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Archive for 9/11/18

LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN. (FIESTA)

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: ALTA CIUDAD DE PIEDRAS VIVAS.

Alta ciudad de piedras vivas,
Jerusalén;
visión de paz y cielos nuevos,
ciudad del Rey.

Tus puertas se abren jubilosas,
visión de paz,
y penetran los ríos de tus santos
hasta el altar.

Baluartes y murallas de oro,
Jerusalén;
tus calles, gemas y zafiros,
ciudad del Rey.

Jerusalén, Iglesia viva
de eternidad;
hacia ti caminan los hombres,
sin descansar.

Alta ciudad del Cristo vivo,
que es nuestro hogar,
al que volveremos, ya cansados
de caminar.

Cielos nuevos y tierra nueva,
Jerusalén;
morada de Dios Trino y Uno.
Amén, amén.

SALMODIA

Ant 1. El Altísimo consagra su morada; teniendo a Dios en medio, no vacila.

Salmo 45 – DIOS, REFUGIO Y FORTALEZA DE SU PUEBLO

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Altísimo consagra su morada; teniendo a Dios en medio, no vacila.

Ant 2. Vamos alegres a la casa del Señor.

Salmo 121 LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Vamos alegres a la casa del Señor.

Ant 3. Alabad al Señor, nuestro Dios, todos sus santos.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Alabad al Señor, nuestro Dios, todos sus santos.

LECTURA BREVE   Ap 21, 2-3. 22. 27

Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios con los hombres, y acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos.» Pero no vi santuario alguno en ella; porque el Señor, Dios todopoderoso, y el Cordero, es su santuario. Nada profano entrará en ella, ni los que cometen abominación y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.

RESPONSORIO BREVE

V. Dichosos, Señor, los que habitan en tu casa.
R. Dichosos, Señor, los que habitan en tu casa.

V. Alabándote siempre.
R. En tu casa.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Dichosos, Señor, los que habitan en tu casa.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Santificó el Señor su tabernáculo, porque ésta es la casa de Dios, donde se invoca su nombre, del cual está escrito: «Mi nombre habitará allí», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Santificó el Señor su tabernáculo, porque ésta es la casa de Dios, donde se invoca su nombre, del cual está escrito: «Mi nombre habitará allí», dice el Señor.

PRECES

Oremos, hermanos, a nuestro Salvador, que dio su vida para reunir a los hijos de Dios dispersos, y digámosle:

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia.

Señor Jesús, que cimentaste tu casa en la roca,
confirma y robustece la fe y la esperanza de tu Iglesia.

Señor Jesús, de cuyo costado salió sangre y agua,
renueva la Iglesia con los sacramentos de la nueva y eterna alianza.

Señor Jesús, que estás en medio de los que se reúnen en tu nombre,
atiende la oración unánime de tu Iglesia congregada.

Señor Jesús, que con el Padre haces morada en los que te aman,
perfecciona a tu Iglesia por la caridad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Señor Jesús, que no echas fuera a ninguno de los que vienen a ti,
acoge a todos los difuntos en la mansión del Padre.

Terminemos nuestra oración con las palabras que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Señor, tú que con piedras vivas y elegidas edificas el templo eterno de tu gloria: acrecienta los dones que el Espíritu ha dado a la Iglesia para que tu pueblo fiel, creciendo como cuerpo de Cristo, llegue a ser la nueva y definitiva Jerusalén. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Viernes, 9 Noviembre, 2018

Juan 2,13-22 – Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Juan 2,13-22

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado.» Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito:

Los judíos entonces replicaron diciéndole: «Qué signo nos muestras para obrar así?» Jesús les respondió: «Destruid este santuario y en tres días lo levantaré.» Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del santuario de su cuerpo. Cuando fue levantado, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

