Vísperas – Lunes XXXIV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: RECUERDE EL ALMA DORMIDA

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente
daremos lo no venido
por pasado.

No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia.

Salmo 44 I – LAS NUPCIAS DEL REY.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre;
cetro de rectitud es tu cetro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia.

Ant 2. Llega el esposo, salid a recibirlo.

Salmo 44 II

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna:
prendado está el rey de tu belleza,
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Llega el esposo, salid a recibirlo.

Ant 3. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

LECTURA BREVE   1Ts 2, 13

Nosotros continuamente damos gracias a Dios; porque habiendo recibido la palabra de Dios predicada por nosotros, la acogisteis, no como palabra humana, sino – como es en realidad- como palabra de Dios, que ejerce su acción en vosotros, los creyentes.

RESPONSORIO BREVE

V. Suba, Señor, a ti mi oración.
R. Suba, Señor, a ti mi oración.

V. Como incienso en tu presencia.
R. A ti mi oración.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Suba, Señor, a ti mi oración.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame mi alma tu grandeza, Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame mi alma tu grandeza, Dios mío.

PRECES

Alabemos a Cristo, que ama a la Iglesia y le da alimento y calor, y roguémosle confiados diciendo:

Atiende, Señor, los deseos de tu pueblo.

Haz, Señor, que todos los hombres se salven
y lleguen al conocimiento de la verdad.

Guarda con tu protección al papa Francisco y a nuestro obispo N.,
ayúdalos con el poder de tu brazo.

Ten compasión de los que no encuentran trabajo
y haz que consigan un empleo digno y estable.

Señor, sé refugio de los oprimidos
y protégelos en todas sus necesidades.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te pedimos por el eterno descanso de los que durante su vida ejercieron el ministerio para el bien de tu iglesia:
que también te celebren eternamente en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has querido asistirnos en el trabajo que nosotros, tus siervos inútiles, hemos realizado hoy, te pedimos que, al llegar al término de este día, acojas benignamente nuestro sacrificio vespertino de acción de gracias y recibas con bondad la alabanza que te dirigimos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio Divina – 26 de noviembre

