Vocación

Nada hacía presagiar un final así. Estudiaba primero de carrera y andaba sobrada de ilusión por su reción estrenada vida universitaria. Durante varias jornadas, se celebró en una de las facultades un congreso sobre voluntariado y cooperación. A ella le interesó especialmente una de las conferencias, atraída no tanto por la ponencia, como por el hecho de haber sido invitada por uno de los chicos más guapos de la universidad.

Las palabras del ponente —acompañadas por una presentación informática con fotografías y vídeos— le impresionaron hondamente, tocándole lo más íntimo del alma. Se habló de pobreza y maltrato infantil, desnutrición y falta de compromiso; pero también de amor y de razones del corazón, de la luz del buen obrar, del olvido de uno mismo y de la entrega a los más necesitados.

Cuando terminaron las preguntas, se dio por concluida la ponencia, y nuestra protagonista salió entre lágrimas de la sala de conferencias, olvidando al chico y a sus amigas. Se acercó a la habitual estación de metro que le encaminaba a casa, preocupada, pensativa. Ya nada era igual, reconocerá más adelante. Todo había cambiad porque ese día ya no veía pobres, veía a Jesús en ellos; ya no veía gente, veía corazones que sufren o se alegran; ya no veía mis planes, sino los de Jesús sobre mí, que me llamaba a servir a los demás de un modo que nunca antes había imaginado. Se había abierto un nuevo horizonte: la entrega sin fisuras de toda mi vida.

Esta historia, por otra parte real, pone de manifiesto cuál es el lugar donde se desarrolla el diálogo de la vocación: la intimidad de la conciencia. En lo más profundo de uno mismo reverbera esa palabra mediante la cual Dios quiere indicarnos el camino para orientar nuestra vida. Sin embargo, esa palabra no siempre resuena con claridad y no es fácil distinguirla de otros discursos. Se duda sobre la autenticidad de esas mociones interiores, y surgen zozobras. Como para aquella chica, es decisivo para todos poder responder si verdaderamente será eso lo que Dios quiere.

Obtener una respuesta es lo más necesario de la existencia. La resolución del planteamiento vocacional se plantea fundamentalmente —aunque no en exclusividad— en la adolescencia y la juventud, momento en el cual se toma una orientación profesional y vital. ¿Qué quiero hacer con mi vida?
La dirección espiritual es testigo de este maravilloso conversar del hombre con Dios. Mediante la conversación espiritual, el director tiene una misión capital: ayudar al dirigido a conocerse y ser capaz de responder a la pregunta sobre su identidad (¿Quién soy?), motivar en él la inquietud de más (¿Quién quiero llegar a ser?) y confiarlo a un diálogo de intimidad con Dios, donde se cuestiona sobre quién quiere Él que llegue a ser. Mediante el acompañamiento espiritual, las almas se conocen y conforman sus horizontes vitales según Dios: si al principio tenían unas metas a la medida de sus posibilidades, ahora se abren a un futuro a la medida de las posibilidades de Dios mismo.
¿Quién quiere Dios que llegue a ser? El acompañado, en la sinceridad que le es propia, hará partícipe al director de las inquietudes que brotan en su interior. En este sentido, el respeto e incluso la veneración son las actitudes adecuadas para quien quiere acompañar almas. Lo honrado es dejar que la voz de Dios resuene, respetar siempre la libertad del otro, y no cuestionar en ningún caso sus esfuerzos o generosidad. Cada caminante siga su camino.
Cuando esto ocurre, y el alma del joven se siente urgida a más, poco a poco adquirirá certezas que le llevarán por uno y otro camino. Para llevar a cabo este discernimiento, tienen que intervenir en sus consideraciones —y también en la conversación espiritual— las tres potencias del alma: Memoria, inteligencia y voluntad (M. Costa, p. 213).

Para llegar a una conclusión cierta sobre el camino vocacional, lo primero es implicar a la memoria. Hacer una propia historia vocacional, íntima, y ponerla en común con el director espiritual, si se considera conveniente. Recordar con él, después de haberlo rezado con Dios, los principales hitos de la eventual llamada: cuándo y cómo me sentí llamado, por qué a este camino y no a otro, en qué contextos, cuántas veces, si fue ya de pequeño o de mayor… Para mirar de frente a la vocación, es necesario observar primero alrededor: pasado, presente y futuro.

