Jueves XXXIII de Tiempo Ordinario

Hoy es 22 de noviembre, jueves de la XXXIII semana de Tiempo Ordinario.

El deseo de encuentro con el Señor, te trae hasta espacio de amor y libertad. Da gracias por ese deseo. Contacta con los sentimientos que en este momento te habitan, ponles nombre y preséntaselos al Señor. Él te recibe con todo lo que traes, con todo lo que te ocupa y te preocupa, con todo lo que tú eres.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 19, 41-44):

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: «¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.»

Jerusalén significa “casa de paz”. Sin embargo Jesús, al contemplarla, llora conmovido por la ceguera de su pueblo. Porque estando llamada a la paz, va a ser conducida a la destrucción y a la guerra. Contempla a este Jesús que se deja tocar y afectar, que siente como propia la suerte de sus hermanos.

Tal vez, también tú, experimentes la turbación, viviendo situaciones que te roban la paz, y que en ocasiones te angustian y te dejan expuesto y a la intemperie. Nombra esas situaciones y suplican andar el camino que te conducen a la paz. Presenta confiado tu propia ceguera al Señor. Suplica sostenerte con confianza sobre la roca firme de Dios.

Trae hasta aquí tantos pueblos que viven en la guerra, que son destruidos y arrasados. Imagina a sus ancianos, a sus mujeres y niños, a tantas víctimas inocentes. Como Jesús, déjate conmover por su dolor.

Dios llega hasta ti en cada acontecimiento, en cada persona, en tu realidad cotidiana. Al acoger de nuevo la lectura del evangelio, pide reconocer el momento de su venida, pide comprender lo que te conduce a la paz. Pide que su presencia no se esconda a tus ojos.

Pero el dolor y la destrucción, no tienen la última palabra. Dios también reconstruye ciudades, y levanta las ruinas. Cierra este tiempo de oración con tu confianza puesta en Dios. Recoge aquello que se ha movido en tu interior. Aquellas luces que abren en ti caminos a la paz, a una mayor entrega, a un mayor reconocimiento de la acción de Dios en tu vida y en la realidad.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

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Liturgia 22 de noviembre

JUEVES. SANTA CECILIA, virgen y mártir, memoria obligatoria

Misa de la memoria (rojo)
 
Misal: 1ª oración propia y el resto del común de mártires (para una virgen mártir) o de vírgenes (para una virgen), o de un domingo del Tiempo Ordinario. Prefacio común o de la memoria. Conveniente la Plegaria Eucarística I.
 
Leccionario: Vol. III.par
• Ap 5, 1-10. El Cordero fue degollado, y con su sangre nos adquirió de toda nación.
Sal 149. Has hecho de nosotros para nuestro Dios un reino de sacerdotes.
• Lc 19, 41-44. ¡Si reconocieras lo que conduce a la paz!
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Antífona de entrada
Esta santa luchó hasta la muerte en defensa de la ley de Dios, y no temió las palabras de los malvados; estaba afianzada sobre roca firme.
Acto penitencial
Hermanos, al celebrar hoy la memoria de la virgen y mártir santa Cecilia, que derramó su sangre por amor a Cristo y se alegra con Él para siempre en la gloria, comencemos la celebración de los sagrados misterios abandonando nuestra antigua vida de pecado y, con el deseo de convertirnos al Señor, pidámosle perdón por nuestros pecados y dejemos que haga nacer la vida nueva en nosotros.
Yo confieso…
Oración colecta
Oh, Dios,
que nos alegras cada año
con la celebración de santa Cecilia,
concédenos imitar los ejemplos
que piadosamente hemos recibido de tu sierva,
y que proclaman las maravillas de Cristo, tu Hijo, en sus servidores.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Oración de los fieles
Oremos ahora a favor de todos los hombres a Dios nuestro Padre, que distribuye sus dones entre nosotros.
 
