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Archive for 15/11/18

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: PORQUE ES TARDE, DIOS MÍO.

Porque es tarde, Dios mío,
porque anochece ya
y se nubla el camino,

porque temo perder
las huellas que he seguido,
no me dejes tan solo
y quédate conmigo.

Porque he sido rebelde
y he buscado el peligro,
y escudriñé curioso
las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor,
y quédate conmigo.

Porque ardo en sed de ti
y en hambre de tu trigo,
ven, siéntate a mi mesa,
dígnate ser mi amigo.
¡Qué aprisa cae la tarde…!
¡quédate conmigo! Amén.

SALMODIA

Ant 1. Tú eres, Señor, mi bienhechor, y mi refugio donde me pongo a salvo.

Salmo 143 I – ORACIÓN POR LA VICTORIA Y POR LA PAZ

Bendito el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la pelea;

mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y mi refugio,
que me somete los pueblos.

Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?
¿Qué los hijos de Adán para que pienses en ellos?
El hombre es igual que un soplo;
sus días, una sombra que pasa.

Señor, inclina tu cielo y desciende,
toca los montes, y echarán humo,
fulmina el rayo y dispérsalos,
dispara tus saetas y desbarátalos.

Extiende la mano desde arriba:
defiéndeme, líbrame de las aguas caudalosas,
de la mano de los extranjeros,
cuya boca dice falsedades,
cuya diestra jura en falso.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tú eres, Señor, mi bienhechor, y mi refugio donde me pongo a salvo.

Ant 2. Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

Salmo 143 II

Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:
para ti que das la victoria a los reyes,
y salvas a David, tu siervo.

Defiéndeme de la espada cruel,
sálvame de las manos de extranjeros,
cuya boca dice falsedades,
cuya diestra jura en falso.

Sean nuestros hijos un plantío,
crecidos desde su adolescencia;
nuestras hijas sean columnas talladas,
estructura de un templo.

Que nuestros silos estén repletos
de frutos de toda especie;
que nuestros rebaños a millares
se multipliquen en las praderas,
y nuestros bueyes vengan cargados;
que no haya brechas ni aberturas,
ni alarma en nuestras plazas.

Dichoso el pueblo que esto tiene,
dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

Ant 3. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

LECTURA BREVE   Col 1, 23

Perseverad firmemente fundados e inconmovibles en la fe y no os apartéis de la esperanza del Evangelio que habéis oído, que ha sido predicado a toda creatura bajo los cielos.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor es mi pastor, nada me falta.
R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

V. En verdes praderas me hace recostar.
R. Nada me falta.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A los que tienen hambre de ser justos el Señor los colma de bienes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A los que tienen hambre de ser justos el Señor los colma de bienes.

PRECES

Invoquemos a Cristo, luz del mundo y alegría de todo ser viviente, y digámosle confiados:

Señor, danos tu luz, la salvación y la paz.

Luz indeficiente y palabra eterna del Padre, tú que has venido a salvar a los hombres,
ilumina a los catecúmenos de la Iglesia con la luz de tu verdad.

No lleves cuenta de nuestros delitos, Señor,
pues de ti procede el perdón.

Señor, tú que has querido que la inteligencia del hombre investigara los secretos de la naturaleza,
haz que la ciencia y las artes contribuyan a tu gloria y al bienestar de todos los hombres.

Protege, Señor, a los que se han consagrado en el mundo al servicio de sus hermanos;
que con libertad de espíritu y sin desánimo puedan realizar su ideal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Señor, tú que abres y nadie puede cerrar, ilumina a nuestros difuntos que yacen en tiniebla y en sombra de muerte,
y ábreles las puertas de tu reino.