3) Reflexión

• El Contexto. Nuestro pasaje contiene una enseñanza clara e inequívoca de Jesús en el templo. Anteriormente, Juan Bautista había dado testimonio de Jesús diciendo que era el mesías (1,29); los primeros discípulos, tras la indicación del Bautista, lo reconocen como el Cordero de Dios, que era una nota mesiánica: inaugurar una nueva pascua y una nueva alianza, realizar la definitiva liberación del hombre (Jn 1,35-51); en Caná, Jesús hace su primer milagro para manifestar su gloria (Jn 2,1-12): la gloria se torna visible, puede ser contemplada, es decir, se manifiesta. Es la gloria del Padre, presente en la persona de Jesús, manifestada al inicio de su actividad, como anticipo de su “ora” (17,1). ¿En qué manera se manifiesta su gloria? Dios establece gratuitamente con el hombre una nueva relación; lo une íntimamente a él dándole la capacidad de amar como Él por medio del Espíritu que purifica el corazón del hombre y lo hace hijo de Dios. Es necesario, sin embargo, reconocer el amor inmutable de Dios manifestado en Jesús, respondiendo con fe, o sea, con una adhesión personal.

• Jesús y el templo. Ahora Jesús se encuentra en Jerusalén, en el templo, y, dando cumplimiento a la profecía de Malaquías (Ml 3,1-3), se proclama mesías. Esta presencia de Jesús y sobre todo su enseñanza produce una tensión. Ahora comprenderá el lector que las grandes disputas con los judíos tengan lugar siempre en el templo; en este lugar proclama Jesús sus denuncias sustanciales; su misión es conducir al pueblo fuera del templo (2,15; 10,4). En el fondo, Jesús es condenado porque representa un peligro para el templo y para el pueblo. Jesús va a Jerusalén con ocasión de la Pascua de los judíos: es una ocasión clamorosa para manifestarse en público y para revelar a todos que él es el mesías. En aquella fiesta Jerusalén está llena de peregrinos llegados de todas partes y por tanto su proceder habría tenido resonancia en toda Palestina. Llegando a Jerusalén, se traslada rápidamente al templo donde realizan su trabajo diversos tipos de vendedores y cambistas… El encuentro en el templo no se realiza con personas que buscan a Dios, sino con comerciantes de lo sagrado: el importe por instalar los puestos de venta era entregado al sumo sacerdote. Jesús escoge esta ocasión (la pascua) y este lugar (el templo) para ofrecer un signo. Toma un látigo, instrumento que simbolizaba al mesías castigando los vicios y las prácticas malvadas, y expulsa a todos del templo junto con las ovejas y los bueyes. Es digna de notar su polémica contra los vendedores de palomas (v.12). La paloma era un animal que se usaba en los holocaustos propiciatorios (Lv 1,14-17), en los sacrificios de expiación y de purificación (Lv 12,8; 15,14.29), sobre todo si los que lo ofrecían eran pobres (Lv 5,7; 14,22.30ss). Aquí, los comerciantes venden las palomas, es decir, venden por dinero la reconciliación con Dios.

• La casa de mi Padre. La expresión indica que, en su obrar, Jesús se comporta como Hijo, que Él representa al Padre en el mundo. Han transformado el culto a Dios en comercio. El templo no es ya el lugar del encuentro con Dios, sino un mercado donde vige la presencia del dinero. El culto se ha convertido en pretexto para el lucro. Jesús ataca la institución central de Israel, el templo, símbolo del pueblo y de la elección. Denuncia que ha sido usurpada al templo su función histórica: ser símbolo de la morada de Dios en medio de su pueblo. La primera reacción al gesto de Jesús viene de parte de los discípulos, que lo asocian al salmo 69,10: “el celo por tu casa me devorará”. La segunda reacción viene de parte de los sumos sacerdotes, que reaccionan en nombre de los vendedores: “qué señal nos muestras para hacer estas cosas” (V.18). Le piden un signo; él les da el de su muerte: “destruid este templo y en tres días lo reedificaré” (v.19). Jesús es el templo que asegura la presencia de Dios en el mundo, la presencia de su amor; la muerte en cruz hará de Él el templo único y definitivo de Dios. El templo construido por manos de hombre ha caído; Jesús lo sustituirá, porque Él es ahora la presencia de Dios en el mundo; en Él está presente el Padre.