1.- Por la Iglesia, extendida por todo el mundo; para que sea fiel a la misión que Cristo le ha encomendado. Roguemos al Señor.
2.- Por las vocaciones sacerdotales; para que el Señor llame a muchos a seguirlo en el ministerio sacerdotal. Roguemos al Señor.
3.- Por los gobernantes de las naciones; para que trabajen por el bien común y defiendan la justicia, el derecho, la paz y la igualdad. Roguemos al Señor.
4.- Por todos los que consagran su vida a la música; para que descubran en el arte una manera de alabar a Dios y de cantar sus maravillas. Roguemos al Señor.
5.- Por nosotros, convocados por Cristo para celebrar la Eucaristía; para que seamos fieles testigos del Evangelio en el mundo. Roguemos al Señor.
Atiende, Padre, nuestras súplicas y haz que nuestro esfuerzo multiplique los frutos de tu proviencia, con la esperanza de escuchar que nos llames siervos buenos y fieles, y entrar así en el gozo de tu reino. Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las ofrendas
Señor, santifica con tu bendición
estas ofrendas que te presentamos,
y concédenos la gracia
de vvir encendidos en el fuego de tu amor
que dio fuerza a la mártir santa Cecilia
para soportar los tormentos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión   Mt 16, 24
El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga -dice el Señor.
Oración después de la comunión
Señor, que el sacramento que hemos recibido
nos dé la fortaleza con que la mártir santa Cecilia
se mostró siempre fiel a tu servicio
y vencedora en el tormento.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Santa Cecilia

SANTA CECILIA
(s. I)

La segunda después de la Madre de Dios es, entre las vírgenes, Santa Cecilia: modelo de todas, pues guardó la virginidad aun siendo desposada y la sublimó con su martirio glorioso. Así lo dice el obispo de la alta Edad Media Adhelmo en su libro De virginitate, que publicó la Patrología de Migne en su volumen 89.

Y este alto aprecio lo confirmó la liturgia, que pone a Santa Cecilia, con solas otras seis vírgenes, en el canon de la misa; y es la que más basílicas tuvo en Roma y quizá más templos en toda la cristiandad; la más ensalzada por pintores y escultores, y la más celebrada por los músicos, que la aclaman por su patrona celestial.

De ello, aparte de sus preciosas reliquias, cuya famosa historia es un monumento, nos han quedado las actas martiriales, Passio Stae, Caeciliae, cuya historicidad substancial proclaman los más sabios arqueólogos antiguos y modernos, como Baronio. Rossi, Duchesne, Allard, Guéranger, Wilpert, Kirsch, Marucchi.

En estas actas se inspiraron todos sus biógrafos y con sus episodios se hicieron sus oficios litúrgicos y se compusieron sus himnos hasta en las liturgias milanesa y mozárabe.

Y en realidad todo es ejemplar y bello en cuanto conocemos históricamente de la vida de Santa Cecilia.

Ya comienza su linaje y el de su esposo Valeriano por ser de los más ilustres de la nobleza romana.

La gens Caecilia, o sea el linaje de los Cecilios, en la rama de nuestra mártir es ya egregia desde el año 316 de la fundación de Roma—año 442 a. de J. C.—en cónsules, pretores y senadores, emparentados con los nobles Metelos y Pomponios.

Y antepasadas de Santa Cecilia fueron dos celebérrimas matronas.

Caya Cecilia Tanaquil, mujer de Tarquinio Prisco, quedó en la historia como prototipo de esposa ejemplar. Tanto que en los matrimonios de jóvenes patricios se prometía la fidelidad con la fórmula: Ubi tu Caius, ego Caia: «Donde tú seas Cayo, seré yo Caya». Algo semejante a nuestro Tanto monta de los Reyes Católicos. En el Capitolio tenía Caya su estatua y en el templo de Sagus se guardaban, como símbolo de sus virtudes familiares, la rueca y el huso con que había hilado.

Otra Cecilia Metela, esposa que fue  del grande Pompeyo, mereció de Plutarco en sus Vidas paralelas esta etopeya, que, a falta de otros datos positivos, nos dará una idea de lo que sería nuestra Santa en su formación humana:

«Tenía Cecilia Metela, además de su gran belleza, otras dotes para cautivar a los hombres. Era discretamente entendida en letras, tocaba muy bien la lira, estudió geometría y gustaba de proponer con talento y fruto cuestiones filosóficas. Pera lo principal era que no se le vió frivolidad ni afectado empaque y no era tan vanidosa como lo suelen ser las doncellas de tantas prendas y erudición».

En relación con España, un Cecilio, el Macedónico, hizo la campaña de Viriato; otro, Cecilio el Pío, acompañó a Pompeyo en la de Sertorio. Y dos ciudades llevan el nombre de su familia: Cáceres, que se llamó Castra Cecilia, y Medellín o Metellina, fundada por Cecilia Metelo.

