Vísperas – Martes XXXIV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y, llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

Dejo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
no curo de sus ficciones,
que traen hierbas secretas
sus sabores.
Aquél sólo me encomiendo,
aquél sólo invoco yo
de verdad,
que, en este mundo viviendo,
el mundo no conoció
su deidad. Amén.

SALMODIA

Ant 1. No podéis servir a Dios y al dinero.

Salmo 48 I – VANIDAD DE LAS RIQUEZAS

Oíd esto, todas las naciones,
escuchadlo, habitantes del orbe:
plebeyos y nobles, ricos y pobres;

mi boca hablará sabiamente,
y serán muy sensatas mis reflexiones;
prestaré oído al proverbio
y propondré mi problema al son de la cítara.

¿Por qué habré de temer los días aciagos,
cuando me cerquen y me acechen los malvados,
que confían en su opulencia
y se jactan de sus inmensas riquezas,
si nadie puede salvarse
ni dar a Dios un rescate?

Es tan caro el rescate de la vida,
que nunca les bastará
para vivir perpetuamente
sin bajar a la fosa.

Mirad: los sabios mueren,
lo mismo que perecen los ignorantes y necios,
y legan sus riquezas a extraños.

El sepulcro es su morada perpetua
y su casa de edad en edad,
aunque hayan dado nombre a países.

El hombre no perdura en la opulencia,
sino que perece como los animales.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No podéis servir a Dios y al dinero.

Ant 2. «Atesorad tesoros en el cielo», dice el Señor.

Salmo 48 II

Éste es el camino de los confiados,
el destino de los hombres satisfechos:

son un rebaño para el abismo,
la muerte es su pastor,
y bajan derechos a la tumba;
se desvanece su figura
y el abismo es su casa.

Pero a mí, Dios me salva,
me saca de las garras del abismo
y me lleva consigo.

No te preocupes si se enriquece un hombre
y aumenta el fasto de su casa:
cuando muera, no se llevará nada,
su fasto no bajará con él.

Aunque en vida se felicitaba:
«Ponderan lo bien que lo pasas»,
irá a reunirse con sus antepasados,
que no verán nunca la luz.

El hombre rico e inconsciente
es como un animal que perece.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Atesorad tesoros en el cielo», dice el Señor.

Ant 3. Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

Cántico: HIMNO A DIOS CREADOR Ap 4, 11; 5, 9-10. 12

Eres digno, Señor Dios nuestro, de recibir la gloria,
el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y por tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría,
la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

LECTURA BREVE   Rm 3, 23-25a

Todos pecaron y se hallan privados de la gloria de Dios; son justificados gratuitamente, mediante la gracia de Cristo, en virtud de la redención realizada en él, a quien Dios ha propuesto como instrumento de propiciación.

RESPONSORIO BREVE

V. Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor.
R. Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor.

V. De alegría perpetua a tu derecha.
R. En tu presencia, Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Haz, Señor, obras grandes por nosotros, porque tú eres poderoso y tu nombre es santo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Haz, Señor, obras grandes por nosotros, porque tú eres poderoso y tu nombre es santo.

PRECES

Alabemos a Cristo, pastor y obispo de nuestras vidas, que vela siempre con amor por su pueblo, y digámosle suplicantes:

Protege, Señor, a tu pueblo.

Pastor eterno, protege a nuestro obispo N.
y a todos los pastores de la Iglesia.

Mira con bondad a los que sufren persecución
y líbralos de todas sus angustias.

Compadécete de los pobres y necesitados
y da pan a los hambrientos.

Ilumina a los que tienen la misión de gobernar a los pueblos
y dales sabiduría y prudencia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

No olvides, Señor, a los difuntos redimidos por tu sangre
y admítelos en el festín de las bodas eternas.

