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Archive for 12/11/18

SAN JOSAFAT, obispo y mártir. (MEMORIA)

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: OH DIOS, QUE ERES EL PREMIO

Oh Dios, que eres el premio, la corona
y la suerte de todos tus soldados,
líbranos de los lazos de las culpas
por este mártir a quien hoy cantamos.

El conoció la hiel que está escondida
en la miel de los goces de este suelo,
y, por no haber cedido a sus encantos,
está gozando los del cielo eterno.

Él afrontó con ánimo seguro
lo que sufrió con varonil coraje,
y consiguió los celestiales dones
al derramar por ti su noble sangre.

Oh piadosísimo Señor de todo,
te suplicamos con humilde ruego
que, en el día del triunfo de este mártir,
perdones los pecados de tus siervos.

Gloria eterna al divino Jesucristo,
que nació de una Virgen impecable,
y gloria eterna al Santo Paracleto,
y gloria eterna al sempiterno Padre. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Salmo 135 I – HIMNO A DIOS POR LAS MARAVILLAS DE LA CREACIÓN Y DEL ÉXODO.

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

El afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Ant 2. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Salmo 135 II

El hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel, su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Ant 3. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

LECTURA BREVE   1Pe 4, 13-14

Queridos hermanos: Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo. Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros: porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.

RESPONSORIO BREVE

V. Oh Dios, nos pusiste a prueba, pero nos has dado respiro.
R. Oh Dios, nos pusiste a prueba, pero nos has dado respiro.

V. Nos refinaste como refinan la plata.
R. Pero nos has dado respiro.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Oh Dios, nos pusiste a prueba, pero nos has dado respiro.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Los santos tienen su morada en el reino de Dios, y allí han encontrado descanso eterno.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Los santos tienen su morada en el reino de Dios, y allí han encontrado descanso eterno.

PRECES

En esta hora en la que el Señor, cenando con sus discípulos, presentó al Padre su propia vida que luego entregó en la cruz, aclamemos al Rey de los mártires, diciendo:

Te glorificamos, Señor.

Te damos gracias, Señor, principio, ejemplo y rey de los mártires,
porque nos amaste hasta el extremo.

Te damos gracias, Señor, porque no cesas de llamar a los pecadores arrepentidos
y les das parte en los premios de tu reino.

Te damos gracias, Señor, porque hoy hemos ofrecido, como sacrificio para el perdón de los pecados,
la sangre de la alianza nueva y eterna.

Te damos gracias, Señor,
porque con tu gracia nos has dado perseverar en la fe durante el día que ahora termina.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te damos gracias, Señor,
porque has asociado a nuestros hermanos difuntos a tu muerte.

Dirijamos ahora nuestra oración al Padre que está en los cielos, diciendo:

Padre nuestro…

ORACION

Aviva, Señor, en tu Iglesia aquel fuego del Espíritu Santo que impulsó a san Josafat a dar la vida por su pueblo, y haz que también nosotros, fortalecidos por este mismo Espíritu y ayudados por la plegaria de este santo, estemos dispuestos, si es preciso, a dar la vida por nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Lunes, 12 Noviembre, 2018