4) Para la reflexión personal

• ¿Has comprendido que el signo del amor de Dios para ti no es ya el templo sino una persona, Jesús crucificado?

• ¿Sabes que este signo se te ofrece personalmente para tu liberación definitiva?

5) Oración final

Dios es nuestro refugio y fortaleza,
socorro en la angustia, siempre a punto.
Por eso no tememos si se altera la tierra,
si los montes vacilan en el fondo del mar. (Sal 46,2-3)

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Oración de la comunidad

Oración para el Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

Oración comunitaria Domingo XXXII Tiempo Ordinario

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En la elección del director espiritual, una característica debe brillar por encima de otras: su prudencia. La prudencia es una virtud cardinal que, expresado en lenguaje quizá demasiado llano, es la encargada de decidir qué virtud ha de entrar en juego en cada circunstancia o momento. Dicho con riesgo de ser inexacto, la prudencia es el entrenador del resto de las virtudes. Ella dicta en qué momentos hay que ser valeroso para enfrentarse a una situación delicada, o en qué ocasiones es mejor huir corriendo, porque lo contrario sería temeridad. No se trata de «prudencia según la carne», que no busca lo prudente, sino lo cómodo. Hablamos de la prudencia verdadera, que pondera todos los factores y guía en el bien obrar: con audacia, con confianza en Dios, con altas dosis de conocimiento propio… en definitiva, con acierto. Se entiende por qué hemos de buscar esa virtud en el director espiritual: si tiene que aconsejarnos sobre nuestra propia vida, es bueno que lo haga acertadamente, y no llevado por el entusiasmo del día o una falta de confianza, puramente subjetiva.
El modo concreto de pedir dirección espiritual es natural. Se trata de acercarse al director, sacerdote o no, hombre o mujer de Dios, fiel a la Iglesia, y pedirle con llaneza si le gustaría poder ayudar en este camino espiritual. Tan sencillo como eso.
En caso de que sea sacerdote, se puede aprovechar una confesión para declararle este propósito, o visitarle en el despacho parroquial o donde habitualmente se encuentre. Como es un  hombre de Dios, no le extrañará. Todos experimentamos lo insuficiente de los consejos genéricos que habitualmente recibimos, tales como «reza más» o «¡Adelante!, no te desanimes»… Es natural y sobrenatural que queramos una conversación espiritual no meramente sensible, ni puramente moralista, ni mucho menos psicológica. No es extraño que los buenos cristianos, cuando comprenden el sentido de su vocación de hijos de Dios, aspiren a acudir a la dirección espiritual.

A partir de aquí, lo oportuno es fijar una hora concreta en un día concreto. Normalmente se recomienda que las conversaciones sean breves, y con periodicidad no superior a la mensual. Algunos hablan de una hora de charla en una única cita mensual; pienso que puede ser preferible citarse cada dos semanas, con conversaciones de no más de media hora. La experiencia dicta que, por motivos profesionales o familiares, a veces no es posible verse el día previsto, y si la cita es mensual, con facilidad se pasa al mes siguiente… En este sentido, sí que es posible hacer una afirmación rotunda: si la dirección espiritual se dilata más y más en el tiempo, deja de ser eficaz, y se transforma finalmente en una carga para ambos, un diálogo obligatorio y casi vacío.

Los deportistas de élite van con una frecuencia mucho mayor que mensual a los médicos y fisioterapeutas, y si miramos la práctica de los que quieren ser élite en cualquier disciplina, veremos que el contacto con sus entrenadores es continuo. Piensa en un opositor. No es extraño que se vea obligado a «cantar temas» dos o tres veces por semana.

