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Archive for 25/11/18

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY UNIVERSAL. (SOLEMNIDAD)

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: OH PRÍNCIPE ABSOLUTO DE LOS SIGLOS

Oh príncipe absoluto de los siglos,
oh Jesucristo, rey de las naciones:
te confesamos árbitro supremo
de las mentes y de los corazones.

En la tierra te adoran los mortales
y los santos te alaban en el cielo,
unidos a sus voces te aclamamos
proclamándote rey del universo.

Oh Jesucristo, príncipe pacífico:
somete a los espíritus rebeldes,
y haz que encuentren el rumbo los perdidos
y que en un solo aprisco se congreguen.

Para eso pendes de una cruz sangrienta,
y abres en ella tus divinos brazos;
para eso muestras en tu pecho herido
tu ardiente corazón atravesado.

Para eso estás oculto en los altares
tras las imágenes del pan y el vino;
para eso viertes de tu pecho abierto
sangre de salvación para tus hijos.

Por regir con amor el universo,
glorificado seas, Jesucristo,
y que contigo y con tu eterno Padre
también reciba gloria el Santo Espíritu. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Se sentará sobre el trono de David para reinar eternamente. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Se sentará sobre el trono de David para reinar eternamente. Aleluya.

Ant 2. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

Salmo 144 I – HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.

Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus creaturas.

Que todas tus creaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;

explicando tus proezas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

Ant 3. Lleva escrito sobre su manto y en su estandarte este nombre: «Rey de reyes y Señor de señores.» A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Lleva escrito sobre su manto y en su estandarte este nombre: «Rey de reyes y Señor de señores.» A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

LECTURA BREVE   1Co 15, 25-28

Cristo debe reinar hasta poner todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todas las cosas bajo sus pies. Mas cuando él dice que «todo está sometido», es evidente que se excluye a aquel que ha sometido a él todas las cosas. Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo.

RESPONSORIO BREVE

V. Tu trono, Señor, permanece para siempre.
R. Tu trono, Señor, permanece para siempre.

V. Tu cetro real es cetro de rectitud.
R. Permanece para siempre.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Tu trono, Señor, permanece para siempre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra», dice el Señor.

PRECES

Hermanos, adoremos a Cristo Rey, el cual existe antes que todas las cosas, y en quien todas las cosas tienen su razón de ser. Elevemos a él nuestra voz, clamando:

Que venga tu reino, Señor.

Cristo, nuestro rey y pastor, congrega a tus ovejas de todos los puntos de la tierra
y apaciéntalas en verdes praderas de pastos abundantes.

Cristo, nuestro salvador y nuestro guía, reúne a todos los hombres dentro de tu pueblo santo: sana a los enfermos, busca a los extraviados, conserva a los fuertes,
haz volver a los que se han alejado, congrega a los dispersos, alienta a los desanimados.

Juez eterno, cuando pongas tu reino en manos de tu Padre, colócanos a tu derecha
y haz que poseamos el reino que nos ha sido preparado desde la creación del mundo.

Príncipe de la paz, quebranta las armas homicidas
e infunde en todas las naciones el amor a la paz.

Heredero universal de todas las naciones, haz entrar a la humanidad con todos sus bienes al reino de tu Iglesia que tu Padre te ha dado,
para que todos, unidos en el Espíritu Santo, te reconozcan como su cabeza.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, primogénito de entre los muertos y primicia de los que duermen,
admite a los fieles difuntos a la gloria de tu resurrección.

Con la confianza que nos da el ser participantes de la realeza de Cristo y coherederos de su reino, elevemos nuestra voz al Padre celestial:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, rey del universo, haz que toda creatura, libertada de toda esclavitud, sirva a tu majestad y te alabe eternamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Conque, ¿tú eres rey?

Ante Pilatos está un hombre abandonado por todos y despojado de todo. Tan sólo un hombre. Un hombre en estado puro.

¿Por qué Pilatos, al que en tiempos de fiesta, propicios a los desórdenes, le sobran las víctimas, se queda, sin embargo, con Jesús? ¿Qué ha vislumbrado en los ojos de este condenado? ¿Por qué tarda tanto en satisfacer a los judíos?

Pilatos, el procurador romano que, sin saberlo ni comerlo, se halla en el centro de la Pasión y de todo el Evangelio. A su pregunta, el hombre contesta: «¿dices eso por tu cuenta..?»

No es muy astuto por parte de Jesús aceptar este título ahora que todo está perdido. ¡Si lo hubiera hecho antes, después de la multiplicación de los panes, por ejemplo…! Aquel día lo habían perseguido para hacerle rey; pero él se había ido, solo, a la montaña…

Incluso después había tenido buenas ocasiones para hacerlo. Hasta los hijos del Zebedeo habían soñado, junto a su madre, con un buen puesto en el reino de Jesús.

