Vísperas – Lunes XXXIII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: LIBRA MIS OJOS DE LA MUERTE.

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz, que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva,
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Haz que mi pie vaya ligero.
Da de tu pan y de tu vaso
al que te sigue, paso a paso,
por lo más duro del sendero.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo.
¡Tantos me dicen que estás muerto!
Y entre la sombra y el desierto
dame tu mano y ven conmigo. Amén

SALMODIA

Ant 1. El Señor se complace en los justos.

Salmo 10 – EL SEÑOR ESPERANZA DEL JUSTO

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?»

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo detesta.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor se complace en los justos.

Ant 2. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Salmo 14 – ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aún en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Ant 3. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA BREVE   Col 1, 9b-11

Llegad a la plenitud en el conocimiento de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. Así caminaréis según el Señor se merece y le agradaréis enteramente, dando fruto en toda clase de obras buenas y creciendo en el conocimiento de Dios. Fortalecidos en toda fortaleza, según el poder de su gloria, podréis resistir y perseverar en todo con alegría.

RESPONSORIO BREVE

V. Sáname, porque he pecado contra ti.
R. Sáname, porque he pecado contra ti.

V. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»
R. Porque he pecado contra ti.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Sáname, porque he pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

PRECES

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que recordando siempre su santa alianza, no cesa de bendecirnos, y digámosle con ánimo confiado:

Favorece a tu pueblo, Señor.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Congrega en la unidad a todos los cristianos:
para que el mundo crea en Cristo, tu enviado.

Derrama tu gracia sobre nuestros familiares y amigos:
que encuentren en ti, Señor, su verdadera felicidad.

Muestra tu amor a los agonizantes:
que puedan contemplar tu salvación.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten piedad de los que han muerto
y acógelos en el descanso de Cristo.

Terminemos nuestra oración con las palabras que nos enseñó Cristo:

Padre nuestro…

ORACION

Nuestro humilde servicio, Señor, proclame tu grandeza, y ya que por nuestra salvación te dignaste mirar la humillación de la Virgen María, te rogamos nos enaltezcas llevándonos a la plenitud de la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio Divina – 19 de noviembre

