El acompañamiento en la catequesis de iniciación cristiana

Tengo que confesar que, tras la publicación de Evangelii Gaudium, una primera lectura un poco rápida de los números 222 al 225, donde el Papa Francisco afirma que el tiempo es superior al espacio, no me permitieron hacerme una idea clara de su pensamiento, ni caer en la cuenta de que lo que el Papa Francisco trata en estos números tenía mucho que ver con algo que yo entonces ya estaba trabajando: el acompañamiento pastoral. Posteriormente, una lectura más reposada me permitió caer en la cuenta de que, cuando el Papa hacía referencia al tiempo y al espacio, estaba haciendo una propuesta de profundo calado para la acción pastoral de la iglesia, proponiendo un modelo de acompañamiento pastoral. Pero, las cosas alcanzaron una claridad meridiana con la lectura de Amoris laetitia, y especialmente de los números 260-262, en los que el Papa se refiere al proceso de acompañamiento en la educación de los hijos. Es ahí donde, a mi modo de ver, el Papa presenta su pensamiento sobre el valor del tiempo como superior al del espacio como una forma de situarse en la acción pastoral, como una invitación acompañar procesos, a no estar preocupado por controlar los espacios, y a desarrollar una serie de virtudes y actitudes pastorales (saber respetar los ritmos, cuidar la escucha, etc.), que podríamos englobar con el término “paciencia pastoral”. Pues bien, el contenido de este artículo se sitúa en este contexto, y quiere abordar el papel del catequista como acompañante pastoral.

1. La figura del catequista como acompañante del proceso de iniciación cristiana a lo largo de la historia

Para ello, y como punto de partida, basten algunas pinceladas para contextualizar el momento actual, y para hacernos caer en la cuenta de que el papel del acompañante, del maestro de vida, fue fundamental en el origen del cristianismo en el proceso de iniciación de los que incorporaban a la Iglesia. Los grandes catequistas de la antigüedad de los que guardamos recuerdo así lo confirman, y también el trabajo de tanto catequista anónimo, cuya obra se perdió en el olvido, o de los que nos queda memoria por el testimonio de aquellos a los que acompañaron. Fueron los cambios en la forma de ubicarse el cristianismo en la sociedad, la conversión de éste en religión oficial del Imperio, lo que permitió que esta tarea, fundamental en los orígenes del cristianismo, fuera transformándose hasta convertirse casi en una caricatura.

En los primeros siglos del cristianismo, cuando éste era una experiencia minoritaria en el contexto del paganismo reinante, la articulación del proceso de iniciación a la fe, del catecumenado, que tan importante resultó para la iglesia naciente, tenía que ir acompañado necesariamente por agentes que lo llevarán a cabo: los catequistas. Éstos no eran personas únicamente preparadas en la doctrina. Muchas veces no poseían un gran bagaje intelectual. Otras veces sí. Pero, sobre todo, lo que se esperaba de ellos es que fueran maestros y maestras de vida por su ejemplaridad en la forma de vivir el cristianismo. Personas con autoridad moral, y no solo doctrinal, capaces de introducir a los catecúmenos en el misterio de la fe. De ahí que se les denominará mistagogos, maestros y acompañantes para el encuentro personal con el misterio que es Dios.

Todo esto suponía que los catequistas acompañaban a adultos, o al menos jóvenes adultos, capaces de tener una vida interior y un recorrido personal para acercarse al misterio y no quemarse. El proceso recogido en las catequesis de la antigüedad nos ha permitido reconstruir un proyecto catecumenal para el mundo de hoy, como más adelante veremos.

Posteriormente, a causa del reconocimiento de cristianismo como religión oficial del Imperio, tras las conversiones masivas de los pueblos bárbaros al cristianismo y los bautismos masivos, el proceso de iniciación cristiana dejó de ser un camino de encuentro personal con el misterio de Dios. La preocupación principal dejó de ser el encuentro personal de cada uno de los fieles con Dios, para bautizar la cultura e impregnarla de las verdades de la fe. Con ello el papel del catequista como mistagogo dejó de ser fundamental. Solamente aquellos que querían un grado mayor de perfección buscaron a los monjes del desierto para que les iniciaran en la vida de oración y en el encuentro personal con Dios.