Lectio: Lunes, 26 Noviembre, 2018
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Lucas 21,1-4
Alzando la mirada, vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: «De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobra, ésta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir.»
3) Reflexión
• En el Evangelio de hoy, Jesús elogia a una viuda pobre que sabe compartir más que los ricos. Muchos pobres de hoy hacen lo mismo. La gente dice: “El pobre no deja morir de hambre al pobre”. Pero a veces, ¡ni esto es posible! Doña Cícera que vivía en el interior de Paraíba, Brasil, se fue a vivir a la ciudad y decía: “En el campo, la gente era pobre, pero siempre había una cosita para dividirla con el pobre que llamaba a la puerta. ¡Ahora que estoy aquí, en la ciudad, cuando veo a un pobre que llama a la puerta, me escondo de vergüenza porque no tengo nada en casa para darle!” De un lado: gente rica que tiene todo, pero que no quiere compartir. Por el otro: gente pobre que no tiene casi nada, pero que quiere compartir lo poco que tiene.
• Al comienzo de la Iglesia, las primeras comunidades cristianas, eran de gente pobre (1 Cor 1,26). Poco a poco fueron entrando también personas más ricas, lo cual trajo consigo varios problemas. Las tensiones sociales, que marcaban al imperio romano, empiezan a marcar también la vida de las comunidades. Esto se manifestaba, por ejemplo, cuando se reunían para celebrar la cena (1Cor 11,20-22), o cuando tenían reuniones (Santiago 2,1-4). Por esto, la enseñanza del gesto de la viuda era muy actual, tanto para ellos, como para nosotros hoy.
• Lucas 21,1-2: La limosna de la viuda. Jesús estaba ante el arca del Templo y observaba cómo la gente iba echando su limosna. Los pobres echaban pocos centavos, los ricos monedas de gran valor. Los cofres del Templo recibían mucho dinero. Todos echaban algo para la manutención del culto, para el sustento del clero y la conservación del edificio. Parte de este dinero era usada para ayudar a los pobres, pues en aquel tiempo no había seguridad social. Los pobres vivían de la caridad pública. Las personas más necesitadas eran los huérfanos y las viudas. Dependían en todo de la caridad de los demás, pero así mismo, trataban de compartir con otros lo poco que poseían. Así, una viuda bien pobre, pone su limosna en el arca del Templo. ¡Nada más que dos centavos!
• Lucas 21,3-4: El comentario de Jesús. ¿Qué vale más: los pocos centavos de la viuda o las muchas monedas de los ricos? Para la mayoría, las monedas de los ricos eran mucho más útiles para hacer la caridad que los pocos centavos de la viuda. Los discípulos, por ejemplo, pensaban que el problema de la gente podía resolverse sólo con mucho dinero. Cuando la multiplicación de los panes, ellos habían sugerido comprar pan para dar de comer a la gente (Lc 9,13; Mc 6,37). Felipe llegó a decir: “¡Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno reciba un pedacito!” (Jn 6,7). De hecho, para aquel que piensa de esa manera, los dos centavos de la viuda no sirven para nada. Pero Jesús dice: “De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie”. Jesús tiene criterios diferentes. Al llamar la atención de los discípulos hacia el gesto de la viuda, les enseña a ellos y a nosotros dónde debemos procurar ver la manifestación de la voluntad de Dios, a saber, en los pobres y en el compartir. Y un criterio muy importante es el siguiente: “Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobra, ésta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir.»
• Limosna, compartir, riqueza. La práctica de dar limosnas era muy importante para los judíos. Era considerada una “buena obra”, pues la ley del Antiguo Testamento decía: “Nunca dejará de haber pobres en la tierra; por esto te doy este mandamiento: abrirás tu mano a tu hermano, al necesitado y al pobre de tu tierra”. (Dt 15,11). Las limosnas, colocadas en el arca del Templo, sea para el culto, sea para los necesitados, los huérfanos o las viudas, eran consideradas como una acción agradable a Dios (Eclo 35,2; cf. Eclo 17,17; 29,12; 40,24). Dar limosna era una manera de reconocer que todos los bienes y dones pertenecen a Dios y que nosotros no somos que administradores de esos dones. Pero la tendencia a la acumulación sigue muy fuerte. Cada vez renace de nuevo en el corazón humano. La conversión es necesaria siempre. Por eso Jesús dijo al joven rico: “Va, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres” (Mc 10,21). La misma exigencia se repite en los otros evangelios: “Vended vuestros bienes y dadlos en limosna: haceos bolsas que no se gastan, un tesoro inagotable en los cielos, adonde ni el ladrón llega ni la polilla roe” (Lc 12,33-34; Mt 6,9-20). La práctica del compartir y de la solidaridad es una de las características que el Espíritu de Jesús quiere realizar en las comunidades. El resultado de la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés fue éste: “No había entre ellos indigentes, pues cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían y llevaban el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles” (Hechos 4,34-35ª; 2,44-45). Estas limosnas colocadas a los pies de los apóstoles no se acumulaban, sino que “y a cada uno se le repartía según su necesidad” (Hechos 4,35b; 2,45). La entrada de los ricos en las comunidades cristianas posibilitó, por un lado, una expansión del cristianismo, al ofrecer mejores condiciones para los viajes misioneros. Pero por otro lado la tendencia a la acumulación bloqueaba el movimiento de la solidaridad y del compartir. Santiago ayudaba a las personas a que tomaran conciencia del camino equivocado: “Y vosotros los ricos, llorad a gritos por las desventuras que os van a sobrevenir. Vuestra riqueza está podrida; vuestros vestidos, consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata, comidos de orín.” (Sant 5,1-3). Para aprender el camino del Reino, todos debemos volvernos alumnos de aquella pobre viuda, que compartió con los demás hasta lo necesario para vivir (Lc 21,4).
4) Para la reflexión personal
• ¿Cuáles son las dificultades y las alegrías que has encontrado en tu vida para practicar la solidaridad y compartir con los otros?
• ¿Cómo es que los dos centavos de la viuda pueden valer más que las muchas monedas de los ricos? ¿Cuál es el mensaje de este texto para nosotros hoy?
5) Oración final
Sabed que Yahvé es Dios,
él nos ha hecho y suyos somos,
su pueblo y el rebaño de sus pastos. (Sal 100,3)

Oración I Domingo de Adviento

Bendito seas Señor Jesús,
tú que vives por siempre, porque
durante tu corta ausencia
confías en nosotros.
Dejas en nuestras manos
la inmensa tarea
de un amor vigilante
que no se echa la siesta
cuando hay tanto que hacer.

Esperamos tu venida
con actitud alegre y activa,
sin ansiedad estéril
ni expectación angustiosa.