Aquí es distinto, porque el «entrenador» es el Espíritu Santo, y por eso la periodicidad y el tiempo varían mucho con gustos y personas: incluso semanalmente, mientras sea un breve espacio de tiempo no superior a quince o veinte minutos. La razón de acotar tanto el tiempo es que, paradójicamente, una excesiva confidencia puede acabar con la verdadera confianza que mueve a la total sinceridad. Se generan lazos inadecuados entre acompañante y acompañado, y el temor a constristar al director o contrariarlo acaban por minar la auténtica sinceridad que es necesaria en este encuentro.

Cuando se habla de las primeras charlas, y en relación a la duración de la conversación, conviene hacer excepción a todo lo dicho. Es oportuno explicarse delante del director, contar la propia vida, al menos lo más relevante para nosotros. Necesariamente, las entrevistas iniciales serán más largas o más frecuentes, hasta que uno tenga la impresión de ser conocido.

Si miramos a Jesús en el trato con sus discípulos, descubriremos que tardaron mucho tiempo en llegar a comprender cosas muy básicas. El Señor empleó largas horas con los suyos, más de las que podamos imaginar. Hay que aprender a escuchar y comprender; ser pacientes.

En este sentido, el director debe brillar por su paciencia y capacidad de escucha, especialmente en estas primeras entrevistas. Los iniciales encuentros deben llegar a tener una influencia decisiva en el oyente. De algún modo, es deber del director hacer que el acompañado se sienta comprendido.

Siempre, pero muy especialmente al principio, convendrá no hablar donde hay interrupciones continuas. Eso coarta la confianza y es un impedimento objetivo para la sinceridad. Un despacho donde continuamente llaman a la puerat, o un lugar de paso donde todo el mundo se para a contar su batallita o saludar, no parece ser el mejor de los escenarios para la conversación espiritual.

Es oportuno ser especialmente cuidadoso con el teléfono móvil, y no tener reparo en dejarlo lejos… y silenciado. La sensación de contar lo más íntimo de tu vida con algo que vibra en la mesa en el peor de los momentos es una experiencia muy poco agradable. Obvia decir que será mucho menos oportuno mirar el celular mientras nos hablan; si en el decurso de una conversación normal es ya una meustra de falta de educación, aquí puede llegar a ser un motivo de falta de confianza.
Por tanto, el lugar de la dirección espiritual debe ser pacífico, donde nada impida hablar con soltura al acompañado. En este sentido, debe ser tenido encuenta todo lo que pueda cooperar a la confidencia y a la sinceridad. Ahora bien, planificar en exceso la disposición de la sala, las sillas o sillones, la iluminación directa o indirecta, hablar a contra luz o a favor de ella… son discursos que, sin negar su oportunidad, suenan más a entorno psicológico que espiritual.
Cuando el director espiritual es un sacerdote, y la dirigida una mujer, es bueno poderar el uso del confesionario, que la Iglesia ha utilizado durante siglos como lugar de acompañamiento espiritual. La cuestión es si el confesionario ayuda o impide expresarse con libertad y sinceridad.
Cada una debe examinar si realmente, en ese contexto, donde no se evidencia la reacción del sacerdote, ella puede hacer de este diálogo algo mucho más lleno de fe y mucho menos dependiente de ese a quien aprecio: mi director. Se puede llegar a ser un verdadero padre al otro lado de la rejilla del confesionario; es más, estoy dispuesto a afirmar que es más fácil llegar a serlo: porque se apartan las muestras de afecto que mundanizarían la relación, porque se puede entrar hasta el hondón más profundo del alma, y abrirse -por ambas partes- sin miedo alguno a ambigüedad de ningún tipo. Salvo que se pierda la cabeza, en el confesionario, solo Dios.
«Según la costumbre multisecular de la Iglesia, avalada por una sabia experiencia, el confesionario es el lugar propio donde el sacerdote lleva dirección espiritual de mujeres. El Santo Cura de Ars, que no tenía inconvenientes para escuchar en la sacristía las confesiones de hombres, a las mujeres solo las atendía en el confesionario de la iglesia. Y santa Teresa, en sus conversaciones espirituales con san Juan de la Cruz, aplicaba a la letra el principio de que “entre santa y santo, pared de cal y canto”. Ni el Santo Cura de Ars tenía una visión peyorativa de las mujeres ni santa Teresa, de los hombres. De quien desconfiaban era de sí mismos. Son, por otra parte, medidas llenas de sentido común y de sentido sobrenatural que a nadie, con rectitud de intención, deben extrañar. ASsí se ha entendido siempre» (F. Fernández-Carvajal, p. 128).
El lugar y el tenor de la conversación, su constancia y periodicidad, caminan con el único objetivo de conducir al acompañado a la vida de la gracia, y a obrar según la libertad del Espíritu Santo (la santidad). Es capital que el director espiritual aprenda a educar en responsabilidad, y no someta todo a su juicio como instancia primera y última.
También el director espiritual debe tener presente cuanto se ha dicho anteriormente: la primacía es de la fe y de la gracia; y el acompañamiento, un servicio a la acción del Espíritu Santo. Teniendo en cuenta esto, nada impide al acompañado tener un esquema concreto para la conversación, unas líneas guía que al principio den seguridad para el coloquio espiritual, y que con el tiempo adquirirán el tinte propio de esta realidad que es eminentemente subjetiva y sobrenatural: el acompañamiento espiritual. Pero antes de detallar cuáles pueden ser esas líneas guía, conviene detenerse en una característica esencial del diálogo espiritual, sin la cual es inútil iniciar esta empresa.