El tenor vocacional de la oración de la memoria fue subrayado con bellas palabras por el Papa Francisco, durante la entrevista concedida a Antonio Spadaro. «La oración es para mí siempre una oración «memoriosa», llena de memoria, de recuerdos, incluso de memoria de mi historia o de lo que el Señor ha hecho en su Iglesia o en una parroquia concreta», afirmaba el Papa. «Para mí, se trata de la memoria de que habla san Ignacio en la primera Semana de los Ejercicios, en el encuentro misericordioso con Cristo Crucificado. Y me pregunto: «¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?»». Estas preguntas, presentes en algún momento de nuestra vida, también son horizonte de diálogo para que nos puedan ayudar en la dirección espiritual. «Es la memoria de la que habla también Ignacio en la Contemplación para alcanzar amor, cuando nos pide que traigamos a la memoria los beneficios recibidos», concluía el Papa «pero, sobre todo, sé que el Señor me tiene en su memoria. Yo puedo olvidarme de Él, pero yo sé que Él jamás se olvida de mí».
En el proceso vocacional, del que es testigo el acompañamiento espiritual, intervienen —evidentemente— la inteligencia y la libertad. La inteligencia es aquella que tiene que comprender lo que sucede, separar lo verdadero de lo falso, y valorar cuanto considera oportuno. Esa inteligencia es una inteligencia purificada por la oración y por ese noble intento de morir a uno mismo (la abnegación), llegando a pensar según la gloria de Dios y no tanto en relación al propio bienestar. El papel del director espiritual es, por tanto, conducir al acompañado por caminos de oración intensa y sacrificio verdadero; llevar al dirigido al terreno de la sincera voluntad, para que elija libremente.

Para que la elección sea lo más certera posible, es deseable que se pondere en un período tranquilo. El acompañante espiritual tiene que ayudar al que discierne a alcanzar esa paz suficiente, y el dirigido debe confiarse al director para poder conseguir la serenidad que desea. «Llamo «período tranquilo» a aquel en que el alma no es agitada por espíritus diversos y hace uso libre y tranquilamente de las propias facultades naturales (San Ignacio). Sabias palabras —pondera Juan Bautista Torelló— que nada tienen que ver con tantas elucubraciones «altísimas» y alambicadísimas de espiritualidades mal entendidas» (J. B. Torelló, p. 189).

Hay que dejarse ayudar para alcanzar sosiego. La historia vocacional tiene que ir más allá de subidones puntuales o momentos de extraordinaria (y aparente) lucidez que van acompañados de cotidiana oscuridad. «Aquí no hay impulsos, ni arranques, ni entusiasmos, «sino la simple visión de la razón, iluminada por la fe, de que se trata de un estado de vida posible y deseable. Es una vocación —digamóslo así— en frío, sin ninguna o casi ninguna ‘razón del corazón’, por la cual el alma se decide a practicar la vida perfecta como consecuencia de una neta visión del modo en que le conviene servir al Señor» (Macourant)».
Puede sonar extraordinariamente frío, pero la experiencia demuestra que estas son las vocaciones más seguras. «Al comprender la excelencia de un estado sobrenatural en su esencia, se resuelve a seguirlo por completo y sin reservas, apoyándose en una esperanza también netamente sobrenatural (no en las propias fuerzas humanas, ¡siempre desproporcionadas!). Entraña esto la entrega de la libertad, el sacrificio sin medida de uno mismo, el riesgo absoluto en el misterio de la fe. Constituye esto el núcleo de toda verdadera vocación y de todo amor verdadero, que nace de un conocimiento que mueve a estima y decisión, y arrastra consigo —psicológicamente— al sentimiento: la entera personalidad crece ordenadamente; incluido el instinto, que se integra de una manera valiosa y sana».
El acompañamiento espiritual es testigo del milagro de la vocación, y debe extremar en este particular su respeto y admiración por el otro. El regalo de poder participar en el discernimiento vocacional es un don inmerecido: cuidarlo por la sinceridad y la confidencia no es solo una posibilidad, es una obligación, tanto para el acompañante como para el acompañado.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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