¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?

En la elección del director espiritual, una característica debe brillar por encima de otras: su prudencia. La prudencia es una virtud cardinal que, expresado en lenguaje quizá demasiado llano, es la encargada de decidir qué virtud ha de entrar en juego en cada circunstancia o momento. Dicho con riesgo de ser inexacto, la prudencia es el entrenador del resto de las virtudes. Ella dicta en qué momentos hay que ser valeroso para enfrentarse a una situación delicada, o en qué ocasiones es mejor huir corriendo, porque lo contrario sería temeridad. No se trata de «prudencia según la carne», que no busca lo prudente, sino lo cómodo. Hablamos de la prudencia verdadera, que pondera todos los factores y guía en el bien obrar: con audacia, con confianza en Dios, con altas dosis de conocimiento propio… en definitiva, con acierto. Se entiende por qué hemos de buscar esa virtud en el director espiritual: si tiene que aconsejarnos sobre nuestra propia vida, es bueno que lo haga acertadamente, y no llevado por el entusiasmo del día o una falta de confianza, puramente subjetiva.
El modo concreto de pedir dirección espiritual es natural. Se trata de acercarse al director, sacerdote o no, hombre o mujer de Dios, fiel a la Iglesia, y pedirle con llaneza si le gustaría poder ayudar en este camino espiritual. Tan sencillo como eso.
En caso de que sea sacerdote, se puede aprovechar una confesión para declararle este propósito, o visitarle en el despacho parroquial o donde habitualmente se encuentre. Como es un  hombre de Dios, no le extrañará. Todos experimentamos lo insuficiente de los consejos genéricos que habitualmente recibimos, tales como «reza más» o «¡Adelante!, no te desanimes»… Es natural y sobrenatural que queramos una conversación espiritual no meramente sensible, ni puramente moralista, ni mucho menos psicológica. No es extraño que los buenos cristianos, cuando comprenden el sentido de su vocación de hijos de Dios, aspiren a acudir a la dirección espiritual.

A partir de aquí, lo oportuno es fijar una hora concreta en un día concreto. Normalmente se recomienda que las conversaciones sean breves, y con periodicidad no superior a la mensual. Algunos hablan de una hora de charla en una única cita mensual; pienso que puede ser preferible citarse cada dos semanas, con conversaciones de no más de media hora. La experiencia dicta que, por motivos profesionales o familiares, a veces no es posible verse el día previsto, y si la cita es mensual, con facilidad se pasa al mes siguiente… En este sentido, sí que es posible hacer una afirmación rotunda: si la dirección espiritual se dilata más y más en el tiempo, deja de ser eficaz, y se transforma finalmente en una carga para ambos, un diálogo obligatorio y casi vacío.

Los deportistas de élite van con una frecuencia mucho mayor que mensual a los médicos y fisioterapeutas, y si miramos la práctica de los que quieren ser élite en cualquier disciplina, veremos que el contacto con sus entrenadores es continuo. Piensa en un opositor. No es extraño que se vea obligado a «cantar temas» dos o tres veces por semana.

Aquí es distinto, porque el «entrenador» es el Espíritu Santo, y por eso la periodicidad y el tiempo varían mucho con gustos y personas: incluso semanalmente, mientras sea un breve espacio de tiempo no superior a quince o veinte minutos. La razón de acotar tanto el tiempo es que, paradójicamente, una excesiva confidencia puede acabar con la verdadera confianza que mueve a la total sinceridad. Se generan lazos inadecuados entre acompañante y acompañado, y el temor a constristar al director o contrariarlo acaban por minar la auténtica sinceridad que es necesaria en este encuentro.

Cuando se habla de las primeras charlas, y en relación a la duración de la conversación, conviene hacer excepción a todo lo dicho. Es oportuno explicarse delante del director, contar la propia vida, al menos lo más relevante para nosotros. Necesariamente, las entrevistas iniciales serán más largas o más frecuentes, hasta que uno tenga la impresión de ser conocido.

Si miramos a Jesús en el trato con sus discípulos, descubriremos que tardaron mucho tiempo en llegar a comprender cosas muy básicas. El Señor empleó largas horas con los suyos, más de las que podamos imaginar. Hay que aprender a escuchar y comprender; ser pacientes.