Porque todos nos sabemos hermanos, hijos de un mismo Dios, confiadamente nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Acoge benigno, Señor, nuestra súplica vespertina y haz que, siguiendo las huellas de tu Hijo, fructifiquemos con perseverancia en buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Jueves, 15 Noviembre, 2018
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Lucas 17,20-25
Habiéndole preguntado los fariseos cuándo llegaría el Reino de Dios, les respondió: «La venida del Reino de Dios no se producirá aparatosamente, ni se dirá: `Vedlo aquí o allá’, porque, mirad, el Reino de Dios ya está entre vosotros.»Dijo a sus discípulos: «Días vendrán en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre, y no lo veréis. Y os dirán: `Vedlo aquí, vedlo allá.’ No vayáis, ni corráis detrás. Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su Día. Pero antes tendrá que padecer mucho y ser reprobado por esta generación.
3) Reflexión
• El evangelio de hoy nos trae una discusión entre Jesús y los fariseos sobre el momento de la venida del Reino. Los evangelios de hoy y de los próximos días tratan de la llegada del fin de los tiempos.
• Lucas 17,20-21: El Reino en medio de nosotros. “Habiéndole preguntado los fariseos cuándo llegaría el Reino de Dios, les respondió: «La venida del Reino de Dios no se producirá aparatosamente ni se dirá: `Vedlo aquí o allá’, porque, mirad, el Reino de Dios ya está entre vosotros”. Los fariseos pensaban que el Reino podía llegar solamente si la gente llegaba a la perfecta observancia de la Ley de Dios. Para ellos, la venida del Reino sería la recompensa de Dios al buen comportamiento de la gente, y el mesías llegaría de forma solemne como un rey, recibido por su pueblo. Jesús dice lo contrario. La llegada del Reino no puede ser observada como se observa la llegada de los reyes de la tierra. Para Jesús, el Reino de Dios ¡ha llegado! Ya está en medio de nosotros, independientemente de nuestro esfuerzo o de nuestro mérito. Jesús tiene otro modo de ver las cosas. Tiene otra mirada para leer la vida. Prefiere al samaritano que vive en la gratitud a los nueve que piensan que merecen el bien que reciben de Dios (Lc 17,17-19).
• Lucas 17,22-24: Señales para reconocer la venida del Hijo del Hombre. “Días vendrán en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre, y no lo veréis. Y os dirán: `Vedlo aquí, vedlo allá.’ No vayáis, ni corráis detrás. Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su Día.”. En esta afirmación de Jesús existen elementos que vienen de la visión apocalíptica de la historia, muy común en los siglos antes y después de Jesús. La visión apocalíptica de la historia tiene la siguiente característica. En épocas de gran persecución y de opresión, los pobres tienen la impresión de que Dios perdió el control de la historia. Ellos se sienten perdidos, sin horizonte y sin esperanza de liberación. En estos momentos de aparente ausencia de Dios, la profecía asume la forma de apocalipsis. Los apocalípticos, tratan de iluminar a la situación desesperadora con la luz de la fe para ayudar a la gente a no perder la esperanza y para que siga con valor la caminada. Para mostrar que Dios no ha perdido el control de la historia, ellos describen las varias etapas de la realización del proyecto de Dios a través de la historia. Iniciado en un determinado momento significativo en el pasado, este proyecto de Dios avanza, etapa por etapa, a través de la situación actual vivida por los pobres, hasta la victoria final al final de la historia. De este modo, los apocalípticos sitúan el momento presente como una etapa ya prevista dentro del conjunto más amplio del proyecto de Dios. En general, la última etapa antes de la llegada del final se presenta como un momento de sufrimiento y de crisis, del que muchos quieren aprovechar para ilusionar a la gente diciendo: “Está aquí’ o: ‘Está allí’. No vayáis, ni corráis detrás. Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su Día.” Con la mirada de fe que Jesús comunica, los pobres van a poder percibir que el reino está ya en medio de ellos (Lc 17,21), como un relámpago, sin sombra de duda. La venida del Reino trae consigo su propia evidencia y no depende de los pronósticos de los demás.
• Lucas 17,25: Por la Cruz hasta la Gloria. “Pero antes tendrá que padecer mucho y ser reprobado por esta generación”. Siempre la misma advertencia: la Cruz, escándalo para los judíos y locura para los griegos, pero para nosotros es expresión de la sabiduría y del poder de Dios (1Cor 1,18.23). El camino para la Gloria pasa por la cruz. La vida de Jesús es nuestro canon, es la norma canónica para todos nosotros.
4) Para la reflexión personal
• Jesús dice: “¡El reino está en medio de vosotros!” ¿Has descubierto alguna señal de la presencia del Reino en tu vida, en la vida de tu gente o en la vida de tu comunidad?
• La cruz en la vida. El sufrimiento. ¿Cómo ves el sufrimiento y qué haces con él?
5) Oración final
Dios guarda por siempre su lealtad,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
Yahvé libera a los condenados. (Sal 146,6-7)

