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Archive for 2/11/18

TODOS LOS FIELES DIFUNTOS. (CONMEMORACIÓN)

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: SI MORIR NO ES DESPERTAR

Si morir no es despertar,
si es simplemente morir,
¿para qué, muerte, vivir?,
¿para qué, muerte, empezar
esta angustia, este llorar?

Mas, si eres umbral y puerta
del misterio, si honda y cierta
aseguras mi esperanza,
¡qué cima de luz se alcanza
viviendo una vida muerta! Amén.

SALMODIA

Ant 1. El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma.

Salmo 120 – EL GUARDIÁN DEL PUEBLO.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma.

Ant 2. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Salmo 129 – DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Ant 3. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.

Cántico: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL – Flp 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.

LECTURA BREVE   1Co 15, 55-57

¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley. ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!

RESPONSORIO BREVE

V. Por tu misericordia, Señor, dales el descanso eterno.
R. Por tu misericordia, Señor, dales el descanso eterno.

V. Tú, que vendrás a juzgar a los vivos y a los muertos,
R. Dales el descanso eterno.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Por tu misericordia, Señor, dales el descanso eterno.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Todos los que el Padre me ha entregado vendrán a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Todos los que el Padre me ha entregado vendrán a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera.

PRECES

Oremos al Señor Jesús, que transformará nuestro cuerpo frágil en cuerpo glorioso como el suyo, y digámosle:

Dueño de la vida y de la muerte, escúchanos.

Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que resucitaste de entre los muertos a tu amigo Lázaro,
lleva a una resurrección de vida a los difuntos que rescataste con tu sangre preciosa.

Señor Jesucristo, consolador de los afligidos, que ante el dolor de los que lloraban la muerte de Lázaro, del joven de Naím y de la hija de Jairo acudiste compasivo a enjugar sus lágrimas,
consuela también ahora a los que lloran la muerte de sus seres queridos.

Señor Jesucristo, siempre vivo para interceder por nosotros y por todos los hombres,
enséñanos a ofrecer el sacrificio de alabanza por los difuntos, para que sean absueltos de sus pecados.

Cristo salvador, destruye en nuestro cuerpo mortal el dominio del pecado por el que merecimos la muerte,
para que obtengamos, como don de Dios, la vida eterna.

Cristo redentor, mira benignamente a aquellos que, al no conocerte, viven sin esperanza,
para que crean también ellos en la resurrección y en la vida del mundo futuro.

Tú, Señor, que has dispuesto que nuestra casa terrena sea destruida,
concédenos una morada eterna en los cielos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Porque deseamos que la luz de Cristo ilumine a los vivos y a los muertos, pidamos al Padre que llegue a todos su reino:

Padre nuestro…

ORACION

Escucha, Señor, nuestras súplicas y haz que, al proclamar nuestra fe en la resurrección de tu Hijo, se avive también nuestra esperanza en la resurrección de nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Viernes, 2 Noviembre, 2018

El pan de la vida
Juan 6, 37-40

1. LECTIO

a) Oración inicial:

Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que revivan (Ez 37,9), ven Espíritu Santo, sopla sobre nuestra mente, sobre nuestro corazón, sobre nuestra alma, para que seamos en Cristo una nueva creación, primicia de la vida eterna. Amén

b) Lectura del Evangelio:John 6: 37-40

En aquel tiempo, les dijo Jesús: 37«Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; 38 porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. 39 Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. 40 Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día.»

c) Momentos de silencio orante:

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestras vidas

2. MEDITATIO

a) Clave de lectura:

En el evangelio de Juan, el punto de vista fundamental sobre Jesús y su misión es que el Verbo hecho carne ha sido enviado por el Padre al mundo para darnos la vida y salvar lo que estaba perdido. El mundo por su parte rechaza al Verbo encarnado. El prólogo del Evangelio nos presenta este pensamiento (Jn 1, 1-18), que sucesivamente el evangelista continuará elaborando en el relato evangélico. También los evangelios sinópticos, a su modo, anuncian esta novedad. Piénsese en las parábolas de la oveja extraviada y del drama perdido (Lc 15, 1-10), o en la declaración: no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mc 2, 17).

