Paradoja cristiana

Es verdaderamente insólito este fragmento repleto de predicciones amenazadoras. ¡Realmente desalentador este montaje apocalíptico con Jesús navegando en el espacio!

De hecho, Marcos se dirige a unos discípulos ya iniciados en lo esencial del mensaje evangélico, a los que recuerda, con el lenguaje gráfico de la época, lo que Jesús había intentado revelarles ante la inminencia de su muerte.

Ha terminado ya el tiempo del anuncio apacible de la Buena Nueva. Se trata ahora de una cuestión urgente, porque los enemigos atenazan a Jesús y le empujan a una muerte segura.

La pregunta que recorre todo el Evangelio también se acentúa ahora: ¿quién es realmente este hombre?

Esta vez es el propio interesado el que levanta el velo. El rabino humilde, sencillo y cercano a las gentes es, de hecho, el igual del Padre, en quien éste ha puesto todo su amor. Su regreso lo hará, como el Dios omnipotente que es, con «gran poder». Volverá «sobre las nubes», es decir, lleno de la presencia de Dios que ellas simbolizan.

Vendrá «con gran majestad», otro de los atributos de Yahvé en el Antiguo Testamento, acompañado por los «ángeles», servidores de Dios. Y su regreso triunfal reunirá a todos los que hayan respondido a su llamada. A fin de cuentas es el mismo Jesús el que nos juzgará en el amor y en la misericordia que anunció y puso en práctica durante toda su vida terrenal.

Nos encontramos aquí en plena paradoja cristiana.

Como nuestra propia vida cotidiana, la vida de Jesús se ha desarrollado con sencillez, a ras de suelo, limitada en sus posibilidades humanas, pero tejiendo cada día un intercambio de amor con Dios. Una vida terrenal que prepara activamente —a través del dolor, de la angustia y de la contradicción— esta vida nueva y divina a la que ha venido a llamarnos.

Pero Jesús, sometido filialmente a su Padre, no sabe cuál es la hora de su regreso. Ahora bien, al igual que los discípulos, sabemos que el Padre lo ha resucitado y que ha puesto otra vez todo en sus manos.

Seguro, pues, que la tierra y el cielo de este mundo pasarán. ¿Cuándo y cómo? Al igual que Jesús, lo ignoramos. Lo único que sabemos es que nuestra tierra y nuestro cielo preparan, en la dificultad, el dolor y el arsenal de las atrocidades del mal, la victoria del amor.

El Evangelio regenera ya desde dentro nuestro viejo mundo, podrido por el orgullo y el odio. Lo que hoy es despreciado y relegado a las tinieblas, mañana será glorificado a la luz. El amor escondido en Dios es más fuerte que el mal y la muerte.

El final del año litúrgico está próximo. ¿Quiere ello decir que seguimos dando vueltas, como el ciclo de las estaciones, como los cultos a los que se oponía el cristianismo, como la liturgia judía de la que la Carta a los Hebreos afirma que repetía sin cesar los mismos sacrificios? El Evangelio afirma que surge un nuevo mundo que viene a romper el círculo.

• Se trata de una nueva creación que, para Marcos, se refleja ya en la Iglesia, reunión de una humanidad transformada en el interior del mundo. Pero lo que ya es presente anuncia todavía el futuro: la reunión final. El hombre no está ya atrapado en el eterno movimiento.

• Para hablar de este futuro Jesús acude una vez más a una comparación vegetal. Pero ya no se refiere a los frutos, sino a las yemas que se abren. Los frutos eran para el mundo. Las hojas y las flores son para el Reino. La expansión se ha terminado y comienza la fiesta.

El Hijo del hombre está cerca, a la puerta. «Hijo del hombre» es uno de los títulos empleados por Jesús para auto-designarse. Es un título que remite a Dn 7, en el que el profeta vislumbraba la venida en la gloria de un «hijo de hombre», para establecer el reino de Dios. Pero hay que pensar también en el siervo sufriente de Isaías (53). En todas partes se habla, pues, de rebajamiento y de exaltación, de servicio y de gloria. El «Hijo del hombre está cerca» es la afirmación que va a resolver la aparente contradicción. Porque el Hijo del hombre está ya aquí en Jesús, pero se va a revelar en su realidad profunda. Así todo se clarificará.

• Todo lo que parecía sólido a inmutable se cuestiona. Por el contrario, la palabra de la que se dice que pasa y se olvida, permanece. ¿La Palabra? Es la promesa de este futuro que viene a romper las ataduras del hombre cerrado en su mundo para abrirle al mundo de Dios.

Jean-Pierre Bagot

Anuncio publicitario