 

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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132. La parresía es sello del Espíritu, testimonio de la autenticidad del anuncio. Es feliz seguridad que nos lleva a gloriarnos del Evangelio que anunciamos, es confianza inquebrantable en la fidelidad del Testigo fiel, que nos da la seguridad de que nada «podrá separarnos del amor de Dios» (Rm 8,39).

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Guión litúrgico Domingo XXXII de Tiempo Ordinario – Ciclo B, 11 de noviembre de 2018.

Guión Litúrgico Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

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Ya en Jerusalén, y cercana la hora de dar la vida en la cruz, encontramos a Jesús en el Templo enseñando a sus discípulos. En el pasaje de hoy, tras varias discusiones con los escribas y fariseos, Jesús advierte a sus discípulos de la hipocresía de éstos, mientras que les muestra a una pobre viuda como el ejemplo a seguir. Toda la escena del Evangelio de hoy transcurre en el Templo de Jerusalén.

1. “¡Cuidado con los escribas!”. Es la primera advertencia que hace Jesús en el Evangelio de hoy. Los escribas en tiempos de Jesús eran aquellos hombres que conocían al dedillo las Escrituras. En principio no eran mala gente, pues conocían la Ley y procuraban llevarla a la práctica. De hecho, el domingo pasado escuchábamos cómo un escriba preguntó a Jesús con intención de conocer cuál de todos era el mandamiento principal, y Jesús terminó diciéndole que no estaba lejos del reino de Dios. Sin embargo, Jesús advierte hoy a los discípulos acerca de una actitud que era muy común entre los escribas: buscaban la apariencia, los honores, el protagonismo, aprovechándose incluso de los más pobres, como eran las viudas, con el pretexto de hacer largas oraciones por ellas. Jesús advierte de la hipocresía de esta gente, que debiendo ser ejemplo para el pueblo de Israel, pues eran los maestros de Israel, sin embargo se aprovechaban de su situación y de su estatus para ganarse buena fama, honra y dinero. La hipocresía de los escribas consistía en manifestar externamente una gran religiosidad, pues estaban en el Templo enseñando y haciendo oración, mientras que en realidad estaban extorsionando a la gente sencilla y pobre, imponiéndoles cargas que ni ellos mismos eran capaces de soportar. Jesús advierte que éstos recibirán una condena más rigurosa, pues ya se han llevado su premio con los honores y los aplausos de la gente. La misma advertencia que Jesús hace a sus discípulos nos la hace hoy también a nosotros: no se trata ahora de que pensemos quiénes son los escribas de nuestro tiempo para apartarnos de ellos y juzgarlos por su mala conducta, sino más bien hemos de pensar cómo en ocasiones también nosotros tenemos en nosotros mismos esas mismas actitudes de los escribas. También a nosotros, tantas veces, nos gustan los honores, las apariencias, y cuántas veces, aún sin darnos cuenta, nos estamos aprovechando de los más débiles, incluso bajo una apariencia de vida religiosa.