No era menor la nobleza de su esposo Valeriano, pues pertenecía a la que nuestro excelso poeta Aurelio Prudencio Clemente llamó la gens infulata Valeriorum, linaje Valerio de muchas ínfulas o, como diríamos hoy, de muchos pergaminos y bastones de mando.

Un Valerio 500 años antes de Jesucristo vindicó la libertad de Roma contra la opresión de los dos Tarquinios. Su nieto rechazó a los volscos, que intentaron invadir la ciudad, y unión al pueblo y al senado con sus leyes horacio-valerias. Otro familiar, el célebre historiador Valerio Máximo, tropieza en sus historias patrióticas con grandes triunfadores Valerios. Recientes excavaciones arqueológicas han demostrado que el solar de la casa de Valeriano y Cecilia estaba junto a la plaza que llamaban Statuae Valerianae. Allí fue  martirizada Santa Cecilia y aún hoy se levanta su basílica.

También los Valerios vinieron ,a España: en la Celtiberia fundaron una colonia que aún se llama Valeria la Vieja; y hay en Barcelona dos inscripciones de estas familias enlazadas: la de Valeria, esposa de Cacillo, y la de Cecilio Basso, esposo de Valeria.

Cecilia debió de quedar muy pronto huérfana, pues en la juventud de sus desposorios y martirio ya tenía la libre disposición de sus casas y fortuna.

Su manera de hablar y proceder nos demuestra que estaba, como correspondía a su prosapia, instruida por un litterator en leer, escribir y en las buenas artes, entre las que se encontraba la música.

A los trece .años, edad de la emancipación, recibiría el bautismo, que en el siglo II solía retardarse hasta esa edad. Quizá fuera cristiana desde su nacimiento; en las inscripciones de los tiempos apostólicos hay lápidas de Cecilios y sus familias emparentadas ya cristianas.

Las actas nos revelan su trato con el obispo Urbano, que la instruiría en la fe: y estaba tan bien formada en ella, que «traía, dice su Passio, de continuo los evangelios junto al corazón escondidos en los pliegues de la túnica».

De su caridad nos certifica el detalle de que allá en la vía Appia, afueras de Roma, junto a la tumba de los Cecilios, reunía a los pobres para darles limosna; y a ellos envió a Valeriano para que le enseñaran el refugio del obispo Urbano, auxiliar del Papa, que le había de catequizar.

Su oración se deduce no sólo de la vieja inscripción que dice: «Esta es la casa donde oraba Santa Cecilia», sino también de que pidió a Dios tiempo para consagrar como templo su domicilio antes de morir.

Y, en fin, su pureza era tal que la ofrendó a Dios con su voto secreto de perpetua virginidad. Tan secreto que ni sus tutores, cristianos o no, lo conocían, y por eso, como era costumbre, le buscaron, en linaje tan noble como era el suyo, un esposo, que había de ser el joven Valeriano; y, por añadidura, era todavía infiel.

Cecilia jurídicamente debía aceptar el compromiso matrimonial, pero en su oración había logrado del Señor que le enviara visiblemente al ángel de su guarda con la promesa de que defendería su virginidad.

La situación era comprometida, pues aunque entonces no eran raros los matrimonios de infieles y paganos, y bien sabría Cecilia que algunas mujeres convirtieron a sus esposos, con todo, en la vida íntima, no podría disimular la señal de la cruz, los ayunos, oraciones, asistencia a los sagrados ritos. Así es que, fiada en Dios y confortada por el ángel, decidió plantear inmediatamente la delicada situación.

Era, pues, el mismo día de la boda. Podemos describirla con el ceremonial usado entonces, y hasta confirmado en el traje nupcial con los vestidos que aún guardan sus reliquias.

La casa de los Caecilii en el Campo de Marte tenía el atrio, el impluvio y otros aposentos rebosantes de convidados. Dentro, en el gyneceo, las amigas de Cecilia la ayudaban en el adorno de su atuendo nupcial. Una túnica de lana blanca ceñida con una banda del mismo color, los cabellos cubiertos con el flammeum, fino velo de color de llama, que le cubría la frente y las seis trenzas de su peinado y caía sobre el vestido en pliegues elegantes.

Llega la hora y se abren las cortinas del tablinum, aparece Cecilia ante la expectación de los convidados radiante de hermosura y distinción. De antemano se habían firmado las capitulaciones matrimoniales.