Unidos fraternalmente como hermanos de una misma familia, invoquemos al Padre común:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, Señor del día y de la noche, humildemente te pedimos que la luz de Cristo, verdadero sol de justicia, ilumine siempre nuestras vidas para que así merezcamos gozar un día de aquella luz en la que tú habitas eternamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

 

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Lectio Divina – 27 de noviembre

Lectio: Martes, 27 Noviembre, 2018
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Lucas 21,5-11
Como algunos hablaban del Templo, de cómo estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, él dijo: «De esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.» Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?» Él dijo: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: `Yo soy’ y `el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.» Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo.
3) Reflexión
• En el evangelio de hoy empieza el último discurso de Jesús, llamado Discurso Apocalíptico. Es un largo discurso, que será el asunto de los evangelios de los próximos días hasta el final de esta última semana del año litúrgico. Para nosotros del Siglo XXI, el lenguaje apocalíptico es extraño y confuso. Pero para la gente pobre y perseguida de las comunidades cristianas de aquel tiempo era la manera que todos entendían y cuyo objetivo principal era animar la fe y la esperanza de los pobres y oprimidos. El lenguaje apocalíptico es fruto del testimonio de fe de estos pobres que, a pesar de las persecuciones y a pesar de lo que veían, seguían creyendo en que Dios estaba con ellos y que seguían siendo el Señor de la historia.
• Lucas 21,5-7: Introducción al Discurso Apocalíptico. En los días anteriores al Discurso Apocalíptico, Jesús había roto con el Templo (Lc 19,45-48), con los sacerdotes y con los ancianos (Lc 20,1-26), con los saduceos (Lc 20,27-40), con los escribas que explotaban a las viudas (Lc 20,41-47) y al final vemos en el evangelio de ayer que teje el elogio de la viuda que dio en limosna todo aquello que poseía (Lc 21,1-4). Ahora, en el evangelio de hoy, al oír como “algunas personas hablaban del Templo, de cómo estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas”, Jesús responde anunciando la destrucción total del Templo: “De esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.” Al oír este comentario de Jesús, los discípulos preguntan: “Maestro, ¿cuándo sucederá esto? ¿Y cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?” Ellos quieren más información. El Discurso Apocalíptico que sigue es la respuesta de Jesús a esta pregunta de los discípulos sobre el cuándo y el cómo de la destrucción del Templo. El evangelio de Marcos informa lo siguiente sobre el contexto en que Jesús pronunció este discurso. Dice que Jesús había salido de la ciudad y estaba sentado en el Monte de los Olivares (Mc 13,2-4). Allí, desde lo alto del Monte, tenía una vista majestuosa del Templo. Marcos nos dice que eran sólo cuatro los discípulos que fueron a escuchar el último discurso. Al comienzo de su predicación, tres años antes, allí en Galilea, las multitudes iban detrás de Jesús para escuchar sus palabras. Ahora, en el último discurso, hay apenas cuatro oyentes: Pedro, Santiago, Juan y Andrea (Mc 13,3). ¡Eficiencia y buen resultado no siempre se miden por la cantidad!
• Lucas 21,8: Objetivo del discurso: “¡Mirad, no os dejéis engañar!”    Los discípulos habían preguntado: “Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?” Jesús empieza su respuesta con una advertencia: “Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: `Yo soy’ y `el tiempo está cerca’. No les sigáis”. En época de mudanzas y de confusión siempre aparecen personas que quieren sacar provecho de la situación engañando a los demás. Esto acontece hoy y estaba ocurriendo en los años 80, época en que Lucas escribe su evangelio. Ante los desastres y guerras de aquellos años, ante la destrucción de Jerusalén del año 70 y ante la destrucción de la persecución de los cristianos por el imperio romano, muchos pensaban que el fin de los tiempos estuviera llegando. Y hasta había gente que decía: “Dios ya no controla los hechos. ¡Estamos perdidos! ” Por esto, la preocupación principal de los discursos apocalípticos es siempre la misma: ayudar a las comunidades a discernir mejor los signos de los tiempos para no dejarse engañar por las conversaciones de la gente sobre el fin del mundo: “Mirad, ¡no os dejéis engañar!”. Luego viene el discurso que ofrece señales para ayudarlos en el discernimiento y, así, aumentar en ellos la esperanza.
• Lucas 21,9-11: Señales para ayudar a leer los hechos. Después de esta breve introducción, empieza el discurso propiamente dicho: “Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.» Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo.” Para entender bien estas palabras, es bueno recordar lo siguiente. Jesús vivía y hablaba en el año 33. Los lectores de Lucas vivían y escuchaban en el año 85. Ahora, en los años cincuenta, entre el año 33 y el año 85, la mayoría de las cosas mencionadas por Jesús habían acontecido ya y todos las conocían. Por ejemplo, en varias partes del mundo había guerras, aparecían falsos mesías, surgían enfermedades y pestes y, en Asia Menor, los terremotos eran frecuentes. En un estilo bien apocalíptico, el discurso enumera todos estos acontecimientos, uno después de otro, como señales o como etapas del proyecto de Dios en la andadura de la historia del Pueblo de Dios, desde la época de Jesús hasta el fin de los tiempos:
1a señal: los falsos mesías (Lc 21,8);
2a señal: guerras y revoluciones (Lc 21,9);
3a señal: nación contra otra nación, un reino contra otro reino, (Lc 21,10);
4a señal: terremotos en varios lugares (Lc 21,11);
5a señal: hambre, peste y señales en el cielo (Lc 21,11);
Hasta aquí el evangelio de hoy. El evangelio de mañana trae una señal más: la persecución de las comunidades cristianas (Lc 21,12). El evangelio de pasado mañana trae dos señales más: la destrucción de Jerusalén y el inicio de la desintegración de la creación. Así, por medio de estas señales del Discurso Apocalíptico, las comunidades de los años ochenta, época en la que Lucas escribe su evangelio, podían calcular a qué altura se encontraba la ejecución del plan de Dios, y descubrir que la historia no se había escapado de la mano de Dios. Todo era conforme con lo que Jesús había previsto y anunciado en el Discurso Apocalíptico.
4) Para la reflexión personal
• ¿Qué sentimiento te habitaba durante la lectura de este evangelio de hoy? ¿Sentimiento de miedo o de paz?
• ¿Piensas que el fin del mundo está cerca? ¿Qué responder a los que dicen que el fin del mundo está cerca? ¿Qué es lo que hoy anima a la gente a resistir y tener esperanza?
5) Oración final
Exulte delante de Yahvé, que ya viene,
viene, sí, a juzgar la tierra!
Juzgará al mundo con justicia,
a los pueblos con su lealtad. (Sal 96,13)