Lectio: Lunes, 19 Noviembre, 2018
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del evangelio de Lucas 18,35-43
Cuando se acercaba a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello. Le informaron que pasaba Jesús el Nazareno y empezó a gritar, diciendo: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!» Los que iban delante le increpaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran. Cuando se acercó, le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?» Él dijo: «¡Señor, que vea!» Jesús le dijo: «Recobra la vista. Tu fe te ha salvado.» Y al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.
3) Reflexión
• El evangelio de hoy describe la llegada de Jesús a Jericó. Es la última parada antes de la subida a Jerusalén, donde se realiza el “éxodo” de Jesús según había anunciado en su Transfiguración (Lc 9,31) y a lo largo de la caminada hasta Jerusalén (Lc 9,44; 18,31-33).
• Lucas 18,35-37: El ciego sentado junto al camino. “Cuando se acercaba a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello. Le informaron que pasaba Jesús”. En el evangelio de Marcos, el ciego se llama Bartimeo (Mc 10,46). Al ser ciego, no podía participar en la procesión que acompañaba a Jesús. En aquel tiempo, había muchos ciegos en Palestina, pues el sol fuerte golpeando contra la tierra pedregosa emblanquecida hacía mucho daño a los ojos sin protección.
• Lucas 18,38-39: El grito del ciego y la reacción de la gente. “Entonces el ciego gritó: “Jesús, hijo de David, ¡ten piedad de mí!” E invoca a Jesús usando el título de “Hijo de David”. El catecismo de aquella época enseñaba que el mesías sería de la descendencia de David, “hijo de David”, mesías glorioso. A Jesús no le gustaba este título. Citando el salmo mesiánico, él llegó a preguntar: “¿Cómo es que el mesías puede ser hijo de David si hasta el mismo David le llama “mi Señor” (Lc 20,41-44) ? El grito del ciego incomodaba a la gente que acompañaba a Jesús. Por esto, “Los que iban delante le increpaban para que se callara”. Ellos trataban de acallar el grito, pero él gritaba mucho más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Hoy también, el grito de los pobres incomoda la sociedad establecida: migrantes, enfermos de SIDA, mendigos, refugiados, ¡tantos!
• Lucas 18,40-41: La reacción de Jesús ante el grito del ciego. Y Jesús ¿qué hace? “Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran”. Los que querían acallar el grito del pobre, ahora, a petición de Jesús, se ven obligados a ayudar al pobre a que llegue hasta Jesús. El evangelio de Marcos añade que el ciego dejó todo y se fue hasta Jesús. No tenía mucho. Apenas un manto. Pero era lo que tenía para cubrir su cuerpo (cf. Es 22,­25-26). Era su seguridad, ¡su tierra firme! Hoy también Jesús escucha el grito de los pobres que a veces nosotros no queremos escuchar. Cuando se acercó, le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?” No basta gritar. ¡Hay que saber porqué se grita! Él dijo: “¡Señor, que vea!”.
• Lucas 18,42-43: “Recobra tu vista.” Jesús dice: “Recobra tu vista Tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios”. El ciego había invocado a Jesús con ideas no totalmente correctas, pues el título de “Hijo de David” no era muy exacto. Pero él tiene más fe en Jesús que en sus ideas sobre Jesús. Dio en el blanco. No expresa exigencias como Pedro (Mc 8,32-33). Sabe entregar su vida aceptando a Jesús sin imponer condiciones. La curación es el fruto de su fe en Jesús. Curado, sigue a Jesús y sube con él a Jerusalén. De este modo, se vuelve discípulo, modelo para todos nosotros que queremos “seguir a Jesús por el camino” hacia Jerusalén: creer más en Jesús que en nuestras ideas sobre Jesús. En esta decisión de caminar con Jesús está la fuente de valor y la semilla de la victoria sobre la cruz. Pues la cruz no es una fatalidad, ni una exigencia de Dios. Es la consecuencia del compromiso de Jesús, en obediencia al Padre, de servir a los hermanos y no aceptar privilegios.
• La fe es una fuerza que transforma a las personas. La Buena Nueva del Reino estaba escondida entre la gente, escondida como el fuego bajo las cenizas de las observancias sin vida. Jesús sopla sobre las cenizas y el fuego se enciende, el Reino aparece y la gente se alegra. La condición es siempre la misma: creer en Jesús. La curación del ciego aclara un aspecto muy importante de nuestra fe. A pesar de invocar a Jesús con ideas no del todo correctas, el ciego tuvo fe y fue curado. Se convirtió, lo dejó todo y siguió a Jesús por el camino del Calvario. La comprensión total del seguimiento de Jesús no se obtiene por la instrucción teórica, sino por el compromiso práctico, caminando con él por el camino del servicio, desde Galilea hasta Jerusalén. Aquel que insiste en mantener la idea de Pedro, esto es, del Mesías glorioso sin la cruz, no va a entender nada de Jesús y no llegará nunca a tomar la actitud del verdadero discípulo. Aquel que sabe creer en Jesús y se entrega (Lc 9,23-24), que acepta ser el último (Lc 22,26), beber el cáliz y cargar con su cruz (Mt 20,22; Mc 10,38), éste, al igual que el ciego, aún teniendo las ideas no enteramente justas, “seguirá a Jesús por el camino” (Lc 18,43). En esta certeza de caminar con Jesús está la fuente de la audacia y la semilla de la victoria sobre la cruz.
4) Para la reflexión personal
• ¿Cómo veo y siento el grito de los pobres: migrantes, negros, enfermos de SIDA, mendigos, refugiados, tantos?
• ¿Cómo es mi fe: me fijo más en las ideas sobre Jesús o en Jesús?
5) Oración final
Feliz quien no sigue consejos de malvados
ni anda mezclado con pecadores
ni en grupos de necios toma asiento,
sino que se recrea en la ley de Yahvé,
susurrando su ley día y noche. (Sal 1,1-2)

Posibilidades para un Adviento en familia

Si se opta por poner en práctica el “calendario familiar del Adviento”, no hace falta decir que pueden añadirse otras formas de vivir la preparación de la Navidad. Simplemente, añado algunas sugerencias que podrían suplir o completar lo dicho anteriormente:

a) Las cuatro velas familiares:

Ir colocando cada semana una vela simbólica junto al portal: a cada vela se le añade un título, una imagen y una reflexión.

1ª semana: Título: “¡Atentos!”. Imagen: unas gafas o unos prismáticos. Reflexión: pensar un plan familiar para el adviento.

2ª semana: Título: “¡Preparad el camino!”. Imagen: un camino. Reflexión: pensar en familia algo que convendría corregir.

3ª semana: Título: “¡Está entre vosotros!”. Imagen: foto solidaria. Reflexión: pensar en la Operación kilo y cómo vivir solidariamente la Navidad.