2. “En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie”. Estando todavía en el Templo, y tras advertir a los discípulos sobre la hipocresía de los escribas, Jesús se fija en una pobre viuda que echa “dos monedillas” en el arca de las ofrendas del Templo. Jesús pone en contraposición lo poco que esta viuda echa en el arca, con la cantidad de dinero que los ricos y los más pudientes echaban en el arca, y afirma que aquella viuda ha echado más que los ricos. Parece que Jesús no sepa contar, pues desde una visión humana y económica, los ricos han puesto más que la viuda. Sin embargo, Jesús mira el corazón, la intención y la voluntad de la gente. Y mientras que los ricos echan de lo que les sobra, sin embargo esta viuda ha echado todo lo que tiene. Por tanto, nos enseña el Señor que, a los ojos de Dios, esta viuda ha dado más, pues ha dado todo lo que tiene para vivir. Este pasaje se completa con el de la primera lectura de este domingo, del primer libro de los Reyes, en el que leemos cómo otra viuda pobre prepara al profeta Elías una torta con la poca harina que le quedaba. A pesar de que aquella viuda dio todo lo que tenía, sin embargo no se quedó sin nada, pues “ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó”, como estaba escrito. Pues el que da todo lo que tiene y lo pone en manos de Dios, nunca se queda sin nada. Qué distinta es la actitud de estas dos viudas en comparación con la de los escribas del Templo, pues aunque tienen poco, lo dan todo y Dios se lo recompensa, mientras que los escribas y los ricos, teniendo tanto, dan sólo lo que les sobra, aprovechándose incluso de la gente sencilla.

3. La Iglesia es el nuevo Templo de Dios. En la segunda lectura, de la carta a los Hebreos, se nos dice que Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, ha ofrecido el sacrifico de su propia vida de una vez para siempre, no como los sacerdotes de la Antigua Alianza, que tenían que ofrecer el sacrificio año tras año. Así, Cristo ha entrado en el Templo del Cielo. Ya no sirve el Templo de Jerusalén, imagen del Cielo, sino que Cristo ha entrado para siempre en el santuario celestial, abriéndonos las puertas para que también nosotros podamos entrar. Así, aquello que sucede en el Templo terrenal de Jerusalén, donde unos ricos se aprovechan de los demás viviendo de la hipocresía y de la apariencia, mientras que los pobres dan todo lo que tienen a Dios, tendrá después su recompensa en el Templo celestial, donde los que buscan las apariencias aprovechándose de la gente sencilla “recibirán una condena más rigurosa”, mientras que los más pobres que dan todo lo que tienen recibirán su recompensa. Pero mientras que lleguemos a la morada del Cielo, aquí en la tierra, la Iglesia es ya imagen de ese Templo celestial. De modo que en la Iglesia hemos de hacer realidad cuanto Jesús nos enseña hoy en el Evangelio: dejar atrás las apariencias, la honra y los aplausos, para darnos del todo a Dios como hicieron las dos viudas que la Escritura nos presenta hoy.

Este domingo, pidamos a Dios que nos haga más sencillos y humildes, tanto que seamos capaces de darle todo lo que tenemos, y desterremos de nosotros la actitud de aquellos escribas que sólo buscaban honra y beneficios. Que nos ayude a ello el ejemplo de María, la humilde Sierva del Señor.

Francisco Javier Colomina Campos

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