Religión vs Espiritualidad

“La religión no es sólo una, hay cientos.
La Espiritualidad es una.

La religión es para los que duermen.
La Espiritualidad es para los que están despiertos.

La religión es para aquellos que necesitan que alguien les diga qué hacer y quieren ser guiados.
La Espiritualidad es para aquellos que prestan atención a su voz interior.

La religión tiene un conjunto de reglas dogmáticas.
La Espiritualidad invita a razonar sobre todo, a cuestionar todo.

La religión amenaza y asusta.
La Espiritualidad da Paz interior.

La religión habla de pecado y culpa.
La Espiritualidad dice: “aprender del error”.

La religión reprime todo, y en algunos casos es falsa.
La Espiritualidad trasciende todo, te muestra la diferencia entre la realidad y la Verdad!

La religión no es Dios.
La Espiritualidad es todo y, por tanto, es Dios.

La religión inventa.
La Espiritualidad encuentra.

La religión no pide ninguna pregunta.
La Espiritualidad cuestiona todo.

La religión es humana, es una organización con reglas.
La Espiritualidad es Divina, sin reglas.

La religión es la causa de las divisiones.
La Espiritualidad es la causa de la Unión.

La religión te busca para que creas.
La Espiritualidad necesita que investigues que busques.

La religión sigue los preceptos de un libro sagrado.
La Espiritualidad busca lo sagrado en todos los libros.

La religión se alimenta del ego.
La Espiritualidad nos permite trascender.

La religión nos hace renunciar al mundo.
La Espiritualidad nos permite vivir en Dios, no se da a él.

La religión es el culto.
La Espiritualidad es la meditación.

La religión nos hace soñar la gloria y el paraíso en el futuro.
La Espiritualidad nos permite vivir la gloria y el paraíso aquí y ahora.

La religión se alimenta del miedo.
La Espiritualidad verifica y se alimenta de la confianza y la fe.

La religión está viviendo en el pensamiento.
La Espiritualidad es vivir en la conciencia.

La religión se ocupa de hacer.
La Espiritualidad tiene que ver con el ser.

La religión vive en el pasado y en el futuro.
La Espiritualidad vive en el presente.

La religión en-claustra nuestra memoria.
La Espiritualidad libera nuestra conciencia.

La religión cree en la vida eterna.
La Espiritualidad nos hace conscientes de la vida eterna.

La religión promete después de la muerte.
La Espiritualidad es encontrar a Dios en nuestro interior durante toda la vida.