Ayúdanos a unir,
productivamente,
la esperanza y el esfuerzo
para acelerar el día gozoso
de la llegada de tu reino.

No permitas, Señor,
que se enfríe nuestro corazón,
para que al llegar
nos encuentres
con la manos
en la tarea de amasar
un mundo mejor
y el corazón
ocupado en amar.
Amén.

Eucaristía

«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). Vivió con nosotros en Belén, en Nazaret, a orillas de lago y en Genesaret. Por su resurrección, la divinidad habita corporalmente para siempre en la carne de Cristo, y sacramentalmente en el Pan de vida (cfr. Jn 6). El Verbo de Dios se ha hecho compañero y alimento para el camino: las dos cosas. En la Eucaristía está presente Jesucristo entero, en su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
La celebración eucarística es «fuente y cumbre de la vida cristiana»,  todos los fieles tiene un papel propio en la celebración, porque cada cristiano se ofrece a sí mismo, de modo particular, concreto y personal (cfr. LG 11). El momento culmen de esta entrega es el Amén que sucede al «Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos». El creyente se asocia a la Trinidad entera por la palabra de su Amén, y por la sincera e interior entrega de todo su ser. En la entrega de Cristo se entrega el cristiano. La eficacia de la Misa está vinculada al misterio de oblación, de ofrenda de sí, de Cristo en la Cruz: el amor hasta el extremo.
La pregunta clave, pensando en el coloquio espiritual, es cómo he vivido la Santa Misa. Quizá normalmente no sea objeto de conversación, pero en ocasiones debe ocupar algo de nuestro tiempo. La celebración eucarística es la acción más importante de la Iglesia y del cristiano, y debe estar en continuo perfeccionamiento de amor. Mejoraremos nuestras participación eucarística si tratamos de participar de esta oblación, entregándonos a nosotros mismos.
Hay muchos modos de renovar el amor en la vivencia del Sagrado Misterio. En este sentido, la lectura de la parte dedicada a este sacramento en el Catecismo puede ser de utilidad extraordinaria para encontrar buenas ideas (cfr. CEC 1322-1419). Consideremos, al menos, dos aspectos sobre los que centrar nuestros esfuerzos, y que serían objeto de nuestra charla espiritual. Me refiero a la preparación de la Misa y a la acciónd e gracias.
Si queremos una práctica fructífera del sacramento eucarístico, conviene llegar a Misa unos minutos antes de su comienzo. Prepararse para el encuentro. Usar oraciones de larga tradición cristiana (u otras parecidas), donde santos como Ambrosio, Tomás de Aquino o Felipe Neri han considerado la grandeza de lo que va a suceder. Como en todo gran acontecimiento humano, sea del estilo que sea, la preparación no es accesoria, es necesaria. Causan tristeza las personas que continuamente y sin falta llegan tarde a Misa, incluso cuando vienen solas y son dueñas de su tiempo. Es importante no juzgar, pero también ser sincero: ¿Es posible vivir la Misa con estado exterior (e interior) de prisa y precipitación?
El Concilio Vaticano II habló de la necesidad de una actuosa participatio del fiel en la Eucaristía. Años después, Benedicto XVI daba algunas claves para poder entender esa participación activa de modo concreto y eficaz. «Una de ellas es ciertamente el espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida. Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental» (SC 55). Junto a la preparación próxima de la Misa, Benedicto XVI sugiere otros aspectos que no deben ser olvidados por os creyentes: la confesión frecuente, el ayuno eucarístico y el silencio interior.
Por otra parte, la acción de gracias consiste en dedicar unos minutos a estar con Jesús, una vez acabada la Misa. Esta práctica está íntimamente vinculada a la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y a la comunión, más que a la celebración misma. Jesús se queda en el pan, jesús se hace presente en el vino, Jesús es custodiado en nuestros Sagrarios y por unos minutos en nuestros cuerpos, en nuestros corazones. «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico», afirma san Juan Pablo II, «Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (DC 3).
No todos estos aspectos deben ser repasados en cada dirección espiritual, pero sí es cierto que deberían estar presentes de forma periódica, porque hablan del cuidado del don más precioso: la celebración eucarística y la comunón. ¿Cómo ha sido durante las últimas semanas mi relación con Jesús Eucaristía? ¿Es mi participación en la Misa una participación activa? ¿Visito a Jesús en el Sagrario, con devoción, sinceramente? ¿Me olvido de que mora en los Sagrarios?