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55.- “Esta revelación no fue interrumpida por el pecado de nuestros primeros padres. Dios, en efecto, “después de su caída […] alentó en ellos la esperanza de la salvación con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras” (DV 3).

Bien llegó la caída del pecado original. Una auténtica contradicción. Cómo es posible que aquellos a los que se les había manifestado con tanta intimidad, aquellos que tenían ese privilegio de conocer a Dios tan de cerca, en ese estado del paraíso terrenal, cómo es posible que pudiese revelarse frente a Yavé. El pecado era un pecado muy grave. Todo pecado es muy grave, pero entendamos que el pecado original todavía es más grave que el que nosotros cometemos en el momento presente, por cuanto Adán y Eva estaban constituidos en gracia, no tenían la inclinación hacia el pecado que tenemos nosotros en el momento presente. Aquí el pecado original tuvo una gravedad que a nosotros nos cuesta entender, pero que podemos un poco deducir o acercarnos a ese misterio, diciendo pero bueno es que se puede, después de vivir en esa felicidad del paraíso terrenal, y en esa intimidad con Yavé, revestidos de gracia y de justicia, revelarse frente a él. Tenía una gran gravedad aquel pecado. Era un momento dramático. Yo creo que uno de los males muy, digamos, frecuente en nuestro pensamiento, incluso en nuestra teología es quitarle importancia al tema del pecado original. Ya sabemos que es un misterio, que nosotros obviamente, únicamente podemos acercarnos a él por los datos que tenemos de la revelación, pero quitar importancia al pecado original hace que muchas cosas sean incomprensibles. Fue un gran drama, un gran drama, del cual nosotros, por cierto, participamos. A tenido efectos para nosotros.

Pero lo impresionante es que siendo aquello así, siendo aquello un gran drama, siendo aquello una subversión del plan amoroso de Dios de revelarse, no interrumpió la revelación de Dios, porque lo lógico hubiese sido decir: aquí te quedas, primero, o diciendo, o me arrepiento de haberte creado, o sencillamente te abandono a ti mismo, hala tú solo tira para adelante. No quieres venir conmigo pues te dejo condenado a tu propia mismidad. Tú mismo. Sin embargo Dios no interrumpe, no resuelve así ese drama. Cuando menos lo merecíamos, paradójicamente era cuando más necesitábamos su misericordia y Dios derramó su misericordia en aquel momento. En aquel momento crucial y de ella vivimos y por ella subsistimos. Por eso dice, después de su caída alentó la esperanza de la salvación. La alentó. Podía haber llegado el momento de la desesperación. Fijaros que cuando Adán y Eva se dan cuenta de que habían sido engañados por la serpiente, cuando son conscientes de que han desconfiado de aquel que merecían toda confianza, podían fácilmente haber caído en la desesperación. Y sin embargo, fijaros, es cuando Dios, para sanar, para prevenir esa autodestrucción del hombre, es cuando anuncia su misericordia, cuando anuncia su plan de salvación. En el mismo momento de la caída se anuncia ya un salvador. Y de ti provendrá un Salvador y una serpiente, mejor dicho, una mujer aplastará la cabeza de la serpiente, o un descendiente de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente. Hay un anuncio de salvación en el mismo momento en que se produce el pecado. Eso nos tiene que conmover, porque por una parte hubiésemos esperado una reacción airada, colérica de Dios y claro que él responde de una forma grave, porque obviamente lo que ha ocurrido es grave, pero no colérica, llena de misericordia. Y también creo nos da una gran lección que es la siguiente. Cuando se produce el pecado en nuestra vida, cuando de una manera muy solemne metemos la pata, es frecuente que la estrategia del enemigo sea la de pretender sacar de ese pecado una desesperación. El demonio es astuto y no sólo nos tienta al pecado sino que él ha pensado en el pecado como la estrategia para que nos desesperemos. Casi tiene más gravedad, o sin casi, tiene más gravedad la desesperación a la que Satanás pretende conducirnos después de nuestro pecado que el pecado mismo. No hemos experimentado quizás algunos de nosotros, o todos, no hemos experimentado que a veces metemos la pata solemnemente, nuestra reacción suele ser la de decir si ya la he fastidiado, pues total, ya es lo mismo, ya que más dará, total ya de perdidos al río, etc… Es frecuente que en nosotros se produzca como una acción de desesperación en el momento del pecado. Que hay que desenmascarar y ahí es donde Satanás se ve vencido porque él pensaba que habiendo conseguido que Adán y Eva pecasen ya les tenía en su mano, ya eran suyos. Y la reacción de Dios vence la estrategia del pecado. Dios hace una promesa de salvación solemne en ese momento en que Adán y Eva han sido vencidos, incluso prometiendo que una descendencia, que un descendiente de la mujer aplastaría esa serpiente. Por eso termina diciendo este punto: alentando la esperanza de la salvación con la promesa de la redención.

