Presencia de Dios

«El verdadero cristiano —afirma el filósofo Von Hildebrand— no debería buscar ni anhelar otra cosa que Jesucristo, y postrado a Sus pies, escucharlo y decir: «Oh Jesús, sé que mi primera obligación es dejarme transformar por Ti, vaciar todo mi ser de las cosas del mundo para que Tú reines y Te despliegues en mí, para que fundido en Tu amor, yo vea todo en Tu luz y que viva y realice todo por Ti y en ti. Sé muy bien que solo si extiendo toda mi alma ante Ti, si escucho Tu voz divina, podrá obrarse en mí aquella transformación. Me propongo, cueste lo que cueste, crear espacio en mi vida sobre todo par aque entren los rayos suaves de Tu luz, y para que yo sea herido por Tu amor incomprensible»» (D. von Hildebrand, p. 103).

Tener un trato de intimidad con Dios significa encontrar un interlocutor en las cosas más pequeñas del día a día; vivir siempre acompañado y nunca encontrarse (absolutamente) solo. Saber que Dios está cerca transmite serenidad en los quehaceres cotidianos, alegría en las dificultades, esperanza en el sufrimiento y agradecimiento en los buenos momentos.

Para que eso se produzca, es necesario abrir hueco para Dios; hacer el propósito de buscarle cada día y en cada momento. Desde luego, lo central es dedicar un rato diario y exclusivo a Dios; pero ese fuego de amor que es la oración se alimenta con la hojarasca de la presencia continua de su amor durante la jornada.

Cuando una persona está enamorada, goza de la presencia de la amada aun cuando no se halle presente. En eso consiste precisamente este maravilloso estado: en la presencia continuada del ser querido; continua y operativa, porque mueve al amante a obrar de una determinada manera, buscando agradar a la otra persona, se encuentre o no delante.

En ocasiones, tenemos presente a Dios con extraordinaria facilidad, porque ha sucedido un acontecimiento por el cual estamos muy agradecidos, o bien porque estamos pasando unos momentos delicados, en que su presencia viene continuamente a la memoria.

Lo habitual, no obstante, es tener que luchar por no olvidarle. Es lógico que nos entreguemos a nuestros quehaceres… y no nos acordemos de Dios. Tenemos que pedirle que jamás nos olvidemos de Él. «No permitas, oh Jesús, que me olvide de mi primera tarea por las obligaciones que me asaltan a diario, y que mi vida se pierda en quehaceres aislados que tengo que resolver», podemos rezar cada uno en lo íntimo de la conciencia. «Tú Señor, que dijiste a Marta en cierta ocasión: «te afanas por muchas cosas, solo una es necesaria». Envía a mi vida la sagrada sencillez, que sea rebosante del amoroso anhelo de Ti, que te aguarde con «las antorchas encendidas y ceñida la cintura», que permanezca despierto ante Ti, y que todo lo demás no sea más que fruto de esta vida santa, solo exceso de aquel manantial inagotable (…). ¡No permitas que permanezca sordo a Tu voz en medio de tantos regalos de Tu amor!» (D. von Hildebrand, p. 103).

¿Cómo se obra la presencia de Dios? Hay cuatro modos de dirigirse a Él, y lo normal es que alguno prevalezca según la circunstancias concretas en las que nos encontremos: la acción de gracias, la petición, el desagravio (la petición de perdón por los pecados propios o ajenos) y la adoración. Cualquiera de estas cuatro puede estar presente en nuestro día a día, y todas ellas son regalo de Dios, que abre nuestro entendimiento, espabila nuestros oídos y nos ayuda a encontrarle.
La presencia de Dios tiene, a su vez, distintas formas de expresarse. Puede ser mediante un diálogo normal y (sobre)natural con dios, como quien habla con un amigo. En nuestro horizonte tiene que estar el sueño de contar siempre con Jesús para todo. Tú, ¿qué piensas?, podemos preguntarle cuando tengamos duda o zozobra; tener siempre presente su opinión, contar invariablemente con su gracia. Él nos conoce mejro que nosotros mismos, y está siempre más cerca (y más alto) de lo que imaginamos. Tu autem eras interior intimo meo et superior summo meo,decía san Agustín (Confesiones 3, VI, 11).
Además, la presencia de Dios se obra a través de esas pequeñas frases que son las jaculatorias, dardos lanzados a lo alto, palabras de cariño dirigidas a Jesús o a la Virgen. Las jaculatorias pueden ser frases de la Escritura con las que expresamos nuestro estado de ánimo: «Si quieres, puedes limpiarme» (Mc 1, 40); «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero» (Jn 21, 17); «Rabbuni, que vea» (Mc 10, 51); «Misericordia, Dios mío, por tu bondad» (Sal 50, 3). De algún modo, en la presencia de Dios se hace vivo el evangelio, porque en nuestras propias vidas tenemos sentimientos idénticos a los personajes evangélicos, incluso Jesús mismo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz» (Lc 22, 41): «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). ¡Cuántas veces comulgamos con Jesús en nuestros padecimientos, cuando brotan en nuestro interior estas palabras de abandono en manos de Dios! Mediante estos pequeños dardos de amor, nos identificamos con Cristo y le hacemos partícipe de nuestra interioridad.
Las jaculatorias también pueden ser frases inventadas por nosotros mismos, u oraciones que aprendimos de pequeñitos y que nos vienen a la memoria en el momento menos pensado, o frases de la tradición cristiana cargadas de amor y de significado. «Muestra que eres Madre», han rezado generaciones de cristianos, pidiendo a la Virgen que se extreme en su bondad. ¡Muestra que eres Madre! podmeos decirle cada uno de nosotros al leer estas letras, y experimentar casi inmediatamente la ternura de su amor, la vigilancia amorosa de su mirada.
A la vista de todo este panorama, ¿de qué debemos hablar en la dirección espiritual?, ¿qué debo llevar preparado para esa conversión? Tenemos que poner en común con quien acompaña nuestra alma la eventual presencia o ausencia de Dios, si nos acordamos de Él durante el día, en qué ocasiones y en qué términos. Este tema tiene que estar presente en la dirección espiritual, y no de un modo genérico, sino concreto, específico, fruto de un sincero examen de conciencia. Igual que en los amores humanos, cuando se extingue la presencia, disminuye el amor, y es necesario conservarse siempre vigilantes para vivir en el deseo de agradar al otro. La dirección espiritual es un instrumento extraordinario para mantenernos despiertos para guardar el amor.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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