La catequesis, en gran parte, se fue convirtiendo poco a poco, y cada vez más, en una tarea dirigida a los niños. El conocimiento de los contenidos de la fe se convirtió en su núcleo, y los catequistas en gran parte redujeron su tarea a enseñar esos contenidos. Sé que esta presentación es demasiado simplista y esquemática, pero un texto como éste no me permite matizar las afirmaciones, y describir nada más que a muy grandes trazos el proceso.

Este proceso comienza un camino inverso en el siglo XX. Una serie de razones llevaron a ello. Señalo únicamente las dos que considero principales: el progresivo derrumbamiento de un cristianismo vivido en régimen de cristiandad en los países de tradición cristiana, para ir siendo sustituido por un cristianismo vivido en minoría en una sociedad pluri-religiosa, pero sobre todo indiferente, que nos ha llevado a tomar conciencia de la necesidad de una iniciación cristiana adecuada a esta situación. Y de otra parte, la tarea misionera, llevada a cabo en aquellos lugares donde el Evangelio es recibido por primera vez. En estas iglesias jóvenes el papel de los catequistas y su tarea de acompañamiento de las personas y de las comunidades ha jugado un papel impagable.

Pues bien, todo esto ha llevado a una nueva forma de comprender la catequesis y su tarea, y lo que es más importante para el objetivo de estas líneas, todo esto ha supuesto una recuperación del papel de los catequistas y de su tarea. Así, siguiendo la línea de acción propuesta por el Concilio para la recuperación del catecumenado de adultos y, como consecuencia, la articulación de un proyecto catequético centrado en la iniciación cristiana, se recuperará también la dimensión mistagógica del catequista, y, por tanto, la comprensión de su tarea como acompañante, maestro de vida, más que como simple transmisor de conocimientos.

Con ello llegamos al núcleo de nuestra reflexión, que precisamente lo que intenta abordar es esta comprensión del papel del catequista como iniciador y acompañante en el camino de la fe.

 

2. La tarea de acompañar en la catequesis

Pues bien, en este contexto en el que actualmente nos movemos, creo que algo que necesariamente debemos tener en cuenta, como punto de partida, es la pluralidad de situaciones en las que se encuentran las personas que se acercan y se inician en la fe, a las que nos proponemos acompañar, con el fin de responder adecuadamente a cada una de ellas y a sus necesidades. Para ello hemos de ser conscientes de que en los procesos de iniciación cristiana nos encontramos con un público muy variado y diferente. Nos encontramos con un grupo de personas que se acercan a la fe a partir de experiencias muy diferentes, pero todas ellas coinciden en que, con anterioridad a su encuentro con el Evangelio, nunca recibieron, ni para bien ni para mal, ninguna formación religiosa. Son terreno virgen. También existen otros que proceden de una formación religiosa, que posteriormente ignoraron y relegaron al ámbito de lo irrelevante, o incluso en algunos casos la rechazaron de forma agresiva. Éstos, cuyo número es muy difícil de cuantificar, pero que probablemente irá en progresivo aumento en los años venideros, se caracterizan por participar del ambiente cultural de indiferencia, o, como han denominado algunos autores, de una cultura post-cristiana.