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

Gaudete et exsultate – Francisco I

149. No obstante, para que esto sea posible, también son necesarios algunos momentos solo para Dios, en soledad con él. Para santa Teresa de Ávila la oración es «tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama»[111]. Quisiera insistir que esto no es solo para pocos privilegiados, sino para todos, porque «todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada»[112]. La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente, donde se hacen callar todos los rumores para escuchar la suave voz del Señor que resuena en el silencio.


[111] Libro de la Vida, 8, 5.

[112] Juan Pablo II, Carta ap. Orientale lumen (2 mayo 1995), 16: AAS 87 (1995), 762.

Homilía – Domingo I de Adviento

ACEPTAR LAS OFERTAS DE DIOS

ADVIENTO COMO ACTITUD VITAL

Adviento, antes que tiempo litúrgico, es una actitud teologal que los cristianos hemos de tener a lo largo de la existencia. El tiempo litúrgico no es más que una mediación para espabilar la esperanza, como el Día de la Familia no es nada más que una oportunidad para avivar el afecto y la unión que han de durar todo el año. Adviento es reavivar la actitud de apertura a un futuro mejor que Dios nos ofrece siempre. He aquí una actitud fundamental para el discípulo de Jesús. Vivir en adviento es ponerse en actitud de éxodo, de superación, de querer alcanzar nuevas etapas en el camino hacia la meta; es tomar conciencia de que la persona, el cristiano, la familia, la comunidad, como el avión o la bicicleta, sólo se mantienen en pie avanzando; es concienciarse de que detenerse, en sentido psicológico y espiritual, es estrellarse; es tomar conciencia de que “esto no puede seguir así”.

Vivir en adviento es emprender el éxodo hacia una tierra de promisión siempre mejor. Helder Cámara lo definía como partir, al modo de Abrahán, dejando casa y patria, llenas de seguridades rutinarias, para caminar hacia una vida personal y comunitaria nuevas: “Es, ante todo, salir de uno mismo, romper la coraza del egoísmo que intenta aprisionarnos en nuestro propio ‘yo’. Es dejar de dar vueltas alrededor de uno mismo… La humanidad es más grande, y es a ella a quien debemos servir. Partir es, ante todo, abrirse a los otros, ir a su encuentro; abrirse a otras ideas, incluso las que se oponen a las nuestras. Es tener el aire de un buen caminante”.

Porque esto tiene que cambiar. Y cuando decimos “esto”, decimos todo lo que se refiere a nuestro entorno vital y social, por muy bien que vaya, por la sencilla razón de que tanto la vida personal como la vida social, si es vida, ha de ser evolutiva. ¿Lo tenemos en cuenta al hacer la “carrera” de la vida? ¿Qué recorrido hemos hecho en el año litúrgico que terminó el domingo pasado?

En una tertulia en que intervenía Ortega y Gasset saltó el tema de lo que habían cambiado los contertulios en la última etapa de su vida. Cada uno ponía de relieve los cambios más significativos. Uno de los contertulios comentó: “Yo llevo prácticamente treinta años sin cambiar nada. Le he cogido el tranquillo a la vida, y ahí sigo”. “¿Cuántos años has cumplido?”, le pregunta Ortega y Gasset. “Tengo 64”. “No, le replica, tú no tienes 64 años, tú tienes 64 veces el mismo año”.

Para este hombre la vida era un velódromo en el que no hacía más que dar vueltas al mismo circuito, en lugar de ser una escalada. Dar vueltas siempre al mismo circuito es un pecado grave contra uno mismo, contra el impulso vital de crecer, contra la urgencia del Espíritu que nos apremia igualmente a crecer, contra la comunidad a la que nos debemos y, en definitiva, contra la historia de salvación de la que somos deudores. Estancarse es pecar de haraganería, frustrar el proyecto de Dios y las esperanzas de los hombres; es enterrar los talentos para ahorrarse preocupaciones (Mt 25,14-30).