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 17,1-6
Dijo a sus discípulos: «Es imposible que no haya escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Andad, pues, con cuidado. «Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: `Me arrepiento’, le perdonarás.» Dijeron los apóstoles al Señor: «Auméntanos la fe.» El Señor dijo: «Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: `Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos presenta tres distintas palabras de Jesús: una sobre cómo evitar el escándalo de los pequeños, la otra sobre la importancia del perdón y una tercera sobre el tamaño de la fe en Dios que debemos tener.
• Lucas 17,1-2: Primera palabra: evitar el escándalo. “Dijo a sus discípulos: «Es imposible que no haya escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños”. El escándalo es aquello que hace que una persona se tropiece y caiga. A nivel de fe, significa aquello que desvía a la persona del buen camino. Escandalizar a los pequeños quiere decir ser el motivo por el cual los pequeños se desvían del camino y pierden la fe en Dios. Quien hace esto recibe la siguiente sentencia: “Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar. ¿Por qué tanta severidad? Porque Jesús se identifica con los pequeños, con los pobres (Mt 25,40.45). Son sus preferidos, los primeros destinatarios de la Buena Nueva (cf. Lc 4,18). Quien les hace daño, hace daño a Jesús. a lo largo de los siglos, muchas veces, nosotros los cristianos, por nuestra manera de vivir la fe hemos sido el motivo por el cual los pequeños se han alejado de la Iglesia y se han ido hacia otras religiones. No lograban creer, como decía el apóstol en la carta a los Romanos, citando al “Por vuestra causa, el nombre de Dios es blasfemado entre los paganos.” (Rom 2,24; Is 52,5; Ez 36,22). ¿Hasta dónde nosotros somos culpables? ¿Merecemos una piedra de molino al cuello?
• Lucas 17,3-4: Segunda palabra: Perdonar al hermano. “Andad, pues, con cuidado. Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: `Me arrepiento’, le perdonarás”. Siete veces al día. ¡No es poco! ¡Jesús pide mucho! En el evangelio de Mateo, dice que debemos perdonar hasta ¡setenta veces siete! (Mt 18,22). El perdón y la reconciliación son uno de los asuntos en que Jesús más insiste. La gracia de poder perdonar a las personas y reconciliarlas entre ellas y con Dios se le dio a Pedro (Mt 16,19), a los apóstoles (Jn 20,23) y a la comunidad (Mt 18,18). La parábola sobre la necesidad de perdonar al prójimo no deja lugar a dudas: si no perdonamos a los hermanos, no podemos recibir el perdón de Dios (Mt 18,22-35; 6,12.15; Mc 11,26). Pues no hay proporción entre el perdón que recibimos de Dios y el perdón que debemos ofrecer al prójimo. El perdón con que Dios nos perdona gratuitamente es como diez mil talentos comparados con cien denarios (Mt 18,23-35). Diez mil talentos son 174 toneladas de oro; cien denarios no pasan de 30 gramos de oro.
• Lucas 17,5-6: Tercera palabra: Aumentar en nosotros la fe. “Dijeron los apóstoles al Señor: «Auméntanos la fe.» El Señor dijo: «Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: `Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido”. En este contexto de Lucas, la pregunta de los apóstoles aparece como motivada por la orden de Jesús de perdonar hasta siete veces al día, al hermano y a la hermana que peca contra nosotros. Perdonar no es fácil. El corazón queda magullado y la razón presenta mil motivos para no perdonar. Solo con mucha fe en Dios es posible llegar hasta el punto de tener un amor tan grande que nos haga capaces de perdonar hasta siete veces al día al hermano que peca en contra de nosotros. Humanamente hablando, a los ojos del mundo, perdonar así es una locura y un escándalo, pero para nosotros esta actitud es expresión de la sabiduría divina que nos perdona infinitamente más. Decía Pablo: “Mientras que nosotros anunciamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos. (1Cor 1,23) .

4) Para la reflexión personal

• En mi vida, ¿he sido alguna vez motivo de escándalo para mi prójimo? O alguna vez los demás ¿han sido motivo de escándalo para mí?
• ¿Soy capaz de perdonar siete veces al día al hermano o a la hermana que me ofende siete veces al día?

5) Oración final

¡Cantadle, tañed para él,
recitad todas sus maravillas;
gloriaos en su santo nombre,
se alegren los que buscan a Yahvé! (Sal 105,2-3)

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Un curso caminando con Jesús (7-12 años)
Los niños y las niñas también somos Iglesia “en salida”

por FLORENTINO ESCRIBANO RUIZ
(Parroquia de Guadalupe. Cáceres)

 

I. INTRODUCCIÓN A TODO EL PROYECTO

A. OBJETIVOS

1. Ofrecer un sencillo apoyo catequético integrado en el proyecto correspondiente a la catequesis semanal pero que no interrumpa el ritmo del programa específico del curso.

2. Fomentar la unidad y relación entre los diferentes meses del curso catequético, especialmente con los tiempos litúrgicos de Adviento-Navidad y de Cuaresma-Semana Santa-Pascua.

3. Trabajar en la catequesis el concepto de “Iglesia en salida” como estímulo para vivir la fe cristiana en plan misionero en diferentes ambientes de la vida, como tantas veces nos dice el papa Francisco en la Evangelii Gaudium.

B. CONTENIDOS

Catequéticos:

Durante el curso de catequesis todos los grupos de catequesis vamos a ser caminantes, “en salida”, pues todos, en comunidad, nos dirigimos hacia unas metas (lugares, espacios, tiempos litúrgicos) con la intención de vivir como Jesús y darlo a conocer a otras personas.

Procedimientos:

Para realizar el recorrido necesitaremos llevar puestos los zapatos del caminante. Serán zapatos especiales que nos ayudarán a caminar mejor según los terrenos por donde tendremos que caminar. Tenemos que llevarlos puestos no solo cada persona individualmente sino que también como grupo.

Actitudes:

Los diferentes tipos de zapatos marcarán huellas diferentes y cada una de ellas dará información de los “valores” y actitudes que estamos viviendo, es decir: son las huellas de los logros humanos y la experiencia de fe que vamos marcando a medida que hacemos el recorrido. Todas las huellas configurarán un “mapa” que indicará la senda por donde invitamos a otras personas a caminar con nosotros para que conozcan a Jesús y vivan como él.

