población muy numerosa de niños para los que sus padres solicitan los sacramentos de la iniciación cristiana. Especialmente el bautismo y la primera comunión. En este sector de catecúmenos, y sobre todo de sus familias, las situaciones, las motivaciones y los intereses son muy diferentes y variados. Van desde aquellos niños que han nacido y crecido en familias que tienen una participación activa en la vida de la Iglesia, a aquellos otros en cuyas familias únicamente pesa la tradición cultural, el deseo de una fiesta de transición, etc., pero para los cuales la motivación religiosa y la continuidad del proceso es mínima. Corremos el riesgo de bautizar niños para no escandalizar a sus abuelos, y de dar las primeras y las últimas comuniones en una única celebración. En cualquier caso, tanto en los infantes que se inician en el camino de la fe acompañados de los suyos, como en los que se acercan a nuestros procesos de iniciación cristiana con unas motivaciones cristianas muy escasas en los familiares que los presentan, la tarea por parte de los catequistas no puede reducirse únicamente a los niños, sino que es imprescindible que se asuma seriamente el acompañamiento de los adultos que los presentan, con el fin de asegurar la continuidad del proceso, y, sobre todo, de generar la ocasión de que los padres puedan abrirse a la experiencia de la fe y andar su propio proceso. De aquí la importancia de la catequesis familiar en estas situaciones. Vayamos por partes, y detengámonos en cada uno de los casos.

a) Acoger y acompañar a los que se acercan y a los que retornan a la fe

En el primer caso, en el de los jóvenes y adultos que se acercan a la fe, éstos proceden de un contexto social de increencia e indiferencia religiosa. De una forma o de otra retornan a la fe o están viviendo un proceso de conversión. De ahí que la tarea catequética esté llamada a ser transformadora de sus vidas, lo que necesariamente tiene una serie de consecuencias prácticas en la forma de acompañar, que no debemos obviar:

  • En primer lugar, dada la pluralidad de sus situaciones personales, parece necesario articular ofertas de itinerarios de iniciación cristiana variados, capaces de adaptarse a la situación de cada persona. De ahí la importancia del catequista como acompañante y maestro.
  • Esto supone una segunda consecuencia, necesaria en todos los casos: una actitud y una forma de acompañar caracterizada por la proximidad y la cercanía fraterna y respetuosa, en la que, como testigos, debemos interpelar con nuestras vidas, pero en la que, también, nos dejamos interpelar por aquellos a los que nos acercamos.

    • Y debe caracterizarse, también, por la acogida, puesto que muchos tienen dificultades para volver, porque siguen manteniendo las mismas objeciones que les hizo alejarse, si no más. Otros vienen insatisfechos de no haber encontrado en otras partes lo que buscaban: la realización personal, el sentido de la vida, la paz interior, la felicidad…, o quizás sí, pero en cualquier caso están en búsqueda de algo más, capaz de fundamentar y plenificar sus vidas. Muchos vienen, también, después de haber dado serios tropiezos en la vida, avergonzados de sus equivocaciones, pero con firmes deseos de cambio. Buscan a Dios como alguien que acoge y que no condena. Buscan ser escuchados, poder compartir lo que experimentan, y que se los acompañe. Buscan comunidades de referencia donde expresar y celebrar la fe encontrada.

b) Acompañar a los niños y a los jóvenes, y a sus familias, en el proceso de socialización cristiana

En el segundo caso, en el de aquellos que se inician en la fe desde el ámbito familiar y piden recibir los sacramentos de la iniciación cristiana, ésta puede ser la ocasión de un proceso catecumenal familiar que permita a los adultos que los acompañan personalizar la fe en la que fueron bautizados para poder así acompañar a sus hijos. Para ello deberemos tener, como objetivo, una propuesta clara del Evangelio y de la alegría que éste supone en la vida de aquellos que lo acogen. Que este encuentro con el Evangelio sea ocasión para revisar y reformular su proyecto vital y familia, de tal forma que sea coherente con el Evangelio recibido, y se pongan en disposición de llevarlo a cabo en la vida cotidiana, y como miembros activos de la Iglesia.

Esta propuesta, además de tener consecuencias en los contenidos y en la forma de presentarlos, supone la asunción de una pedagogía iniciática o de engendramiento, para la que es necesario el acompañamiento personal de cada catecúmeno por parte de su catequista, pero también de sus familias.

La catequesis, así entendida, deberá tener una serie de rasgos identificadores fundamentales, como son:

• La capacidad de cultivar la interioridad, de provocar y despertar preguntas, y de abrir a la experiencia de nuestra vida y de nuestra historia personal, y a la experiencia honda de Dios.

• La capacidad de iniciar en los misterios de la fe, adaptándose al momento y a la edad de cada uno de los catecúmenos.

• Una catequesis que tiene lugar “entre otros” y “con otros”, porque el catecúmeno no está desconectado de los otros ni de la comunidad que lo acoge y acompaña.

c) Principales objetivos del acompañamiento en catequesis

Tanto en uno como en otro caso, podemos considerar como objetivos principales del acompañamiento para la iniciación cristiana, los siguientes:

La maduración de la conversión y de la fe, con el fin de que el converso, como hombre o mujer renacido, o el infante, haga un proceso de iniciación a la forma de pensar, sentir y actuar acorde con el proyecto de Cristo. Los cambios que se producen de converso a converso, de niño a niño, de joven a joven, son distintos, pero en todos es necesario que exista un proceso de maduración de sus actitudes y de su experiencia de Dios, que los permita a cada uno, según su edad y su situación vital, afrontar la vida como discípulos-testigos. Se pretende también que ésta sea una experiencia gozosa y dadora de sentido, capaz de ilusionar y de generar las actitudes y las virtudes necesarias para el seguimiento.

La apertura a la experiencia del Espíritu y la inmersión en el misterio de Dios. La vida cristiana es precisamente esto: vida. De ahí que el proceso de iniciación a ella sea fundamentalmente vivencial, experiencial. No pretendemos que el catecúmeno adquiera un conocimiento intelectual del misterio de Dios, sino una inmersión en él. Cada uno según su edad y sus cualidades. Para ello, debemos servirnos de las mediaciones que posibilitan que cada catecúmeno pueda hacer la experiencia del encuentro con Dios. De ahí la necesidad de iniciar en la oración, la celebración, la expresión simbólica, el servicio a los más pobres, la contemplación del rostro de Dios en el necesitado, etc. Por otro lado, se requiere también hacer conscientes a los catecúmenos de la acción permanente del Espíritu que, desde la conciencia y desde la vida nos habla, nos anima y da su fuerza a la vez que nos va transformando con su gracia. En una palabra, enseñar y ayudar a descubrir la presencia de Dios, como ese amigo visible-invisible que nos acompaña y nos ama siempre.