En el pasaje evangélico Jesús habla de la desintegración apocalíptica del universo, pero no malinterpretemos; lo que Jesús quiere decir es que él, primordialmente, viene a desintegrar el viejo mundo contaminado de maldad que hemos construido entre todos, para construir un mundo nuevo, una humanidad nueva, su Reino. Esto tiene que cambiar. Pero, ¿es que no tenemos nada bueno? No se trata de eso. Aunque abunden las realidades buenas y hagamos muchísimo bien, esto tiene que cambiar por la sencilla razón de que Dios quiere para nosotros una vida mejor, una familia mejor, un grupo y una comunidad mejores, una sociedad y una Iglesia mejores. Esto tiene que cambiar porque falta mucho para que realicemos íntegramente el plan de Dios y porque lo exige la dinámica cristiana de constante superación.

Vivir y celebrar el Adviento es ponerse ante Dios y preguntarle: ¿Qué ofertas nuevas nos haces, Señor? ¿Qué proyectos nuevos presentas a cada uno, a nuestra familia, a nuestra comunidad, a nuestro mundo laboral? ¿Cómo podemos llevarlos a cabo? ¿Qué quieres, Señor, que hagamos? (Hch 22,10). Todos tenemos adicciones y esclavitudes de las que hemos de liberarnos y libertades que hemos de conquistar.

LA REVOLUCIÓN EMPIEZA POR CASA

Sentimos que muchas cosas deberían cambiar. Pero, a la hora de verificar el cambio, es fácil escurrir el bulto con escapatorias. Es preciso decirse uno a sí mismo, la familia a sí misma, el grupo a sí mismo: Soy yo, somos nosotros los que hemos de cambiar. Es aleccionadora y alentadora la confesión del sufí Bayacid: “De joven yo era revolucionario, y mi oración consistía en decir a Dios: ‘Señor, dame fuerza para cambiar el mundo’… Años después: ‘Señor, dame la gracia de transformar a cuantos entran en contacto conmigo’… Ahora que tengo los días contados, mi única oración es la siguiente: ‘Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo'”.

Vivir en adviento no es esperar a que cambie el otro o los otros, ni esperar a que sean otros los que cambien las estructuras, sino comprometerme a cambiar yo, a cambiarlas yo. ¿Nos imaginamos lo que hubiera cambiado nuestro entorno si nosotros hubiéramos cambiado, si en vez de ser simplemente buenos, hubiéramos sido mejores?

Adviento es aceptar la oferta del Señor Jesús de una vida nueva. La conversión no se reduce a pequeños retoques, implica un cambio profundo. Supone cambiar algunas claves

de interpretación. El Señor me ofrece una vida de paz, de felicidad, que brota de la entrega: “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20,35).

Quizás busco demasiado afanosamente las seguridades terrenas y sociales, acumular bienes económicos, poder consumir con abundancia, relevancia social… Es posible que me esté dejando arrollar por un activismo desbordado y desbocado que me impide saborear la vida, la convivencia, la amistad, el sosiego interior, la oración. Esto hace que me esté “desviviendo”, en el peor sentido, es decir, maltratándome en lo profundo de mi ser. El Señor me ofrece su paz (Jn 14,27), otro alimento y otra contemplación.

DIOS NOS AYUDARÁ A CAMBIAR

Celebrar el Adviento es avivar la fe de que Dios está con nosotros para hacer realidad los proyectos que Él nos ha inspirado por su Espíritu. Es creer que “para Dios no hay nada imposible” (Lc 1,37). Es esperar que aquí va a pasar algo porque Dios puede cambiar el desierto en vergeles. Si vivimos de verdad en adviento habrá una verdadera Navidad, porque nacerá algo nuevo en nosotros. Tendremos una experiencia nueva de Dios, de la vida, de nuestros prójimos. Ésta es la promesa que el Señor nos hace solemnemente al comienzo del Adviento. Y Él (lo sabemos muy bien) no falla.

Como el pueblo de Israel, también nosotros estamos esperando al Mesías, pero en su segunda venida, venida gloriosa, como consumador de la historia. Hemos de esperarle en actitud vigilante, activa y renovadora, llevando a cabo la tarea que nos ha encomendado mientras vuelve. Si aceptamos las liberaciones que en el tiempo nos ofrece el Señor, si nos empeñamos en continuar su obra liberadora, gozaremos de la liberación definitiva que ofrecerá al final de los tiempos. La esperanza cristiana no tiene nada que ver con la simple espera, el aguardar con los brazos caídos a que venga el tren que nos lleve a la otra vida. La esperanza cristiana alienta la entrega y la responsabilidad (Cf. Mt 24,45-51).