Pero Jesús nunca quiso. ¿Por qué acepta por fin el título de rey cuando ya es demasiado tarde?

Juan guía nuestra torpe mirada y nos hace descubrir que, cuanto más se hunde un hombre en la humillación, más se revela su realeza. Las espinas se convierten en corona y la caña en el cetro real anunciado por los profetas.

El momento de placer al que se libran los soldados prefigura el gran júbilo de todos los salvados. El vestido rojo de los locos se convierte en el vestido imperial, el manto de gloria color de sangre.

El hombre despreciado y sin nombre —«Ecce homo»—, se convierte en el Hombre de Gloria que llega sobre las nubes según la visión del profeta Daniel. El dosel desde el que Pilato juzgaba se convierte en el trono sobre el que se sienta Jesús para juzgar al mundo. Jesús, cuanto más se rebaja, más es «elevado»…

Es su peculiar manera de entrar en el Reino. Es también para nosotros la única manera de entrar, siguiéndole a él. Desde el principio, él había dicho: «Bienaventurados los pobres…, los sufridos.., los que lloran…, los perseguidos…, porque de ellos es el Reino de los cielos.»

Al igual que en las parábolas, Jesús es un rey que invita. Lo que le siguen se convierten en reyes y reinas con él.

Por eso María es llamada muy a menudo «Reina». Por eso la Iglesia «llevada hacia el Rey» (Salmo 45) es llamada «Esposa».

Así pues, los que a través de la Eucaristía participan en la Pasión del Señor, se convierten en «el reino y los sacerdotes» de los que habla el Apocalipsis.
 

• Marcos no aborda nunca la cuestión del reino de Cristo, contentándose con afirmar que la gloria de Cristo se manifiesta sobre la cruz. Por eso, para la fiesta de Cristo Rey, la liturgia utiliza el Evangelio de Juan, que hace una reflexión extraordinariamente rica sobre el tema.

«¿Eres tú el rey de los judíos?» Pilatos lleva a cabo un interrogatorio político, situándose en el nivel en que los enemigos de Jesús han planteado el debate, conocedores de los intereses del representante del emperador. Jesús responde situándose en otro nivel y, por eso, se convierte en interrogador, forzando a Pilatos a desvelar su visión de las cosas, visión de un escéptico que sólo cree en el poder visible.

• En realidad, Jesús cuestiona a Pilatos y también a su pueblo, porque el problema del rey, de su naturaleza y función, se han planteado en Israel desde que el pueblo exigió a Samuel un rey (1 S 8). Ya entonces el profeta había denunciado la tentación del poder: el rey puede usurpar el lugar de Dios. Sin embargo, por orden del mismo Dios, había accedido a las exigencias del pueblo. Así, la Escritura muestra que, en su impotencia, Jesús es realmente rey, representante de Dios y servidor de la verdad.

• La cuestión sigue siendo actual. ¿Qué clase de rey buscamos? ¿Aquel sobre el que proyectamos nuestro deseo de ser todopoderosos, o aquel al que reconocemos su procedencia divina y que se manifiesta en la debilidad humana, pero en la fuerza del Espíritu?

Jean-Pierre Bagot

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Saludos cordiales, amigas y amigos de Evangelio Vivo. Este pasaje muestra varias paradojas. La primera de ellas es que la iglesia haya elegido un texto de la pasión para celebrar la fiesta de Cristo Rey. Es una gran paradoja: Jesucristo es rey desde la cruz. En los versículos de hoy está encadenado delante del gobernador romano.

¿Quién es el reo? Esta es otra de las paradojas. El reo es Jesús, pero habla a Pilato de tú a tú. Además normalmente un reo se limita a contestar, porque está en juego su vida. Jesús hace todo lo contrario: actúa como dueño y señor, con peligro para su vida. Cuando Pilato le pregunta si es el rey de los judíos, no responde a su pregunta, sino que él le hace otra. ¿Hablas por tu cuenta o porque otros te /o han dicho? Es una provocación impropia. Un reo jamás actúa de esta forma.

Todo esto es tan evidente, que Pilato se molesta. Como diciéndole: No me hagas preguntas tú a mí. Dime lo que has hecho de malo. En ese momento Jesús responde a la pregunta inicial. Afirma su realeza, pero deja claro que no es una realiza política; el poder romano no tiene nada de que preocuparse. Parece un diálogo de sordos. Pero queda marcada claramente la separación entre la iglesia y el estado.

Jesús marea a Pilato. Y como este no sabe por dónde seguir, le pregunta de nuevo: O sea que ¿eres rey? Jesús explica finalmente que él es rey de la verdad, o sea de los corazones; y que quienes aman la verdad le escuchan.

¿Qué misterio hay en todo esto? Muy sencillo. El evangelista Juan mira la pasión de Jesús en profundidad. Y ha hecho un relato glorioso de la misma. Jesús es en todo momento quien dirige el drama. Va a la muerte como Dueño y Señor. Consecuente con este planteamiento, el autor suprime la agonía de Getsemaní, suaviza y simplifica las negaciones de Pedro y reduce al mínimo las referencias a las humillaciones y sufrimientos de Jesús. La cruz es su triunfo. El alzamiento a la cruz es como la subida a la gloria. La resurrección rematará esta victoria. Y quedará claro que la realeza de Jesús es de humildad, servicio y cambio de corazones.

Esta es la clave para comprender el diálogo de Jesús y Pilato. La pasión de Juan es deslumbrante. Nos interpela directamente preguntándonos: ¿Eres realmente uno de los discípulo de este Jesús siervo y dueño, humilde y soberano, triunfador no solo con la resurrección, sino incluso con la cruz? 

Patxi Loidi

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Estamos ante la gran solemnidad de Cristo Rey. Concluye el año litúrgico. Todos los ciclos terminan con esta fiesta, aclamando a Jesús como Rey del Universo, el Rey de nuestros corazones. En este encuentro, querido amigo —que es un encuentro de gratitud, de alabanza, de riqueza al ver este Rey cómo ama, cómo domina…, y también de añoranza y exigencia por parte nuestra de cómo somos y cómo vivimos este Reino—, en este encuentro se nos invita a ti y a mí a considerar a Jesús, en toda su plenitud, Rey y Señor: Rey y Señor de nuestros corazones.

Hay muchos textos que nos indican la realeza de Jesús. Entre ellos elegimos uno y nos sirve también como reflexión, como acercamiento, como el estar cerca, estar junto al corazón de un Rey que ama. El texto que hemos elegido es Juan 18,33- 37, donde Jesús ante Pilato, que le pregunta: “¿Eres Tú el Rey?”, Él contesta: “Tú lohas dicho: Yo soy Rey. Yo para eso he venido y para eso digo la verdad”. Escuchamoscon atención este texto para entrar profundamente en este encuentro tan precioso y tan lleno de amor, esta fiesta de Cristo Rey:

Entró de nuevo Pilato en el Pretorio, llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el Rey delos judíos?”. Jesús respondió: “¿Dices esto por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?”. Respondió Pilato: “¿Acaso soy judío? Tu gente y los pontífices te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?”. Jesús respondió: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis soldados lucharían para que no fuera entregado a los judíos, pero mi Reino no es de aquí”. Entonces Pilato le dijo: “Luego ¿tú eres Rey?”. Jesús respondió: “Tú lo dices. Yo soy Rey. Yo para esto he nacido y para eso vine al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”.

Jn 18, 33-37

Después de escuchar esta escena, querido amigo, a ti y a mí se nos plantean muchas cosas y muchas reflexiones acerca de este Reino. En primer lugar llenarnos de agradecimiento, de alabanza, porque Él ha querido que estemos en un Reino, en un mundo que Él domina, que Él es el Señor de todo, es el Señor de nuestra historia en todos los momentos. Pero si le preguntamos a Jesús: “Jesús, ¿cuáles son tuscaracterísticas? ¿En qué consiste tu Reino?”, tenemos un gran abanico a lo largo de todo el Evangelio. El Reino de los Cielos —nos dirá en muchísimas parábolas— es semejante a un grano de mostaza que se convierte en árbol; es semejante al fermento de una mujer que fermenta toda la masa; es semejante a un tesoro escondido que al encontrarlo, compra este hombre todo el campo; es semejante a un padre que ve dilapidar la herencia de su hijo y le ama hasta el extremo; es semejante…

Bueno, Jesús, ¿y en qué consiste tu Reino? Tu Reino consiste principalmente no en un reinado humano de honores, de consideraciones, sino en un reinado de bondad, de misericordia. Tú eres un Rey con un corazón bueno que está deseando amar y ser amado. Tú eres un Rey que nos demuestras cómo es tu Padre, cómo ama tu Padre. Tú eres un Rey que sales al paso de todas las necesidades, de toda enfermedad, de toda carencia, de toda debilidad. Tú eres un Rey que estás pendiente de lo que nos pasa en cada momento, como ocurre en las bodas de Caná, por ejemplo. Tú eres un Rey de otra manera: eres un Rey de paz, de luz, de reconciliación. Este Reino no se encuentra aquí, se encuentra en el interior del corazón. Fueraencontramos dominio, ambición, el querer, el sobresalir… No, Tú eres de otra manera,tus características son de otra manera: Tú reinas en el amor y es un amor que buscas al perdido, como buscaste a la oveja perdida; que buscas a la adúltera; que amas al pecador. Un Reino que me lleva a estar como Tú, amando y queriendo.

Y, querido amigo, nos preguntamos también hoy: ¿dónde estamos?, ¿estamos en ese Reino?, ¿vivimos de ese Reino?, ¿proclamamos ese Reino? Si queremos estar bajo su bandera, bajo su corazón, tenemos que ser como Él: apasionadas de amor como Él, apasionados de amor, como todas las personas que te aman y que están locas sirviéndote y queriéndote en ti, viviendo y teniendo una experiencia profunda de filiación…; manifestando al mundo lo feliz que estoy contigo, preocupándome de ser como Tú en esa dimensión de vivir pendiente de los demás, de las necesidades del otro, de la acogida, del servicio. ¿Y qué actitudes tienes Tú como Rey? El perdón, lamisericordia. Qué bien nos lo has dicho en el Evangelio: “Ven, bendito de mi Padre,porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve enfermo, etc…”.

Éstas son tus actitudes: el amor, la misericordia, el hacerte con el otro. Por esto,Jesús, hoy te quiero pedir mucho. Es una fiesta muy grande, es un clamar “¡Viva CristoRey! ¡Reina en mí, Jesús! Que deje de ser lo que soy para ser lo que Tú eres”. Y quiero que reines en mi entendimiento tan duro, tan fuerte que no entiende. Que la reflexión, el encuentro contigo, el contacto cambie mi corazón. Tú quieres ser amado. Es necesario que reines, es necesario que seas amado. Tienes que reinar en mí, en mis actitudes, empezando por las más espontáneas, para que la bondad fluya en todas las acciones, el enamoramiento fluya en todas las acciones. Es necesario que reines para que sepa imitarte conociéndote, amándote, experimentándote. Es necesario que reines para que aprenda, como un compromiso de vida, a comunicarte, a extenderte, a darte a conocer como pueda, con mis ojos, con mis palabras, con mi forma de ser, con mis actitudes.

¡Qué bonito y qué gratificante y qué consolador es dedicar la vida a extender este Reino de amor! Con todas las pobrezas que lleva, con todas las pobrezas que tenemos; son tantas… Es necesario que Tú reines. La fiesta, la gran fiesta de Cristo Rey,el Alpha y el Omega, la finalización del año litúrgico es una invitación y un compromiso a tenerte a ti como Rey. ¡Tienes que reinar! Qué pena cuántos momentos, cuántas acciones, cuántas formas de que Tú no reinas en mí y Tú no reinas en mi vida, ni reinasen el mundo. “¡El Amor no es amado!”, decía San Francisco de Asís gritando. El Amorno es amado… Se busca un reino de autoridad, de ejércitos, de defensa, pero tu realeza es de otra manera: tu realeza es “no” a la violencia, “no” al pesimismo, “no” al orgullo, “no” al egoísmo, “no” a la frialdad. Tú eres el Rey. Cristo eres… Cristo, Jesús, Tú eres el Rey del Universo y yo soy tu pobre testigo del amor que me das. Que yo sepa… —al finalizar este ciclo litúrgico y este año litúrgico—, que sepa dar testimonio del gran amor que me tienes.

¡Que viva mi Cristo, que viva mi Rey,
que impere do quiera triunfante su ley! ¡Que impere! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey! Su realeza proclame por todos los sitios
y que este Rey esté en todo el mundo.

Querido amigo, hoy en este encuentro Jesús te dice a ti y a mí: “Quiero reinar en ti, ¿me dejas? ¿Me dejas ser el Rey de tu vida? ¿Me dejas ser el Rey de tus pensamientos, de tus acciones? Fíate de mí, que Yo te conduciré por buenos pastos ypor buenos caminos. Déjame reinar… déjame reinar en tu corazón y déjame ser el Señor de tu vida. Déjame que te la dirija, no quieras ser tú la que lleve el timón. Déjame que lleve Yo el timón y te conduciré siempre a buen puerto”.

Y terminamos pidiéndole a Jesús que sea nuestro Rey, Rey del mundo, Rey de los corazones, Rey de las personas, Rey de mi vida, Rey de mi corazón. Terminamos con el Salmo 144:

Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey. Bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande eres Tú, que mereces toda alabanza. Es incalculable tu grandeza.
Una generación pondera tus obras a la otra y le cuenta tus hazañas.

Alaban tu gloria y tu majestad,
y yo repito tus maravillas.
Yo narro tus grandes acciones.
Tú eres clemente y misericordioso,

lento a la cólera, rico en piedad.
Eres bueno con todos
y eres cariñoso con todas tus criaturas.
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,

que te bendigan tus fieles,
que proclamen la gloria de tu Reinado, que hablen de tus hazañas,
explicando tus proezas.

Tu Reinado es un Reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad. ¡Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo!

Como era un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Tu Reinado es un Reinado perpetuo
que va de edad en edad.

Así queremos terminar, preguntándonos más de una vez: ¿creo en este Reino?, ¿vivo de este Reino? ¿Proclamo, anuncio el amor de Dios en mí?, ¿cuál es mi propaganda? ¿Profundizo?, ¿profundizo en tu amor? ¿Tengo pasión por ti? ¿Contagio, tengo ilusión, soy feliz contigo? Y termino recordando las frases de una Fundadora1 a la que aprecio muchísimo, que era una mujer enamorada de ti: “Es necesario quereine. El «siento ansias de reinar» lo llevo muy hondo. ¡Ayúdenme a extenderlo!¡Busquen el Reino de Dios! ¡Extiendan su Reino!”.

Es necesario que Tú reines. Así terminamos: metiéndonos… y dándole gracias… y alabando a este Jesús… y aclamándole con nuestro corazón, con nuestras voces: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey! Que así sea.

Francisca Sierra Gómez

___________

1 Amadora Gómez Alonso, Fundadora de la Congregación de las Celadoras del Reinado del Corazón de Jesús.

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148. San Juan de la Cruz recomendaba «procurar andar siempre en la presencia de Dios, sea real, imaginaria o unitiva, de acuerdo con lo que le permitan las obras que esté haciendo»[109]. En el fondo, es el deseo de Dios que no puede dejar de manifestarse de alguna manera en medio de nuestra vida cotidiana: «Procure ser continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba, hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a él su corazón»[110].


[109] Grados de perfección, 2.

[110] Id., Avisos a un religioso para alcanzar la perfección, 9b.

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Lectio: Domingo, 25 Noviembre, 2018

Jesús es el Rey Mesías
Él nos lleva consigo a su reino del mundo futuro
Junto a su trono, que es la cruz, escuchamos la verdad
Juan 18, 33-37

1. Oración inicial

¡Oh Padre! Tu Verbo ha llamado en la noche a mi puerta; prisionero y atado, sin embargo hablaba todavía, llamaba todavía, como siempre, y me ha dicho: “¡Levántate de prisa y sígueme!” Al amanecer, lo he visto prisionero en el pretorio de Pilato, y no obstante todo el dolor de la pasión, todo el abandono en el que se encontraba, Él todavía me conocía, me esperaba. Hazme entrar, ¡oh, Padre! con Jesús en el pretorio, en este lugar de acusación, de condena, de muerte; es mi vida de hoy, mi mundo interior. Sí, todas las veces que tu Palabra me invita, es casi como entrar en el pretorio de mi corazón, lugar contaminado y contaminante, que espera la presencia purificadora de Jesús. Tengo miedo, Tú lo sabes, pero si Jesús está conmigo, no debo ya temer. Me quedo, Padre y escucho con atención la verdad de tu Hijo que me habla; miro y contemplo sus gestos, sus pasos, lo sigo, con todo lo que soy, con toda la vida que tú me has dado. Cúbreme y lléname de tu Santo Espíritu, te lo suplico.

2. Lectura

a) Para situar el pasaje en su contexto:

Estos pocos versículos nos ayudan a entrar más profundamente todavía en el relato de la Pasión y nos conducen casi hasta la intimidad de Jesús, en un lugar cerrado, apartado, donde Él se encuentra solo, cara a cara con Pilato: el pretorio. Aquí es interrogado, responde, pregunta, continúa revelando su misterio de salvación y a llamarnos para Él. Aquí Jesús se muestra como rey y como pastor. Aquí está atado y coronado en su condena a muerte, aquí Él nos conduce a las verdes praderas de sus palabras de verdad. El pasaje forma parte de una sección algo más amplia, comprendida entre los versículos 28-40 y relata el proceso de Jesús ante el Gobernador. Después de una noche de interrogatorios, de golpes, desprecios y traiciones, Jesús es entregado al poder romano y condenado a muerte, pero precisamente en esta muerte, Él se revela Rey y Señor, Aquel que ha venido a dar la vida, justo por nosotros injustos, inocente por nosotros pecadores.

b) Para ayudar en la lectura del pasaje:

vv. 33-34: Pilato entra en el pretorio y comienza el interrogatorio a Jesús, haciéndole la primera pregunta: ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús no responde enseguida directamente, sino que obliga a Pilato a poner en claro lo que tal realeza significa, lo lleva a caminar a la profundidad. Rey de los Judíos significa Mesías y es en cuanto Mesías como Jesús será juzgado y condenado.
v. 35: Pilato parece responder con desprecio a lo que piden los judíos, los cuales aparecen claramente como acusadores de Jesús, los sumos sacerdotes y el pueblo, cada uno con su responsabilidad, como se lee en el prólogo: “Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron” (Jn 1,11) Sigue después la segunda pregunta de Pilato a Jesús; “¿Qué has hecho?, pero no tendrá respuesta.
v. 36: Jesús responde a la primera pregunta de Pilato y por tres veces usa la expresión: “mi reino”. Aquí nos ofrece una explicación admirable sobre lo que pueda ser en realidad el reino y la realeza de Jesús: no es de este mundo, sino del mundo venidero, no tiene guardias o ministros para la lucha, sino la entrega amorosa de la vida en las manos del Padre.
v. 37: El interrogatorio vuelve a la pregunta inicial, a la que Jesús sigue dando respuesta afirmativa: “Yo soy rey”, pero explicando su origen y su misión. Jesús ha nacido para nosotros, ha sido enviado para nosotros, para revelarnos la verdad del Padre, de la que obtenemos la salvación y para permitirnos escuchar su voz y seguirla, haciendo que nos adhiramos a ella con toda nuestra vida.

c) El texto:

Juan 18, 33-37 33 Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el rey de los judíos?» 34Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?» 35 Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?» 36 Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí.» 37Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres rey?» Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»

3. Un momento de silencio orante

para poder entrar en el pretorio y me dispongo a escuchar profundamente cada palabra que sale de la boca de Cristo.

4. Algunas preguntas

que me ayuden a acercarme al rey y a entregarle mi existencia entera.

a) Observo los movimientos de Pilato, su deseo de un encuentro con Jesús, aunque él no sea consciente. Si pienso en mi vida, ¿por qué muchas veces me es difícil entrar, preguntar, llamar, estar en diálogo con el Señor?
b) El Señor desea una relación personal conmigo. ¿Soy capaz de entrar o de dejarme atraer en una relación verdadera, intensa, vital con el Señor? Y si tengo miedo de esto ¿por qué? ¿Qué es lo que me separa de Él? ¿Qué es lo que me tiene alejado?
c) “Entregado”. Me detengo en esta palabra y trato de rumiarla y mantenerla en mi corazón, poniéndola de frente a mi vida, con mis comportamientos de cada día.
d) Por tres veces Jesús repite que su reino “no es de este mundo” invitándome, así, con fuerza, a pasar a otra realidad. Una vez más Él me desconcierta, proponiéndome otro mundo, otro reino, otro poder. ¿Qué tipo de reino estoy esperando?
d) La frase final del pasaje es estupenda: “Escucha mi voz”, Yo que estoy absorto en miles de trabajos, compromisos, reuniones, ¿a dónde dirijo mis oídos? ¿a quién atiendo?, ¿en quién pienso?. Cada mañana recibo vida nueva, pero en realidad, ¿de quién me dejo revivir?

5. Una clave de lectura

Jesús, el Rey atado y entregado

Un verbo gramatical emerge con fuerza de estas líneas rebotando ya desde los primeros versículos del relato de la Pasión: el verbo entregar, pronunciado aquí primeramente por Pilato y después por Jesús. La “entrega del Cristo” es una realidad teológica, pero al mismo tiempo vital, de extrema importancia, porque nos conduce a lo largo de un camino de sabiduría y amaestramiento muy fuerte. Puede ser útil recorrerlo de nuevo, buscándolo en los signos a través de las páginas de la Escritura. Ante todo, parece que es el mismo Padre quien entrega a su Hijo Jesús, como un don para todos y para siempre. Leo en Rom. 8, 32: “ Dios, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas?” Al mismo tiempo, sin embargo, veo que es Jesús mismo, en la suprema libertad de su amor, en la más íntima fusión con la voluntad del Padre, quien se entrega por nosotros, quien ofrece su vida; dice San Pablo: “Cristo nos ha amado y se ha entregado a sí mismo por nosotros”.(Ef 5, 2. 25), pero me acuerdo también de estas palabras de Jesús: “ Yo ofrezco mi vida por las ovejas; ninguno me la quita, sino que yo la ofrezco por mi mismo” (Jn 10,18). Por tanto, más allá y antes de toda otra entrega, está esta entrega voluntaria, que es solamente entrega de amor y de donación.
En los relatos evangélicos aparece enseguida la entrega malvada por parte de Judas, llamado por esto el traidor, o sea, el entregador, el que dice a los sumos sacerdotes: “ ¿Cuánto queréis darme para que os lo entregue?” (Mt 26, 15); ver también Jn 12, 4; 18, 2.5. Después son los Judíos los que entregan Jesús a Pilato: “Si no fuese un malhechor no te lo hubiéramos entregado” (Jn 18, 30. 35) y Pilato representa a los gentiles, como Él había ya anunciado: “El Hijo del Hombre…. será entregado a los paganos” (Mc 10, 33). Finalmente Pilato lo entrega de nuevo a los judíos, para que sea crucificado (Jn 19, 16). Contemplo todos esto pasajes, observo a mi rey atado, encadenado, como nos hace notar el evangelista Juan tanto en 18, 12 como en 18, 24; me pongo de rodillas, me postro delante de Él y pido al Señor que me sea dado el valor de seguir estos pasajes dramáticos, pero maravillosos, que son como un único canto de amor de Jesús para nosotros, su Sí repetido hasta el infinito para nuestra salvación. El Evangelio me acompaña dulcemente dentro de esta noche única, en la cual Jesús es entregado por mí, como Pan, como Vida hecha carne, como amor compartido en todo. “El Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó el pan y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros” (1 Cor 11, 23). Y entonces comprendo que para mí la felicidad, está escondida también dentro de estas cadenas, estas ataduras, con Jesús, con el gran Rey y está escondida en estos continuos pasajes, de entrega en entrega, a la voluntad al amor de mi Padre.

