Introducción al Catecismo de la Iglesia Católica

56.- Una vez rota la unidad del género humano por el pecado, Dios decide desde el comienzo salvar a la humanidad a través de una serie de etapas. La alianza con Noé después del diluvio (cf. Gn 9, 9) expresa el principio de la Economía divina con las «naciones», es decir con los hombres agrupados «según sus países, cada uno según su lengua, y según sus clanes» (Gn 10, 5; cf. Gn 10, 20-31).”

Aquí se nos cita a Gn 10, 5, donde habla de cómo en ese momento la descendencia de Noé se establece según territorios y según lenguas y según lugares. Hay como una especie, por lo tanto, de relación de Yavé con la humanidad a partir, digamos ya, no únicamente de individuos, como había podido ser con Abrahán, sino ya se van constituyendo pueblos. Y Dios se relaciona con el pueblo de Israel de una manera especial. La revelación no es meramente personal, individual, sino que es una relación con los pueblos que tienen un cabecilla, que tienen un representante, que representa a ese pueblo. Ante Yavé esta es la forma. Y alguno podría decir ¿y por qué no podía haber sido de otra manera? Bueno vamos a dejarle a Dios que sea quien gobierne las cosas. Nosotros hoy que tenemos una cultura mucho más individualista, muchísimo más individualista, parece que reivindicamos un tipo de relación como directamente con Dios. Yo sin intermediario ninguno, parece que los demás me estorban. Dios nos ha creado como seres sociales. La comunidad del pueblo tiene un gran peso en nuestra idiosincrasia. Por eso es normal, mucho más todavía en aquellos tiempos, que Yavé se relacione con la humanidad a través de las naciones, a través de los pueblos.

Y eso comienza especialmente a partir de Noé. Hay una unidad rota en el humano. En principio el género humano se había formado como una familia, pero el pecado nos rompe, nos divide. Al formar pueblos, al formar naciones, comenzamos poco a poco la sanación de esa ruptura. Poco a poco, porque también es verdad que los pueblos se enfrentan entre ellos. Y también es verdad que dentro de los pueblos hay divisiones y hay muchos que quieren ser cabecillas del propio pueblo. Mucho gallo para pocas gallinas o para poco corral. Siempre ha sido esa la expresión más fuerte del pecado original. La división entre nosotros, la fractura entre nosotros. Aunque con una gran dosis de paciencia, Yavé va relacionándose con nosotros como pueblo y ya, el hecho de ser un pueblo comienza a sanar la herida de la división que el pecado ha producido. Comenzamos ahí una línea de sanación.

Esto tiene una importancia muy especial. Aquí se nos remite al punto 1219 que dice: “La Iglesia ha visto en el arca de Noé una prefiguración de la salvación por el bautismo. En efecto, por medio de ella «unos pocos, es decir, ocho personas, fueron salvados a través del agua» (1 P 3,20). Por lo tanto nosotros vemos como una prefiguración de lo que sería la Iglesia que navega en esa barca y quiere como simbolizar la unión de todo género humano. La Iglesia tiene como una de las misiones especiales que se le ha encomendando la unidad. Por eso es una tentación y una perversión en la que tenemos que tener mucho cuidado de no caer nunca. El hecho de que la Iglesia sea puesta al servicio de los Estados, una especie como para canonizar las divisiones entre los pueblos. Vamos a apoyar la guerra entre naciones y la Iglesia sea puesta al servicio de un bando frente al otro. O paradójicamente la Iglesia en una nación apoya a sus soldados y la Iglesia en la otra nación apoya a sus soldados. Están peleando entre ellos. La Iglesia está llamada a prefigurar la unidad del género humano. Y cuando llevamos adelante esa tarea bien llevada, estamos realizando la vocación para la que hemos sido creados por el corazón de Cristo. Prefigurar la unidad igual que aquel arca de Noé estaba prefigurando la unidad del género humano, la Iglesia ha sido llamada para ser madre de unidad, de los hijos que tienen la tendencia siempre a dividirse por eso, por dinero, por orgullo, por banderas, por territorios, por esto y por lo otro. Es madre de unidad. Si el pecado tiende a disgregar, la salvación, la redención, manifestada en la revelación, tiende a unir. Y al principio, como decíamos, lo hace como en un primer momento es imposible, hacerlo entre todo el género humano, pero obviamente lo hace de una manera especial a través de una relación con un pueblo que luego es manifestado como fermento de unidad para toda la humanidad, que el nuevo pueblo es la Iglesia, llamada a formar la unidad entre todos los hombres.

Este es el inicio, la alianza con Noé. La alianza con Noé que quiere, después se manifiesta en ese signo, el signo del arcoíris, el signo de la alianza. Después del diluvio, Dios dio un signo de que no volvería a enviar el diluvio, de que haría alianza con ellos y ese signo es el arcoíris. Verdaderamente es un signo bien significativo, por lo que supone de puente por lo que supone de unión. De unión entre nosotros y de unión con Dios. En realidad la lección que se extrae de ese signo después del diluvio es, para que podamos estar unidos entre nosotros, tenemos que estar unidos con Dios. Cuando el hombre no está en paz con Dios, siempre está en guerra con los que le rodean. En el fondo la causa primera, la causa fundamental de tantas guerras entre nosotros es que no estamos en paz con nosotros mismos y en paz con Dios y entonces estamos siempre proyectando fuera los enemigos y haciendo guerra contra todo el mundo que nos rodea cuando en realidad deberíamos hacer guerra contra nosotros mismos, contra el pecado que anida en nosotros.

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