Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

Este evangelio, que la Iglesia presenta cuando ya se acerca el final del año litúrgico, recuerda a los cristianos «la época del cumplimiento de las promesas». Se trata de las promesas que se condensan en esta buena noticia, la gran noticia que a todos nos pueden dar: la instauración del reinado de Dios en la humanidad. No se trata de un momento concreto de la historia; no será un acontecimiento determinado. Será un proceso lento y largo en el que el Dios humanizado en Jesús se hará presente entre los humanos, hasta humanizar este mundo liberándolo de la deshumanización que origina tanto sufrimiento y tanta opresión.

Jesús dice que este grandioso proceso se producirá mediante la caída del sol, la luna y las estrellas. Con este lenguaje figurado, que Marcos toma de los profetas de Israel, el Evangelio afirma que la humanización de este mundo se producirá mediante la caída de los grandes imperios opresores. Uno tras otro, todos irán cayendo, se irán derrumbando. Es el anuncio gozoso de los grandes profetas (Is 13, 9 s; 34, 4; Jr 4, 23-24; Ez 32, 7 s; JI 3, 4; 4, 1-8…). Se irá debilitando la opresión, se implantará progresivamente la justicia, la igualdad, la solidaridad.

Además este proceso grandioso, de esperanza y gozo, se llevará a cabo de tal forma que en él, a diferencia de los antiguos anuncios proféticos, no irá acompañado de calamidades que afecten a la tierra; ni habrá sujetos que experimenten terror ante el eclipse de los astros. Todo lo contrario, será un proceso de creciente humanización y liberación. Tal es el anuncio de esperanza que Dios nos promete en Jesús. Pero se trata de una promesa que se realiza mediante la progresiva humanización de los individuos, los grupos, las instituciones y las naciones. He ahí la tarea que Jesús nos propone a todos.

José María Castillo