No somos seres humanos que pasamos por una experiencia espiritual…
Somos seres espirituales que pasamos por una experiencia humana”

Teilhard de Chardin

Morir a uno mismo

El 22 de diciembre de 1833, el beato John Henry Newman predicaba un sermón que sacudió las amodorradas conciencias de sus oyentes. «Sea cual sea vuestro estado, bueno será que os preguntéis, uno a uno “¿cómo sé yo que estoy en el buen camino? ¿Cómo sé que mi fe es auténtica, que no estoy dormido?”» (Sermones parroquiales, 1,p. 87).

Cuando un creyente confiesa su fe en un ambiente hostil, hay demasiadas evidencias como para llegar a afirmar que esté dormido, que su fe sea silente o mediocre. El alma permanece despierta porque no se acomoda a vivir ajena a la voluntad de Dios, porque no se resigna a pensar la vida como la mayoría materialista, lejos del Señor. «La misma profesión del Evangelio sería casi una evidencia de tener verdadera fe, porque tal profesión entre los paganos es casi seguro que implicaría persecución», prosigue el beato Newman. «De ahí que las Epístolas estén tan llenas de expresiones de alegría en el Señor Jesús y en la esperanza exultante de salvación. Los que habían padecido por Cristo bien podían sentirse seguros. “La tribulación produce la paciencia; la paciencia la virtud probada; la virtud probada, la esperanza” (Rm 5, 3-4). “En adelante, que nadie me importune, porque llevo en mi cuerpo las señales de Jesús” (Ga 6, 17). “Llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2Co 4, 10). “Y es firme nuestra esperanza acerca de vosotros, porque sabemos que así como sois solidarios en los padecimientos, también lo seréis en la consolación” (2Co 1, 7)» (pp. 91-92).

La pregunta que con razón se hace el predicador, y que también nos hacemos nosotros, es cómo conseguimos ponernos en la estela de estos primeros cristianos. ¿Cómo podemos tener nosotros esa misma fe, tan llena de vida? Ellos se sentían precarios, sin nada, heridos y perseguidos, pero también profundamente amados, llenos del Espíritu de Dios, y sabedores de un encargo sobrenatural: ser misioneros de la Palabra que salva. ¿Podremos nosotros en algún caso poder llegar a decir estas bellas palabras referidas a nuestras comunidades?

El modo para alcanzar esa identificación con Jesús, esa certeza de estar obedeciendo al plan divino, es el compromiso cierto por morir a uno mismo: la abnegación. «El que quiera venir en pos de mí», afirma nuestro Señor Jesucristo, «que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mc 8, 34). La muerte a uno mismo adquiere tintes dramáticos en otro de los pasajes evangélicos: «Si alguno viene a mí no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 26-27).

En muchos ambientes, se ha negado el sentido de la mortificación, cuando en realidad es «un deber capital del cristiano» (p. 93). Es más, la negación a uno mismo «puede considerarse la prueba de si somos o no discípulos de Cristo, de si vivimos en un sueño que tomamos por fe y obediencia cristianas o estamos real y verdaderamente despiertos, vivos, con los pies en la tierra y en camino hacia el cielo. Los primeros cristianos fueron adelante entre renuncias, dando testimonio del Evangelio. ¿A qué hemos renunciado nosotros ahora que confesar el Evangelio no implica una renuncia? ¿En qué sentido cumplimos las palabras de Cristo? ¿Tenemos una idea clara de lo que significa «tomar la cruz»? (…) ¿Qué estamos haciendo que podamos afirmar que hacemos por Cristo, que nos redimió?».
Cada día. Cristo nos anima, aún más, nos ordena llevar su Cruz cada día. «La abnegación que es prueba de fe es una abnegación diaria». La vida cristiana no significa cambios radicales en estilo de vida o de oración. Eso puede ser el arranque de la existencia cristiana, pero el habitar como hijos de Dios requiere un empeño constante y diario, para poder irradiar su amor y vivir de la caridad de Dios. Poner a disposición de Dios todas nuestras fuerzas, todas nuestras potencias (memoria, inteligencia y voluntad) y todos nuestros sentidos, para que el Señor se luzca. Morir a uno mismo no tiene un objetivo macabro; al contrario, morir con Cristo es finalmente resucitar con Él a una vida donde «ya no habrá muerte, ni duelo ni llanto ni dolor» (Ap 21, 4).
Mortificarse encuentra su objeto en la pequeñez de cada instante. No es difícil concretar ese morir a uno mismo: basta detenerse a examinar nuestra cotidianidad y empeñarse en ella. Escuchemos nuevamente al beato Newman: «Así que tomar la cruz de Cristo no es un acto trascendental que se hace una vez para siempre; consiste en la práctica, una y otra vez, de pequeños deberes que no son agradables» (p. 94). Nuestra posible lista de sacriicios o mortificaciones, de la cual rendiremos cuenta eventualmente en la dirección espiritual, puede responder en primer lugar a esta pregunta: ¿Cómo afronto las contradicciones de cada día, los trabajos que me son más pesados?
En segundo lugar, las mortificaciones hacen referencia a ese morir a nosotros mismos en lo que no va. «Cualquiera que acostumbre a examinarse mínimamente conoce sus defectos (…). Unos son indolentes y amigos de la diversión, otros son apasionados y de mal carácter, el otro es vanidoso, aquel otro no controla la lengua, otros son débiles y no pueden aguantar que colegas ligeros se rían de ellos, otros viven atormentados por malas pasiones, de las que se avergüenzan por que no pueden vencer. Que cada uno piense cuál es su punto débil; ahí tiene la prueba que busca». La mortificación, en este sentido, es también vigilancia: conocemos nuestra debilidad y entrenamos nuestro cuerpo —y nuestra alma— para no caer cuando llega la tentación.