Esta línea de pensamiento lo encontramos también en este pasaje:He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad delque me ha enviado (Jn 6,38) . Y esta es la voluntad de mi Padre, que quien vea al Hijo y crea en Él tenga la vida eterna (Jn 6,40). Palabras claves del evangelio de Juan son: ver y creer. Ver, implica y significa automáticamente creer en el Hijo enviado por el Padre. Con esta forma de fe el creyente posee ya la vida eterna. En el evangelio de Juan, la salvación del mundo se cumple en la primera venida de Cristo a través de la encarnación y con la resurrección de aquél que se deja elevar en la cruz. La segunda venida de Cristo en el último día será el complemento a este misterio de salvación

El pasaje del evangelio de hoy está sacado de la sesión que habla del ministerio de Jesús (Jn 1, 12). El texto nos lleva a la Galilea, al tiempo de la Pascua, la segunda vez en el texto juaneo: Después de estos hechos, Jesús partió a la otra orilla del mar de Galilea…Estaba vecina la Pascua, la fiesta de los Judíos (Jn 6, 1, 4). Una gran muchedumbre lo seguía (Jn 6,2) y Jesús viendo a la gente que lo seguía multiplica los panes. La gente lo quiere proclamar rey, pero Jesús huye y se retira a la montaña Él solo (Jn 6,15). Después de una breve pausa que nos hace ver al Señor caminando sobre las aguas (Jn 6, 16-21), el relato sigue al otro día(Jn 6, 22), con la gente que continúa esperando y buscando a Jesús. Sigue después el discurso sobre el pan de la vida y la amonestación de Jesús a buscar el alimento que siempre perdura (Jn 6, 22). Jesús se define a sí mismo como el pan de la vida, haciendo referencia al maná dado al pueblo por Dios mediante Moisés, como una figura del verdadero pan que desciende del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 30 -36). En este ámbito se desarrolla las palabras de Jesús que nosotros estamos usando para nuestra Lectio (Jn 6, 37-40). En este contexto encontramos una nueva oposición y un nuevo rechazo de la revelación de Cristo como el pan de la vida (Jn, 6, 41-66).

Las palabras de Jesús sobre el que viene a Él, hacen eco de la invitación de Dios a participar en los bienes del banquete de la alianza (Is 55, 1-3). Jesús no rechaza a los que van a Él, sino que les da la vida eterna. Su misión es precisamente buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 27). Esto nos recuerda el relato del encuentro de Jesús con la Samaritana junto al pozo de Jacob (Jn 4, 1- 42). Jesús no rechaza a la Samaritana, sino que comienza con ella un diálogo “pastoral” con la mujer que viene al pozo por el agua material y encuentra el hombre, el profeta y el Mesías que le promete el agua de la vida eterna (Jn 4, 13-15). Tenemos pues en el relato la misma estructura: de una parte la gente busca el pan material y de la otra, por el contrario, se hace por parte de Jesús todo un discurso espiritual sobre el pan de la vida.

También el testimonio de Jesús, que come el pan de la voluntad de Dios (Jn 4, 34), reconfirma lo que el Maestro enseña en este pasaje evangélico (Jn 6, 38).

En la última cena vuelve a tomar una vez más todo este discurso en el capítulo 17. Es Él el que da la vida eterna (Jn 17, 2), conserva y guarda a todos los que el Padre le ha dado. De éstos ninguno se ha perdido, sino el hijo de la perdición (Jn 17, 12-13)

b) Algunas preguntas:

para orientar la meditación y actualizarla.

* El Verbo hecho carne es enviado por el Padre al mundo para darnos vida, pero el mundo rechaza al Verbo encarnado. ¿Acepto en mi vida al Verbo encarnado que da la vida eterna? ¿Cómo?

* He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquél que me ha enviado (Jn 6, 38). En Jesús vemos la obediencia a la voluntad del Padre ¿Interiorizo esta virtud en mi vida para vivirla cada día?