4ª semana: Título: “Acompañando a María y José”. Imagen: el Portal de Belén. Reflexión: preparar en familia los detalles de decoración cristiana, Belén, etc.

b) Montar el Belén poco a poco:

Cada semana se van añadiendo figuras, al ritmo de las lecturas dominicales:

• 1ª semana: los pastores en la cueva con el ángel
• 2ª semana: los pastores camino de Belén
• 3ª semana: los pastores junto al Portal, con la estrella y con objetos de ofrenda.
• 4ª semana: el pesebre con un colchón de cariño.

c) Una silla vacía:

Mantener una silla vacía en la mesa familiar, a lo largo de todo el adviento. Se reserva para Jesús. Introducir a manera de bendición de la mesa, una oración que de sentido a la espera.

d) Teatro familiar:

Ir preparando para el tiempo navideño un teatro familiar en torno al nacimiento de Jesús.

e) Cartel “Ven señor Jesús”:

Hacerlo en familia y colocarlo en un lugar visible, para rezar ante él todas las noches en familia.

Alberto Pérez Pastor, S.J.

Mi lucha concreta

Es obvio que quien se introduce por el camino del espíritu, necesariamente tendrá que luchar por conseguirlo. No cabe duda de que es muy difícil escapar de lo superficial y de lo banal, sin espíritu de lucha. Tenemos experiencia de ello: estamos continuamente amenazados por nuestra debilidad. Los ejemplos se cuentan por decenas: conquistamos una virtud y, pasado el tiempo, volvemos a caer; iniciamos un proyecto apasionante… y lo dejamos a medias; decidimos una y mil veces escapar de eso que nos hace mal, y volvemos una y otra vez a pacer en esos mismos pastos… No somos ángeles. Somos hombres, y la conquista de la libertad verdadera se obra día a día, momento a momento.
Como Jacob peleó con el ángel (cfr. Gn 32, 22-30), también nosotros debemos luchar con Dios y con nosotros mismos. No siempre encontramos a Dios cuando lo necesitamos, ni siempre experimentamos que está todo lo cerca que desearíamos. A veces parece tan lejano como las estrellas del cielo.
La oscuridad en la relación con Dios puede tener que ver con su ocultamiento, como ha ocurrido con muchos santos; pero ordinariamente se relaciona más bien con nuestro abandono en lo perentorio y superficial. Luchar con Dios, fajarse con Él, significa no abandonar «a medias» el campo de batalla de la oración, ni renunciar a la primera a los compromisos que hicimos por él: voluntariados, pequeños sacrificios, penitencias, etc. Luchar con Dios es, en el fondo, luchar con nosotros mismos.
Con todo, hemos de estar advertidos de dos cosas: lo que la lucha no es, y los enemigos de todo deseo por ser mejores. Respecto a lo primero, basta con decir que la lucha no es vencer a la primera, o conforme a un plazo previsto. Lucha no tanto el que vence como el que se levanta. El Papa Francisco afirmaba algo semejante a los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia: mirar hacia arriba, apostar por lo más alto, tener los más excelentes ideales es posible si esatmos dispuestos a levantarnos siempre.

«Jesucristo es quien sabe darle verdadera pasión a la vida, Jesucristo es quien nos mueve a no conformarnos con poco y nos lleva a dar lo mejor de nosotros mismos; es Jesucristo quien nos cuestiona, nos invita y nos ayuda a levantarnos cada vez que nos damos por vencidos», afirmaba el Santo Padre. «Es Jesucristo quien nos impulsa a levantar la mirada y a soñar alto. “Pero padre -me puede decir alguno- es tan difícil soñar alto, es tan difícil subir, estar siempre subiendo. Padre, yo soy débil, yo caigo, yo me esfuerzo pero muchas veces me vengo abajo”. Los alpinos, cuando suben una montaña, cantan una canción muy bonita, que dice así: “En el arte de subir, lo que importa no es no caer, sino no quedarse caído”. Si tú eres débil, si tú caes, mira un poco en alto y verás la mano tendida de Jesús que te dice: —”levántate, ven conmigo”. —”¿Y si lo hago otra vez?”. —También. —”¿Y si lo hago otra vez?”. —También. Pedro preguntó una vez al Señor: “Señor, ¿cuántas veces?”. —”Setenta veces siete”. La mano de Jesús está siempre tendida para levantarnos, cuando nosotros caemos».

