Amar cada día más

Una aspiración noble y bonita es desear amar cada día más. Si el inicio de la dirección espiritual debe estar inspirado por el convencimiento de que Dios lo puede todo, perseverar en ese convencimiento tiene mucho que ver con la seguridad de que se puede amar cada día más. Ahora bien, ¿es posible ese hermoso crecimiento?, ¿no llega acaso un momento en la vida en que los sinsabores y fracasos acaban por dejar a cada uno en su sitio? ¿Es quimérico pensar que se puede amar cada día más?
Los santos son precisamente santos por haberse tomado muy en serio este deseo de crecer en el amor. No lo son porque no cayeran nunca, sino porque desearon amar siempre, a veces con mayor o menor éxito. Ellos son prueba real de que es posible este bello empeño. Un pastor extraordinario como san Felipe Neri —alegre, celoso, fecundo— da testimonio de esta hondura de alma aun en lo físico. Después de muerto, se maravillaron al ver que la grandeza de su corazón había provocado la ruptura de varias costillas. En ocasiones se había lamentado de dolores en el pecho, y precisamente en medio de esos dolores había podido seguir mostrando un amor creciente hasta el final. Amar, a veces, duele, pero siempre recompensa.
Para perseverar en el intento de amar cada día más, es muy oportuno custodiar la juventud del alma y no dejar de aspirar a tener un corazón grande. Para poder entenderlo, lo mejor es que nos detengamos en otroe jemplo, en otro santo. En la memorable velada del año 2003 en la base aérea de Cuatro Vientos de Madrid, san Juan Pablo II se reconocía como un joven de 83 años. ¿Qué quería decir?
Los años, a los santos, les envejecen en sabiduría, pero no en ganas de luchar por lo bueno y noble, tan propio de la juventud. Para quien lucha, los años no carcomen su ideal; al contrario, permanece intacto ese impulso a lo alto, pero purificado: sin la inquietud ni el espíritu de enfrentamiento de los días de mocedad. «Al logro de esta edad madura pertenece una «eterna juventud» sobrenatural, con tal que crezca aquella disposición a cambiar, aquella voluntad interior de llegar a ser otro, aquella incondicional prontitud de perecer, y que no disminuya  la impaciencia de llegar a Cristo» (D. von Hildebrand, p. 19). Con el pasar de los años, y la perseverancia en la disposición a ser cambiado, se experimenta la alegría de amar cada día más, y tener en menos las afrentas y los agravios. Cada día todo importa menos, a excepción de lo importante: cuanto hace referencia a la caridad.
Es posible amar cada día más, cuando permanece viva la disposición a dejarnos cambiar. Ya no hablamos de la fe en que Dios pueda hacerlo posible, sino de la permanencia en este deseo y su respuesta vital- Dios puede quererme bien, pero yo puedo olvidarlo, darlo por imposible y dedicarme a lo mío.
Este empeño por permanecer vivo implica una lucha a muerte contra la solidificación del corazón. Decir yo soy así es morir a todo crecimiento. Se llega a ese punto cuando nos dejamos arrastrar por la soberbia o la falsa humildad, porque el soberbio entiende que no debe cambiar, ya porque está bien, ya porque es imposible; mientras que el aparente modesto reconoce con falsa humildad y peor orgullo que no puede, sin tener el más mínimo interés por cambiar en algo. Permanecer vibrante en la disposición a cambiar guarda relación íntima con la humildad. Es prio del hombre humilde confiar en que es posible dejar de ser así al menos en alguna ocasión y poner cada día toda la ilusión en la posibilidad de llegar a tener un corazón nuevo.
No son pocas las ocasiones en que la Escritura denuncia y condena la dureza del corazón. El profeta Isaías advierte que los duros de corazón están lejos de la justicia verdadera (cfr. Is 42, 12) y Zacarías, por su parte, acusa al pueblo de tener el corazón endurecido como diamante, por no escuchar la palabra de Dios (cfr. Za 7, 11). El mismo Jesús afirma que Moisés admitió el divorcio por la dureza de corazón (cfr. Mc 19, 8); y es que la dureza es difícilmente compatible con la perseverancia.
¿Cuál es el camino por el cual el corazón llega a reblandecerse? ¿Cómo se llega a tener esa capacidad de cambio que ilustra la vida de los santos? El rey David lo expresó admirablemente cuando, después de su adulterio y crimen, se reconoce nada delante de Dios. «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa» (Sal 50, 3). El Salmo 50 es un canto a la misericordia de Dios, que todo lo puede, al tiempo que un reconocimiento de la propia impotencia. David sabe que no puede, y se confía a Dios; pero además conoce la tristeza del pecado, sabe que no pudo, y se abandona a la misericordia de Dios. Para Dios, lo que es rojo como escarlata puede llegar a ser blanco como la nieve. Nos enseña así que el camino para la transformación del corazón —y la perenne juventud— es el arrepentimiento. Volver a quien todo lo puede.
El arrepentimiento ablanda los corazones, conformándolos en la ductibilidad propia de quien quiere lelgar a tener el mismo corazón de Jesús. Crea el marco donde es posible la enmienda, el cambio de vida. Si el arrepentimiento está en el fundamento mismo del amor, la enmienda expresa con vivos colores su frescura. El amor nunca se templa, jamás es tibio, porque quiere ser vida más y más. Para el amor, enfriarse es dejar de ser; y no cambiar, morir.
Toda la vida espiritual es un proceso en la conquista del amor perfecto, que finalmente nos será dado en el Cielo. Envejecer no ha de ser motivo de inquietud, sino impulso a lo más alto. Del deseo continuo por cambiar, de la actitud constante de arrepentimiento y conversión, brota más y más cuando de permanente hay en nosotros, para entregarse finalmente y por completo al que nunca cambia y siempre ama: Dios mismo.
El acompañamiento espiritual alimenta esta disposición abierta para el amor, ayudando a las almas a reconocer sus pequeñas y grandes conquistas. En el diálogo espiritual se habla de arrepentimiento y conversión, de los deseos de amar y de los asuntos del corazón. Una meta asoma; la santidad, que es estupor: ¿Cómo es posible que yo ame tanto? En cierto sentido, la dirección espiritual es escuela de amor, puesto que tiene por objetivo lo más excelso: vivir la caridad.
Cuenta conmigo, Fulgencio Espa