Homilía (Domingo XXXI de Tiempo Ordinario)

EL PRIMER MANDAMIENTO

1.- El precepto y el amor

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p style=»text-align:justify;»>Entre la maraña de preceptos y de ritos, se nos escapa lo principal. La formulación de los diez mandamientos, sin relación entre unos y otros, nos hace perder de vista la unidad de la ley: los diez se reducen a dos: a amar a Dios y al prójimo. Es curioso observar cómo estamos nerviosos por cumplir tradiciones y prescripciones, «pagamos el diezmo de la menta y del comino y descuidamos lo más importante de la ley» (Mt 23, 23).


Del horizonte de nuestra vida se ha evaporado el primer mandamiento. Andamos a la deriva, sin timón. De esta manera han nacido en nosotros las actitudes farisaicas, haciéndonos unos verdaderos monstruos. ¡Cuántos andan preocupados aún por el precepto de la misa! Escrupulosos del ayuno y de la abstinencia, impertinentes en cumplir rezos y devociones. Otros tergiversan todo por el deber, el trabajo, la familia, el negocio, el servicio a instituciones, aunque sean muy sagradas. Hay quienes cumplen la letra de todos los preceptos, menos el del amor. Son como cadáveres llenos de flores. «Amar a Dios con todo el corazón… y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios» (Mc 12, 33). Nos cuesta mucho entender estas palabras. Hemos sido educados con un método que pone más énfasis en lo periférico, que en lo profundo. Las formas, lo externo, nos dejan tranquilos. Nos interesa más el rito con que realizamos una acción, que el espíritu con que se hace. Estamos pendientes de «aparecer», en lugar de estar preocupados «por ser». Jesús ataca de raíz esta situación: «Si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo que reprocharte, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves, y presentas tu ofrenda» (Mt 5, 23-24). Hay algo ante Dios que es principal, sin lo que lo más santo no tiene sentido.

El amor es el estilo de la nueva situación inaugurada por Cristo. Con el amor desaparece la ley, y con ella la imposición externa, el yugo, la esclavitud. El mandamiento del amor es la formulación del espíritu cristiano. El precepto de Dios nos obliga a amar, como única forma de poder llegar a la salvación; pero no amamos porque estemos obligados. El impulso del amor es tan entrañablemente nuestro y libre, que, cuando amamos de verdad, lo hacemos porque queremos, aunque ayudados por el Espíritu de Dios. Cuando se ama, este sentimiento nace tan espontáneo, que rompe el mandamiento, no se ama porque está mandado, sino porque libremente se siente. El amor tampoco es un sentimiento que uno decide tener por el sólo imperio de su propia voluntad. El amor fluye, está muy cerca del concepto de la vida. Es ese estilo de vivir que tiene el hombre que ha sido captado por el poder salvador de Dios y vive en comunión con Cristo. Como fundamento de la ley y el precepto está la fe, que es fuente de la nueva vida, cuyo alimento es el amor.

El que no ha descubierto esto no se puede llamar creyente cristiano. Estará cerca de cualquier otra religión, pero no del cristianismo. El que comienza a vislumbrar esto, como el letrado que se acercó a Jesús, «no está lejos del Reino de Dios» (Mc 12, 34).

2.- Amar a Dios

Amar a Dios no es inútil. Alguien se puede preguntar por qué amarlo y para qué. El amor a Dios está unido a la fe en El. «El Señor es uno sólo y no hay otro fuera de El» (Mc 12. 32; Deut 6, 4). Amar a Dios es querer la raíz misma de todo lo que existe, ir al fundamento de la realidad, beber en las fuentes de donde brota la misma vida. «Así prolongarás tu vida» (Deut 6, 2) Amamos a Dios porque creemos que no hay otro fuera de El. Ni el dinero, ni el poder, ni el placer, ni nada de este mundo son dioses. Todas estas realidades son trampas de muerte para el hombre.

Dios es el suelo sobre el que se posan nuestros pies, es la piedra angular del edificio del mundo; de su Espíritu toma aliento nuestro espíritu, y por su realidad infinita nosotros somos y nos realizamos. Lo amamos por encima de todo otro Dios, «y con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas» (Deut 6, 5). Ante Dios, los creyentes nos situamos incondicionalmente; toda otra realidad palidece ante El. Porque El es la base y la verdad última de todo lo que existe. De entre todas las preocupaciones que tenemos, Dios es nuestra preocupación fundamental. En el sistema de valores que anima nuestra vida, Dios es el más alto, al que todo está sujeto. Amar con todo el corazón, exige querer sin restricciones, no dejar cabida en el corazón a cualquier otro amor, que impida querer con todas las fuerzas. Como El es Dios único, puede exigírnoslo para nuestro bien: en este amor está la fuente de nuestra salvación.

Este amor de Dios está siempre presente y en todo. La vida de los creyentes discurre sobre la plataforma de este amor; bajo su influencia. Ser creyente es aceptar vivir en la vida según el estilo que, el amor, que le tengo a Dios, me exige. Este amor informa nuestro ser más íntimo, hasta la mínima actividad de nuestro espíritu. Informa también los actos y los preceptos religiosos; toma cuerpo en el trabajo, en la relación, en la lucha por la liberación de la sociedad. «Estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; estarán en tu mano como un signo y en tu frente como una señal» (Deut 6, 7-8), para que toda la vida esté coloreada por el amor de Dios.

3.- Amor al prójimo

Quien ama a Dios, ama todo lo que Dios es. El amor a Dios exige un amor al mundo, una aceptación de sí mismo y un esfuerzo por entrar en comunión con el hermano. No son dos preceptos el amor a Dios y el amor al prójimo. No son dos amores. En Dios está de tal manera inmerso todo, que quien ama a Dios, acepta toda la realidad que existe. Amamos al otro porque es parte de un todo, cuya unidad la encontramos en Dios mismo.

Este amor fraternal es el signo de nuestro verdadero amor a Dios. No podemos afirmar que amamos a Dios, si negamos a la creatura de Dios. Estos dos, son el único principal mandamiento de la ley. No es lo más importante la Eucaristía, sino lo que ella significa. En este sacramento, se nos predica el admirable universo del amor: Dios nos ama hasta entregarnos a su Hijo; el Hijo nos ama hasta la muerte. Nosotros bendecimos a Dios porque decimos que lo amamos y estamos reunidos porque nos queremos como» hermanos. En este clima de amor se desarrolla todo un concierto de comuniones: entramos en comunión con Dios y Cristo y celebramos la comunión entre nosotros. Pero la garantía de nuestro amor a Dios es el que nos queremos. Si esto existe entre nosotros, celebremos con gozo el Sacramento del amor.

 

Jesús Burgaleta