C. RECURSOS

1. Un mapa
2. Fechas

“Reunión previa”. Es importante para dar información de cada etapa y organizar previamente las actividades.

“Jornada extra”. Otra fecha para señalar el día de la “jornada extra” (convivencia de grupos: puesta en común de actividades y celebración en la fe los logros conseguidos).

D. TEMPORALIZACIÓN

Esta propuesta catequética no pretende suplir los temas del programa catequético ni tampoco interrumpir las sesiones de catequesis semanal, ni hacer cosas paralelas a las que cada parroquia tenga programadas sino integrarlo en el quehacer de cada día.

E. PROPUESTA DE ACTIVIDADES BÁSICAS

Preparar el mapa con el itinerario de etapas

Museo de zapatos del caminante: Dibujar con imaginación y creatividad los modelos y huellas de zapatos que expresen la idea de cada etapa.

Intergeneracionales: Entrevistas a adultos sobre el modo de vivir en su infancia. Mesas redondas. Excursiones. Campañas. Escenificaciones conjuntas.

• Lugares prioritarios para testimoniar la fe en salida: aula de clase, patio del colegio, la calle, la pandilla, las vacaciones.

• Actitud principal: según el tiempo litúrgico o el momento del año

• Refuerzo bíblicos para la fe, según el momento.

• Jornada extra. Actividades que se proponen en cada etapa.

 

ADVIENTO-NAVIDAD 2018
EN SALIDA… HACIA BELÉN

Se trata de recorrer el camino que conduce a Belén para acoger a Jesús que vive entre nosotros.

Temporalización

Previo al Adviento. Elegid fechas para la reunión de información y otra para el día extra de la celebración.

Actividades durante esta etapa

  • Información del contenido general de este tiempo litúrgico.

  • Destacar en el mapa del mural el recorrido correspondiente.
  • Conocer algunos personajes que se interesaron por Jesús: María, José, ángeles, pastores, Herodes, magos…
  • Escenificaciones: repartir entre los diferentes grupos de catequesis algunas escenas para representar la Navidad el último día de catequesis del trimestre.
  • Dibujar con imaginación los zapatos del caminante y pegarlos en el mapa. En esta ocasión son los zapatos la acogida como actitud del caminante que quiere dar ACOGIDA a Jesús en la navidad.

Actividades intergeneracionales

  • Mesa redonda con un grupo de personas mayores para conocer cómo eran sus juegos en la infancia.
  • Entrevista para conocer cómo vivían la Navidad en la escuela y en la catequesis.
  • Los adultos ayudan a los grupos de niños a confeccionar los trajes para la representación y el escenario para la representación de la Navidad.
  • Escenificación de cuadros de Navidad participando niños y adultos.

Lugar prioritario para testimoniar la fe en salida: El patio del recreo.

Actitud principal: Convivencia en el juego.

Refuerzo de la fe

• Leer textos o ver narraciones sobre la infancia de Jesús (Lc 2)

• Reflexionar algunos textos del evangelio sobre el nacimiento de Jesús.

Jornada extra

En el día señalado y en el entorno acordado se hace la puesta en común de las actividades realizadas, tratando de favorecer un ambiente de celebración de la fe más que de competición. En este caso se puede hacer una celebración donde puedan integrarse algunos “cuadros” de la NAVIDAD.