La iniciación en los contenidos de la fe. El catecumenado también tiene como objetivo una instrucción doctrinal, que permita el conocimiento de los contenidos de la fe, con el fin de poder dar razón de lo que creemos, de nuestra forma de actuar y de lo que nos cabe esperar. Con este fin, es preciso determinar con justeza los contenidos del catecumenado, que deberán estar adaptados a la edad y al contexto social y cultural, y centrados en los fundamentos bíblicos que estructuran la conversión y la fe.

• La asunción de un cambio de vida. La iniciación cristiana exige en unos un auténtico cambio de vida y una transformación moral en correspondencia con el Evangelio, y en otros avanzar hacia la vida adulta aprendiendo a distinguir la voluntad de Dios respecto a ellos. En cualquier caso, debe ser un proceso que comprometa la vida, que lleve a revisar las actitudes y los valores según el Evangelio y sus exigencias. No se trata de una insistencia en normas morales, desde una visión rigorista y negativa, sino de una insistencia en el ideal evangélico, sin olvidar sus exigencias en la vida personal, social, económica y política.

La potenciación de la pertenencia eclesial, que no se alcanza en abstracto sino por la incorporación a una comunidad concreta.

• La aceptación responsable de la propia misión, haciendo que el catecúmeno adquiera la conciencia de ser un cristiano de pleno derecho, asuma sus responsabilidades tanto en su proyecto personal como ante la sociedad y la vida misma de la Iglesia. Para ello apelaremos a su generosidad, su entusiasmo y sus valores.

La recuperación del catecumenado por parte del Concilio Vaticano II, entre otras cosas, ha supuesto la toma de conciencia de que la iniciación es un proceso largo, que tiene una serie de etapas claramente diferenciadas, según recoge el Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos (RICA). Conocer y diferenciar cada una de estas etapas, así como sus objetivos específicos, y los medios de los que se sirve, es de gran utilidad para el acompañamiento personal del catecúmeno por parte del catequista que lo acompaña.

 

3.- La figura del catequista como acompañante (principales características)

Todo lo anterior desemboca necesaria- mente en la importancia del papel del catequista como iniciador y acompañante en el camino de la fe. Un papel que supone no solamente el conocimiento de los contenidos de la fe y de la metodología adecuada para transmitirlos, sino, lo que es más importante, la autoridad moral y la ejemplaridad propia de una catequesis de engendramiento, y el tacto, la paciencia y la capacidad de acompañar procesos. Para ello debe:

Saber acoger la situación de cada una de las personas, e intuir el sueño que Dios tiene para cada una de ellas. Saber amar a cada uno como hoy es y el momento de la vida en el que se encuentra, pero saber proponer metas y caminos a alcanzar, apoyar el crecimiento, y urgir cambios en la vida. Transmitir la convicción de que cada momento es una oportunidad para ser más, para crecer, para realizar nuevas opciones capaces de llenar el vacío, y ser vías de transformación.

• Acompañar la búsqueda activa. Ayudar a descubrir y a purificar motivaciones, liberar condicionamientos y presiones, encontrar fuerzas para buscar y metas por las que luchar, y abrirse a la trascendencia. Unas fuerzas que no siempre encuentran aquellos a los que acompañamos, porque entre ellos hay personas de todas la edades que se sienten inseguros, que viven situaciones de vulnerabilidad… Por eso es necesario ser exquisitamente cuidadosos a la hora de no manipular a las personas que acompañamos.

• Proponer la alegría del Evangelio como respuesta a su búsqueda. El encuentro entre la persona que se inicia (el niño y el adolescente que se pone a nuestro cargo, el adulto que viene casi obligado al grupo como un tributo que hay que pagar para que sus hijos reciban los sacramentes de la iniciación cristiana) y el cristiano que le acoge supone necesariamente no quedarse en la acogida y la escucha, sino en una presentación adecuada de aquello que llena el corazón: la experiencia de Dios y el proyecto de su Reino. En estos encuentros no siempre se alcanza una convergencia de intereses. La propuesta de uno y los deseos del otro se relacionan dialécticamente, y depende de distintos factores para que el encuentro pueda desembocar en una comunión. Debemos ser conscientes de que lo que nosotros hacemos es un anuncio, una propuesta, que solamente puede ser acogida desde la libertad y la cordialidad. No es una imposición. Lo que hará creíble la propuesta será de una parte la cercanía y el conocimiento que hayamos desarrollado en los momentos anteriores, pero, también, la coherencia personal y el testimonio, que seamos capaces de transmitir.

• Procurar que la relación y la interacción mutua sean la matriz del cambio. Una vez que se ha establecido un interés y un vínculo mutuo suficiente, las relaciones personales serán la principal vía de conexión con el nuevo camino, que se emprende, y serán el cimiento sobre el que se construya un nuevo modo de vida. A través de la interacción con el acompañante y el grupo de referencia, los catecúmenos empiezan a encontrar necesidades específicas a las que deberemos ir respondiendo. Así, en la relación, se irán tejiendo los rudimentos de la fe, se iniciará a la experiencia de Dios y al conocimiento de su Palabra, a las verdades básicas de la fe, a los valores y el estilo de vida, que se desprenden del Evangelio, al conocimiento de otros que se encuentran en su misma situación y de la comunidad cristiana de referencia.

• Optar y consolidar la opción cristiana.La consumación del proceso de iniciación se alcanza cuando la persona llega al convencimiento de que la opción cristiana responde a sus deseos más profundos, y se adhiere al proyecto del Evangelio. En ese momento dejamos de ser catequistas para ser amigos y compañeros de comunidad. Esa es la meta a la que tender.