* Quienquiera que ve al Hijo y cree en Él tendrá la vida eterna (Jn 6, 40). ¿Quién es Jesús para mí? ¿Trato de verlo con los ojos de la fe, escuchando sus palabras contemplando su modo de ser? ¿Qué significa para mi la vida eterna?

3. ORATIO

a) Salmo 22:

Yahvé es mi pastor, nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas.
Me guía por cañadas seguras
haciendo honor a su nombre.

Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.
Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días.

b) Oración final:

Oh Dios, que nos nutre en la mesa de tu palabra y del pan de la vida para hacernos crecer en el amor. Concédenos acoger tu mensaje en nuestro corazón para llegar a ser en el mundo levadura e instrumento de salvación. Por Cristo Nuestro Señor Amén.

4. CONTEMPLATIO

La contemplación es el saber unir nuestro corazón y nuestra mente al Señor que con su Palabra nos transforma en nuevas personas que cumplen siempre su voluntad. “Sabiendo estas cosas, seréis dichosos si la ponéis en práctica” (Jn 13,17).

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Oración de la comunidad

Oración para el Domingo XXXI de Tiempo Ordinario

Oración comunitaria Domingo XXXI Tiempo Ordinario

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Cuando hay amor, el silencio es tarea grata. Como decía Erasmo de Rotterdam, «la verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos parece ameno». El silencio es ocasión de diálogo íntimo entre las personas que se quieren. Basta estar juntos. Un gesto, una palabra e incluso no hacer nada es ya una conversación llena de vigor.
Saberse amado por Dios y vivir en amistad con Él hace del silencio algo ameno. El tiempo transcurre deprisa. San Juan María Vianney se refería a ello en una de sus predicaciones, cuando advertía: «Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuvo que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto» (Del oficio de lectura, 4, VIII).
Cuando se alcanza ese nivel de silencio interior, la vida misma es más amena. Centrado en lo esencial, la posibilidad de verse desequilibrado por la multitud de estímulos diarios queda muy amortiguada. La mujer recogida, el hombre sereno, gozan del atractivo de vivir en lo esencial. Saben estar consigo mismos y con los demás, precisamente porque han conocido el camino del recogimiento.
Al hombre actual le pesa abandonar la esfera de la eficacia, pero tenemos que ser capaces de luchar esa batalla. Se trata de intentar dejar de pensar continuamente lo que hemos de hacer. Invertir tiempo en la gestión del tiempo. Emplear un rato de cada jornada en ver el mejor modo de administrarla, y aprender a llevar a cabo con éxito el día a día. Poner por escrito las tareas que se han de realizar, las llamadas que hay que hacer, los mensajes que hay que enviar,y vaciar la cabeza de toda esa información. Así dejaremos espacio para lo esencial, y cumpliremos nuestras obligaciones una detrás de otra. Llevarlo todo a la vez es tarea pesadísima. En definitiva, ser poseedor de la honda sabiduría de no querer tenerlo todo ahora, de no querer hacerlo todo ya. Llegar a la cama con la sensación de que quedan mil tareas pendientes… y no preocuparse en exceso por ello. Dios vela por cada uno de nosotros. Él sabe más, y nosotros «hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17, 10).
El modo de conseguir ese silencio interior es practicar actos explícitos de recogimiento. De eso también versará nuestra conversación en el acompañamiento espiritual. Santa Teresa Benedicta de la Cruz refiere que, mientras fue profesora en las dominicas, una gran actividad ocupó su quehacer cotidiano. Ante la imposibilidad de estar en la capilla todo el tiempo que deseaba, encontró un eficaz remedio a la dispersión: refigiarse varias veces al día, por breves instantes, en su santuario interior. De este modo consiguió no ceder al impulso de la dispersión, y conservar en su alma el silencio que abre la intimidad con Dios.