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Sinceridad

El consejo de san Josemaría es expresivo y útil para nuestra consideración: en la conversación espiritual hay que ser siempre salvajemente sinceros. La sinceridad es una virtud compleja que, como mínimo, presenta tres aspectos que nos interesan. Todos ellos transparentan espíritu de lucha, porque su realización no se consigue sin esfuerzo.
En primer lugar, sinceridad significa decir todos cuanto uno piensa. San Josemaría cifra el éxito de la dirección espiritual en la sinceridad misma (cfr. V. Bosch): es imposible que el médico pueda prestar su ayuda si el paciente no declara con sencillez sus dolencias. Valora la sinceridad hasta el punto de calificar el ocultamiento como obra del enemigo. «Si el demonio mudo —del que nos habla el Evangelio— se mete en el alma, lo echa todo a perder. En cambio, si se le arroja inmediatamente, todo sale bien, se camina feliz, todo marcha. —Propósito firme: “sinceridad salvaje” en la dirección, con delicada educación…, y que esa sincerdidad sea inmediata» (Forja, 127).
Es inútil buscar la plenitud de vida cristiana que aporta el acompañamiento espiritual sin sinceridad. «Ama y busca la ayuda de quien lleva tu alma», afirma san Josemaría en otro lugar. «En la dirección espiritual, pon al descubierto tu corazón, del todo —¡podrido, si estuviese podrido!—, con sinceridad, con ganas de cuararte; si no, esa podredumbre no desaparecerá nunca. Si acudes a una persona que solo puede limpiar superficialmente la herida…, eres un cobarde, porque en el fondo vas a ocultar la verdad, en daño de ti mismo» (Forja, 128).
En el fondo, este primer nivel de sinceridad es sencillo. SE trata de expresar, en el coloquio espiritual, todo lo que uno piensa. Conviene, en este sentido, cuidar el diálogo espiritual, para que nunca pierda las formas qeu facilitan la sinceridad del dirigido (M. Costa, p. 112). Es posible que escribir sea buen modo de no olvidar. Debe siempre tratarse de una conversación llena de respeto, que atienda a la verdad y en la que el dirigido pueda expresarse libremente. No favorecería la sinceridad convertir la dirección espiritual en lugar de discusión o terapia de consuelo. Como decía Pablo VI en su encíclica Ecclesiam suam, el coloquio espiritual es un diálogo que se fundamenta en el respeto y la apertura, y en donde la sinceridad del dirigido es correspondida por la claridad, mansedumbre, confianza y prudencia del director (ES 31).
También influye en la sinceridad, como ya  hemos dicho, el tiempo de dirección: prolongarla sine fine puede tentar al acompañado a adornar tanto lo que quiere decir, que no llegue a contarlo sinceramente, sin paliativos; y al contrario, ir con prisa puede significar callarse cosas. Como en lo demás, también en la cuestión del tiempo de dirección conviene ser delicados, y si bien cada conciencia necesia su propio tiempo, el entorno de la media hora puede resultar ma´s que suficiente en todos los casos.
Más complejo resulta el segundo nivel de sinceridad. Se trata de ver todo cuanto soy. Me explico. Un niño de ocho años puede dar su explicación acerca de la situación económica mundial. Con toda seguridad será sincero, pero también inexacto. En el conocimiento propio sucede algo parecido: podemos contar cómo vemos nosotros las cosas, pero puede suceder que tengan poco que ver con la realidad, o profundicen escasamente en ella. ¡Cuántas veces hay cosas que no queremos ver, ya porque nos avergüenzan, ya porque nos complican!
«La verdad sobre uno mismo encierra una cuestión antropológica, que nacida en el ámbito de la filosofía clásica griega fue desarrollada con vigor por los autores cristianos de la antigüedad y del medioevo», apunta el profesor Vicente Bosch (p. 107). «Para Orígenes, por ejemplo, la condición previa de todo progreso espiritual es el conocimiento de uno mismo; el “conócete a ti mismo” de Sócrates recibe con él una insospechada profundidad, porque conocerse es saberse creado a imagen de Dios y saber que esa imagen constituye la propia esencia. Este planteamiento fue posteriormente tratado con profundidad, extensión e insistencia por san Bernardo y santa Cataliana de Siena, hasta el punto de poder considerar esas aportaciones como parte importante y singular de sus enseñanzas espirituales».
La mirada sincera (adecuada) sobre uno mismo es fundamento del éxito de la dirección espiritual y condición sin la cual es difícil servir a Dios y a los demás. «Dios Nuestro Señor te quiere santo, para que santifiques a los demás. Y, para esto, es preciso que tú con valentía y sinceridad te mires a ti mismo, que mires al Señor Dios Nuestro…, y luego, solo luego, que mires al mundo« (Forja, 710). No hay que esperar a conocernos perfectamente para iniciar el diálogo espiritual. En tal caso, nunca empezaríamos. Pero sí es bueno tener en cuenta que este trabajo sobre nosotros mismos es uno de los principales ejes sobre los que bascual el acompañamiento espiritual.
Finalmente, la sinceridad tiene que ver —tercer nivel— con el modo en que Dios me ve y me pondera. ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada?», reza la Sagrada Escritura, «si escalo al cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro» (Sal 139, 7-8). Ponderar todo lo que somos y tenemos delante de Dios nos dará la auténtica medida de nosotros mismos.
Es inútil huir de Dios; antes bien, es maravilloso y necesario contar con Él. Ser sincero con Dios significa darle protagonismo sobre nuestra vida, no tener miedo a escuchar lo que piensa de nosotros. Si le dejamos, tendremos oportunidad de gustar a menudo su extraordinario amor. Muchas veces no estaremos contentos con nosotros mismos, pero, si le dejamos hablar, veremos que Él está muy contento con nosotros, porque tratamos de luchar. Esa preciosa experiencia puede sre común a todo cristiano, porque fuerte como la muerte es el amor de Dios por los hombres (cfr. Ct 8, 6).