Antonio Ávila Blanco.
Instituto Superior de Pastoral (Madrid)

Amar cada día más

Una aspiración noble y bonita es desear amar cada día más. Si el inicio de la dirección espiritual debe estar inspirado por el convencimiento de que Dios lo puede todo, perseverar en ese convencimiento tiene mucho que ver con la seguridad de que se puede amar cada día más. Ahora bien, ¿es posible ese hermoso crecimiento?, ¿no llega acaso un momento en la vida en que los sinsabores y fracasos acaban por dejar a cada uno en su sitio? ¿Es quimérico pensar que se puede amar cada día más?
Los santos son precisamente santos por haberse tomado muy en serio este deseo de crecer en el amor. No lo son porque no cayeran nunca, sino porque desearon amar siempre, a veces con mayor o menor éxito. Ellos son prueba real de que es posible este bello empeño. Un pastor extraordinario como san Felipe Neri —alegre, celoso, fecundo— da testimonio de esta hondura de alma aun en lo físico. Después de muerto, se maravillaron al ver que la grandeza de su corazón había provocado la ruptura de varias costillas. En ocasiones se había lamentado de dolores en el pecho, y precisamente en medio de esos dolores había podido seguir mostrando un amor creciente hasta el final. Amar, a veces, duele, pero siempre recompensa.
Para perseverar en el intento de amar cada día más, es muy oportuno custodiar la juventud del alma y no dejar de aspirar a tener un corazón grande. Para poder entenderlo, lo mejor es que nos detengamos en otroe jemplo, en otro santo. En la memorable velada del año 2003 en la base aérea de Cuatro Vientos de Madrid, san Juan Pablo II se reconocía como un joven de 83 años. ¿Qué quería decir?
Los años, a los santos, les envejecen en sabiduría, pero no en ganas de luchar por lo bueno y noble, tan propio de la juventud. Para quien lucha, los años no carcomen su ideal; al contrario, permanece intacto ese impulso a lo alto, pero purificado: sin la inquietud ni el espíritu de enfrentamiento de los días de mocedad. «Al logro de esta edad madura pertenece una «eterna juventud» sobrenatural, con tal que crezca aquella disposición a cambiar, aquella voluntad interior de llegar a ser otro, aquella incondicional prontitud de perecer, y que no disminuya  la impaciencia de llegar a Cristo» (D. von Hildebrand, p. 19). Con el pasar de los años, y la perseverancia en la disposición a ser cambiado, se experimenta la alegría de amar cada día más, y tener en menos las afrentas y los agravios. Cada día todo importa menos, a excepción de lo importante: cuanto hace referencia a la caridad.
Es posible amar cada día más, cuando permanece viva la disposición a dejarnos cambiar. Ya no hablamos de la fe en que Dios pueda hacerlo posible, sino de la permanencia en este deseo y su respuesta vital- Dios puede quererme bien, pero yo puedo olvidarlo, darlo por imposible y dedicarme a lo mío.
Este empeño por permanecer vivo implica una lucha a muerte contra la solidificación del corazón. Decir yo soy así es morir a todo crecimiento. Se llega a ese punto cuando nos dejamos arrastrar por la soberbia o la falsa humildad, porque el soberbio entiende que no debe cambiar, ya porque está bien, ya porque es imposible; mientras que el aparente modesto reconoce con falsa humildad y peor orgullo que no puede, sin tener el más mínimo interés por cambiar en algo. Permanecer vibrante en la disposición a cambiar guarda relación íntima con la humildad. Es prio del hombre humilde confiar en que es posible dejar de ser así al menos en alguna ocasión y poner cada día toda la ilusión en la posibilidad de llegar a tener un corazón nuevo.
No son pocas las ocasiones en que la Escritura denuncia y condena la dureza del corazón. El profeta Isaías advierte que los duros de corazón están lejos de la justicia verdadera (cfr. Is 42, 12) y Zacarías, por su parte, acusa al pueblo de tener el corazón endurecido como diamante, por no escuchar la palabra de Dios (cfr. Za 7, 11). El mismo Jesús afirma que Moisés admitió el divorcio por la dureza de corazón (cfr. Mc 19, 8); y es que la dureza es difícilmente compatible con la perseverancia.
¿Cuál es el camino por el cual el corazón llega a reblandecerse? ¿Cómo se llega a tener esa capacidad de cambio que ilustra la vida de los santos? El rey David lo expresó admirablemente cuando, después de su adulterio y crimen, se reconoce nada delante de Dios. «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa» (Sal 50, 3). El Salmo 50 es un canto a la misericordia de Dios, que todo lo puede, al tiempo que un reconocimiento de la propia impotencia. David sabe que no puede, y se confía a Dios; pero además conoce la tristeza del pecado, sabe que no pudo, y se abandona a la misericordia de Dios. Para Dios, lo que es rojo como escarlata puede llegar a ser blanco como la nieve. Nos enseña así que el camino para la transformación del corazón —y la perenne juventud— es el arrepentimiento. Volver a quien todo lo puede.
El arrepentimiento ablanda los corazones, conformándolos en la ductibilidad propia de quien quiere lelgar a tener el mismo corazón de Jesús. Crea el marco donde es posible la enmienda, el cambio de vida. Si el arrepentimiento está en el fundamento mismo del amor, la enmienda expresa con vivos colores su frescura. El amor nunca se templa, jamás es tibio, porque quiere ser vida más y más. Para el amor, enfriarse es dejar de ser; y no cambiar, morir.
Toda la vida espiritual es un proceso en la conquista del amor perfecto, que finalmente nos será dado en el Cielo. Envejecer no ha de ser motivo de inquietud, sino impulso a lo más alto. Del deseo continuo por cambiar, de la actitud constante de arrepentimiento y conversión, brota más y más cuando de permanente hay en nosotros, para entregarse finalmente y por completo al que nunca cambia y siempre ama: Dios mismo.
El acompañamiento espiritual alimenta esta disposición abierta para el amor, ayudando a las almas a reconocer sus pequeñas y grandes conquistas. En el diálogo espiritual se habla de arrepentimiento y conversión, de los deseos de amar y de los asuntos del corazón. Una meta asoma; la santidad, que es estupor: ¿Cómo es posible que yo ame tanto? En cierto sentido, la dirección espiritual es escuela de amor, puesto que tiene por objetivo lo más excelso: vivir la caridad.
Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

Gaudete et exsultate (Francisco I)

Alegría y sentido del humor

122. Lo dicho hasta ahora no implica un espíritu apocado, tristón, agriado, melancólico, o un bajo perfil sin energía. El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado. Ser cristianos es «gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14,17), porque «al amor de caridad le sigue necesariamente el gozo, pues todo amante se goza en la unión con el amado […] De ahí que la consecuencia de la caridad sea el gozo»[99]. Hemos recibido la hermosura de su Palabra y la abrazamos «en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo» (1Ts 1,6). Si dejamos que el Señor nos saque de nuestro caparazón y nos cambie la vida, entonces podremos hacer realidad lo que pedía san Pablo: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4,4).


[99] Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q.70, a.3.