La experiencia dicta que esta batalla por el recogimiento es una lucha incesante contra nosotros mismos. Conviene tenerlo en cuenta, para no desesperar en esta guerra de paz. En primer lugar, es necesario un momento diario deoración. «El verdadero cristiano tiene que conquistar en su vida un lugar para la contemplación, cueste lo que cueste» (D. von Hildebrand, p. 98). En el momento en que nos abadonamos al ejercicio de una tarea detrás de otra, sucumbimos al torbellino de la actividad y nos dispersamos. Viene la infecundidad y la tristeza: el sinsentido. «Nos quedamos siempre en la tensión hacia algo que hay que resolver, y muchos solo conocen el descanso o la inversión como contrapeso del trabajo».
En la dirección espiritual, será prioritario fijar para la oración «un tiempo suficiente; a hora fija, si es posible. Al lado del Sagrario, acompañando al que se quedó por Amor. Y si no hubiese más remedio, en cualquier parte, porque nuestro Dios está de modo inefable en nuestra alma en gracia» (Amigos de Dios, n. 249). Es de sabios conocerse, y dejar al arbitrio del día a día el momento de la oración corre el inevitable riesgo de que la meditación se extinga, desaparezca o sea caprichosa. «Meditación. —Tiempo fijo y a hora fija. —Si no, se adaptará a la comodidad nuestra: esto es falta de mortificación. Y la oración sin mortificación es poco eficaz» (Surco, 446). Una vez conseguida esta meta, nacerá otro empeño: el de no convertir la oración en tarea de agenda, en algo por hacer. Pero de eso ya hablaremos más adelante.
El segundo acto explícito de silencio interior lo conforman las oraciones vocales y las jaculatorias; es decir, ese continuo referirnos a Dios en la tarea cotidiana. Requiere un esfuerzo sostenido en el tiempo. Su fruto consiste en no dejarnos atosigar por las prisas y sabernos acompañados. Al menos hemos de intentarlo.
Preguntarle al Señor durante el día: ¿Tú qué opinas de esto que me turba? ¿Tú qué piensas que debo hacer en tal o cual situación? Contar con Dios y con la Virgen. Dirigirle palabras de abandono, quizá aprendidas cuando éramos pequeños, y que tanto consuelo dan. Empezar la mañana dedicándole el día, y cerrarlo con el rezo de las Avemarías. Durante la jornada, pequeñas frases encendidas: Jesús, te amo. Señor, no entiendo. «Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra…, hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres…: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros (…). Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto» (Amigos de Dios, n. 296).
Finalmente, podría añadir otros muchos actos explícitos de recogimiento: la participación, la devoción a María… Dejo conscientemente esa tarea para la tercera parte de este libro, cuando hablemos del contenido concreto que debe tener nuestra conversación en dirección espiritual. Basta aquí hacer referencia a ello, para que, cuando lo tratemos, nadie sea tan torpe de pensar que la vida espiritual es acumular más y más pra´cticas piadosas. No. Se trata de custodiar el silencio que da por fruto la vida verdadera.
Si llegáramos a tener la convicción de que el acompañamiento espiritual ayuda a vivir en este abandono, en esta capacidad de disfrutar, sería causa suficiente para comenzar a practicarlo. La voz de la Iglesia y la experiencia del tiempo dicen que así es.
¿A qué esperamos entonces para iniciar este camino?
Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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126. Ordinariamente la alegría cristiana está acompañada del sentido del humor, tan destacado, por ejemplo, en santo Tomás Moro, en san Vicente de Paúl o en san Felipe Neri. El mal humor no es un signo de santidad: «Aparta de tu corazón la tristeza» (Qo 11,10). Es tanto lo que recibimos del Señor, «para que lo disfrutemos» (1 Tm 6,17), que a veces la tristeza tiene que ver con la ingratitud, con estar tan encerrado en sí mismo que uno se vuelve incapaz de reconocer los regalos de Dios[101].