Al resplandor de las antorchas que llevaban los convidados, avanza Cecilia acompañada de su tutor; lleva en las manos el huso y la rueca; delante dos niños patrimi, es decir, cuyos padres no habían muerto, sembraban de flores el camino. Un coro de tibícines y cantores animaban el cortejo. El pueblo bordaba el trayecto de aclamaciones.

Llegados al solar de los Valerios, adornado de flores, colgaduras y cortinas de lana blanca, se detiene la comitiva en el umbral; los acompañantes claman: Thallassiol

Aparece Valeriano y, ritualmente, pregunta a Cecilia:

—¿Quién eres tú?

—Donde tú Cayo, seré yo Caya, dice la novia como su antepasada Cecilia Tanaquil.

Valeriano le presenta un vaso de cristal con agua límpida, una llave de casa y la invita a sentarse sobre un tapiz de lana con el huso y la rueca en las manos.

Hermoso simbolismo de las virtudes y ocupaciones familiares, muy semejante, a pesar de ser pagano, al del libro bíblico de los Proverbios, que comentó fray Luis de León en La perfecta casada.

Siguió el espléndido convite nupcial, se multiplicaban los plácemes, y los poetas entonaban los himnos y epitalamios al son de sus liras.

Y entretanto… Es el momento culminante que nos han guardado las actas:

Canentibus organis… Sonaban los instrumentos mientras Cecilia en su corazón cantaba al Señor solamente diciendo: «Hágase mi corazón inmaculado para que no quede confundida».

Cuando todos ya se habían marchado, Cecilia dijo a su esposo:

—Querido Valeriano: tengo un secreto que revelarte, si me juras guardar secreto.

Lo prometió y Cecilia prosiguió:

—Tengo un ángel de Dios que guarda mi virginidad: si te acercaras a mí con amor impuro, desenvainaría su espada y cortaría en flor tu vida; pero si me amas y respetas mi pureza, se hará tu amigo y nos colmará de bienes.

Inspirado por Dios Valeriano y trémulo de emoción le dijo:

—Para creer tus palabras tendría que ver al ángel y ver demostrado que no es otro hombre el que ocupa tu corazón. De ser así, los dos moriríais a mis manos. Cecilia replicó:

—Para ver al ángel tendrás que creer en un solo Dios y ser purificado. Vete al tercer miliario de la vía Appia; verás allí un grupo de mendigos que me conocen, salúdalos de mi parte, diles que te lleven al buen anciano Urbano y él te hará conocer a Dios, te dará un vestido de color de nieve, y luego, purificado, vuelve a casa y verás al ángel.

Apenas amanecido fue  al Pagus Triopius: junto al llamado locus trucidatorum, por los cristianos allí sacrificados, estaban las catacumbas de Pretextato y encontró al obispo Urbano.

Las actas hablan de una visión celestial en la que se les apareció un anciano vestido de blanco con un libro en las manos que decía:

«Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Señor, Padre de todos.»

—¿Crees ya o dudas aún?—le dijo Urbano.

—Nada más verdadero bajo el firmamento—respondió el joven.

Y tras rápida catequesis le concedió el bautismo.

No hay razón para dudar, por ser sobrenatural, de esta visión, pues eran frecuentes en la primitiva Iglesia. Ni tampoco es increíble el que vuelto a su casa encontrara Valeriano a su Cecilia junto al ángel, que tenía en sus manos dos coronas de fragantes rosas purpúreas, que ofreció a cada uno de los desposados, promesa y símbolo de su triunfo martirial.

—Pídeme, Valeriano, la gracia que más ansías—añadió el ángel.

—Nada quiero más en el mundo que a mi hermano Tiburcio. Concededme que él confiese como yo a Jesucristo. Llegó en esto Tiburcio y, sorprendido, exclamó: 

—¿Qué aroma es este de rosas y de lirios?

Aquí las actas, con fundamento documental y recuerdos de la tradición, trenzan un bello diálogo redaccional con doctas catequesis de Cecilia, tomadas del libro De pudicitia, de Tertuliano. Con la conversión y bautismo de Tiburcio concluye la emocionada escena.