Homilía (Domingo XXXI de Tiempo Ordinario)

EL PRIMER MANDAMIENTO

1.- El precepto y el amor

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p style=»text-align:justify;»>Entre la maraña de preceptos y de ritos, se nos escapa lo principal. La formulación de los diez mandamientos, sin relación entre unos y otros, nos hace perder de vista la unidad de la ley: los diez se reducen a dos: a amar a Dios y al prójimo. Es curioso observar cómo estamos nerviosos por cumplir tradiciones y prescripciones, «pagamos el diezmo de la menta y del comino y descuidamos lo más importante de la ley» (Mt 23, 23).


Del horizonte de nuestra vida se ha evaporado el primer mandamiento. Andamos a la deriva, sin timón. De esta manera han nacido en nosotros las actitudes farisaicas, haciéndonos unos verdaderos monstruos. ¡Cuántos andan preocupados aún por el precepto de la misa! Escrupulosos del ayuno y de la abstinencia, impertinentes en cumplir rezos y devociones. Otros tergiversan todo por el deber, el trabajo, la familia, el negocio, el servicio a instituciones, aunque sean muy sagradas. Hay quienes cumplen la letra de todos los preceptos, menos el del amor. Son como cadáveres llenos de flores. «Amar a Dios con todo el corazón… y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12, 33). Nos cuesta mucho entender estas palabras. Hemos sido educados con un método que pone más énfasis en lo periférico, que en lo profundo. Las formas, lo externo, nos dejan tranquilos. Nos interesa más el rito con que realizamos una acción, que el espíritu con que se hace. Estamos pendientes de «aparecer», en lugar de estar preocupados «por ser». Jesús ataca de raíz esta situación: «Si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo que reprocharte, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves, y presentas tu ofrenda» (Mt 5, 23-24). Hay algo ante Dios que es principal, sin lo que lo más santo no tiene sentido.

El amor es el estilo de la nueva situación inaugurada por Cristo. Con el amor desaparece la ley, y con ella la imposición externa, el yugo, la esclavitud. El mandamiento del amor es la formulación del espíritu cristiano. El precepto de Dios nos obliga a amar, como única forma de poder llegar a la salvación; pero no amamos porque estemos obligados. El impulso del amor es tan entrañablemente nuestro y libre, que, cuando amamos de verdad, lo hacemos porque queremos, aunque ayudados por el Espíritu de Dios. Cuando se ama, este sentimiento nace tan espontáneo, que rompe el mandamiento, no se ama porque está mandado, sino porque libremente se siente. El amor tampoco es un sentimiento que uno decide tener por el sólo imperio de su propia voluntad. El amor fluye, está muy cerca del concepto de la vida. Es ese estilo de vivir que tiene el hombre que ha sido captado por el poder salvador de Dios y vive en comunión con Cristo. Como fundamento de la ley y el precepto está la fe, que es fuente de la nueva vida, cuyo alimento es el amor.

El que no ha descubierto esto no se puede llamar creyente cristiano. Estará cerca de cualquier otra religión, pero no del cristianismo. El que comienza a vislumbrar esto, como el letrado que se acercó a Jesús, «no está lejos del Reino de Dios» (Mc 12, 34).

2.- Amar a Dios

Amar a Dios no es inútil. Alguien se puede preguntar por qué amarlo y para qué. El amor a Dios está unido a la fe en El. «El Señor es uno sólo y no hay otro fuera de El» (Mc 12. 32; Deut 6, 4). Amar a Dios es querer la raíz misma de todo lo que existe, ir al fundamento de la realidad, beber en las fuentes de donde brota la misma vida. «Así prolongarás tu vida» (Deut 6, 2) Amamos a Dios porque creemos que no hay otro fuera de El. Ni el dinero, ni el poder, ni el placer, ni nada de este mundo son dioses. Todas estas realidades son trampas de muerte para el hombre.

Dios es el suelo sobre el que se posan nuestros pies, es la piedra angular del edificio del mundo; de su Espíritu toma aliento nuestro espíritu, y por su realidad infinita nosotros somos y nos realizamos. Lo amamos por encima de todo otro Dios, «y con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas» (Deut 6, 5). Ante Dios, los creyentes nos situamos incondicionalmente; toda otra realidad palidece ante El. Porque El es la base y la verdad última de todo lo que existe. De entre todas las preocupaciones que tenemos, Dios es nuestra preocupación fundamental. En el sistema de valores que anima nuestra vida, Dios es el más alto, al que todo está sujeto. Amar con todo el corazón, exige querer sin restricciones, no dejar cabida en el corazón a cualquier otro amor, que impida querer con todas las fuerzas. Como El es Dios único, puede exigírnoslo para nuestro bien: en este amor está la fuente de nuestra salvación.

Este amor de Dios está siempre presente y en todo. La vida de los creyentes discurre sobre la plataforma de este amor; bajo su influencia. Ser creyente es aceptar vivir en la vida según el estilo que, el amor, que le tengo a Dios, me exige. Este amor informa nuestro ser más íntimo, hasta la mínima actividad de nuestro espíritu. Informa también los actos y los preceptos religiosos; toma cuerpo en el trabajo, en la relación, en la lucha por la liberación de la sociedad. «Estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; estarán en tu mano como un signo y en tu frente como una señal» (Deut 6, 7-8), para que toda la vida esté coloreada por el amor de Dios.

3.- Amor al prójimo

Quien ama a Dios, ama todo lo que Dios es. El amor a Dios exige un amor al mundo, una aceptación de sí mismo y un esfuerzo por entrar en comunión con el hermano. No son dos preceptos el amor a Dios y el amor al prójimo. No son dos amores. En Dios está de tal manera inmerso todo, que quien ama a Dios, acepta toda la realidad que existe. Amamos al otro porque es parte de un todo, cuya unidad la encontramos en Dios mismo.

Este amor fraternal es el signo de nuestro verdadero amor a Dios. No podemos afirmar que amamos a Dios, si negamos a la creatura de Dios. Estos dos, son el único principal mandamiento de la ley. No es lo más importante la Eucaristía, sino lo que ella significa. En este sacramento, se nos predica el admirable universo del amor: Dios nos ama hasta entregarnos a su Hijo; el Hijo nos ama hasta la muerte. Nosotros bendecimos a Dios porque decimos que lo amamos y estamos reunidos porque nos queremos como» hermanos. En este clima de amor se desarrolla todo un concierto de comuniones: entramos en comunión con Dios y Cristo y celebramos la comunión entre nosotros. Pero la garantía de nuestro amor a Dios es el que nos queremos. Si esto existe entre nosotros, celebremos con gozo el Sacramento del amor.