[101] Recomiendo rezar la oración atribuida a santo Tomás Moro: «Concédeme, Señor, una buena digestión, y también algo que digerir. Concédeme la salud del cuerpo, con el buen humor necesario para mantenerla. Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante el pecado, sino que encuentre el modo de poner las cosas de nuevo en orden. Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento, las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no permitas que sufra excesivamente por esa cosa tan dominante que se llama yo. Dame, Señor, el sentido del humor. Concédeme la gracia de comprender las bromas, para que conozca en la vida un poco de alegría y pueda comunicársela a los demás. Así sea».

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Guión litúrgico Domingo XXXI de Tiempo Ordinario – Ciclo B, 4 de noviembre de 2018.

Guión Litúrgico Domingo XXXI de Tiempo Ordinario

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Domingo 31º del Tiempo Ordinario – Ciclo B
Domingo, 4 de noviembre de 2018

No sé si recordáis el evangelio del domingo pasado, donde un ciego le llamó a gritos a Jesús y le pidió: “Maestro, que pueda ver”, y tras su recuperación de la vista siguió a Jesús. Eso sucedió en el camino de Jericó a Jerusalén.

Hoy vemos a Jesús, que ya ha llegado a Jerusalén. Y vemos que también se le acerca un hombre, pero no para pedirle nada, sino con una pregunta. Se trata de un escriba; acaso un hombre con dudas, con interrogantes acerca de su vida. Y se le acerca para preguntarle algo que se ve que le preocupa.

Y aquí tenemos ya una primera reflexión que hacernos: ¿Qué o a quién busco yo en mi vida? ¿Me interrogo por cuestiones que me preocupan o me dejo llevar por la vida sin más? ¿Dónde y a quién me dirijo para resolver mis dudas? ¿Busco respuestas? Ante un mundo con tantos intereses, con tantas ofertas, con tantos estímulos, ¿hacia dónde focalizo mis inquietudes?

Sin duda ese escriba del evangelio de hoy es un buen reclamo para bucear y profundizar dentro de nosotros mismos. La actitud de ese escriba bien podría ser una llamada para cada uno de nosotros: examinar mi mundo, mis intereses, mis preocupaciones, mis relaciones, mis dudas, mis miedos. Mirar mi calado o la superficialidad de mi vida. Lo peor, desde luego, es que no nos hiciésemos preguntas.

Me llama la atención que quién se cerca hoy a Jesús es un escriba, es decir un conocedor y especialista de la ley. Y me llama la atención porque a pesar de ser escriba, no cree saber todas las cosas de Dios, se siente pobre de espíritu y alarga su mano a Jesús, como Bartimeo, con un interrogante, con una pregunta. Es, pues, un hombre que busca.

El Evangelio, la Palabra de Dios, es un verdadero catalizador de nuestras actitudes vitales; el que nos pone ante el espejo de nuestra vida. En el evangelio que escuchamos este domingo vemos a un escriba que se acerca a Jesús lleno de interés y le hace una pregunta directa: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”

Y la respuesta de Jesús ya la hemos escuchado: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.”

Corazón, alma, mente, ser. Cuatro términos con los que Jesús quiere expresar la totalidad. Cuatro términos que quieren significar una plenitud de amor, que compromete todas nuestras facultades para amar.

Es necesario, pues, que el amor nos queme por entero: de la cabeza a los pies, de la mente al cuerpo, de la mañana a la tarde, y de la tarde a la mañana, de la infancia a la vejez. ¿Amo yo así a Dios, con la totalidad de mi vida, con la totalidad de mi ser?

El segundo es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Es decir: tú eres la medida del amor a tu prójimo. No tienes que buscarla lejos de ti; amar a los demás como tú te amas a ti mismo. ¡Qué buena medida es!

Ni una espiritualidad, pues, de huida del mundo para refugiarse egoísticamente sólo en Dios, ni querer remplazar el primer mandamiento: Amor a Dios, por sólo una sociología de amor filantrópico, solo al hombre.

En el pensamiento de Jesús, se apoyan el uno en el otro, tienen la misma importancia como mandamiento.

Juan nos lo “tradujo” muy bien en una de sus cartas: “Quien dice amar a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, a quien ve, es un mentiroso”. Amar a Dios sin amar al prójimo es una mentira.

Agustín Fernández, sdb

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