La corta vida matrimonial de los esposos pudiera describirse como por aquellos años lo hacía Tertuliano en su libro Ad uxorem: 

«Juntos oran, juntos se postran ante Dios, juntos ayunan y se instruyen. juntos van a la iglesia a recibir a Cristo. Comparten las alegrías y las preocupaciones. Ningún secreto, ninguna discusión, ningún disgusto. A ocultas van a repartir sus limosnas. Nada impide que hagan la señal de la cruz, sus devociones externas, sus oraciones. Juntos cantan los himnos y salmos; y sólo rivalizan en servir mejor a Jesucristo.» Era el año 176.

Marzo del 177; aparece en escena un prefecto de la ciudad, Almaquio, que en realidad era sólo un pretor subalterno; Aemaquio o Amaquio, según Guéranguer y Rossi.

Por denuncias de un colega llamado Tarquinio llamó Almaquio a su tribunal a los dos hermanos. Ante su confesión les ofrece un libelo o certificado de haber sacrificado a los dioses, sin haberlo hecho, por unos miles de sextercios. El diálogo parece copiado de las actas archivadas en los escrinios judiciales. Se negaron en absoluto aun a disimular su fe cristiana.

Manda Almaquio azotarlos; los entrega luego a Máximo con un pelotón de soldados con orden de ejecutarlos a la madrugada siguiente.

Aún pudo de noche visitarlos Cecilia, acompañada de Urbano. Nuevamente el ángel se apareció a todos; lo vió también Máximo, que se convirtió y fue  con Valeriano y Tiburcio degollado. El antiquísimo (s. v) martirologio jeronimiano pone con Máximo también a otros compañeros.

Cecilia recogió los cadáveres, los embalsamó y, depositados en un sarcófago, los colocó en un lóculo de las catacumbas de Pretextato.

Poco duró la viudez de Cecilia. Sintetizan las actas estos meses en la expresiva frase: Quasi apis argumentosa, como una diligente abeja servía al Señor. Recientes excavaciones persuaden de que las catacumbas de Calixto fueron aquellos días iniciadas por Cecilia en terrenos familiares. En ellas preparó su sepultura, allí habían de tener sepulcro varios papas y mártires celebrados en elegantes inscripciones poéticas del papa español San Dámaso, que delicadamenite alude a Santa Cecilia, «la que ambicionó defender su pudor virginal».

Así fue ; a los cinco meses, Almaquio vio la manera de confiscar los bienes de Cecilia y apoderarse de ellos. La llama a su tribunal, la ordena ofrendar incienso a los ídolos; hipócritamente, se duele de que tenga que marchitar su florida juventud y, tras una escena que patéticamente amplifica la Passio, decreta su muerte. La llevan a su casa, detenida bajo custodia, hasta que llegara el día de la ejecución, que se retrasó—para llevarla a cabo sin que en el pueblo pudiera haber protestas o alborotos—hasta los próximos días del 4 al 19 de noviembre, en que se celebraban los Ludi Romani en el Coliseo y el Circo Máximo.

Aprovechó aquella tregua Cecilia para catequizar a muchos—400 dicen las actas—, que se convirtieron por su ejemplo, y disponer de sus bienes en favor de los pobres y de la Iglesia.

Llegado su día, la mandan encerrar en el caldarium o cuarto de la calefacción, por donde pasaban los tubos del agua calentada en el hipocaustum. Allí tenía que morir asfixiada, como Octavia, la esposa de Nerón y Fausta, la esposa de Constantino.

Alguien ha leído en viejos códices: Candentibus organis; organa se llamaban las tuberías. Y entonces se interpretaría que, estando al rojo los elementos de la calefacción, Cecilia seguía entonando sus cánticos al Señor.

Ello es que pasaba el tiempo y no moría. Llaman al lictor que la degüelle: le da tres tajos (vacilante quizá de temor la espada) y, como la ley no permitía un golpe más, la dejaron por muerta.

Aún vivió tres días, y al fin expiró con sonrisa angelical, con las manos enlazadas de manera que una mostrara el índice, tres dedos la otra, confesando la unidad de Dios y trinidad de personas.

Así, en blanquísimo mármol de Carrara, la representa Maderna en la bellísima estatua yacente de la basílica transtiberina.

JOSÉ ARTERO

Laudes – Santa Cecilia

SANTA CECILIA, virgen y mártir. (MEMORIA)

 

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los mártires.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los mártires.