 

Jesús Burgaleta

Mc 12, 28b-34 (Evangelio Domingo XXXI de Tiempo Ordinario)

El Evangelio de este domingo nos sitúa ya en Jerusalén, en el centro de la ciudad donde van a darse los últimos pasos de ese camino que Jesús viene recorriendo, con los discípulos de Galilea.

El ambiente es tenso. Algún tiempo antes, Jesús había expulsado a los vendedores del Templo (cf. Mc 11,15-18), acusando a los líderes judíos de haber hecho de la “casa de Dios una cueva de ladrones”; después, contará las parábolas de los viñadores homicidas (cf. Mc 12,1-12), acusando a los dirigentes judíos de oponerse, de forma continua, a la realización del plan salvador de Dios.

Los líderes judíos, convencidos de que Jesús era irrecuperable, habían tomado decisiones drásticas: debía ser apresado, juzgado, condenado y eliminado. Fariseos, Herodianos (cf. Mc 12,13) y hasta saduceos (cf. Mc 12,18) procuraban tender trampas a Jesús, con el fin de sorprenderle en afirmaciones poco ortodoxas, que pudiesen ser utilizadas en un tribunal para conseguir su condena. Las controversias sobre el tributo al César (cf. Mc 12,13-17) y sobre la resurrección de los muertos (cf. Mc 12,18-27) deben ser situadas y comprendidas en este contexto.

En este ambiente, aparece un escriba a preguntar a Jesús sobre cuál es el mayor mandamiento de la Ley.

Al contrario que Mateo (cf. Mt 22,34-40), Marcos no considera que la cuestión sea presentada a Jesús para comprometerlo o ponerlo a prueba. El escriba que plantea la cuestión parece que es un hombre sincero y bien intencionado, preocupado por establecer la jerarquía correcta de los mandamientos de la Ley.

De hecho, la cuestión del mandamiento más importante de la Ley no era una cuestión pacífica y se convirtió, en el tiempo de Jesús, en objeto de debates interminables entre los fariseos y los doctores de la Ley.

La preocupación por actualizar la Ley, de forma que respondiera a todas las cuestiones que la vida del día a día exigía, había llevado a los doctores de la Ley a deducir un conjunto de 613 preceptos, de los cuales 365 eran prohibiciones y 248 acciones a poner en práctica. Esta “multiplicación” de preceptos legales llevaba, evidentemente, a la cuestión de las prioridades: ¿todos los preceptos tienen la misma importancia, o hay alguno que es más importante que los demás?

Esta es la cuestión que se plantea a Jesús.

Citando el primer versículo del “Shema Israel”, la gran profesión de fe que todo judío recitaba al inicio y al finalizar la jornada (cf. Dt 6,4-5), Jesús declara solemnemente que el primer mandamiento es el amor a Dios, un amor que debe ser total, sin divisiones, hecho de adhesión plena a los proyectos, a la voluntad, a los mandamientos de Dios (v. 30: “con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”). Como si pensase que la respuesta no era suficiente, Jesús la completa, inmediatamente, con la presentación de un segundo mandamiento: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (se trata de una cita de Lv 19,18).

O sea: el mayor mandamiento es el mandamiento del amor; y ese mandamiento fundamental se concreta en dos dimensiones que se completan mutuamente, la del amor a Dios y la del amor al prójimo.

La originalidad de este sumario evangélico de la Ley no está en las ideas de amor a Dios y al prójimo, que son muy conocidas del Antiguo Testamento. La originalidad de esta enseñanza está, por un lado, en el hecho de que Jesús los aproxima el uno al otro, poniéndolos en perfecto paralelismo y, por otro lado, en el hecho de que Jesús simplifica y condensa toda la revelación de Dios en estos dos mandamientos.

La respuesta de Jesús al escriba no va en el sentido de establecer una jerarquía rígida de mandamientos; sino que superando el horizonte estrecho de la pregunta, se sitúa al nivel de las opciones profundas que el hombre debe hacer. Lo importante, en la perspectiva de Jesús, no es definir cual es el mandamiento más importante, sino encontrar la raíz de todos los mandamientos. Y, en la perspectiva de Jesús, esa raíz gira alrededor de dos coordenadas: el amor a Dios y el amor al prójimo.

Por lo tanto, el compromiso religioso (que es propuesto a los creyentes, ya del Antiguo, ya del Nuevo Testamento) se resume en el amor a Dios y en el amor al prójimo.

En la perspectiva de Jesús, ¿qué quiere decir esto?

De acuerdo con los relatos evangélicos, Jesús nunca se preocupó excesivamente por el cumplimiento de los rituales litúrgicos que la religión judía propugnaba, ni vivió obcecado con el ofrecimiento de dones materiales a Dios. La gran preocupación de Jesús fue, en contrapartida, discernir la voluntad del Padre y cumplirla con fidelidad y amor. “Amar a Dios” es pues, en la perspectiva de Jesús, estar atento a los proyectos del Padre y buscar realizar, en la vida del día a día, sus planes. Ahora, en la vida de Jesús, el cumplimiento de la voluntad del Padre pasa por hacer de la vida una entrega de amor a los hermanos, si fuera necesario hasta la donación total de uno mismo.

Así, en la perspectiva de Jesús, “amor a Dios” y “amor a los hermanos” están íntimamente asociados. No son dos mandamientos distintos, sino dos caras de una misma moneda. “Amar a Dios” es cumplir su proyecto de amor, que se concreta en la solidaridad, el compartir, el servicio, la donación de la vida a los hermanos.

¿Cómo debe ser ese “amor a los hermanos”? Este texto sólo explica que es preciso “amar al prójimo como a uno mismo”. La palabras “como a uno mismo” no significan ninguna especie de condición, sino que es preciso amar totalmente, de todo corazón.

En otros textos neotestamentarios, por eso, Jesús explica a sus discípulos que es necesario amar a los enemigos y orar por los perseguidores (cf. Mt 5,43-48). Se trata, por tanto, de un amor sin límites, sin medida y que no distingue entre buenos y malos, amigos y enemigos.

Además, Lucas, al contar este mismo episodio que el Evangelio de hoy nos presenta, añade la historia del “buen samaritano”, explicando que ese “amor a los hermanos” pedido por Jesús es incondicional y debe alcanzar a todo hermano que encontramos por los caminos de la vida, aunque sea un extranjero o enemigo (cf. Lc 10,25- 37).