 

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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135. Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras. Nos lleva allí donde está la humanidad más herida y donde los seres humanos, por debajo de la apariencia de la superficialidad y el conformismo, siguen buscando la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. ¡Dios no tiene miedo! ¡No tiene miedo! Él va siempre más allá de nuestros esquemas y no le teme a las periferias. Él mismo se hizo periferia (cf. Flp 2,6-8; Jn 1,14). Por eso, si nos atrevemos a llegar a las periferias, allí lo encontraremos, él ya estará allí. Jesús nos primerea en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma oscurecida. Él ya está allí.

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FIN DE UN MUNDO

1.- Falsa concepción del mundo

La descripción del día salvador de Yavé nosotros la hemos tomado demasiado al pie de la letra. Tenemos una imagen infantil de la venida del Reino de Dios, haciéndola coincidir con la destrucción del mundo. Nos quedamos perplejos ante esta destrucción y pasa desapercibido el mensaje de las lecturas.

Negras imágenes cruzan nuestra imaginación, como barcos sin rumbo, siempre que leemos estos evangelios. «El sol se hará tinieblas…, las estrellas caerán del cielo» (Mc 13, 24-25). Todo se derrumbará, como la tramoya de un decorado, como se hunde un edificio. Habrá un cataclismo universal.

Al final ocurrirá todo esto, pensamos. Mientras tanto podemos vivir tranquilos. Estos tiempos últimos no nos afectan; ocurrirán cuando nosotros ya no existamos. Aunque «el día y la hora nadie lo sabe» (Mc 13, 32), tenemos una ligera esperanza de que no coincidirá con nuestra generación.

Hagamos hoy un esfuerzo para entender este lenguaje y poder recibir el anuncio del evangelio. Este evangelio pertenece al llamado discurso escatológico, en el que Cristo trata de anunciar la próxima llegada del Reino de Dios. El género literario es apocalíptico: trata de revelar la irrupción del Reino de Dios en medio de la historia humana por medio de unas imágenes cosmológicas muy dramáticas cuya acción, se desarrolla al final de la historia. Se trata de narrar la acción presente de Dios, aunque como si se desarrollara en el futuro. Así, el libro de Daniel, narra la situación de los judíos bajo el imperio de los griegos como si fuera una profecía que se cumplirá en el futuro. Habla del presente, pero traspasado el futuro.

2.-El Reino de Dios está ya entre nosotros

«El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca» (Mc 1, 15). Con Jesús ya ha aparecido el Reino de Dios (Mt 4, 23). Con El todo el universo está ya llamado a entrar en el camino de la transformación; el proyecto para dar una nueva forma de ser, ya ha comenzado a realizarse. Desaparecerá, a impulsos de la acción del Espíritu de Dios, un modo viejo de ser del mundo (Rom 8, 18 ss.), para que comiencen los cielos nuevos y la tierra nueva (Apoc 21, 1). El día salvador de Dios ya ha comenzado con Jesús, y el fuego de la Palabra de Dios juzga y purifica sin cesar las estructuras de este mundo injusto. El anuncio de la venida definitiva del Reino no está unido a la destrucción, sino a la consumación del mundo, según el designio de Dios.

3.-El quehacer del Reino de Dios

El Reino que ya está presente, tiene que ir consumándose. Aún no ha llegado a la plenitud. Esta situación en que nos encontramos crea la dinámica propia del período actual de la historia de la salvación. Los últimos tiempos están aconteciendo entre nosotros, con la tensión característica que produce la lucha entre un mundo sentenciado y el re- surgimiento primaveral del Reino de Dios.

La tensión presente está caracterizada por la lucha. Tienen levantadas las espadas en alto el Reino de Dios y el Reino de este mundo. La luz y las tinieblas se enfrentan. Durante este tiempo tenemos que dejarnos sembrar por la Palabra de Dios, morir en el surco, crecer, fructificar. Todo este proceso lleva consigo un sufrimiento interpretado como los dolores de parto de un mundo nuevo (Jn 16, 21 ss.).