Para subrayar más esta afirmación se nos trae a colación un texto litúrgico de la Plegaria eucarística IV. La Plegaria eucarística IV dice así: Te alabamos Padre Santo porque eres grande, porque hiciste todas las cosas con sabiduría y amor a imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero, para que sirviéndote a ti, su creador, dominara todo lo creado. Y ahora fijaros: «Cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte […] Reiteraste, además, tu alianza a los hombres» (Plegaria eucarística IV: Misal Romano).”

Dios tiende la mano al hombre en el momento en que ha caído, en el momento en que ha pecado. Lo hizo con Adán y Eva y lo hace con nosotros. Habiendo perdido tu amistad, sin embargo, no lo abandonaste. Tenemos que conmovernos por este inicio de la revelación y también de la redención en Adán y Eva.

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Mi fe concreta

«Estar sin preocupaciones», afirmaba el filósofo Kierkegaard, «es una marcha difícil, casi como la de andar sobre el mar; pero si eres capaz de creerlo, entonces es hacedero» (S. Kierkegaard, p. 125). El apóstol Pedro, mientras se fio de la palabra de Jesús, pudo caminar sobre las encrespadas aguas del mar de Galilea. Cuando la duda asaltó su corazón, la apariencia pudo más que la creencia. Se apagó la fe, crecieron las dificultades. En el postrer momento, la misericordia de Jesús, correspondida con una renovada fe de Pedro, le trajeron sano y salvo a la segura barca de los discípulos. «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?» (Mt 14, 31).

Fe y quietud van tan de la mano, tanto como duda y preocupación. Se pide auxilio espiritual como quien busca a alguien que aumente en mí la fe. «Fe tenían auqellos que dijeron: Señor, acreciéntanos la fe —afirma san Agustín—. Así hablan los que aprovechan mientras viven en este mundo» (Comentario a los salmos 118, 17, 2).

Esta es la canción de nuestra vida: aumenta mi fe. También el acompañamiento espiritual está atravesado por esta misma melodía. El tema primero y fundamental hace referencia a la vida de fe.

En el evangelio queda manifiesto que gran parte de las conversaciones de Cristo son diálogos de fe. «Si quieres, puedes limpiarme» (Mc 1, 40). Hoy sigue siendo igual, porque el creyente suplica a Dios por la fe, para que Cristo toque, limpie, cure y haga crecer todos los aspectos de su vida cotidiana: «la familia, el trabajo, el apostolado, los negocios, la actividad pública…; informa las grandes y las pequeñas decisiones y, a la vez, se manifiesta de ordinario en la manera de enfrentarse a los deberes de cada día» (F. Fernández-Carvajal, p. 215).
¿Qué significa todo esto a la hora de organizar la conversación espiritual? Quiere decir quñe antes de ir a hablar con el sacerdote o con quien dirija mi alma, debo pensar despacio cómo influye la fe en los acontecimientos diarios, así como en las tristezas, preocupaciones y alegrías. Hay tantas situaciones como personas, y sería imposible hacer un glosario que compendiara todas ellas. Sin embargo, pongamos algunos ejemplos.