El escriba está en completo acuerdo con la respuesta de Jesús. Para expresar su aprobación, cita algunos versos de la Biblia Hebrea (cf. Dt 4,35 e Is 45,21; Dt 6,5; Lv 19,18; Os 6,6), que repiten, con diversas palabras, lo que Jesús acababa de decir.

Ante el comentario inteligente del escriba, Jesús le manifiesta que no está “lejos del Reino de Dios” (v. 34). Este escriba es, sin duda, un hombre justo, que observa la Ley, que estudia la Escritura y que procura leerla y ponerla en práctica; sin embargo, para poder formar parte del Reino, le falta acoger a Jesús como el Mesías

liberador enviado por Dios con una propuesta de salvación y convertirse en su discípulo(tras la conversación con Jesús, este escriba continúa en su lugar, no hay ninguna indicación de que estuviera dispuesto a seguir a Jesús).

Más de dos mil años de cristianismo han creado una pesada herencia de mandamientos, de leyes, de preceptos, de prohibiciones, de exigencias, de opiniones, de pecados y de virtudes, que arrastramos pesadamente por la historia.

En algún lugar del camino, hemos dejado que el inevitable polvo de los siglos oculte lo esencial y lo accesorio; después, hemos mezclado todo, ordenándolo sin gran rigor y hemos perdido la noción de lo que era verdaderamente importante. Hoy, gastamos tiempo y energía discutiendo ciertas cuestiones que tienen su importancia (como el matrimonio de los sacerdotes, el sacerdocio de las mujeres, el uso de los medios anticonceptivos, lo que es o no litúrgico, los problemas del poder y de la autoridad, los pormenores legales de la organización eclesial…) y continuamos teniendo dificultades en discernir lo esencial en la propuesta de Jesús.

El Evangelio de este domingo pone las cosas en su sitio: lo esencial es el amor a Dios y el amor a los hermanos. En esto se resume toda la revelación de Dios y su propuesta de vida plena y definitiva para los hombres. Necesitamos releer todo, de forma que los residuos acumulados no nos impidan comprender, vivir, anunciar y testimoniar lo fundamental de la propuesta de Jesús.

¿Que es “amar a Dios”? De acuerdo con el ejemplo y el testimonio de Jesús, el amor a Dios pasa, antes de nada, por la escucha de su Palabra, por la acogida de sus propuestas y por la obediencia total a sus proyectos para mí mismo, para la Iglesa, para mi comunidad y para el mundo.

¿Me esfuerzo, verdaderamente, por escuchar las propuestas de Dios, manteniendo un diálogo personal con Él, procurando reflexionar e interiorizar su Palabra, intentando interpretar los signos con los que Él me interpela en la vida de cada día?

¿Tengo el corazón abierto a sus propuestas, o me cierro en mi egoísmo, en mis prejuicios y en mi autosuficiencia, procurando tener una vida al margen de Dios o contra Dios?
¿Intento ser, en nombre de Dios y de sus planes, un testigo profético que interpela al mundo, o me instalo en mi comodidad renunciando al compromiso con Dios y con el Reino?

¿Qué es “amar a los hermanos”? De acuerdo con el ejemplo y el testimonio de Jesús, el amor a los hermanos pasa por prestar atención a cada hombre o mujer con los que me cruzo por los caminos de la vida (sea blanco o negro, rico o pobre, nacional o extranjero, amigo o enemigo), por sentirme solidario con las alegría y sufrimietnos de cada persona, por compartir las desilusiones y esperanzas de mi prójimo, por hacer de mi vida una entrega total a todos. El mundo en el que vivimos necesita redescubrir el amor, la solidaridad, el servicio, el compartir, la entrega de la vida.

¿En realidad, mi vida está puesta al servicio de mis hermanos, sin distinción de raza, de color, de estatus social?
¿Los pobres, los necesitados, los marginados, los que alguna vez me maltrataron u ofendieron, encuentran en mi un hermano que les ama, sin condiciones?

Es fundamental que tengamos conciencia de que estas dos dimensiones del amor, el amor a Dios y el amor a los hermanos, no se excluyen ni están en confrontación una con la otra. Amar a Dios es cumplir su volutnad y sus proyectos. Ahora bien, la volutnad de Dios es que hagamos de nuestra vida un don de amor, de servicio, de entrega a los hermanos, a todos los hermanos con los que nos cruzamos por los caminos de la vida. No se trata de optar entre rezar o trabajar en favor de los otros, entre estar en la iglesia o estar ayudando a los pobres; se trata de mantener, en el día a día, un diálogo contínuo con Dios, a fin de percibir los retos que Él nos presenta y responder convenientemente, en la donación de nosotros mismos a los hermanos.

¿Como vivimos nuestro caminar religioso? ¿Cuál es, para nosotros, el elemento fundamental de nuestra experiencia de fe? A veces, ¿no estaremos dando demasiada importancia a elementos que no tienen gran significación (las prescripciones del culto y del calendario, los ritos externos, las reglas de lo ligúrgicametne correcto, las donaciones de dinero para las fiestas del santo patrón, las leyes canónicas, las cuestiones disciplinares…), olvidando lo esencial, siendo negligentes con el mandamiento mayor?

Hb 7, 23-28 (2ª lectura Domingo XXXI de Tiempo Ordinario)

En Hebreos 6,20, el autor de la Carta declara a Jesucristo como “sumo sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec”. Después, va a dedicar todo el capítulo 7 de la Carta (cf. Heb 7,1-28) a explicar su afirmación.

Melquisedec es un personaje misterioso que aparece en Gn 14,18-20. Presentado como rey y sacerdote de Salem (localidad desconocida, que el Sal 76,3 identifica con Jerusalén), adora al Dios altísimo, bendice a Abraham cuando este regresa de la guerra y le ofrece pan y vino. Abraham, el antepasado de los sacerdotes levíticos, se inclina ante él y le paga el diezmo. El Salmo 110, por su parte, presenta a un rey de la casa de David como el continuador del prestigioso Melquisedec (“el Señor juró” al rey “y no se volverá atrás: tu eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec”, Sal 110,4). A partir de aquí, la figura de Melquisedec adquirirá una clara connotación mesiánica. Tras el Exilio en Babilonia, los judíos esperaban ver surgir un salvador de la descendencia de David que reúna, como Melquisedec, el sacerdocio y la realeza. Los cristianos, inspirados por estas ideas, van a contemplar el misterio de Jesús a esta luz.