Existe también una población muy numerosa de niños para los que sus padres solicitan los sacramentos de la iniciación cristiana. Especialmente el bautismo y la primera comunión. En este sector de catecúmenos, y sobre todo de sus familias, las situaciones, las motivaciones y los intereses son muy diferentes y variados. Van desde aquellos niños que han nacido y crecido en familias que tienen una participación activa en la vida de la Iglesia, a aquellos otros en cuyas familias únicamente pesa la tradición cultural, el deseo de una fiesta de transición, etc., pero para los cuales la motivación religiosa y la continuidad del proceso es mínima. Corremos el riesgo de bautizar niños para no escandalizar a sus abuelos, y de dar las primeras y las últimas comuniones en una única celebración. En cualquier caso, tanto en los infantes que se inician en el camino de la fe acompañados de los suyos, como en los que se acercan a nuestros procesos de iniciación cristiana con unas motivaciones cristianas muy escasas en los familiares que los presentan, la tarea por parte de los catequistas no puede reducirse únicamente a los niños, sino que es imprescindible que se asuma seriamente el acompañamiento de los adultos que los presentan, con el fin de asegurar la continuidad del proceso, y, sobre todo, de generar la ocasión de que los padres puedan abrirse a la experiencia de la fe y andar su propio proceso. De aquí la importancia de la catequesis familiar en estas situaciones. Vayamos por partes, y detengámonos en cada uno de los casos.

a) Acoger y acompañar a los que se acercan y a los que retornan a la fe

En el primer caso, en el de los jóvenes y adultos que se acercan a la fe, éstos proceden de un contexto social de increencia e indiferencia religiosa. De una forma o de otra retornan a la fe o están viviendo un proceso de conversión. De ahí que la tarea catequética esté llamada a ser transformadora de sus vidas, lo que necesariamente tiene una serie de consecuencias prácticas en la forma de acompañar, que no debemos obviar:

  • En primer lugar, dada la pluralidad de sus situaciones personales, parece necesario articular ofertas de itinerarios de iniciación cristiana variados, capaces de adaptarse a la situación de cada persona. De ahí la importancia del catequista como acompañante y maestro.
  • Esto supone una segunda consecuencia, necesaria en todos los casos: una actitud y una forma de acompañar caracterizada por la proximidad y la cercanía fraterna y respetuosa, en la que, como testigos, debemos interpelar con nuestras vidas, pero en la que, también, nos dejamos interpelar por aquellos a los que nos acercamos.

    • Y debe caracterizarse, también, por la acogida, puesto que muchos tienen dificultades para volver, porque siguen manteniendo las mismas objeciones que les hizo alejarse, si no más. Otros vienen insatisfechos de no haber encontrado en otras partes lo que buscaban: la realización personal, el sentido de la vida, la paz interior, la felicidad…, o quizás sí, pero en cualquier caso están en búsqueda de algo más, capaz de fundamentar y plenificar sus vidas. Muchos vienen, también, después de haber dado serios tropiezos en la vida, avergonzados de sus equivocaciones, pero con firmes deseos de cambio. Buscan a Dios como alguien que acoge y que no condena. Buscan ser escuchados, poder compartir lo que experimentan, y que se los acompañe. Buscan comunidades de referencia donde expresar y celebrar la fe encontrada.

b) Acompañar a los niños y a los jóvenes, y a sus familias, en el proceso de socialización cristiana

En el segundo caso, en el de aquellos que se inician en la fe desde el ámbito familiar y piden recibir los sacramentos de la iniciación cristiana, ésta puede ser la ocasión de un proceso catecumenal familiar que permita a los adultos que los acompañan personalizar la fe en la que fueron bautizados para poder así acompañar a sus hijos. Para ello deberemos tener, como objetivo, una propuesta clara del Evangelio y de la alegría que éste supone en la vida de aquellos que lo acogen. Que este encuentro con el Evangelio sea ocasión para revisar y reformular su proyecto vital y familia, de tal forma que sea coherente con el Evangelio recibido, y se pongan en disposición de llevarlo a cabo en la vida cotidiana, y como miembros activos de la Iglesia.

Esta propuesta, además de tener consecuencias en los contenidos y en la forma de presentarlos, supone la asunción de una pedagogía iniciática o de engendramiento, para la que es necesario el acompañamiento personal de cada catecúmeno por parte de su catequista, pero también de sus familias.

La catequesis, así entendida, deberá tener una serie de rasgos identificadores fundamentales, como son:

• La capacidad de cultivar la interioridad, de provocar y despertar preguntas, y de abrir a la experiencia de nuestra vida y de nuestra historia personal, y a la experiencia honda de Dios.