Cristo llama la atención de los discípulos para que descubran que los nuevos tiempos ya han comenzado. «Aprended lo que os enseña la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca, a la puerta» (Mc 13, 28-29). El primer signo de la cercanía de la primavera del Reino de Dios es la Cruz y Resurrección de Cristo. En ellos se cumplen la plenitud de los tiempos y el comienzo definitivo del Reino. En la Cruz descubrimos los creyentes cómo «el Hijo del hombre ha venido sobre las nubes con gran poder y majestad» (Mc 13, 26; Dan 7, 13-14). Con la Resurrección de Jesús ha surgido en el mundo lo radicalmente nuevo, el futuro prometido por Dios ha entrado ya en la historia, el final ha comenzado. Nosotros, por la fe, tenemos la experiencia de que hemos sido revestidos del hombre nuevo, después de despojarnos del hombre de pecado (Ef 4, 17 ss.). Este hombre nuevo es Jesucristo, en el cual nos hacemos ciudadanos de la nueva ciudad, gracias a nuestra incorporación a El. El final que esperamos los creyentes, es consumación de lo que ya tenemos (I Cor 15, 28).

El quehacer de instaurar el Reino de Dios lleva consigo la oposición al mundo del pecado. «Hemos sido trasladados de las tinieblas a su luz admirable» (I Ped 2, 9) y mantenemos una lucha encarnizada. «El Reino de los cielos padece violencia y sólo los esforzados lo alcanzan» (Mt 11, 12). Los esforzados del Reino, no son como una caña bamboleada por el viento, ni pertenecen a los que visten de púrpura (vv. 7-8). Hay un estilo, que nos hace vivir en este mundo, como ciudadanos de un mundo nuevo.

Signifiquemos en nuestra eucaristía toda esta esperanza. Sobre la destrucción de la muerte de Cristo, se levanta la nueva ciudad de los resucitados en comunión con Dios y con los hombres. Esta reunión nuestra es una primicia de la fiesta futura, cuando todos bebamos el cáliz de la comunión plena con Dios y con los hermanos.

 

Jesús Burgaleta

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El texto que se nos propone hoy como Evangelio, nos sitúa en Jerusalén, poco antes de la pasión y la muerte de Jesús. Es el tercer día de estancia de Jesús en Jerusalén, el día de las “enseñanzas” y de la polémicas más radicales con los líderes judíos (cf. Mc 11,20-13,1-2). Al final de ese día, ya en el “Huerto de los Olivos”, Jesús ofrece a un grupo de discípulos (Pedro, Santiago, Juan y Andrés, cf. Mc 13,3) una amplia y enigmática enseñanza, que se conoce como el “discurso escatológico” (cf. Mt 13,3-37).

La mayor parte de los estudiosos del Evangelio según Marcos consideran que este discurso presentado con un lenguaje profético-apocalíptico, describe la misión de la comunidad cristiana en el período que va desde la muerte de Jesús hasta el final de la historia humana.

Es un texto difícil, que emplea imágenes y lenguajes marcados por alusiones enigmáticas, a la manera del género literario “apocalipsis”. No es tanto un reportaje periodístico del acontecimiento cuanto una lectura profética de la historia humana. Su objetivo, según esta interpretación, sería dar a los discípulos indicaciones acerca de la actitud a tomar frente a las vicisitudes que marcarán el caminar histórico de la comunidad, hasta el momento en el que Jesús venga para instaurar, definitivamente, el nuevo cielo y la nueva tierra.

Los cuatro discípulos mencionados al principio del “discurso escatológico” representan a la comunidad cristiana de todos los tiempos. Los cuatro son, precisamente, los primeros discípulos llamados por Jesús (cf. Mc 1,16-20) y, como tales, se convierten en representantes de todos los futuros discípulos. El discurso escatológico de Jesús no sería, así, un mensaje privado destinado a un grupo especial, sino un mensaje destinado a toda la comunidad creyente, llamada a caminar por la historia con los ojos puestos en el encuentro final con Jesús y con el Padre.

La misión que Jesús (que es consciente de que ha llegado la hora de ir al encuentro del Padre) confía a su comunidad, no es una misión fácil. Jesús es consciente de que sus discípulos tendrán que enfrentarse con dificultades, persecuciones, tentaciones que “el mundo” va a poner en su camino. Esa comunidad en marcha por la historia necesitará, por tanto, estímulo y aliento. Es por eso por lo que surge esta llamada a la fidelidad, al coraje, a la vigilancia. En el horizonte último del caminar de la comunidad, Jesús sitúa el final de la historia humana y el reencuentro definitivo de los discípulos con Jesús.

El “discurso escatológico” se divide en tres partes, precedidas de una introducción (cf. Mc 13,1-4).

En la primera parte (cf. Mc 13,5-23), el discurso anuncia una serie de vicisitudes que van a marcar la historia y que requieren de los discípulos una actitud adecuada: vigilancia y lucidez.

En la segunda parte, el discurso anuncia la venida definitiva del Hijo del Hombre, y el nacimiento de un mundo nuevo a partir de las ruinas del mundo viejo (cf. Mc 13,24-27).