Formaría parte de la dirección espiritual sacar a colación lo mucho que puede costarle a una persona admitir un nuevo puesto de trabajo. Si la cuestión está a flor de piel, será muy normal que abra la conversación con este asunto, pero no como quien critica con otro de la empresa, sino como quien ha puesto todo el asunto en relación con su vida de fe. Por más que lo intento, no consigo superar este asunto, porque considero la injusticia que supone haber sido apartado, y si bien sé que Jesús me invita a perseverar en la dificultad, cada día se me hace más difícil, porque…

Con toda seguridad, este tema se relaciona con otros muchos de la conducta ordinaria: la paciencia con los hijos, el trato con el cónyuge, la ilusión con los proyectos. La fe lo ilumina todo, y este u otros problemas ensombrecen buena parte de ese brillo. Quizá halle en ello el origen de su susceptibilidad o mal carácter, de su tristeza y apocamiento, de sus pocas ganas de rezar.

Lo mismo podríamos decir de alguien que se encuentra de bruces con la enfermdad, la muerte de un ser querido o cualquier otra cruz. Es posible que sepa llevarla con alegría; o quizá no. De eso debe hablar, con sinceridad, sin tapujos.

Por otra parte, la vida de fe requiere atención por sí misma. Después de haber comentado los aspectos más relevantes de la vida ordinaria en su relación a Dios, puede haber tiempo para hablar de la fe misma, al menos en dos sentidos.

El primer sentido guarda relación con alimentar la fe. Son muchos los ataques que recibe desde los medios de comuniación, conversaciones informales o publicidad malsana. Es bueno comentar cuanto ofrece duda, y pedir consejo de libros que ayudan a fundarse sobre roca y no sobre arena (cfr. Mt 7, 25). Conviene tener en cuenta que no tiene nada de extraño que en ocasiones dudemos.

«En los creyentes existe ante todo la amenaza de la inseguridad que en el momento de la impugnación muestra de repente y de modo insospechado la fragilidad de todo el edificio que antes parecía tan firme». Para ilustrarlo, el teólogo Ratzinger pone un ejemplo en su Introducción al cristianismo. «Teresa de Lisieux, una santa al parecer ingenua y sin problemas, creció en un ambiente de seguridad religiosa. Su existencia estuvo siempre tan impregnada de la fe de la Iglesia que el mundo de lo invisible se convirtió para ella en un pedazo de su vida cotidiana, mejor dicho, se convirtió en su misma vida cotidiana, parecía casi palparlo y no podía prescindir de él. La religión era para ella una evidente pretensión de su vida diaria, formaba parte de su vivir cotidiano, lo mismo que nuestras costumbres son parte integrante de nuestra vida».

Teresita, tan llena de certezas, dejó sin embargo unas sorprendentes confesiones al final de su vida, que durante tiempo fueron causa de escándalo para sus hermanas. «En una de ellas dice así: me importunan las ideas de los materialistas peores. Su entendimiento se vio acosado por todos los argumentos que pueden formularse en contra de la fe; parece haber pasado el sentimiento de la fe; se siente metida en el pellejo de los pecadores. Es decir, en un mundo que al parecer no tiene grietas, aparece ante los ojos del hombre un abismo que le acecha con una serie de convenciones fundamentales fijas. En esta situación (…) se trata de un todo, o todo o nada. Esta es la única alternativa que dura. Y no se ve en ningún sitio un posible clavo al que el hombre, al caer, pueda agarrarse. Solo puede contemplarse la infinita profundidad de la nada a la que el hombre mira» (J. Ratzinger, p. 25). La batalla de la fe ha sido entablada también por las almas más santas; el acompañamiento espiritual nos ayudará a vencer en ese todo o nada.
El segundo significado en relación a la fe en sí misma habla de la fe como diálogo con Dios. La persona creyente, verdaderamente creyente, reza. La fe vivida se muestra, aun por encima de su repercusión en las cosas concretas, en el diálogo amoroso con Dios. Eso es la oración, cuya importancia tanto en la vida cristiana como en el diálogo del acompañamiento espiritual es inmensa, y merece un apartado propio.