• La capacidad de iniciar en los misterios de la fe, adaptándose al momento y a la edad de cada uno de los catecúmenos.

• Una catequesis que tiene lugar “entre otros” y “con otros”, porque el catecúmeno no está desconectado de los otros ni de la comunidad que lo acoge y acompaña.

c) Principales objetivos del acompañamiento en catequesis

Tanto en uno como en otro caso, podemos considerar como objetivos principales del acompañamiento para la iniciación cristiana, los siguientes:

La maduración de la conversión y de la fe, con el fin de que el converso, como hombre o mujer renacido, o el infante, haga un proceso de iniciación a la forma de pensar, sentir y actuar acorde con el proyecto de Cristo. Los cambios que se producen de converso a converso, de niño a niño, de joven a joven, son distintos, pero en todos es necesario que exista un proceso de maduración de sus actitudes y de su experiencia de Dios, que los permita a cada uno, según su edad y su situación vital, afrontar la vida como discípulos-testigos. Se pretende también que ésta sea una experiencia gozosa y dadora de sentido, capaz de ilusionar y de generar las actitudes y las virtudes necesarias para el seguimiento.

La apertura a la experiencia del Espíritu y la inmersión en el misterio de Dios. La vida cristiana es precisamente esto: vida. De ahí que el proceso de iniciación a ella sea fundamentalmente vivencial, experiencial. No pretendemos que el catecúmeno adquiera un conocimiento intelectual del misterio de Dios, sino una inmersión en él. Cada uno según su edad y sus cualidades. Para ello, debemos servirnos de las mediaciones que posibilitan que cada catecúmeno pueda hacer la experiencia del encuentro con Dios. De ahí la necesidad de iniciar en la oración, la celebración, la expresión simbólica, el servicio a los más pobres, la contemplación del rostro de Dios en el necesitado, etc. Por otro lado, se requiere también hacer conscientes a los catecúmenos de la acción permanente del Espíritu que, desde la conciencia y desde la vida nos habla, nos anima y da su fuerza a la vez que nos va transformando con su gracia. En una palabra, enseñar y ayudar a descubrir la presencia de Dios, como ese amigo visible-invisible que nos acompaña y nos ama siempre.

La iniciación en los contenidos de la fe. El catecumenado también tiene como objetivo una instrucción doctrinal, que permita el conocimiento de los contenidos de la fe, con el fin de poder dar razón de lo que creemos, de nuestra forma de actuar y de lo que nos cabe esperar. Con este fin, es preciso determinar con justeza los contenidos del catecumenado, que deberán estar adaptados a la edad y al contexto social y cultural, y centrados en los fundamentos bíblicos que estructuran la conversión y la fe.

• La asunción de un cambio de vida. La iniciación cristiana exige en unos un auténtico cambio de vida y una transformación moral en correspondencia con el Evangelio, y en otros avanzar hacia la vida adulta aprendiendo a distinguir la voluntad de Dios respecto a ellos. En cualquier caso, debe ser un proceso que comprometa la vida, que lleve a revisar las actitudes y los valores según el Evangelio y sus exigencias. No se trata de una insistencia en normas morales, desde una visión rigorista y negativa, sino de una insistencia en el ideal evangélico, sin olvidar sus exigencias en la vida personal, social, económica y política.

La potenciación de la pertenencia eclesial, que no se alcanza en abstracto sino por la incorporación a una comunidad concreta.

• La aceptación responsable de la propia misión, haciendo que el catecúmeno adquiera la conciencia de ser un cristiano de pleno derecho, asuma sus responsabilidades tanto en su proyecto personal como ante la sociedad y la vida misma de la Iglesia. Para ello apelaremos a su generosidad, su entusiasmo y sus valores.