En la tercera parte, el discurso anuncia la incertidumbre en cuanto al “tiempo” histórico de los acontecimientos anunciados e insiste en que los discípulos estén siempre vigilantes, y preparados para acoger al Señor que viene (cf. Mc 13,28-37).

Nuestro texto nos presenta, precisamente, la segunda parte y algunos versículos de la tercera parte del “discurso escatológico”.

Los dos primeros versículos de nuestro texto se refieren, con imágenes sacadas de la tradición profética y apocalíptica, a la caída de ese mundo viejo que se opone a Dios y que persigue a los creyentes (vv. 24-25).

En Is 13,10, el oscurecimiento del sol, de la luna y de las estrellas anuncia el día de la intervención justiciera de Yahvé para destruir el imperio babilónico y para liberar al Pueblo de Dios exiliado en una tierra extranjera (cf. Is 34,4).

En Jl 2,10, las mismas imágenes son utilizadas para describir los acontecimientos del “día del Señor”, el día en el que Yahvé va a intervenir en la historia para castigar a los opresores y para salvar a sus elegidos.

Este lenguaje es el que Marcos va a utilizar para describir la quiebra de los imperios que luchan contra Dios y contra sus santos. Se trata de un lenguaje tradicional que, sin embargo, es perfectamente perceptible para los lectores de Marcos.

En el mundo griego, por ejemplo, el sol y la luna (“Helios” y “Selén”^) eran adorados como dioses; y, en el mundo romano, el emperador se identificaba con el “sol” (el emperador Nerón, el primer perseguidor de los cristianos de Roma, hizo erigir en el palacio imperial una estatua de bronce de treinta metros de altura que lo representaba como el dios “sol”).

El mensaje es evidente: está para suceder un viraje decisivo en la historia: el viejo orden religioso y político, los poderosos que se oponen a Dios y que persiguen a los santos, van a ser derrumbados, a fin de dejar espacio para un mundo nuevo, construido de acuerdo con los criterios y los valores de Dios.

Marcos no se refiere, aquí, a aquello que nosotros solemos llamar “el fin del mundo”, sino que se refiere, genéricamente, a la victoria de Dios sobre el mal que oprime y esclaviza a aquellos que optaron por Dios y por sus propuestas.

La caída de ese mundo viejo, aparece asociada a la venida del Hijo del Hombre(v. 26). La imagen nos recuerda a Dn 7,13-14, donde se anuncia la venida de un “Hijo del Hombre” “sobre la nubes del cielo” para afirmar su soberanía sobre “todos los pueblos, todas las naciones y todas la lenguas”.

El “Hijo del Hombre”, lleno de poder y de gloria, que vendrá a “reunir a sus elegidos” (v. 27), no puede ser otro sino Jesús. Con esta imagen, Marcos asegura a los creyentes el triunfo definitivo de Cristo sobre los poderes opresores y la liberación de aquellos que, a pesar de las persecuciones, continúan caminando con fidelidad por los caminos de Dios.

El mensaje propuesto por Marcos a sus lectores es claro: os espera un camino marcado por el sufrimiento y la persecución; sin embargo, no os dejéis hundir en la desesperación porque Jesús viene. Con su venida gloriosa (de ayer, de hoy, de mañana), cesará la esclavitud insoportable que os impide conocer la vida en plenitud y nacerá un mundo nuevo, de alegría y de felicidad plenas. El cuadro está destinado, por tanto, no a amedrentar, sino a abrir los corazones a la esperanza; cuando Jesús venga con su autoridad soberana, el mundo viejo del egoísmo y de la esclavitud caerá, y surgirá el día nuevo de la salvación/liberación sin fin.

En la segunda parte de nuestro texto (v. 28-32), Jesús responde a la cuestión propuesta por los discípulos en Mc 13,4: “Dinos cuando sucederá eso, y cual será la señal de que todas estas cosas están para cumplirse”.

Para Jesús, más importante que definir el tiempo exacto de la caída del mundo viejo, es tener confianza en la llegada del mundo nuevo y estar atento a los signos que lo anuncian. La aparición en las higueras de nuevas ramas y de nuevas hojas acontece, sin falta, cada año y anuncia al agricultor la llegada del verano y del tiempo de las cosechas (vv. 28-29); de la misma manera, los creyentes están invitados a esperar, con confianza, la llegada del mundo nuevo y a percibir, en los signos de disgregación del mundo viejo, el anuncio de que el tiempo de su liberación está a punto de llegar. Seguros de la venida del Señor, atentos a los signos que la anuncian, los creyentes pueden preparar su corazón para acogerlo, para aceptar los retos que les trae, para aprovechar las oportunidades que les ofrece.