El autor de la Carta a los Hebreos va en esta dirección. En su perspectiva, Jesús ejerce un sacerdocio perfecto y eterno, que no se vincula al sacerdocio de Leví (que es un sacerdocio ejercido por hombres pecadores, mortales y que se suceden de generación en generación), sino que realiza el sacerdocio real del Mesías davídico, sucesor de Melquisedec.

En la primera parte del capítulo 7 de la Carta, el autor resume la historia de Melquisedec y afirma la superioridad de su sacerdocio sobre el sacerdocio levítico (cf. Heb 7,11- 10); en la segunda, el autor demuestra que el sacerdocio nuevo de Cristo (en la línea del sacerdocio de Melquisedec) es un sacerdocio perfecto y eterno, que vino a sustituir el sacerdocio levítico y abolir la antigua Ley (cf. Heb 7,11-28).

Una de las pruebas de la superioridad del sacerdocio de Cristo es su duración eterna, que contrasta con el cambio continuo de las generaciones del sacerdocio levítico. Para el autor de la Carta a los Hebreos, la multiplicidad y la alternancia son sinónimo de imperfección. Porque el sacerdocio de Cristo es eterno y su intercesión junto a Dios es continua, él asegura, de modo definitivo, la salvación del creyente (vv. 23-25).

El autor termina su reflexión con una especie de himno (vv. 26-28), que resume toda la exposición anterior y que exalta las características del sacerdocio de Cristo. Él es el sumo sacerdote “santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores y elevado por encima de los cielos” (v. 26), porque pertenece a la esfera del Dios santo.

Además de eso, Él no tiene necesidad de ofrecer todos lo días sacrificios por los pecados propios y ajenos, porque se ofrece a sí mismo, de una vez por todas, en sacrificio perfecto (v. 27).

A modo de conclusión, el autor destaca, una vez más, el contraste entre el orden imperfecto, que es el orden de la Ley y del sacerdocio levítico, y el orden perfecto, prometido por Dios y realizado por el sumo sacerdote Jesús. Allí, había hombres llenos de fragilidad y de debilidades; aquí, está el sumo sacerdote eterno, que es Hijo de Dios, que está junto a Dios y que intercede permanentemente por los hombres.

En la Carta a los Hebreos, Jesucristo es el sacerdote por excelencia, que el Padre envió al mundo con la misión de invitar a todos los hombres a formar la comunidad del Pueblo sacerdotal. Ahora, Jesucristo ha cumplido integramente la misión que el Padre le confió. Desde el primer instante de su encarnación, Él hizo de su vida una escucha atenta del Padre y una entrega total a los hombres. En la obediencia y en la entrega de Cristo, que llegó hasta la entrega total de la vida, en la cruz, quedó bien expresado su amor al Padre.

Cristo, con el ejemplo de su vida, nos diece cual es la mejor forma de exprear nuestro amor a Dios. Es en la escucha atenta de sus proyecto y de sus retos, en la acogida de su Palabra y de sus propuestas, en la obediencia a sus mandamientos, en el cumplimietno incondicional de su voluntad, en la entrega de la vida a los hermanos por amor, en el testimonio valiente de sus valores y proyectos, como expresamos, de forma privilegiada, ese amor a Dios que nos llena el corazón.

El autor de la Carta a los Hebreos insite, con frecuencia, que el verdadero sacrificio, el sacrificio que Dios aprecia, el sacrificio que genera dinámicas de vida y de salvación, es aquel que Cristo ofreció al Padre: su propia vida, puesta al servicio del plan de Dios y hecha amor y servicio hacia los hombres.

Nosotros, creyentes, siempre preocupados en agradar a Dios y en rendirle el culto que él merece, olvidamos, a veces, lo obvio: más que ritos majestuosos, manifestaciones públicas de fe, solemnes celebraciones, Dios aprecia la entrega de nosotros mismo. El culto que Él pide, el sacrificio que aprecia es el que ha de generar vida nueva para nosotros y para los que caminan a nuestro lado, es la obedicenia a sus proyectos y el amor a los hermanos.

Cristo es, efectivamente, el sumo sacerdote que está junto al Padre y que intercede continuamente por nosotros, como no se cansa de repetir el autor de la Carta a los Hebreos. La conciencia de ese factor debe llenar nuestro corazón de paz, de esperanza y de confianza: si Cristo intercede por nosotros, podemos encarar la vida de forma serena, con la consciencia de que nuestras debilidades y fragilidades nunca nos apartarán, de forma definitiva, de la comunión con Dios y de la vida eterna.

Dt 6, 2-6 (1ª lectura Domingo XXXI de Tiempo Ordinario)

El Libro del Deuteronomio es aquel “libro de la Ley” o “libro de la Alianza” descubierto en el Templo de Jerusalén en el 18º año del reinado de Josías (622 a. C.) (Cf. 2 Re 22).

En el Libro, los teólogos deuteronomistas, originarios del Norte (Israel) pero refugiados en el sur (Judá) tras las derrotas de los reyes del norte frente a los asirios, presentan los datos fundamentales de su teología: hay un solo Dios, que debe ser adorado por todo el Pueblo en un único lugar de culto (Jerusalén); ese Dios eligió a Israel e hizo con él una Alianza eterna; y el Pueblo de dios debe ser un único Pueblo, la propiedad personal de Yahvéh (por tanto, no tienen ningún sentido las cuestiones históricas que llevaron al Pueblo de Dios a la división política y religiosa, tras la muerte del rey Salomón).

Literariamente, el libro se presenta como un conjunto de tres discursos de Moisés, pronunciados en las llanuras de Moab. Presintiendo la proximidad de su muerte, Moisés deja al pueblo una especie de “testamento espiritual”: recuerda a los hebreos los compromisos asumidos para con Dios y les invita a renovar su alianza con Yahvéh.

El texto que hoy se nos propone forma parte del segundo discurso de Moisés (cf. Dt 4,44-28,68). Tanto por el lugar que ocupa en el libro, como por su importancia, este segundo discurso constituye el centro del Libro del Deuteronomio. En líneas generales, este discurso se presenta en tres partes principales: una introducción (cf. Dt 4,44-11,32), un código legal (cf. Dt 12,1-25,19) y una conclusión (cf. Dt 26,1-28,68).

La primera parte de la introducción al segundo discurso de Moisés (cf. Dt 4,44-9,5) nos ofrece una presentación del Decálogo (cf. Dt 5,1-33), la Ley fundamental de la Alianza establecida entre Dios e Israel, en el Orbe, y, en consecuencia, un conjunto de exhortaciones al Pueblo para que viva en fidelidad a los mandamientos (cf. Dt 6,1-9,5). Nuestro texto es un extracto de esa exhortación.