Este es el auténtico sentido de la lucha: la mano tendida que Jesús siempre ofrece para levantarnos. En aquella ceremonia de acogida, un masivo «sí» fue la respuesta cuando el Pontífice preguntó si lo habían entendido. No es fácil comprender que la lucha está en nuestras manos, y también —gracias a Dios— en manos de Jesús. Levantarse e ir con Él, una vez y siempre, hasta setenta veces siete: eso es luchar.

Una vez comprendido el sentido de la pelea por llegar alto, es oportuno detenerse en sus principales enemigos. Al principio todo es fácil, como cuando el primero de enero tomamos la determinación de aprender un idioma o dejar de fumar. La idea inicial es avalada por lucha verdadera que, transcurridas las semanas, se diluye casi siempre inexorablemente. ¿Qué obstáculos han impedido la realización del noble propósito?

Nos dejamos dominar por las indolencia o la pereza cuando falta un por qué. Si, por lo que sea, descubrimos que estamos de maravilla sin ese idioma, llegamos a convencernos de que después de todo no es tan importante estudiarlo. Se puede vivir sin ello, y se cede poco a poco hasta el desánimo.

En materia espiritual, cuando se resquebraja el ideal, cuando falta el amor, nace la pereza y se diluye la lucha. Los amorosos esfuerzos que hacíamos antes, ahora nos parecen infantiles, inútiles, superfluos. El amor hace que saquemos a nuestras relaciones todo el brillo que pueden tener; enamorados somos más detallistas. El vicio enemigo del hombre enamorado es la pereza, del mismo modo que la virtud asociada a su buen querer es la diligencia o sea: el amor.

Si en el trabajo hay hastío, en la familia rutina, y lo demás es anodino, es natural que se apaguen los deseos de luchar. A veces nos dejamos todas nuestras fuerzas, hasta queda exánimes, en el noble deseo de pelear, cuando en realidad nuestro empeño debería dirigirse a dejarnos nuevamente enamorar. De otro modo, las fuerzas se consumen en vano, porque la raíz sigue contaminada. Es como quien quiere cubrir las goteras sin acometer a fondo el estado de las tejas. Una y otra vez se verá obligado a poner parches, sin acabar nunca con el mal de fondo. Peleará mucho, correrá otro tanto: todo en vano.

Hay que plantearse a fondo el tema de la lucha en términos de ilusión, victoria, batalla de amor… y no tanto como puños y voluntarismo. Al enamorado no le cuestan los esfuerzos. En la dirección espiritual debemos hablar de nuestras luchas, siempre o casi siempre en este contexto, dentro de este beneficioso binomio: lucho por amar, amo, y por eso lucho.

De todas maneras, la falta de amor no es el único enemigo de la diligencia; también lo son las múltiples y pesarosas caídas en lo mismo. Desanima mucho tropezar siempre con la misma piedra, especialmente si hay sincero empeño por no hacerlo. La fragilidad se hace mortalmente patente.
Debemos comprender que es normal caer en lo que no se desea, aunque se ponga mucho empeño en contra. Comprenderse no significa tolerarse todos los caprichos: son cosas distintas. Comprenderse es darse cuenta de que, con esa fragilidad, con esta «tan poca cosa». Dios consigue hacer maravillas. Eso es lo extraordinario, no nuestras caídas.
Lo verdaderamente satánico de todo este caer y levantarse… y volver a caer, es el dedo señalador del enemigo que causa interior sensación de soledad y angustia; hablo de la impresión de ser denunciado por el propio pecado. Primero, el demonio lleva al hombre a su tropiezo; luego lo acusa por tropezar. Dejarse engañar una vez por el enemigo es fragilidad; pensar que somos unos miserables irredentos después de la caída puede ser desesperanza. ¡No permitamos que ese mal aqueje nuestra alma, porque se puede luchar siempre! Esto es lo bonito de la pelea de Dios: Dios nunca fracasa, como ya vimos anteriormente. Dios no fracasa; parece que así sucede, pero no es verdad.
Las múltiples caídas hacen demasiado daño a muchas personas. En el diálogo de la dirección espiritual, hay que encontrar necesariamente nuevos modos de luchar, diferentes maneras de atacar un mismo tema. De otro modo, el alma se puede agotar o quemar, como si se tratara de un coche que pone todo su empeño en circular… con el freno de mano puesto. Es tarea del director espiritual abrir al dirigido a nuevas y apasionantes metas, distintas de aquellas que tienen presa su voluntad.
A veces la lucha parece infructuosa, pero eso ocurre justamente cuando la miramos con ojos humanos y a corto plazo. Cuando se lleva un tiempo relativamente prolongado sujeto a esta disciplina del acompañamiento espiritual, se ven conseguidas metas que jamás se hubiera soñado alcanzar. En la cultura de la inmediatez y la eficacia, quizá parezca inútil la lucha; pero, en el plano del espíritu, la victoria llega con suavidad, pero también inexorablemente.
Por tanto, en la conversión espiritual tenemos que hablar de nuestras luchas que, como hemos visto, tienen mucho que ver con la mano tendida de Jesús que nos dice «levántate». Hablaremos de cómo nos alzamos por la mañana, si pesasoramente o con corazón ilusionado. Trataremos de ser exactos en relatar, durante la dirección espiritual, cómo ha sido nuestra batalla del carácter, que busca conquistar una forma de ser dulce y acogedora para el prójimo; si hemso vivido la obra de misericordia de soportar con paciencia a quien nos moleta; de cómo hemos batallado precisamente en aquellos aspectos en los que somos más frágiles: la ira, la envidia, la sensualidad o la crítica.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