Por ejemplo, si sabemos que su hijo nos saca de quicio siempre que nos pide ayuda en el estudio, y acabamos faltándole a la caridad, ser mortificado en este punto será educar el carácter mediante pequeñas y constantes negaciones, de modo que poco a poco se domine ese mal genio. Esto se consigue tratando con personsa que cargan menos, aun cuando también sean tardas y lentas en actuar, pero no tanto como el propio hijo, o al menos no son tan débiles como para que pueda estallar con ellos el mal carácter. En este sentido, ayudarán sin lugar a dudas propósitos tales como tratar de conducir más sosegadamente, no sentarnos siempre en el autobús o en el metro (aunque vaya medio vacío), mortificar la lengua al insulto rápido, o no dejar a medias las tareas que también a nosotros nos cuestan mucho. Mediante esta abnegación de cada día, quizá con el paso del tiempo la prudencia aconseje volver a intentar explicar matemáticas al hijo que no sabe, protegidos ahora con la armadura del sacrificio. «Es bueno, por tanto, buscar por ti mismo negaciones todos los días», concluye el beato Newman; «y esto porque nuestro Señor te manda tomar tu cruz cada día, porque así das pruebas de sinceridad y porque al hacerlo fortaleces tu autodominio, y obtendrás un control habitual sobr eti mismo que será una defensa bien preparada para cuando llegue el momento de la tentación».
El horizonte de esos sacrificios no tienen que ser grandes planteamientos ni extraordinarias situaciones. «Ponte en pie por las mañanas con el propósito de que (con la gracia de Dios) el día no pase sin algún renunciamiento; algún renunciamiento en placeres y gustos sin importancia, si no hay ocasión de enfrentarse al pecado. Que el mismo levantarse de la cama sea un renunciamiento, que tus comidas sean un renunciamiento. Proponete ceder ante los demás en cosas sin importancia, cambiar tu nombre de ser en cosas menores, tomarte molestias (sin descuidar tus deberes) antes que quedarte ese día sin tu disciplina. Es el método del salmista que, según dice, es “golpeado cada día y castigado cada mañana” (Sal 73, 14). Es el método de san Pablo, que se dominaba: “castigo mi cuerpo y lo someto a servidumbre” (1Co 9, 27). Este es el gran efecto del ayuno» (pp. 95-96).
Todo este elenco de amoroso contrariarse —tanto en los sentidos como en lo interior— puede ser recogido en una lista que exprese, negro sobre blanco, el tenor de nuestra lucha. De este espíritu de abnegación y servicio, que se expresa en el cotidiano olvido de uno mismo, rendiremos cuenta en el acompañamiento espiritual, refiriendo si estamos sometidos a Dios nuestros antojos (cfr. 1Co 9, 27), o más bien somos sometidos por ellos.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

Gaudete et exsultate – Francisco I

150. En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone. De otro modo, todas nuestras decisiones podrán ser solamente «decoraciones» que, en lugar de exaltar el Evangelio en nuestras vidas, lo recubrirán o lo ahogarán. Para todo discípulo es indispensable estar con el Maestro, escucharle, aprender de él, siempre aprender. Si no escuchamos, todas nuestras palabras serán únicamente ruidos que no sirven para nada.