Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 7, 6-8

6Pero élles dijo: “Bien profetizó Isaías sobre vosotros, hipócritas, como está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. 7Me rinden culto en vano, enseñando doctrinas [que son] preceptos de hombres’. 8Dejando el mandamiento de Dios, os aferráisa la tradición de los hombres”.

7, 6-8: Primera refutación escriturística de Jesús. Partiendo del principio de que la mejor defensa es un buen ataque, Jesús responde a la pregunta no con una respuesta directa, sino con una invectiva contra sus interlocutores y contra el concepto de tradición que subyace en su pregunta. Este ataque consta de dos partes, 7,6-8 y 7,9-13, cada una de las cuales consta de la fórmula «y les dijo-decía», una refutación bíblica y una conclusión en la que el mandamiento o palabra de Dios se opone a la tradición de los fariseos.

Para entender el argumento de Jesús resulta esencial mirar en el fondo de la polémica de Marcos. Así, en el entorno de Marcos ciertamente los fariseos no habrían aceptado la acusación de Jesús, que decía que sus tradiciones iban en contra de los mandamientos de Dios tal como se hallaban en su Biblia, el Antiguo Testamento (cf. 7,8-9.13). Al contrario, los fariseos más bien creían que la tradición les permitía cumplir correctamente los mandamientos de Dios. En efecto, conforme a su visión, las tradiciones no se oponían a la revelación, sino que eran una parte de ella que se había transmitido oralmente desde el Sinaí a través de una cadena humana ininterrumpida hasta los mismos fariseos. Este sentimiento de conexión con la revelación antigua es lo que ha dado al judaísmo rabínico, sucesor de los fariseos, su gran sentido de continuidad, hasta el momento actual.

Sobre la base de ese presupuesto, a los fariseos les habría resultado fácil invertir algunos de los argumentos principales de Mc 7,b-13 para utilizarlos en contra de Jesús y de los cristianos. Después de todo, un principio básico de la palabra escrita de Dios, es decir, de la Torá que el mismo Dios había entregado a Moisés, era que Israel debía distinguir entre lo impuro y lo puro, entre aquellas criaturas vivas que podían comerse y aquellas criaturas vivas que no podían ser comidas (Lv 11,47). Cualquier persona que hiciera lo que Jesús está haciendo en nuestro pasaje, al negar esta distinción entre los alimentos y declarar que todos estaban permitidos (Mc 7,19), habría sido identificado inmediatamente como un seductor que alejaba el corazón del pueblo, separándolo de Dios (cf. 7,6) y de los santos mandamientos que él había dado a Moisés (cf. 7,8.9.13).

De acuerdo con esto, es el mismo Jesús el que puede ser acusado de reemplazar con mandamientos humanos (es decir, sus propios preceptos) la clara enseñanza de Dios, cayendo de esa forma bajo la condena de Is 29,13 (cf. Mc 7,7-8). Esta acusación resulta especialmente pertinente, dado que algunos textos apocalípticos que profetizan la apostasía del fin de los tiempos dicen que muchos judíos preferirán los mandamientos de los hombres, poniéndolos por encima de los mandamientos de Dios, es decir, de las Leyes de Moisés, haciéndose impuros a sí mismos, como los paganos; y en este contexto citan a Is 29,13.

Esta acusación podía haber sido fácilmente presentada por los judíos más piadosos contra los judeocristianos como Marcos, que apoyaban la violación de las leyes de comida y querían que se rompiera el muro de división entre el pueblo de Dios y los impuros gentiles. Más aún, esta acusación revestiría una importancia especial en el contexto de la guerra santa de los rebeldes judíos contra Roma (67-73 d.C.), en un tiempo en el que los sentimientos antigentiles habían crecido mucho y las transgresiones en contra de la pureza ritual se percibían probablemente como una amenaza al mismo compromiso bélico.

Jesús responde a la pregunta de los fariseos sobre el lavatorio de manos dando su propia interpretación del importante versículo de Is 29,13 (Mc 7,6b-7), pasaje que interpreta como una profecía sobre la hipocresía de los fariseos y escribas que imponen unos mandamientos humanos en lugar de la enseñanza divina. Según Marcos «esta hipocresía» no es una disimulación consciente, sino que expresa una enfermedad profunda. El corazón se ha separado de Dios y el pueblo ha caído bajo el poder de una tradición humana que ha vaciado la palabra de Dios, quitándole su fuerza y cegando a sus seguidores, de manera que no pueden contemplar la verdadera voluntad de Dios (cf. 4,11-12). Por eso, cuando los discípulos de Jesús muestren signos de una tendencia semejante, él les dirá: «¿Es que también vosotros estáis sin entendimiento?» (7,18).

Jesús pone un contraste fuerte entre el término clave de los fariseos («la tradición de los ancianos», 7,3) y el mandamiento de Dios, convirtiendo así la tradición en una categoría negativa.