Gaudete et exsultate – Francisco I

142. La comunidad está llamada a crear ese «espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado»[105]. Compartir la Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad santa y misionera. Esto da lugar también a verdaderas experiencias místicas vividas en comunidad, como fue el caso de san Benito y santa Escolástica, o aquel sublime encuentro espiritual que vivieron juntos san Agustín y su madre santa Mónica: «Cuando ya se acercaba el día de su muerte ―día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos―, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos […]. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti […]. Y mientras estamos hablando y suspirando por ella [la sabiduría], llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón […] de modo que fuese la vida sempiterna cual fue este momento de intuición por el cual suspiramos»[106].


[105] S. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsin. Vita consecrata (25 marzo 1996), 42: AAS 88 (1996), 416.

[106] Confesiones, IX, 10, 23-25: PL 32, 773-775.

Homilía (Jesucristo, Rey del Universo)

REINO DE ESTE MUNDO

El que Cristo se llame Rey (Lc 23, 38) y a su mensaje el Reino de Dios no nos hiere los oídos.

Hay palabras y conceptos superados; sin embargo, en el fondo, con este lenguaje se quieren expresar realidades más ricas: Reino de Dios o Reino de Cristo, no significa que Cristo haya venido a fundar una sociedad monárquica, etc., sino más bien quiere significar el movimiento que El ha iniciado, los nuevos valores que ha descubierto; así como hablamos del Reino de la Verdad, hablamos del Reino de Cristo. Cristo es Rey, quiere decir: Cristo es el iniciador de este movimiento, que intenta realizar el mundo según el designio de Dios, reconociendo su Señorío.

1.-El Reino de Cristo es de este mundo.

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Estamos demasiados acostumbrados a oír y a afirmar que el Reino de Cristo «no es de este mundo», interpretando de un modo demasiado literal la frase del evangelio (Jn 18, 36). Esta afirmación ha sido una espada de doble filo para la Iglesia, que tenía el deber de predicar el evangelio. Los poderes públicos han tapado la boca de la Iglesia al conjuro de que ella no tenía que enjuiciar sus actuaciones, ni denunciarlas ni criticarlas. Se ha pedido, y se pide, una Iglesia de sacristía, en el tercer cielo, ciudadana de los ángeles o hundida en el ejercicio de plegarias, liturgias e inciensos.

Uno de los problemas más graves que suscitó la crisis y la muerte de la Acción Católica española fue, precisamente, el del compromiso temporal. ¿Tiene que ver algo el Reino de Dios con el juicio y la marcha de los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor? ¿El cristiano debe vivir un Reino que baja del Padre de las luces y nos lanza de nuevo a las estrellas? ¿Hasta dónde ha de encarnarse el Reino de Dios? El Señor, ¿es también Señor de este mundo? El cristiano ha de afirmar, aunque le condenen como a Jesús, que el Reino de Cristo es de este mundo. El documento sobre la Iglesia y el Mundo del Concilio Vaticano II nos da la clave para entender la autonomía del mundo y el servicio de la Iglesia dentro del mismo.

2.- ¿Qué quiere decir la afirmación de Jesús «Mi Reino no es de este mundo»? (Jn 18, 36.)