No hay una fecha señalada para el advenimiento de esa nueva realidad (v. 32). De una cosa, sin embargo, los creyentes pueden estar seguros: las palabras de Jesús no son una bella teoría o un piadoso deseo, sino que son la garantía de que, ese mundo nuevo, de vida plena y de felicidad sin fin, llegará (v. 31).

Ver los telediarios o escuchar las noticias en la radio es, con frecuencia, una experiencia que nos intranquiliza y que nos deprime. Los dramas de esta aldea global que es el mundo entran en nuestra casa, se sientan a nuestra mesa, se aposentan en nuestra existencia, perturban nuestra tranquilidad, oscurecen nuestro corazón. La guerra, la opresión, la injusticia, la miseria, la esclavitud, el egoísmo, la explotación, el desprecio de la dignidad del hombre nos aprisiona, incluso cuando sucede a millares de kilómetros del pequeño mundo donde nos movemos todos los días. Las sombras que cubren la historia actual de la humanidad se hacen realidades próximas, tangibles, que nos inquietan y que nos desalientan.

Heridos y humillados, dudamos de Dios, de su bondad, de su amor, de su voluntad de salvar al hombre, de sus promesas de vida en plenitud. La Palabra de Dios que hoy se nos ofrece abre, con todo, las puertas a la esperanza. Reafirma, una vez más, que Dios no abandona a la humanidad y está decidido a transformar el mundo viejo de egoísmo y de pecado en un mundo nuevo de vida y de felicidad para todos los hombres.

La humanidad no camina hacia el holocausto, hacia la destrucción, hacia el sinsentido, hacia la nada; sino que camina al encuentro de la vida plena, al encuentro de ese mundo nuevo en el que el hombre, con la ayuda de Dios, alcanzará la plenitud de sus posibilidades.

Los cristianos, convencidos de que Dios tiene un proyecto de vida para el mundo, tienen que ser testigos de esperanza. No leen la historia actual de la humanidad como un conjunto de dramas que apuntan hacia un futuro sin salida; sino que ven los momentos de tensión y de lucha que hoy marcan la vida de los hombres y de las sociedades como signos de que el mundo viejo va a ser transformado y renovado, hasta que surja un mundo nuevo y mejor.

Para el cristiano, no tiene ningún sentido dejarse dominar por el miedo, por el pesimismo, por la desesperación, por discursos negativos, por angustias a propósito del fin del mundo. Nuestros contemporáneos tienen que ver en nosotros, no a gente deprimida y asustada, sino personas a quienes la fe les da una visión optimista de la vida y de la historia que caminan, alegres y confiados, al encuentro de ese mundo nuevo que Dios nos prometió.

Es Dios, el Señor de la historia, quien va a hacer nacer un mundo nuevo; con todo, él cuenta con nuestra colaboración en la realización de ese proyecto. La religión no es el opio que adormece a los hombres y les impide comprometerse con la historia.
Los cristianos no pueden quedarse con los brazos cruzados a la espera de que el mundo nuevo caiga del cielo, sino que están llamados a anunciar y a construir, con su vida, con sus palabras, con sus gestos, ese mundo que está en los planes de Dios. Eso implica, antes que nada, un proceso de conversión que nos lleve a suprimir aquello que, en nosotros y en los otros, es egoísmo, orgullo, prepotencia, explotación, injusticia (mundo viejo); eso implica, también, testimoniar con gestos concretos, los valores del mundo nuevo, el compartir, el servicio, el perdón, el amor, la fraternidad, la solidaridad, la paz.

Ese Dios que no abandona a los hombres en su caminar por la historia, viene continuamente a nuestro encuentro para presentarnos sus retos, para hacernos entender sus planes, para indicarnos los caminos que Él nos llama a recorrer. De nuestra parte, necesitamos estar atentos a su proximidad y reconocerle en los signos de los tiempos, en el rostro de los hermanos, en las llamadas de los que sufren y que buscan la liberación. El cristiano no puede cerrarse e ignorar a Dios, sus llamadas y sus proyectos, tiene que estar atento y descubrir los signos a través de los cuales Dios se dirige a los hombres y les señala el camino hacia el mundo nuevo.

Es necesario, además, tener presente que este mundo nuevo, que está permanentemente haciéndose y depende de nuestro testimonio, nunca será una realidad plena en esta tierra (nuestro peregrinar por este mundo estará siempre marcado por nuestra finitud, por nuestras limitaciones, por nuestra imperfección).

El mundo nuevo soñado por Dios es una realidad escatológica, cuya plenitud sólo sucederá después de que Cristo, el Señor, haya destruido definitivamente al mal que nos esclaviza.

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