Jesús, el Rey Mesías

El diálogo de Jesús con Pilato: sobre este interrogatorio tan misterioso y extraño es particularmente conocido que primero Pilato llama a Jesús “el rey de los judíos” y después sólo “rey”, como si fuese un camino, una comprensión cada vez más plena y verdadera de Jesús. “Rey de los Judíos” es una fórmula usada con gran riqueza de significado por el pueblo hebreo y reúne en sí el fundamento, el núcleo de la fe y de la esperanza de Israel.: significa claramente el Mesías. Jesús es interrogado y juzgado en lo que mira a si es o no es el Mesías. Jesús es el Mesías del Señor, su Ungido, su Consagrado, es el Siervo, enviado al mundo precisamente para esto, para realizar en Sí en su persona y en su vida, todas las palabras dichas por los profetas por la ley y por los salmos de Él. Palabras de persecución, de sufrimiento, de llanto, heridas y sangre, palabras de muerte por Jesús, por el Ungido del Señor, que es nuestro respiro, aquél a la sombra del cual viviremos entre las naciones, como dice el Profeta Jeremías (Lam 4, 20). Palabras que hablan de asechanzas, de insurrecciones, conjuras, (Sal 2,2), lazos. Lo vemos desfigurado, como varón de dolores; tan irreconocible, si no es sólo por parte de aquel amor, que como Él, bien conoce el padecer. “¡Sepa pues con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a Jesús a quien vosotros habéis crucificado!” (Ac 2, 36). Sí, es un rey atado, el mío, un rey entregado, arrojado fuera, despreciado; es un rey ungido para la batalla, pero ungido para perder, para ser sacrificado, para ser crucificado, inmolado como un cordero. Este es el Mesías: el rey que tiene como trono la cruz, como púrpura su sangre derramada, como palacio el corazón de los hombres, pobres como Él, pero hechos ricos y consolados por una continua resurrección. Estos son nuestros tiempos, los tiempos de la consolación por parte del Señor, en los cuales el envía incesantemente al Señor Jesús, al que nos ha destinado como Mesías.

Jesús Rey mártir

“He venido para dar testimonio de la verdad”, dice Jesús, usando un término muy fuerte, que contiene en sí el significado de martirio, en griego. El testigo es un mártir, el que afirma con la vida, con la sangre, con todo lo que es y lo que tiene, la verdad en la cree. Jesús atestigua la verdad, que es la palabra del Padre (Jn 17,17) y por esta palabra Él da la vida. Vida por vida, palabra por palabra, amor por amor. Jesús es el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios (Ap 3,14); en Él existe sólo el Sí, por siempre y desde siempre y en este Sí, nos ofrece toda la verdad del Padre, de sí mismo, del Espíritu y en esta verdad, en esta luz, Él hace de nosotros su reino. “Cuantos confían en Él, conocerán la verdad; y aquellos que le son fieles a su amor vivirán junto a Él” (Sab 3, 18). No busco otras palabras, sino que permanezco solamente junto al Señor, sobre su seno, como Juan, en aquella noche; así Él se convierte en mi respiro, mi mirada, mi sí, dicho al Padre, dicho a los hermanos, como testimonio de amor. Él es fiel, Él está presente, Él es la verdad que yo escucho y de la cual me dejo sólo transformar.

6. Salmo 21 (20)

Canto de acción de gracias por la victoria
que nos viene de Dios

Estribillo: ¡Grande, Señor, tu amor por nosotros!

Yahvé, el rey celebra tu fuerza,
le colma de alegría tu victoria.
Le has concedido el deseo de su corazón,
no has rechazado el anhelo de sus labios.

Te adelantaste con buenos augurios,
coronaste su cabeza de oro fino;
vida pidió y se la otorgaste,
largo curso de días para siempre.

Gran prestigio le da tu victoria,
lo rodeas de honor y majestad;
lo conviertes en eterna bendición,
lo llenas de alegría en tu presencia.

Porque el rey confía en Yahvé,
por gracia del Altísimo no vacilará.
¡Levántate, Yahvé, lleno de fuerza,
cantaremos, celebraremos tu poder!

7. Oración final

Padre, te alabo, te bendigo, te doy gracias porque me has conducido con tu Hijo al pretorio de Pilato, en esta tierra extranjera y hostil y sin embargo tierra de revelación y de luz. Solo tú, con tu amor infinito, sabes transformar toda lejanía y toda obscuridad en un lugar de encuentro y de vida.
Gracias porque has hecho surgir el tiempo santo de la consolación en el cual envías a tu Cordero, sentado en el trono, como rey inmolado y viviente; su sangre es una cascada restauradora y unción de salvación. Gracias porque Él me habla siempre y me canta tu verdad, que es sólo amor y misericordia; quisiera ser un instrumento en las manos del rey, de Jesús, para transmitir a todos las notas consoladoras de tu Palabra. Padre, te he escuchado hoy, en este Evangelio, pero te ruego, haz que mis oídos no se cansen jamás de tí, de tu Hijo, de tu Espíritu. Hazme renacer, así a la verdad, para ser testigo de la verdad.