Para comprenderla hay que caer en la cuenta que Jesús responde a una concepción determinada de Reino, en la que piensa Pilatos. Cristo entiende mundo en el sentido bíblico que esta palabra tiene en San Juan. Mundo es la realidad creada por Dios, pero que a través de los tiempos se ha cargado, por efecto del mal de los hombres, de estructuras de pecado, que lo hacen malo, poderoso en frente de Dios y que impide el desarrollo de su designio. El mundo se opone al evangelio e impide que el hombre acoja el plan de Dios por la fe. El Reino de Cristo no es de este mundo; más, en oposición a él y lucha contra él parainstaurar un nuevo orden de cosas.

El Reino de Cristo, además, no tiene origen mundano, es decir, su conocimiento e implantación no se debe al sólo esfuerzo del hombre, ni es descubrimiento espontáneo de la humanidad. Este Reino está en el mundo por una intervención decisiva y poderosa de Dios.

El Reino de Dios no es como los demás reinos u organizaciones políticas de los pueblos. Jesús no persigue directamente el poder—ya lo tiene— ; ni busca para su Reino una economía saneada. El Reino de Jesús consiste en realizar y vivir los valores fundamentales de la existencia humana, tal y como los ha proyectado la Palabra de Dios.

Su Reino no se apoya en la voluntad de poder, ni en la explotación de los hombres, ni en las armas, ni en el prestigio internacional. El Reino de Jesús no es del estilo de los de este mundo; no se encarna en ninguna estructura concreta, aunque tiende a informar toda expresión cultural: no pretende coronar ninguna bandera, aunque cuando la sociedad vive los valores del Reino, esa bandera, sea cual sea, queda ennoblecida.

3.- El Reino de Cristo es para el mundo. «El Reino de Dios ya está entre vosotros.»

El evangelio es para este mundo. No es sólo una revelación que lanza al hombre al siglo futuro, sino que le enfrenta también con la situación real en que vive y le urge un compromiso diario. De ahí que el evangelio, sea, por su misma naturaleza, conflictivo: ya que analiza, acusa, critica y compromete a toda persona y a toda organización social. El evangelio dice cosas bien concretas al mundo, porque el evangelio no ha venido a la tierra para ser vivido sólo en el cielo, sino también en el mundo. Las comunidades cristianas tienen algo que decir sobre el comportamiento de las personas, sobre los sistemas de organización de la convivencia humana, sobre las leyes. Y no sólo como un derecho de la Iglesia, sino como una obligación de caridad.

Tenemos que dar testimonio del Reino de Dios, trabajando por implantarlo. El compromiso concreto, temporal, coloreado, aunque sea equívoco, es condición indispensable para vivir el Reino. No es un intruso el creyente cuando, desde la exigencia de su misma fe, se compromete en el trabajo, en la reivindicación de los derechos inalienables, en el desarrollo de la cultura, en la política. Pero tenemos que caer en la cuenta, a la vez, que el cristiano en medio del mundo es un insatisfecho, un inconformista. El sabe que nos espera, en Cristo, un futuro mejor que el presente, que este futuro es don de Dios, y que por muy perfecto que todo sea, siempre es susceptible de una superación.

Cerremos este ciclo del año litúrgico teniendo la conciencia de que Dios ha puesto su Reino en nuestras manos, para que se vaya poco a poco realizando en este mundo, hasta que El lo consume de un modo definitivo.

 

Jesús Burgaleta

Jn 18, 33b-37 (Evangelio Jesucristo, Rey del Universo)

El Evangelio de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, nos presenta una escena del proceso de Jesús ante Poncio Pilato, el gobernador romano de Judea. Atrás había quedado el enfrentamiento de Jesús con los líderes judíos, sobre todo con Anás (suegro de Caifás, el sumo sacerdote; Anás, a pesar de haber dejado el cargo de sumo sacerdote, continuaba siendo un personaje muy influyente y fue él, probablemente, el que lideró el proceso contra Jesús, cf. Jn 18,12-14.19-24).

Poncio Pilatos, el interlocutor romano de Jesús, gobernó Judea y Samaría entre los años 26 y 36. Las informaciones de Flavio Josefo y de Filón, lo presentan como un gobernante duro y violento, obstinado y áspero, culpable de ordenar ejecuciones de opositores sin un proceso legal. Las quejas de excesiva crueldad presentadas contra él por los samaritanos en el año 35, llevaron a Vitelio, el legado del Emperador en Siria, a tomar posición en el caso y a enviarlo a Roma para que se explicara ante el emperador. Poncio Pilato fue depuesto de su cargo de gobernador de Judea inmediatamente después.