En este sentido, el director debe brillar por su paciencia y capacidad de escucha, especialmente en estas primeras entrevistas. Los iniciales encuentros deben llegar a tener una influencia decisiva en el oyente. De algún modo, es deber del director hacer que el acompañado se sienta comprendido.

Siempre, pero muy especialmente al principio, convendrá no hablar donde hay interrupciones continuas. Eso coarta la confianza y es un impedimento objetivo para la sinceridad. Un despacho donde continuamente llaman a la puerat, o un lugar de paso donde todo el mundo se para a contar su batallita o saludar, no parece ser el mejor de los escenarios para la conversación espiritual.

Es oportuno ser especialmente cuidadoso con el teléfono móvil, y no tener reparo en dejarlo lejos… y silenciado. La sensación de contar lo más íntimo de tu vida con algo que vibra en la mesa en el peor de los momentos es una experiencia muy poco agradable. Obvia decir que será mucho menos oportuno mirar el celular mientras nos hablan; si en el decurso de una conversación normal es ya una meustra de falta de educación, aquí puede llegar a ser un motivo de falta de confianza.
Por tanto, el lugar de la dirección espiritual debe ser pacífico, donde nada impida hablar con soltura al acompañado. En este sentido, debe ser tenido encuenta todo lo que pueda cooperar a la confidencia y a la sinceridad. Ahora bien, planificar en exceso la disposición de la sala, las sillas o sillones, la iluminación directa o indirecta, hablar a contra luz o a favor de ella… son discursos que, sin negar su oportunidad, suenan más a entorno psicológico que espiritual.
Cuando el director espiritual es un sacerdote, y la dirigida una mujer, es bueno poderar el uso del confesionario, que la Iglesia ha utilizado durante siglos como lugar de acompañamiento espiritual. La cuestión es si el confesionario ayuda o impide expresarse con libertad y sinceridad.
Cada una debe examinar si realmente, en ese contexto, donde no se evidencia la reacción del sacerdote, ella puede hacer de este diálogo algo mucho más lleno de fe y mucho menos dependiente de ese a quien aprecio: mi director. Se puede llegar a ser un verdadero padre al otro lado de la rejilla del confesionario; es más, estoy dispuesto a afirmar que es más fácil llegar a serlo: porque se apartan las muestras de afecto que mundanizarían la relación, porque se puede entrar hasta el hondón más profundo del alma, y abrirse -por ambas partes- sin miedo alguno a ambigüedad de ningún tipo. Salvo que se pierda la cabeza, en el confesionario, solo Dios.
«Según la costumbre multisecular de la Iglesia, avalada por una sabia experiencia, el confesionario es el lugar propio donde el sacerdote lleva dirección espiritual de mujeres. El Santo Cura de Ars, que no tenía inconvenientes para escuchar en la sacristía las confesiones de hombres, a las mujeres solo las atendía en el confesionario de la iglesia. Y santa Teresa, en sus conversaciones espirituales con san Juan de la Cruz, aplicaba a la letra el principio de que «entre santa y santo, pared de cal y canto». Ni el Santo Cura de Ars tenía una visión peyorativa de las mujeres ni santa Teresa, de los hombres. De quien desconfiaban era de sí mismos. Son, por otra parte, medidas llenas de sentido común y de sentido sobrenatural que a nadie, con rectitud de intención, deben extrañar. ASsí se ha entendido siempre» (F. Fernández-Carvajal, p. 128).
El lugar y el tenor de la conversación, su constancia y periodicidad, caminan con el único objetivo de conducir al acompañado a la vida de la gracia, y a obrar según la libertad del Espíritu Santo (la santidad). Es capital que el director espiritual aprenda a educar en responsabilidad, y no someta todo a su juicio como instancia primera y última.
También el director espiritual debe tener presente cuanto se ha dicho anteriormente: la primacía es de la fe y de la gracia; y el acompañamiento, un servicio a la acción del Espíritu Santo. Teniendo en cuenta esto, nada impide al acompañado tener un esquema concreto para la conversación, unas líneas guía que al principio den seguridad para el coloquio espiritual, y que con el tiempo adquirirán el tinte propio de esta realidad que es eminentemente subjetiva y sobrenatural: el acompañamiento espiritual. Pero antes de detallar cuáles pueden ser esas líneas guía, conviene detenerse en una característica esencial del diálogo espiritual, sin la cual es inútil iniciar esta empresa.

 

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa