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Archive for 22/11/18

SANTA CECILIA, virgen y mártir. (MEMORIA)

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: OH DIOS, QUE ERES EL PREMIO

Oh Dios, que eres el premio, la corona
y la suerte de todos tus soldados,
líbranos de los lazos de las culpas
por este mártir a quien hoy cantamos.

El conoció la hiel que está escondida
en la miel de los goces de este suelo,
y, por no haber cedido a sus encantos,
está gozando los del cielo eterno.

Él afrontó con ánimo seguro
lo que sufrió con varonil coraje,
y consiguió los celestiales dones
al derramar por ti su noble sangre.

Oh piadosísimo Señor de todo,
te suplicamos con humilde ruego
que, en el día del triunfo de este mártir,
perdones los pecados de tus siervos.

Gloria eterna al divino Jesucristo,
que nació de una Virgen impecable,
y gloria eterna al Santo Paracleto,
y gloria eterna al sempiterno Padre. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Salmo 29 – ACCIÓN DE GRACIAS POR LA CURACIÓN DE UN ENFERMO EN PELIGRO DE MUERTE

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

Señor, Dios mío, a ti grité,
y tú me sanaste.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto,
por la mañana, el júbilo.

Yo pensaba muy seguro:
«No vacilaré jamás.»
Tu bondad, Señor, me aseguraba
el honor y la fuerza;
pero escondiste tu rostro,
y quedé desconcertado.

A ti, Señor, llamé,
supliqué a mi Dios:
«¿Qué ganas con mi muerte,
con que yo baje a la fosa?

¿Te va a dar gracias el polvo,
o va a proclamar tu lealtad?
Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.»

Cambiaste mi luto en danzas,
me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;
te cantará mi alma sin callarse.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Ant 2. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Salmo 31 – ACCIÓN DE GRACIAS DE UN PECADOR PERDONADO

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos,
rugiendo todo el día,
porque día y noche tu mano
pesaba sobre mí;
mi savia se me había vuelto
un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.

Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,
fijaré en ti mis ojos.

No seáis irracionales como caballos y mulos,
cuyo brío hay que domar con freno y brida;
si no, no puedes acercarte.

Los malvados sufren muchas penas;
al que confía en el Señor,
la misericordia lo rodea.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor,
aclamadlo, los de corazón sincero.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Ant 3. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

LECTURA BREVE   1Pe 4, 13-14

Queridos hermanos: Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo. Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros: porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.

RESPONSORIO BREVE

V. Oh Dios, nos pusiste a prueba, pero nos has dado respiro.
R. Oh Dios, nos pusiste a prueba, pero nos has dado respiro.

V. Nos refinaste como refinan la plata.
R. Pero nos has dado respiro.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Oh Dios, nos pusiste a prueba, pero nos has dado respiro.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. La virgen santa Cecilia llevaba siempre sobre su corazón el Evangelio de Cristo y no cesaba, ni de día ni de noche, de orar y de hablar con Dios.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La virgen santa Cecilia llevaba siempre sobre su corazón el Evangelio de Cristo y no cesaba, ni de día ni de noche, de orar y de hablar con Dios.

PRECES

En esta hora en la que el Señor, cenando con sus discípulos, presentó al Padre su propia vida que luego entregó en la cruz, aclamemos al Rey de los mártires, diciendo:

Te glorificamos, Señor.

Te damos gracias, Señor, principio, ejemplo y rey de los mártires,
porque nos amaste hasta el extremo.

Te damos gracias, Señor, porque no cesas de llamar a los pecadores arrepentidos
y les das parte en los premios de tu reino.

Te damos gracias, Señor, porque hoy hemos ofrecido, como sacrificio para el perdón de los pecados,
la sangre de la alianza nueva y eterna.

Te damos gracias, Señor,
porque con tu gracia nos has dado perseverar en la fe durante el día que ahora termina.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te damos gracias, Señor,
porque has asociado a nuestros hermanos difuntos a tu muerte.

Dirijamos ahora nuestra oración al Padre que está en los cielos, diciendo:

Padre nuestro…

ORACION

Acoge con bondad nuestras súplicas, Señor, y, por intercesión de santa Cecilia, dígnate escucharnos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Jueves, 22 Noviembre, 2018
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Lucas 19,41-44
Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.»
3) Reflexión
• El evangelio de hoy nos dice que Jesús, al llegar cerca de Jerusalén, viendo la ciudad, empieza a llorar y a pronunciar palabras que hacían vislumbrar un futuro muy sombrío para la ciudad, capital de su pueblo.
• Lucas 19,41-42 Jesús llora sobre Jerusalén. “Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: ¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! ¡Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos!”. Jesús llora, pues ama su patria, a su pueblo, la capital de su tierra, el Templo. Llora porque sabe que todo va a ser destruido por culpa del pueblo mismo que no sabe percibir ni valorar la llamada de Dios dentro de los hechos. La gente no percibe el camino que podría llevarlo a la Paz, Shalóm. Pero ahora esto está oculto a tus ojos. Esta afirmación evoca la crítica de Isaías a la persona que adoraba los ídolos: “Se alimenta de ceniza, un corazón engañado le extravía y no salva su alma, diciéndose: ¿No es mentira lo que tengo en mi diestra?” (Is 44,20). La mentira estaba en sus ojos y por esto se volvieron incapaces de percibir la verdad. Como dice San Pablo: “Ellos se rebelan a la verdad y obedecen a la injusticia” (Rom 2,8). La verdad se hace presa de la injusticia. En otra ocasión, Jesús lamenta que Jerusalén no sepa percibir ni acoger la visita de Dios: “¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido! Pues bien, se os va a dejar desierta vuestra casa” (Lc 13,34-35).
• Lucas 19,43-44 Anuncio de la destrucción de Jerusalén. “Porque vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti y no dejarán en ti piedra sobre piedra.”. Jesús describe el futuro que le va a tocar a Jerusalén. Usa las imágenes de guerra que eran comunes en aquel tiempo, cuando un ejército atacaba a una ciudad: trincheras, cerco cerrado alrededor, matanza de la gente y destrucción total de las murallas y de las casas. Así, en el pasado, Jerusalén fue destruida por Nabucodonosor. Así, las legiones romanas solían hacer con las ciudades rebeldes y así se hará nuevamente cuarenta años después, con la ciudad de Jerusalén. De hecho, en el año 70, Jerusalén fue cercada e invadida por los ejércitos romanos. Todo fue destruido. Ante este trasfondo histórico, el gesto de Jesús se convierte en una advertencia muy seria a todos los que pervierten el sentido de la Buena Nueva de Dios. Ellos tienen que escuchar la advertencia final: “Porque no has conocido el tiempo de tu visita”. En esta advertencia, toda la labor de Jesús está definida como una “visita”, la visita de Dios.
4) Para la reflexión personal
• ¿Lloras a veces viendo la situación del mundo? Mirando la situación del mundo, ¿Jesús lloraría ahora? La previsión es sombría. Desde el punto de vista de la ecología, pasamos ya el límite. La previsión es trágica.
• La labor de Jesús está visto como una visita de Dios. ¿Has recibido en tu vida alguna visita de Dios?
5) Oración final
¡Cantad a Yahvé un cántico nuevo:
su alabanza en la asamblea de sus fieles!
¡Regocíjese Israel en su Hacedor,
alégrense en su rey los de Sión. (Sal 149,1-2)

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56.- Una vez rota la unidad del género humano por el pecado, Dios decide desde el comienzo salvar a la humanidad a través de una serie de etapas. La alianza con Noé después del diluvio (cf. Gn 9, 9) expresa el principio de la Economía divina con las “naciones”, es decir con los hombres agrupados “según sus países, cada uno según su lengua, y según sus clanes” (Gn 10, 5; cf. Gn 10, 20-31).”

Aquí se nos cita a Gn 10, 5, donde habla de cómo en ese momento la descendencia de Noé se establece según territorios y según lenguas y según lugares. Hay como una especie, por lo tanto, de relación de Yavé con la humanidad a partir, digamos ya, no únicamente de individuos, como había podido ser con Abrahán, sino ya se van constituyendo pueblos. Y Dios se relaciona con el pueblo de Israel de una manera especial. La revelación no es meramente personal, individual, sino que es una relación con los pueblos que tienen un cabecilla, que tienen un representante, que representa a ese pueblo. Ante Yavé esta es la forma. Y alguno podría decir ¿y por qué no podía haber sido de otra manera? Bueno vamos a dejarle a Dios que sea quien gobierne las cosas. Nosotros hoy que tenemos una cultura mucho más individualista, muchísimo más individualista, parece que reivindicamos un tipo de relación como directamente con Dios. Yo sin intermediario ninguno, parece que los demás me estorban. Dios nos ha creado como seres sociales. La comunidad del pueblo tiene un gran peso en nuestra idiosincrasia. Por eso es normal, mucho más todavía en aquellos tiempos, que Yavé se relacione con la humanidad a través de las naciones, a través de los pueblos.

Y eso comienza especialmente a partir de Noé. Hay una unidad rota en el humano. En principio el género humano se había formado como una familia, pero el pecado nos rompe, nos divide. Al formar pueblos, al formar naciones, comenzamos poco a poco la sanación de esa ruptura. Poco a poco, porque también es verdad que los pueblos se enfrentan entre ellos. Y también es verdad que dentro de los pueblos hay divisiones y hay muchos que quieren ser cabecillas del propio pueblo. Mucho gallo para pocas gallinas o para poco corral. Siempre ha sido esa la expresión más fuerte del pecado original. La división entre nosotros, la fractura entre nosotros. Aunque con una gran dosis de paciencia, Yavé va relacionándose con nosotros como pueblo y ya, el hecho de ser un pueblo comienza a sanar la herida de la división que el pecado ha producido. Comenzamos ahí una línea de sanación.

Esto tiene una importancia muy especial. Aquí se nos remite al punto 1219 que dice: “La Iglesia ha visto en el arca de Noé una prefiguración de la salvación por el bautismo. En efecto, por medio de ella “unos pocos, es decir, ocho personas, fueron salvados a través del agua” (1 P 3,20). Por lo tanto nosotros vemos como una prefiguración de lo que sería la Iglesia que navega en esa barca y quiere como simbolizar la unión de todo género humano. La Iglesia tiene como una de las misiones especiales que se le ha encomendando la unidad. Por eso es una tentación y una perversión en la que tenemos que tener mucho cuidado de no caer nunca. El hecho de que la Iglesia sea puesta al servicio de los Estados, una especie como para canonizar las divisiones entre los pueblos. Vamos a apoyar la guerra entre naciones y la Iglesia sea puesta al servicio de un bando frente al otro. O paradójicamente la Iglesia en una nación apoya a sus soldados y la Iglesia en la otra nación apoya a sus soldados. Están peleando entre ellos. La Iglesia está llamada a prefigurar la unidad del género humano. Y cuando llevamos adelante esa tarea bien llevada, estamos realizando la vocación para la que hemos sido creados por el corazón de Cristo. Prefigurar la unidad igual que aquel arca de Noé estaba prefigurando la unidad del género humano, la Iglesia ha sido llamada para ser madre de unidad, de los hijos que tienen la tendencia siempre a dividirse por eso, por dinero, por orgullo, por banderas, por territorios, por esto y por lo otro. Es madre de unidad. Si el pecado tiende a disgregar, la salvación, la redención, manifestada en la revelación, tiende a unir. Y al principio, como decíamos, lo hace como en un primer momento es imposible, hacerlo entre todo el género humano, pero obviamente lo hace de una manera especial a través de una relación con un pueblo que luego es manifestado como fermento de unidad para toda la humanidad, que el nuevo pueblo es la Iglesia, llamada a formar la unidad entre todos los hombres.

Este es el inicio, la alianza con Noé. La alianza con Noé que quiere, después se manifiesta en ese signo, el signo del arcoíris, el signo de la alianza. Después del diluvio, Dios dio un signo de que no volvería a enviar el diluvio, de que haría alianza con ellos y ese signo es el arcoíris. Verdaderamente es un signo bien significativo, por lo que supone de puente por lo que supone de unión. De unión entre nosotros y de unión con Dios. En realidad la lección que se extrae de ese signo después del diluvio es, para que podamos estar unidos entre nosotros, tenemos que estar unidos con Dios. Cuando el hombre no está en paz con Dios, siempre está en guerra con los que le rodean. En el fondo la causa primera, la causa fundamental de tantas guerras entre nosotros es que no estamos en paz con nosotros mismos y en paz con Dios y entonces estamos siempre proyectando fuera los enemigos y haciendo guerra contra todo el mundo que nos rodea cuando en realidad deberíamos hacer guerra contra nosotros mismos, contra el pecado que anida en nosotros.

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Presencia de Dios

«El verdadero cristiano —afirma el filósofo Von Hildebrand— no debería buscar ni anhelar otra cosa que Jesucristo, y postrado a Sus pies, escucharlo y decir: “Oh Jesús, sé que mi primera obligación es dejarme transformar por Ti, vaciar todo mi ser de las cosas del mundo para que Tú reines y Te despliegues en mí, para que fundido en Tu amor, yo vea todo en Tu luz y que viva y realice todo por Ti y en ti. Sé muy bien que solo si extiendo toda mi alma ante Ti, si escucho Tu voz divina, podrá obrarse en mí aquella transformación. Me propongo, cueste lo que cueste, crear espacio en mi vida sobre todo par aque entren los rayos suaves de Tu luz, y para que yo sea herido por Tu amor incomprensible”» (D. von Hildebrand, p. 103).

Tener un trato de intimidad con Dios significa encontrar un interlocutor en las cosas más pequeñas del día a día; vivir siempre acompañado y nunca encontrarse (absolutamente) solo. Saber que Dios está cerca transmite serenidad en los quehaceres cotidianos, alegría en las dificultades, esperanza en el sufrimiento y agradecimiento en los buenos momentos.

Para que eso se produzca, es necesario abrir hueco para Dios; hacer el propósito de buscarle cada día y en cada momento. Desde luego, lo central es dedicar un rato diario y exclusivo a Dios; pero ese fuego de amor que es la oración se alimenta con la hojarasca de la presencia continua de su amor durante la jornada.

Cuando una persona está enamorada, goza de la presencia de la amada aun cuando no se halle presente. En eso consiste precisamente este maravilloso estado: en la presencia continuada del ser querido; continua y operativa, porque mueve al amante a obrar de una determinada manera, buscando agradar a la otra persona, se encuentre o no delante.

En ocasiones, tenemos presente a Dios con extraordinaria facilidad, porque ha sucedido un acontecimiento por el cual estamos muy agradecidos, o bien porque estamos pasando unos momentos delicados, en que su presencia viene continuamente a la memoria.

Lo habitual, no obstante, es tener que luchar por no olvidarle. Es lógico que nos entreguemos a nuestros quehaceres… y no nos acordemos de Dios. Tenemos que pedirle que jamás nos olvidemos de Él. «No permitas, oh Jesús, que me olvide de mi primera tarea por las obligaciones que me asaltan a diario, y que mi vida se pierda en quehaceres aislados que tengo que resolver», podemos rezar cada uno en lo íntimo de la conciencia. «Tú Señor, que dijiste a Marta en cierta ocasión: “te afanas por muchas cosas, solo una es necesaria”. Envía a mi vida la sagrada sencillez, que sea rebosante del amoroso anhelo de Ti, que te aguarde con “las antorchas encendidas y ceñida la cintura”, que permanezca despierto ante Ti, y que todo lo demás no sea más que fruto de esta vida santa, solo exceso de aquel manantial inagotable (…). ¡No permitas que permanezca sordo a Tu voz en medio de tantos regalos de Tu amor!» (D. von Hildebrand, p. 103).

¿Cómo se obra la presencia de Dios? Hay cuatro modos de dirigirse a Él, y lo normal es que alguno prevalezca según la circunstancias concretas en las que nos encontremos: la acción de gracias, la petición, el desagravio (la petición de perdón por los pecados propios o ajenos) y la adoración. Cualquiera de estas cuatro puede estar presente en nuestro día a día, y todas ellas son regalo de Dios, que abre nuestro entendimiento, espabila nuestros oídos y nos ayuda a encontrarle.
La presencia de Dios tiene, a su vez, distintas formas de expresarse. Puede ser mediante un diálogo normal y (sobre)natural con dios, como quien habla con un amigo. En nuestro horizonte tiene que estar el sueño de contar siempre con Jesús para todo. Tú, ¿qué piensas?, podemos preguntarle cuando tengamos duda o zozobra; tener siempre presente su opinión, contar invariablemente con su gracia. Él nos conoce mejro que nosotros mismos, y está siempre más cerca (y más alto) de lo que imaginamos. Tu autem eras interior intimo meo et superior summo meo,decía san Agustín (Confesiones 3, VI, 11).
Además, la presencia de Dios se obra a través de esas pequeñas frases que son las jaculatorias, dardos lanzados a lo alto, palabras de cariño dirigidas a Jesús o a la Virgen. Las jaculatorias pueden ser frases de la Escritura con las que expresamos nuestro estado de ánimo: «Si quieres, puedes limpiarme» (Mc 1, 40); «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero» (Jn 21, 17); «Rabbuni, que vea» (Mc 10, 51); «Misericordia, Dios mío, por tu bondad» (Sal 50, 3). De algún modo, en la presencia de Dios se hace vivo el evangelio, porque en nuestras propias vidas tenemos sentimientos idénticos a los personajes evangélicos, incluso Jesús mismo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz» (Lc 22, 41): «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). ¡Cuántas veces comulgamos con Jesús en nuestros padecimientos, cuando brotan en nuestro interior estas palabras de abandono en manos de Dios! Mediante estos pequeños dardos de amor, nos identificamos con Cristo y le hacemos partícipe de nuestra interioridad.
Las jaculatorias también pueden ser frases inventadas por nosotros mismos, u oraciones que aprendimos de pequeñitos y que nos vienen a la memoria en el momento menos pensado, o frases de la tradición cristiana cargadas de amor y de significado. «Muestra que eres Madre», han rezado generaciones de cristianos, pidiendo a la Virgen que se extreme en su bondad. ¡Muestra que eres Madre! podmeos decirle cada uno de nosotros al leer estas letras, y experimentar casi inmediatamente la ternura de su amor, la vigilancia amorosa de su mirada.
A la vista de todo este panorama, ¿de qué debemos hablar en la dirección espiritual?, ¿qué debo llevar preparado para esa conversión? Tenemos que poner en común con quien acompaña nuestra alma la eventual presencia o ausencia de Dios, si nos acordamos de Él durante el día, en qué ocasiones y en qué términos. Este tema tiene que estar presente en la dirección espiritual, y no de un modo genérico, sino concreto, específico, fruto de un sincero examen de conciencia. Igual que en los amores humanos, cuando se extingue la presencia, disminuye el amor, y es necesario conservarse siempre vigilantes para vivir en el deseo de agradar al otro. La dirección espiritual es un instrumento extraordinario para mantenernos despiertos para guardar el amor.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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145. La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor[107], donde los miembros se cuidan unos a otros y constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto del Padre. A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios: «Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi dulce tarea […]. De pronto, oí a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él, señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien sostenía. En lugar de una melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimeros […]. No puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad»[108].


[107] Especialmente recuerdo las tres palabras clave «permiso, gracias, perdón», porque «las palabras adecuadas, dichas en el momento justo, protegen y alimentan el amor día tras día»: Exhort. ap. postsin. Amoris laetitia (19 marzo 2016), 133: AAS108 (2016), 363.

[108] Sta. Teresa de Lisieux, Manuscrito C, 29v-30r.

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1.- Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz. Cuando el Papa Pío XI, en 1925, estableció esta fiesta sí quería que Jesucristo fuera rey del mundo, de un mundo que estaba bastante secularizado y de poca práctica cristiana, y con una iglesia mayoritariamente monárquica, sobre todo en su jerarquía. Debemos tener en cuenta que cuando Cristo le dice a Pilato que su reino no es de este mundo, da a la palabra <reino> el mismo sentido que en el que Pilato se lo preguntaba, es decir, un reino con poder político y temporal. En ese sentido, evidentemente Jesús ni era, ni quería ser rey, en este sentido su reino no era ciertamente de este mundo. Pero la frase posterior de Jesús es también muy clara: Jesucristo sí es rey de este mundo y para eso le ha enviado su Padre a este mundo: para ser un rey testigo de la verdad. El reino, por tanto, del que Cristo quiere ser rey es del mundo de la verdad, es decir, del mundo de la justicia, de la paz, del amor, de la vida, de la santidad. De este mundo es del que nosotros, los cristianos, queremos que Cristo sea rey. Pero para que Cristo sea de verdad rey de este mundo, debemos defender y practicar sus súbditos estas mismas virtudes: la santidad y la vida, la justicia, la paz, la verdad y el amor. La pregunta que debemos hacernos todos nosotros ahora es, pues, esta: ¿en nuestra vida diaria somos realmente súbditos del Cristo que decimos que es y queremos que sea nuestro rey? Realmente, nosotros, en nuestra vida de cada día, ¿actuamos de acuerdo con la justicia, con la paz, con la verdad, con el amor?; es decir, ¿somos verdaderos discípulos y seguidores de Cristo? ¿Somos realmente santos, en el sentido que Cristo, nuestro rey, quiere que lo seamos? Pues, si no somos santos en el sentido en que Cristo quiere que lo seamos, no estamos celebrando con pleno sentido esta fiesta que hoy celebramos: la fiesta de “Jesucristo, rey del universo”. Sí, ya sabemos que la santidad cristiana es la meta de nuestra vida y hacia ella caminamos, aunque aún no hayamos llegado a ella. Pero, insisto, si no vivimos caminando hacia ella, hacia la santidad cristiana, no somos verdaderos cristianos, no estamos celebrando con toda dignidad esta fiesta de Jesucristo, rey del universo.

2.- Le dieron (al hijo del hombre), poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin. En el capítulo 7 del libro de Daniel, libro de carácter apocalíptico, aparece la figura del hijo del hombre, proveniente de Dios; los cristianos siempre hemos identificado esta figura con el futuro rey mesiánico, quien salvará definitivamente al pueblo de Israel de cualquier opresión. Aplicando este texto del profeta Daniel a la fiesta de Cristo rey del universo que hoy celebramos deberemos decir que Cristo, el hijo del hombre, quiere ser también nuestro rey y que, como rey, nos salvó también a nosotros. La condición necesaria para que Cristo nos salve debe ser, claro está, que nosotros queramos dejarnos salvar, cumpliendo su mandamiento de amarnos los unos a los otros como él nos amó.

3.- Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. También aquí, en este capítulo primero del libro del Apocalipsis, se nos dice que Cristo es “el príncipe de los reyes de la tierra y que a él debemos dar la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. Pues, como a Cristo sólo podemos darle la gloria y el poder cumpliendo su mandamiento de amarnos los unos a los otros como él nos amó hagamos hoy este propósito. Sólo así, como venimos diciendo, estaremos celebrando con dignidad esta fiesta de Jesucristo rey del universo. Y trabajemos, además, con todas nuestras fuerzas para que Cristo sea rey de nuestro mundo, de la sociedad en la que nosotros vivimos.

Gabriel González del Estal

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Pilato volvió a entrar en el palacio, llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió: «¿Dices esto por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?». Pilato respondió: «¿Soy yo acaso judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Jesús respondió: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis súbditos lucharían para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí». Pilato le dijo: «¿Luego tú eres rey?». Jesús respondió: «Tú lo dices: yo soy rey. Yo para eso nací y para eso he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».

Juan 18, 33-37

Comentario del Evangelio

Cuando pensamos en un rey solemos pensar en grandes castillos y en una gran corona que indica que esa persona manda sobre los demás. Tenemos una imagen de lo que es un rey de los cuentos que hemos leído y de lo que hemos estudiado de Historia sobre los reyes y reinas que ha habido en muchos países.

Pero el reinado de Jesús es diferente, es reinar entregando su vida por los demás. Es la historia de un rey que muere crucificado y que resucita por nosotros, para que todos podamos salvarnos. El reinado de Dios es una muy buena noticia para la humanidad.

 

Para hacer vida el Evangelio

• El reinado de Jesús es entregando su vida por todos nosotros. ¿Conoces a alguna persona que viva su vida dedicado por completo a los demás? Cuenta quien es y qué hace.

• ¿Debemos los cristianos vivir nuestra vida pensando en servir a los demás? ¿Qué podemos hacer para servir a los demás?

• Escribe un compromiso que te ayude a servir a los demás.

 

Oración

No dejes que adoremos el poder y la gloria,
ni el dinero, ni el orden, ni la eficacia,
que tampoco nuestro rey sea el trabajo,

ni la rutina, la comodidad o el bienestar.
No dejes que sigamos adorando otros reyes,
que no se adueñe de nuestra vida nadie,
para que nos mantengamos libres, siempre, por dentro,

para hacerte a Ti el rey de todo nuestro ser.
Queremos adorarte en todo lo pequeño

y hacernos como niños,
que juegan todo el rato,
que no necesitemos fardar ni presumir,
y que nuestro valor únicamente esté en Ti.
Sé Tú mi Rey, mi vida,

mi ilusión, mi esperanza,
mi motor, mi alegría,
mi misión y mi compañía.

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