Himno: PALABRA DEL SEÑOR YA RUBRICADA

Palabra del Señor ya rubricada
es la vida del mártir ofrecida
como prueba fiel de que la espada
no puede ya truncar la fe vivida.

Fuente de fe y de luz es su memoria,
coraje para el justo en la batalla
del bien, de la verdad, siempre victoria
que, en vida y muerte, el justo en Cristo halla.

Martirio es el dolor de cada día,
si en Cristo y con amor es aceptado,
fuego lento de amor que, en la alegría
de servir al Señor, es consumado.

Concédenos, oh Padre, sin medida,
y tú, Señor Jesús crucificado,
el fuego del Espíritu de vida
para vivir el don que nos has dado. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

Salmo 56 – ORACIÓN MATUTINA DE UN AFLIGIDO.

Misericordia, Dios mío, misericordia,
que mi alma se refugia en ti;
me refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la calamidad.

Invoco al Dios Altísimo,
al Dios que hace tanto por mí:
desde el cielo me enviará la salvación,
confundirá a los que ansían matarme,
enviará su gracia y su lealtad.

Estoy echado entre leones
devoradores de hombres;
sus dientes son lanzas y flechas,
su lengua es una espada afilada.

Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.

Han tendido una red a mis pasos
para que sucumbiera;
me han cavado delante una fosa,
pero han caído en ella.

Mi corazón está firme, Dios mío,
mi corazón está firme.
Voy a cantar y a tocar:
despierta, gloria mía;
despertad, cítara y arpa;
despertaré a la aurora.

Te daré gracias ante los pueblos, Señor;
tocaré para ti ante las naciones:
por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza a las nubes.

Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

Ant 2. «Mi pueblo se saciará de mis bienes», dice el Señor.

Cántico: FELICIDAD DEL PUEBLO REDIMIDO Jr 31, 10-14

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor,
anunciadla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño;
porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte.»

Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión,
afluirán hacia los bienes del Señor:
hacia el trigo y el vino y el aceite,
y los rebaños de ovejas y de vacas;
su alma será como un huerto regado,
y no volverán a desfallecer.

Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas;
alimentaré a los sacerdotes con manjares sustanciosos,
y mi pueblo se saciará de mis bienes.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Mi pueblo se saciará de mis bienes», dice el Señor.

Ant 3. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.

Salmo 47 – HIMNO A LA GLORIA DE JERUSALÉN

Grande es el Señor y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra:

el monte Sión, vértice del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar.

Mirad: los reyes se aliaron
para atacarla juntos;
pero, al verla, quedaron aterrados
y huyeron despavoridos;

allí los agarró un temblor
y dolores como de parto;
como un viento del desierto,
que destroza las naves de Tarsis.

Lo que habíamos oído lo hemos visto
en la ciudad del Señor de los ejércitos,
en la ciudad de nuestro Dios:
que Dios la ha fundado para siempre.

¡Oh Dios!, meditamos tu misericordia
en medio de tu templo:
como tu renombre, ¡oh Dios!, tu alabanza
llega al confín de la tierra;

tu diestra está llena de justicia:
el monte Sión se alegra,
las ciudades de Judá se gozan
con tus sentencias.

Dad la vuelta en torno a Sión,
contando sus torreones;
fijaos en sus baluartes,
observad sus palacios,

para poder decirle a la próxima generación:
«Este es el Señor, nuestro Dios.»
Él nos guiará por siempre jamás.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.

LECTURA BREVE   2Co 1, 3-5

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo; él nos consuela en todas nuestras luchas, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios. Porque si es cierto que los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, también por Cristo rebosa nuestro consuelo.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor es mi fuerza y mi energía.
R. El Señor es mi fuerza y mi energía.

V. Él es mi salvación.
R. Y mi energía.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. El Señor es mi fuerza y mi energía.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Cuando terminaba la aurora, Cecilia exclamó: «Ánimo, soldados de Cristo, despojaos de las obras de las tinieblas y vestíos la armadura de la luz.»

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cuando terminaba la aurora, Cecilia exclamó: «Ánimo, soldados de Cristo, despojaos de las obras de las tinieblas y vestíos la armadura de la luz.»

PRECES

Celebremos, amados hermanos, a Jesús, el testigo fiel, y al recordar hoy a los santos mártires sacrificados a causa de la palabra de Dios, aclamémosle diciendo:

Nos has comprado, Señor, con tu sangre.