 

Atilano Alaiz

Lc 21, 25-28. 34-36 (Evangelio – Domingo I de Adviento)

Estamos ya, en los últimos días de la vida terrena de Jesús, después de su entrada triunfal en Jerusalén. Jesús está completando la catequesis de los discípulos y, en ese contexto, les anuncia tiempos difíciles de persecución y de martirio. Les avisa, también, de que la misma ciudad de Jerusalén será, próximamente, sitiada y destruida (cf. Lc 21,20-24).

Pues bien, es en este contexto y en esta secuencia donde se desarrolla el texto del evangelio de hoy.

El vector fundamental alrededor del cual se estructura el Evangelio de hoy, se sitúa en la referencia a la venida del Hijo del Hombre “con gran poder y majestad” (Lc 21,27) y en la invitación a recobrar el ánimo y levantar la cabeza porque “se acerca vuestra liberación”(Lc 21,28).

La palabra “liberación” (“apolytrôsis”, “rescate de un cautivo”) es una palabra característica de la teología paulina (1 Cor 1,30; cfr. Rom 3,24; 8,23; Col 1,14…), donde es usada para definir el resultado de la acción redentora de Jesús en favor de los hombres. El proyecto de salvación/liberación de la humanidad, concretado en las palabras y en los gestos de Jesús, es presentado como el “rescate” de una humanidad prisionera del egoísmo, del pecado, de la muerte. Se trata, por tanto, de liberación de todo lo que esclaviza a los hombres y les impide vivir en la dignidad de los hijos de Dios.

El mensaje propuesto a los discípulos es claro: os espera un camino marcado por el sufrimiento, por la persecución (cf. Lc 21,12-19); mientras tanto, no os dejéis hundir en la desesperación porque Jesús viene. Con su venida gloriosa (de ayer, de hoy, de mañana), acabará la esclavitud insoportable que os impide conocer la vida en plenitud y nacerá un mundo nuevo, de alegría y de felicidad plenas.

Las “señales” catastróficas presentadas, no son un cuadro del “fin del mundo”; son imágenes utilizadas por los profetas para hablar del “día del Señor”, esto es, el día en el que Yahvé va a intervenir en la historia para liberar definitivamente a su Pueblo de la esclavitud, inaugurando una era de vida, de fecundidad y de paz sin fin (cf. Is 13,10; 34,4). El cuadro está destinado, por tanto, no a amedrentar, sino a abrir los corazones a la esperanza: cuando Jesús venga con su autoridad soberana, el mundo viejo de egoísmo y de esclavitud caerá y surgirá el día nuevo de la salvación/liberación sin fin.

Hay, además, una invitación a la vigilancia (cf. Lc 21,34-36): es necesario mantener una atención constante, a fin de que las preocupaciones terrenas y las cadenas esclavizantes no impidan a los discípulos reconocer y acoger al Señor que viene.

La reflexión acerca del Evangelio de hoy puede tocar, entre otros, los siguientes puntos:

La realidad de la historia humana está marcada por nuestras limitaciones, por nuestro egoísmo, por la destrucción del planeta, por la esclavitud, por la guerra y por el odio, por la prepotencia de los señores del mundo.
¡Cuántos millones de hombres viven todos los días en la miseria y el sufrimiento que les hace esclavos, les roba al vida y la dignidad!

La Palabra de Dios que hoy se nos ofrece, abre la puerta a la esperanza y grita a todos los que viven en la esclavitud: “alegraos, porque vuestra liberación está próxima”. Con la venida de Jesús, el proyecto de salvación/liberación de Dios va a hacerse una realidad viva; el mundo viejo va a convertirse en una nueva realidad, de vida y de felicidad para todos”.

Sin embargo, la salvación/liberación que ha de transformar nuestras existencias no es una realidad que deba ser esperada con los brazos cruzados. Es necesario “estar despiertos” a esa salvación que se nos ofrece como don, y acogerla. Jesús viene, pero es necesario reconocerlo en los signos de los tiempos, en el rostro de los hermanos, en las peticiones de socorro de los que sufren y que buscan la liberación. Es necesario, también, tener la voluntad y la libertad de acoger el don de Jesús, dejar que él nos transforme el corazón y se haga vida en nuestros gestos y palabras.

Es necesario, además, tener presente, que este mundo nuevo, que está permanentemente haciéndose y depende de nuestro testimonio, nunca será una realidad plena en esta tierra, sino una realidad escatológica, cuya plenitud sólo sucederá después de que Cristo, el Señor, haya destruido definitivamente el mal que nos hace esclavos.