¡Escucha!

La pregunta, que aquel letrado dirige a Jesús, no es banal, ni retórica, porque en ella se ventilaba el problema de la pertenencia al Reino de Dios y así alcanzar la vida eterna (Lc 10, 25).

1. Las diversas escuelas rabínicas habían multiplicado los preceptos, las normas y los ritos. Las prescripciones positivas habían llegado a ser 248 (tantas como los huesos del cuerpo humano) y las prohibiciones eran 365 (tantas como los días del año).

2. Jesús se remonta al Antiguo Testamento y recupera aquella profesión de fe que recitaba diariamente todo buen judío: «Escucha, Israel …» (Dt 6, 4-5).

El segundo mandamiento, también presente en el Antiguo Testamento, habla del amor al prójimo. (Lv 19, 18).

Lo original de Jesús consiste en que relaciona ambos preceptos o ambas líneas de ética. «La vinculación y mutua subordinación entre el amor a Dios y al prójimo es absolutamente original». Lo cierto es que todos los mandamientos, toda la ética reciben su sentido del primero, que, a su vez, se expresa en el amor al prójimo. (Los siete últimos mandamientos son variantes del amor al prójimo).

Tiene una especial importancia para nosotros que evoquemos la actitud de «escucha».

Escuchar ¿a quién? Escuchar la voz de la vida, de la conciencia, la palabra de la experiencia, de la historia y sobre todo escuchar el silencio y escuchar a Dios. Hoy en día vivimos en una palabrería crónica, palabrería hueca en muchos casos, interesada en otros, poco amante de la verdad en gran parte de los casos. Oímos la radio, la tele, incluso «oímos misa», pero escuchamos poco o nada.

No acertamos a escuchar la voz de la vida: el rumor de la esperanza, la tragedia de la muerte, el dolor del hambre, la amargura de la decepción y el fracaso … No escuchamos la voz del amor, de un nacimiento. No escuchamos la voz de la naturaleza, de la creación.

Y si no sabemos escuchar silenciosamente, el griterío ensordecedor de los medios de comunicación, de la palabrería, de los líderes, de las manifestaciones y reuniones’ terminará por sofocar la apertura a la vida, a la luz, a la verdad y a Dios …

En no pocos ambientes, incluido el eclesiástico, los vacíos, la vagancia y la deserción intelectual se llena con una ingente palabrería hueca (reuniones).

Tal vez, más que hablar, más que transmitir doctrina, se trata de hacer aflorar y hacer consciente en el ser humano la voz de la vida, las grandes cuestiones.

Nuestra civilización ha arrasado las cuestiones para las que no tiene una respuesta. El sentido de la vida, las cuestiones éticas, la misma muerte, son problemas que «no existen». Si usted tiene stress, angustia o depresión se toma una pastilla. Hoy en día uno se muere casi como un perro (con perdón), la civilización actual no tiene una palabra, una esperanza para el ser humano ante la muerte. La naturaleza no es objeto (sacramento) de contemplación, sino un almacén de cosas a consumir. La sexualidad no es encuentro entre personas, sino un mecanismo de placer. El aborto es un simple medio anticonceptivo. El cristianismo, el jubileo, el camino de Santiago son meros productos turísticos …

Tal vez pastoralmente evangelizar signifique: ¡Escucha!

Escucha ¿qué, a quién?

El Señor Dios es el único Dios.

Quizás pueda sonar una afirmación demasiado religiosa, demasiado bíblica. Pero es una verdad no grande, sino absoluta. Solamente la Verdad, el Amor, la Libertad, Dios son el objeto de nuestra escucha.

Las mediaciones políticas, sindicales, culturales, eclesiasles pueden ser importantes, pero nunca absolutas.

Desde la ultimidad de la escucha a Dios cobra sentido el respeto y amor al prójimo. A Dios le escuchamos en el camino de la vida. Dios «se hace presente a lo largo y ancho del mundo» (Rahner, K.)

Quien escucha y ama a Dios (ultimidad, verdad, libertad, justicia) comienza a amar al prójimo, la historia, la vida.

Por estas cosas es por lo que Jesús le dijo al letrado: No estás lejos del Reino de Dios. (v 34).

¡Escucha en la vida!

Textos para la oración personal

* Escucha Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. (Dt 6, 2-6)

* Yo te amo, Señor, tú eres mi roca.

Dios mío, roca mía, mi alcázar, mi libertador, mi fuerza salvadora, mi baluarte. (Salmo 17).

* Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. Amarás al prójimo como a ti mismo.

No estás lejos del Reino de Dios. (Mc 12, 28-34).

Tomás Muro

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