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Esta frase final del Evangelio que acabamos de escuchar resume tod la enseñanza del Evangelio de San Juan sobre la Verdad. Con harta facilidad nos esforzamos por hacernos con la verdad, y muy en especial pretendemos poseer la verdad. Ahora bien, nadie posee la verdad. Lo que importa, por el contrario, es que seamos poseídos por ella. El Padre se ha dicho de manera plena en el Hijo. El Hijo es la Verdad, y el Padre ha puesto en sus manos todas las cosas. Si somos poseídos por Él, nos encontramos sin cesar a la escucha de su voz y su Palabra nos habita y nos transforma.

Pretender poseer la verdad equivale a querer trastocar los papeles. Equivale a querer sustituir a Dios. A rehusar la condición de criatura.. Las consecuencias de ello son siempre funestas. Cuando dos personas o una comunidad en su conjunto se ponen al unísono a la escucha de la verdad, se crea entre ellas una unión profunda. Cuando, por el contrario, pretendemos poseer la verdad y queremos imponerla a los demás, estamos rompiendo la unidad ya existente. Nos es fácil el comprobarlo en lo que acontece en nuestra vida de cada día. Y lo podemos comprobar de manera más fehaciente sin duda alguna en los conflictos que afligen en nuestros días a la humanidad y que hacen tantas víctimas inocentes. Cuando una nación pretende hallarse en posesión de la verdad y el derecho, destruye sea cual fuere su fuerza o su debilidad.

En la época de Jesús era sumamente compleja la situación política de Israel. El pueblo de Israel se hallaba sometido desde el punto de vista político al poder romano cuyo representante era Pilato. Siempre en espera de un Mesías que restableciese el reino terreno de David y expulsase al opresor pagano. Si Jesús se hubiera presentado como ese Mesías esperado, el pueblo, y probablemente también los jefes religiosos le habrían seguido. Pero Jesús anunciaba el “Reino de Dios”, un reino de una naturaleza totalmente diferente. Como consecuencia de ello, los jefes del pueblo, tanto más terriblemente peligrosos en cuanto se creían en posesión de la verdad, lo entregaron al poder pagano, utilizando para hacerlo condenar el argumento perverso de que había querido oponerse al César declarándose rey de los Judíos.

Juan nos narra con una fineza exquisita el encuentro entre Pilato y Jesús. Nos encontramos en presencia de dos hombres tan diferentes entre sí cuanto es ello posible. Uno de ellos posee el poder, pero siente que su autoridad se halla de continuo amenazada. El otro no tiene poder, pero habla con autoridad. Pilato es un hombre angustiado, inquieto, que tiene mucho que perder y que tiene miedo de perderlo todo.. Es esta inquietud la que nos muestra en su pregunta: “¿Eres tú el rey de los Judíos?” No dice “rey de Israel”, cosa que nada le diría. Dice “rey de los Judíos”, lo que quiere decir uno que se le opone y que puede hacerle caer. Quiere conocer la razón por la que le han entregado: “¿Qué has hecho?”, le pregunta a Jesús, para de esta manera poder ver si constituye un peligro real para su poder. De lo que no duda es que en su encuesta se muestra como un hombre “profesional”! Jesús, por el contrario, es un hombre libre, libre porque nada tiene que perder, ya que lo ha perdido todo, o mejor aun, porque lo ha dado todo. Su respuesta tranquila y misteriosa irrita a Pilato, que nervioso le dice: “¿De manera que tú eres rey?” Impasible siempre, responde Jesús:“Tú lo estás diciendo…”

Puede verse hasta qué punto se hallan solapadas en la historia humana la vida y la muerte de Cristo, en una historia que, por la naturaleza social del hombre, es una historia política. Así lo fue, por otra parte, para la mayor parte de los mártires a todo lo largo de la historia. Han muerto porque la Verdad que los poseía molestaba a personas que creían hallarse en posesión de la verdad.

El reinado de Cristo obre todo el universo (objeto de la festividad que hoy conmemoramos sigue siendo un fin al que llegaremos de manera tan sólo en la Parusía cual es vislumbrada por Juan en su Apocalipsis. Hasta que ese día llegue es precisa un conversión de las estructuras de la sociedad así como de cada uno de nuestros corazones. Comprometámonos una vez más cada uno de nosotros, cada cual según su vocación propia, en esta tarea de sumisión a la Verdad que nos hará libres.

A. Veilleux

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