El texto comienza con una exhortación a “temer” al Señor y a cumplir todas sus leyes y mandamientos (vv. 2-3). La expresión “temer al Señor”, muy frecuente en el Antiguo Testamento, traduce, por un lado, la reverencia y el respeto y, por otro lado, la pronta obediencia a la voluntad divina, la confianza inamovible en Dios que no falla, la humilde renuncia a los propios criterios, la adhesión incondicional a la voluntad de Dios, la aceptación plena de las propuestas y de los mandamientos de Dios.

En la perspectiva del catequista deuteronomista autor de este texto, el creyente ideal (el que “teme al Señor”), es aquel que está dispuesto a renunciar a la autosuficiencia y no acepta buscar la felicidad al margen de las propuestas de Dios; es aquel que, con total confianza, es capaz de entregarse en manos de Dios, de aceptar sus indicaciones, de asumir los mandamientos del Señor como camino seguro y verdadero para llegar a la vida en plenitud. A aquel que acepta vivir en el “temor del Señor”, el autor le promete vida en abundancia.

En la segunda parte de nuestro texto (vv. 4-6), tenemos el conocido “Shema Israel” (así denominado a causa de las primeras palabras hebreas de Dt 6,4: “Escucha Israel”). Es un texto central del judaísmo, que desde finales del siglo I es rezado diariamente, por la mañana y por la tarde, por todos los judíos piadosos.

En el universo religioso judío, el verbo “escuchar”, aquí utilizado, define una acción en tres tiempos: “oír” con los oídos, “acoger” en el corazón, “transformar en acción concreta” aquello que se oye y se acoge.

El “Shema Israel” comienza con la afirmación solemne de la unicidad de Dios (v. 4: “El Señor, nuestro Dios”). El creyente israelita debe oír e interiorizar esta realidad y actuar en consecuencia. De su horizonte queda apartada, por tanto, cualquier posibilidad de adhesión a otros dioses o a otras propuestas de salvación que no vengan de Yahvéh.

Después, viene la exigencia de amar a este Dios único con un amor sin división, un amor que implique la totalidad del hombre (v. 5: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas”). Ese amor, interiorizado en el corazón y en el alma del hombre, debe traducirse en la observancia fiel de los mandamientos de la Alianza.

La afirmación de la unicidad de Dios nos invita, antes de nada, a sopesar la cuestión de los “otros dioses” a quienes, tantas veces, entregamos la dirección de nuestra vida. A veces olvidamos que Dios es el eje fundamental alrededor del cual debe girar toda nuestra existencia y dejamos que nuestro corazón se sustente en realidades efímeras, en las cuales ponemos nuestra confianza, nuestra seguridad y nuestra esperanza (el dinero, el poder, el éxito, la realización profesional, la posición social, los títulos, las honras…)

Esas realidades, con todo, aunque sean agradables y útiles, no pueden servir de piedra angular en la edificación de nuestra vida. Si las erigimos en realidades fundamentales y construimos toda nuestra existencia en función de ellas, nos hacemos esclavos. El verdadero creyente, sin prescindir de las realidades efímeras, tiene conciencia de que sólo “el Señor es nuestro Dios; el Señor es único”.

Decir que Dios es único, es decir que Él es el único y verdadero camino para una vida en plenitud. Con todo, en nuestro orgullo, nos convencemos, a veces, que nuestra realización y nuestra felicidad están en la realización de nuestros proyectos personales, de nuestros deseos egoístas, de nuestras inclinaciones y pasiones, al margen de Dios y de sus propuestas. A eso se llama autosuficiencia.

Prescindir de Dios y de sus indicaciones nos lleva, invariablemente, a andar por caminos de egoísmo, de injusticia, de explotación, de sufrimiento, de muerte. Necesitamos interiorizar esta realidad: por nosotros mismos, sin Dios, contando únicamente con nuestras frágiles fuerzas, no conseguimos encontrar el camino de la realización, de la felicidad, de la vida en plenitud.

Nuestro texto invita al creyente a amar a Dios con un amor que implique la totalidad de la vida del hombre; o, con otras palabras, invita al creyente a vivir en el “temor del Señor”.

¿Cómo debe expresarse, de forma práctica, ese amor al Señor? ¿A través de declaraciones solemnes y de buenas intenciones? ¿Con fórmulas rutinarias de oración? ¿A través de solemnes ritos litúrgicos?

Nuestro amor al Señor debe, sobre todo, manifestarse en gestos concretos que manifiesten nuestra obediencia incondicional a sus planes, nuestra entrega total en sus manos, nuestra aceptación de sus mandamientos y preceptos.

Comentario al evangelio – 29 de octubre

Estrenamos semana. Y no una semana cualquiera: la semana que nos introduce en el mes de noviembre y nos recuerda que poco a poco nos acercamos a 2019. El año, que parecía tan largo, va llegando a su fin. Empezamos además una semana singularmente hermosa en la que la Iglesia nos invita a recordar a Todos los Santos y a los fieles difuntos. No nos privemos de la riqueza que la liturgia va a poner a nuestra disposición.

Llevamos tiempo acompañando a Jesús, en el relato de Lucas, en su camino a Jerusalén. En él el Señor va anunciando el Evangelio con sus palabras y con sus hechos. En el relato de hoy brillan tanto unos como otros. Jesús cura (endereza) a la mujer encorvada. No le libra de un lumbago de días, sino de una dolencia de largos años vinculada a algo más profundo. Tampoco lo hace en un lugar ni en un momento cualquiera: estamos en la sinagoga y es sábado. No tenemos indicios, como otras veces, de que Jesús haya buscado expresamente estas provocativas circunstancias. Pero el lugar y el momento están cargados de significado.

Los enemigos del Reino invocan una vez más lo que ha sido presentado como voluntad de Dios: ¿a quién se le ocurre pedir curación en sábado?

Las lecciones pueden ser varias. Jesús nos invita por enésima vez a poner las cosas en su sitio y a dar a cada una la relevancia que tiene. Pero también vuelve a exhortarnos a ser cautos cuando invocamos el Nombre del Señor y desenmascara las excusas tras las que escondemos nuestras comodidades: “cualquiera de vosotros…”.

Los cristianos de hoy nos encontramos a menudo ante dilemas de este tipo: ¿qué valorar más?, ¿qué relevancia tiene cada cosa, cada principio, cada norma, cada situación? Que el Padre del Cielo nos dé su Espíritu (el de Jesús) para discernir como conviene.