 

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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138. Nos moviliza el ejemplo de tantos sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que se dedican a anunciar y a servir con gran fidelidad, muchas veces arriesgando sus vidas y ciertamente a costa de su comodidad. Su testimonio nos recuerda que la Iglesia no necesita tantos burócratas y funcionarios, sino misioneros apasionados, devorados por el entusiasmo de comunicar la verdadera vida. Los santos sorprenden, desinstalan, porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad tranquila y anestesiante.

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Nos encontramos en el penúltimo domingo del año litúrgico, ya que dentro de dos domingos comenzaremos el tiempo de Adviento. Llegados a este tiempo, la Iglesia nos ofrece en la liturgia de la palabra textos que nos hablan del final de los tiempos, un futuro descrito de forma un tanto desconcertante debido al uso de un lenguaje apocalíptico. Sin embargo, lejos de interpretaciones erróneas acerca de catástrofes y de desgracias, son textos que nos hablan de esperanza.

1. “En aquellos días…”. Es importante hacer aquí alguna aclaración acerca del lenguaje que escuchamos en las lecturas de este domingo. La literatura apocalíptica, que encontramos tanto en la primera lectura del libro de Daniel como en el pasaje del Evangelio, puede parecernos un tanto desconcertante, pues usa imágenes y símbolos que hoy nos resulta difícil de interpretar. Muchas veces se han interpretado erróneamente como una serie de catástrofes cósmicas y de desastres naturales. Sin embargo, hemos de caer en la cuenta que la palabra “apocalipsis”, que viene del griego, significa “revelación”. Por tanto, con este lenguaje, la Palabra de Dios nos habla de lo que está por venir, nos revela cómo será el final de los tiempos. No hemos de quedarnos simplemente en una serie de desgracias descritas en los textos, sino que hemos de entender a través de éstos lo que el texto quiere revelarnos, que es un futuro lleno de esperanza. Por tanto, estas catástrofes y desgracias descritas tanto en la primera lectura como en el Evangelio de hoy nos están hablando del tiempo presente, en el que vivimos rodeados de luchas y de sufrimientos. Quizá el evangelista, al recoger estas palabras de Cristo, estaba describiendo cómo era la vida de los primeros cristianos, que vivían en tiempo de persecución. Quizá también nosotros podemos ver en estas imágenes los sufrimientos de nuestra vida, las luchas que llevamos cada día.

2. “Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad”. La descripción apocalíptica con la que empieza Jesús su discurso en el pasaje del Evangelio de hoy da paso a una esperanza: después de todo ello vendrá Cristo de nuevo, lleno de poder y majestad. “Pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta”. Y vendrá para salvar a los justos. Es el anuncio que hemos escuchado en la profecía de Daniel en la primera lectura: “Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para la vida eterna, otros para la ignominia perpetua”. Se trata por tanto del anuncio que hace Jesús del juicio final. A veces nos parece que esto del juicio final y del cielo y del infierno es un cuento que nos hemos inventado para los niños, para hacer que se porten bien si no irán al infierno. Sin embargo, es Jesús el que nos habla de esto en el Evangelio de hoy. Jesús ha de venir de nuevo, como afirmamos en el Credo, y vendrá para juzgar. No nos tiene que dar miedo esto, pues ya sabemos de qué nos juzgará Dios: si hemos cumplido su voluntad viviendo de verdad el amor a Dios y al prójimo, cumpliendo los mandamientos y viviendo las bienaventuranzas. Será entonces cuando los justos, los que buscan cumplir la voluntad de Dios, recibirán el premio de la Vida eterna. Esta es la promesa de Jesús en las bienaventuranzas. Nuestra vida por tanto, entre las luchas de cada día, ha de ser una preparación para este día que Cristo nos anuncia hoy.