Curiosamente, el autor del Cuarto Evangelio describe a Poncio Pilato como un hombre débil, indeciso y voluble, una especie de marioneta hábilmente manejada por los líderes judíos. Esta presentación, que contradice los datos dejados por los historiadores de la época, no debe tener grandes bases históricas: debe ser, únicamente, un intento de librar a los romanos de cualquier culpa en el proceso a Jesús.

En la época en la que el autor del Cuarto Evangelio escribe (alrededor del año 100), no era conveniente para los cristianos acusar a Roma, afirmando su responsabilidad en el proceso que llevó a Jesús a la muerte. Así, los escritores cristianos de la época prefirieron blanquear el papel del poder imperial y, por otro lado, hacer recaer sobre las autoridades judías toda la culpa en la condena de Jesús.

El interrogatorio de Jesús comienza con una pregunta directa, hecha por Poncio Pilato (v. 33b): “¿Eres tú el rey de los judíos?” Este inicio del interrogatorio revela cual era la acusación presentada por las autoridades judías contra Jesús: él tenía pretensiones mesiánicas, pretendía restaurar el reino ideal de David y liberar a Israel de los opresores. Esta línea de acusación ve en Jesús a un agitador político empeñado en cambiar el mundo por la fuerza, que fundamenta sus pretensiones y su acción en el poder de las armas y en la autoridad de los ejércitos. ¿Esta acusación tiene fundamento? ¿Jesús la acepta?

La respuesta de Jesús sitúa las cosas en la perspectiva correcta. Se proclama como el mesías que Israel esperaba y confirma, claramente, su calidad de rey; sin embargo, descarta cualquier parecido con esos reyes que Poncio Pilato conoce (v. 36). Los reyes de este mundo se apoyan en la fuerza de las armas e imponen a los otros hombres su dominio y su autoridad; su realeza se basa en la prepotencia y en la ambición y genera opresión, injusticia y sufrimiento. Jesús, en contrapartida, es un prisionero indefenso, traicionado por sus amigos, ridiculizado por los líderes judíos, abandonado por el pueblo; no se impone por la fuerza, sino que viene al encuentro de los hombres para servirles; no cultiva los propios intereses, sino que obedece en todo la voluntad de Dios, su Padre; no está interesado en afirmar su poder, sino en amar a los hombres hasta la entrega de la propia vida. Su realeza es de otro orden, del orden de Dios. Es una realeza que toca los corazones y que, en vez de producir opresión y muerte, produce vida y libertad. Jesús es rey y mesías, pero no va a imponer a nadie su reinado; va a proponer a los hombres un mundo nuevo, basado en la lógica del amor, de la donación y de la entrega, del servicio.

La declaración de Jesús causa extrañeza en Poncio Pilato. Él no consigue entender que un rey renuncie al poder y a la fuerza y fundamente su realeza en el amor y en la donación de la propia vida. La expresión puesta en boca de Poncio Pilatos “entonces, tú eres rey” (v. 37a), parece una expresión de alguien para quien las declaraciones de su interlocutor no son claras y que deja la puerta abierta a ulteriores explicaciones. Por eso, Jesús confirma su realeza y define el sentido y el contenido de su reinado.

La realeza de la que Jesús se considera investido por Dios consiste en “dar testimonio de la verdad” (v. 37b). Para el autor del Cuarto Evangelio, la “verdad” es la realidad de Dios. Esa “verdad” se manifiesta en los gestos de Jesús, en sus palabras, en sus actitudes y, de forma especial, en su amor vivido hasta el extremo de la entrega de la vida.

La “verdad” (esto es, la realidad de Dios), es el amor incondicional y sin medida que Dios derrama sobre el hombre, a fin de hacerle llegar a la vida verdadera y definitiva. Esa “verdad” se opone a la “mentira”, que es el egoísmo, el pecado, la opresión, la injusticia, todo aquello que afea la vida del hombre y le impide alcanzar la vida plena.

La “realeza” de Jesús se concreta, por un lado, en la lucha contra el egoísmo y el pecado que esclavizan al hombre y que le impiden ser libre y feliz; por otro lado, la realeza de Jesús se consuma en la proposición de una vida hecha amor y entrega a Dios y a los hermanos.

Esta meta no se alcanza a través de una lógica de poder y de fuerza (que sólo multiplican las cadenas de la mentira, de la injusticia, de la violencia); sino que se alcanza a través del amor, del compartir, del servicio sencillo y humilde en favor de los hermanos. Ese es el “reino” que Jesús vino a proponer; ese es el “reino” que él preside.