Por la intercesión de los santos mártires que entregaron libremente su vida como testimonio de la fe,
concédenos, Señor, la verdadera libertad de espíritu.

Por la intercesión de los santos mártires que proclamaron la fe hasta derramar su sangre,
concédenos, Señor, la integridad y constancia de la fe.

Por la intercesión de los santos mártires que soportando la cruz siguieron tus pasos,
concédenos, Señor, soportar con generosidad las contrariedades de la vida.

Por la intercesión de los santos mártires que blanquearon su manto en la sangre del Cordero,
concédenos, Señor, vencer las obras del mundo y de la carne.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Dirijamos ahora nuestra oración al Padre que está en los cielos, diciendo:

Padre nuestro…

ORACION

Acoge con bondad nuestras súplicas, Señor, y, por intercesión de santa Cecilia, dígnate escucharnos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lecturas – Santa Cecilia

SANTA CECILIA, virgen y mártir. (MEMORIA)

El culto de Santa Cecilia, bajo cuyo nombre fue construída en Roma una basílica el siglo V, se difundió ampliamente a causa del relato de su martirio, en el que es ensalzada como ejemplo perfectísimo de la mujer cristiana, que abrazó la virginidad y sufrió el martirio por amor a Cristo.

 

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los mártires.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: TESTIGOS DE AMOR

Testigos de amor
de Cristo Señor,
mártires santos.

Rosales en flor
de Cristo el olor,
mártires santos.

Palabras en luz
de Cristo Jesús,
mártires santos.

Corona inmortal
del Cristo total,
mártires santos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Salmo 17, 31-51 IV – EL SEÑOR REVELA SU PODER SALVADOR

Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.

¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto;

él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Ant 2. Tu diestra, Señor, me sostuvo.

Salmo 17 V

Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos
y no flaquearon mis tobillos;

yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo;
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.

Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.

Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebataba el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.

Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.

Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tu diestra, Señor, me sostuvo.

Ant 3. Viva el Señor, sea ensalzado mi Dios y Salvador.

Salmo 17 VI

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dió el desquite
y me sometió los pueblos;

que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.

Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Viva el Señor, sea ensalzado mi Dios y Salvador.

V. Ábreme, Señor, los ojos.
R. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad.

PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del profeta Daniel 1, 1-21

UNOS JÓVENES FIELES DE ISRAEL PRESTAN SERVICIO EN EL PALACIO DEL REY DE BABILONIA

El año tercero de Joaquín, rey de Judá, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén y la sitió. El Señor entregó en sus manos a Joaquín, rey de Judá, así como parte de los objetos de la casa de Dios. Él los llevó al país de Senaar y depositó los objetos en la casa del tesoro de sus dioses.

El rey mandó a Aspenaz, jefe de sus eunucos, tomar de entre los hijos de Israel, de estirpe real o de familia noble, algunos jóvenes, sin defecto corporal, de buen parecer, diestros en toda sabiduría, cultos e inteligentes, idóneos para servir en la corte del rey, con el fin de enseñarles la escritura y la lengua de los caldeos. El rey les asignó una ración diaria de sus manjares y del vino de su mesa. Deberían ser educados durante tres años, después de lo cual entrarían al servicio del rey. Entre ellos se encontraban Daniel, Ananías, Misael y Azarías, que eran judíos. El jefe de los eunucos les puso nuevos nombres: Daniel se llamaría Beltsasar, Ananías Sadrac, Misael Mesac y Azarías Abed-Negó. Daniel, que tenía el propósito de no contaminarse compartiendo los manjares del rey y el vino de su mesa, suplicó al jefe de los eunucos que le ahorrara esta contaminación. Dios concedió a Daniel hallar favor y gracia ante el jefe de los eunucos. Éste, sin embargo, dijo a Daniel:
«Temo al rey, mi señor; él ha asignado vuestra comida y vuestra bebida, y si llega a ver vuestros rostros más macilentos que los de los jóvenes de vuestra edad, expondríais mi cabeza a los ojos del rey.»

Daniel dijo entonces al guarda a quien el jefe de los eunucos había confiado el cuidado de Daniel, Ananías, Misael y Azarías:

«Pon a prueba, te ruego, a tus siervos durante diez días: désenos de comer legumbres y de beber agua; después puedes comparar nuestro aspecto con el de los jóvenes que comen los manjares del rey, y hacer con tus siervos con arreglo a lo que hayas visto.»