La recuperación del catecumenado por parte del Concilio Vaticano II, entre otras cosas, ha supuesto la toma de conciencia de que la iniciación es un proceso largo, que tiene una serie de etapas claramente diferenciadas, según recoge el Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos (RICA). Conocer y diferenciar cada una de estas etapas, así como sus objetivos específicos, y los medios de los que se sirve, es de gran utilidad para el acompañamiento personal del catecúmeno por parte del catequista que lo acompaña.

 

3.- La figura del catequista como acompañante (principales características)

Todo lo anterior desemboca necesaria- mente en la importancia del papel del catequista como iniciador y acompañante en el camino de la fe. Un papel que supone no solamente el conocimiento de los contenidos de la fe y de la metodología adecuada para transmitirlos, sino, lo que es más importante, la autoridad moral y la ejemplaridad propia de una catequesis de engendramiento, y el tacto, la paciencia y la capacidad de acompañar procesos. Para ello debe:

Saber acoger la situación de cada una de las personas, e intuir el sueño que Dios tiene para cada una de ellas. Saber amar a cada uno como hoy es y el momento de la vida en el que se encuentra, pero saber proponer metas y caminos a alcanzar, apoyar el crecimiento, y urgir cambios en la vida. Transmitir la convicción de que cada momento es una oportunidad para ser más, para crecer, para realizar nuevas opciones capaces de llenar el vacío, y ser vías de transformación.

• Acompañar la búsqueda activa. Ayudar a descubrir y a purificar motivaciones, liberar condicionamientos y presiones, encontrar fuerzas para buscar y metas por las que luchar, y abrirse a la trascendencia. Unas fuerzas que no siempre encuentran aquellos a los que acompañamos, porque entre ellos hay personas de todas la edades que se sienten inseguros, que viven situaciones de vulnerabilidad… Por eso es necesario ser exquisitamente cuidadosos a la hora de no manipular a las personas que acompañamos.

• Proponer la alegría del Evangelio como respuesta a su búsqueda. El encuentro entre la persona que se inicia (el niño y el adolescente que se pone a nuestro cargo, el adulto que viene casi obligado al grupo como un tributo que hay que pagar para que sus hijos reciban los sacramentes de la iniciación cristiana) y el cristiano que le acoge supone necesariamente no quedarse en la acogida y la escucha, sino en una presentación adecuada de aquello que llena el corazón: la experiencia de Dios y el proyecto de su Reino. En estos encuentros no siempre se alcanza una convergencia de intereses. La propuesta de uno y los deseos del otro se relacionan dialécticamente, y depende de distintos factores para que el encuentro pueda desembocar en una comunión. Debemos ser conscientes de que lo que nosotros hacemos es un anuncio, una propuesta, que solamente puede ser acogida desde la libertad y la cordialidad. No es una imposición. Lo que hará creíble la propuesta será de una parte la cercanía y el conocimiento que hayamos desarrollado en los momentos anteriores, pero, también, la coherencia personal y el testimonio, que seamos capaces de transmitir.

• Procurar que la relación y la interacción mutua sean la matriz del cambio. Una vez que se ha establecido un interés y un vínculo mutuo suficiente, las relaciones personales serán la principal vía de conexión con el nuevo camino, que se emprende, y serán el cimiento sobre el que se construya un nuevo modo de vida. A través de la interacción con el acompañante y el grupo de referencia, los catecúmenos empiezan a encontrar necesidades específicas a las que deberemos ir respondiendo. Así, en la relación, se irán tejiendo los rudimentos de la fe, se iniciará a la experiencia de Dios y al conocimiento de su Palabra, a las verdades básicas de la fe, a los valores y el estilo de vida, que se desprenden del Evangelio, al conocimiento de otros que se encuentran en su misma situación y de la comunidad cristiana de referencia.

• Optar y consolidar la opción cristiana.La consumación del proceso de iniciación se alcanza cuando la persona llega al convencimiento de que la opción cristiana responde a sus deseos más profundos, y se adhiere al proyecto del Evangelio. En ese momento dejamos de ser catequistas para ser amigos y compañeros de comunidad. Esa es la meta a la que tender.

Antonio Ávila Blanco.
Instituto Superior de Pastoral (Madrid)