La propuesta de Jesús provoca una respuesta libre del hombre. Quien escucha la voz de Jesús, se adhiere a su proyecto y se compromete a seguirle, renuncia al egoísmo y al pecado y hace de su vida un don de amor a Dios y a los hermanos (v. 37c). Pasa, entonces, a formar parte de la comunidad del “Reino de Dios”.

Las declaraciones ante Poncio Pilatos, no dejan lugar a dudas: él es “rey” y recibió de Dios, como dice la primera lectura, “poder real y dominio” sobre todos los pueblos de la tierra.

Al celebrar la solemnidad de Jesucristo, el Rey del Universo, estamos invitados, antes de nada, a descubrir e interiorizar esta realidad: Jesús, nuestro rey, es el principio y el fin de la historia humana, está presente en cada paso del caminar de los hombres y conduce a la humanidad al encuentro de la verdadera vida.

Los inicios del siglo XXI están marcados por una profunda crisis de liderazgo mundial. Los grandes líderes de las naciones son, frecuentemente, hombres con una visión muy limitada del mundo, que no se preocupan por el bien de la humanidad y que, dirigen sus políticas de acuerdo con lógicas de ambición personal o de intereses particulares. Nos sentimos, a veces, perdidos e impotentes, arrastrados hacia un agujero sin salida por líderes mediocres, prepotentes e incapaces.

Esta constatación no debe, sin embargo, llevarnos al desánimo: sabemos que Cristo es nuestro rey, que él preside la historia y que, a pesar de los fallos de los hombres, continúa caminando con nosotros y señalándonos los caminos de salvación y de vida.

La realeza de Jesús no tiene nada que ver con la lógica de la realeza a la que el mundo está habituado. Jesús, nuestro rey, se presenta a los hombres sin ninguna ambición de poder o de riqueza, sin el apoyo de los grupos de presión que marcan los valores y la moda, sin ningún compromiso con las multinacionales de la explotación o del lucro. Ante los hombres, él se presenta sólo, indefenso, prisionero, armado únicamente con la fuerza del amor y de la verdad. No impone nada; sólo propone a los hombres que acojan en su corazón esa lógica de amor, de servicio, de obediencia a Dios y a sus proyectos, de entrega de la vida, de solidaridad con los pobres y marginados, de perdón y tolerancia.

Es con estas “armas” con las que va a combatir el egoísmo, la autosuficiencia, la injusticia, la explotación, todo lo que genera sufrimiento y muerte. Es una lógica desconcertante e incomprensible, a la luz de los criterios que el mundo valora y enaltece.

¿La lógica de Jesús tiene sentido?
¿El mundo nuevo, de vida y de felicidad plena para todos los hombres nacerá de una lógica de fuerza y de imposición, o de una lógica de amor, de servicio y de donación de la vida?

Nosotros, los que nos adherimos a Jesús y optamos por formar parte de la comunidad del Reino de Dios, tenemos que dar testimonio de la lógica de Jesús. Incluso contra corriente, nuestra vida, nuestras opciones, la forma de relacionarnos con aquellos con los que todos los días nos cruzamos, deben estar marcados por una continua actitud de servicio humilde, de donación gratuita, de respeto, de compartir, de amor.

Como Jesús, también nosotros tenemos la misión de luchar, no con la fuerza del odio y de las armas, sino con la fuerza del amor contra todas las fuerzas de explotación, de injusticia, de alienación y de muerte.

El reconocimiento de la realeza de Cristo, nos invita a colaborar en la construcción de un mundo nuevo, del Reino de Dios.

La forma sencilla y sin pretensiones con la que Jesús, nuestro rey, se presenta, nos invita a repensar ciertas actitudes, ciertas formas de organización y ciertas estructuras que creamos.

La comunidad de Jesús (la Iglesia) no puede estructurarse y organizarse con los mismos criterios de los reinos de la tierra.

Debe interesarse más por dar un testimonio de amor y de solidaridad para con los pobres y marginados que por controlar a las autoridades políticas y a los jefes de las naciones; debe buscar más el servicio sencillo y humilde a los hombres que los títulos, las honras, los privilegios; debe apostar más por el compartir y por la donación de la vida que por el poseer bienes materiales o por la eficacia de las estructuras.

Si la Iglesia no da testimonio, en medio de los hombres, de esa lógica de realeza que Jesús presentó ante Poncio Pilato, está siendo gravemente infiel a su misión.