Aceptó él la propuesta y los puso a prueba durante diez días. Al cabo de los diez días se vio que tenían mejor aspecto y semblante que todos los jóvenes que comían los manjares del rey. Desde entonces el guarda retiró sus manjares y el vino que tenían que beber, y les dio legumbres. A estos cuatro jóvenes les concedió Dios ciencia e inteligencia en toda clase de letras y sabiduría. Particularmente Daniel poseía el discernimiento de visiones y sueños.

Al cabo del tiempo establecido por el rey para que le fueran presentados los jóvenes, el jefe de los eunucos los llevó ante Nabucodonosor. El rey conversó con ellos, y entre todos no se encontró ningún otro como Daniel, Ananías, Misael y Azarías. Quedaron, pues, al servicio del rey. Y, en cuantas cosas de sabiduría o de inteligencia los consultó el rey, los encontró diez veces superiores a todos los magos y adivinos que había en todo su reino. Daniel permaneció allí hasta el año primero del rey Ciro.

RESPONSORIO    Cf. Dn 1, 17. 20

R. Dios les concedió ciencia y sabiduría y confirmó en ellos la gracia de su espíritu. * El Señor llenó sus mentes de inteligencia.
V. El rey encontró en ellos respuesta a cuantas cosas de sabiduría o de inteligencia les consultó.
R. El Señor llenó sus mentes de inteligencia.

SEGUNDA LECTURA

De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos
(Salmo 32, sermón 1, 7-8: CCL 38, 253-254)

CANTAD A DIOS CON MAESTRÍA Y CON JÚBILO

Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo. Despojaos de lo antiguo, ya que se os invita al cántico nuevo. Nuevo hombre, nuevo Testamento, nuevo cántico. El nuevo cántico no responde al hombre antiguo. Sólo pueden aprenderlo los hombres nuevos, renovados de su antigua condición por obra de la gracia y pertenecientes ya al nuevo Testamento, que es el reino de los cielos. Por él suspira todo nuestro amor y canta el cántico nuevo. Pero es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar el cántico nuevo.

Cantadle un cántico nuevo, cantadle con maestría. Cada uno se pregunta cómo cantará a Dios. Cántale, pero hazlo bien. Él no admite un canto que ofenda sus oídos. Cantad bien, hermanos. Si se te pide que cantes para agradar a alguien entendido en música, no te atreverás a cantarle sin la debida preparación musical, por temor a desagradarle, ya que él, como perito en la materia, descubrirá unos defectos que pasarían desapercibidos a otro cualquiera. ¿Quién, pues, se prestará a cantar con maestría para Dios, que sabe juzgar del cantor, que sabe escuchar con oídos críticos? ¿Cuándo podrás prestarte a cantar con tanto arte y maestría que en nada desagrades a unos oídos tan perfectos?

Mas he aquí que él mismo te sugiere la manera cómo has de cantarle: no te preocupes por las palabras, como si éstas fuesen capaces de expresar lo que deleita a Dios. Canta con júbilo. Éste es el canto que agrada a Dios, el que se hace con júbilo. ¿Qué quiere decir cantar con júbilo? Darse cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón. En efecto, los que cantan, ya sea en la siega, ya en la vendimia o en algún otro trabajo intensivo, empiezan a cantar con palabras que manifiestan su alegría, pero luego es tan grande la alegría que los invade que, al no poder expresarla con palabras, prescinden de ellas y acaban en un simple sonido de júbilo.

El júbilo es un sonido que indica la incapacidad de expresar lo que siente el corazón. Y este modo de cantar es el más adecuado cuando se trata del Dios inefable. Porque, si es inefable, no puede ser traducido en palabras. Y, si no puedes traducirlo en palabras y, por otra parte, no te es lícito callar, lo único que puedes hacer es cantar con júbilo. De este modo, el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por unos vocablos. Cantadle con maestría y con júbilo.

RESPONSORIO    Sal 70, 8. 23; 9 A, 3

R. Llena está mi boca de tu alabanza y de tu gloria, todo el día; * te aclamarán mis labios, Señor.
V. Me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre, ¡oh Altísimo!
R. Te aclamarán mis labios, Señor.

ORACIÓN.

OREMOS,
Acoge con bondad nuestras súplicas, Señor, y, por intercesión de santa Cecilia, dígnate escucharnos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.