3. Pero Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. También el autor de la carta a los Hebreos nos habla en la segunda lectura de esta venida de Cristo. Él está sentado a la derecha del Padre, y espera el día en que ha de venir a juzgarnos, aunque ya nos advierte en el Evangelio que nadie sabe ni el día ni la hora. Cristo por tanto es la clave de la historia y el centro de esta esperanza futura. Él es el quicio que une el pasado con el futuro. En el misterio pascual de Cristo, en su muerte y resurrección, se cumplen las promesas del pasado y se empiezan a cumplir las esperanzas futuras. El mismo Señor lo dice en el Evangelio de hoy: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”. Queda por tanto que, lejos de asustarnos o de hacer adivinaciones absurdas sobre cuándo será le final de los tiempos, nos unamos más aún a Cristo, a su muerte y resurrección, especialmente a través de los sacramentos.

Que la Eucaristía de este domingo sea un momento de encuentro con el Señor, que Él nos llene de esperanza en este tiempo final del año litúrgico, que Él nos llene de esperanza en este tiempo final del año litúrgico, y que nuestro corazón esté dispuesto a aceptar la voluntad de Dios con alegría.

Francisco Javier Colomina Campos

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«En aquellos días, después de esta angustia, el sol se oscurecerá, la luna no alumbrará, las estrellas caerán del cielo y las columnas de los cielos se tambalearán.

Entonces se verá venir el hijo del hombre entre nubes con gran poder y majestad. Mandará a sus ángeles a reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, desde uno a otro extremo del cielo y de la tierra».

«Aprended del ejemplo de la higuera. Cuando sus ramas se ponen tiernas y echan hojas, conocéis que el verano se acerca. Así también vosotros, cuando veáis todo esto, sabed que él ya está cerca, a las puertas. Os aseguro que no pasará esta generación antes de que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Respecto de aquel día y aquella hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el hijo, sino sólo el Padre.

Marcos 13, 24-32

Comentario del Evangelio

Jesús nos dice que llegará un momento en el que nos reuniremos todos. Los cristianos somos de estar unidos, no de estar cada uno en nuestras cosas y por nuestra cuenta. La comunión de la Iglesia debe vivirse y verse en que los cristianos estamos unidos; si no es así, es que no estamos siendo buenos cristianos y así, es difícil que podamos despertar interés por la fe de las personas que no son creyentes.

También nos dice Jesús que cielo y tierra pasarán, pero que la palabra de Dios no pasará. La palabra de Dios permanece en el tiempo, no tiene fecha de caducidad. La palabra de Dios es verdad. Pero no una verdad que dura un minuto, una hora o un siglo. La palabra de Dios es Verdad, por eso su palabra nunca pasa.

Para hacer vida el Evangelio

• ¿Cómo está presente en tu vida la Palabra de Dios a lo largo de la semana? Cuéntanos a lo largo de una semana cuando lees o escuchas algún texto de la Biblia.

• ¿Podemos vivir los cristianos sin la Palabra de Dios? ¿Cómo debemos tener los cristianos la Pa- labra de Dios en nuestra vida?

• Escribe un compromiso que te ayude rezar con la Palabra de Dios cada día.

Oración

Déjanos encontrarte, vivir con tu esperanza,
disfrutar tu presencia y sentir tu alegría.
Tú estás cerca, muy cerca, y nos cuesta verte,
porque andamos distraídos y despistados.
La vida junto a Ti es diferente,
porque fortaleces nuestra creatividad,
dinamizas nuestra capacidad contemplativa
he impulsas nuestros corazones al Amor.
Contigo salimos del caos universal
y nos llevas a las verdes praderas
del encuentro,
nos conviertes en personas productivas,
en higueras llenas del fruto de la fraternidad.
Contigo ya no hay temores,
contigo sólo hay Vida,
contigo la esperanza nos envuelve,
contigo es posible inventar otro mundo,
donde todos los seres nos demos las manos
he impulsemos la historia hacia la libertad.

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