Vísperas – San Andrés, apóstol

SAN ANDRÉS APÓSTOL. (FIESTA)

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: COLUMNAS DE LA IGLESIA, PIEDRAS VIVAS.

¡Columnas de la Iglesia, piedras vivas!
¡Apóstoles de Dios, grito del Verbo!
Benditos vuestros pies, porque han llegado
para anunciar la paz al mundo entero.

De pie en la encrucijada de la vida,
del hombre peregrino y de los pueblos,
lleváis agua de Dios a los cansados,
hambre de Dios lleváis a los hambrientos.

De puerta en puerta va vuestro mensaje,
que es verdad y es amor y es Evangelio.
no temáis, pecadores, que sus manos
son caricias de paz y de consuelo.

Gracias, Señor, que el pan de tu palabra
nos llega por tu amor, pan verdadero;
gracias, Señor, que el pan de vida nueva
nos llega por tu amor, partido y tierno. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Vio el Señor a Pedro y a Andrés y los llamó.

Salmo 115 – ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Vale mucho a los ojos del Señor
la vida de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Vio el Señor a Pedro y a Andrés y los llamó.

Ant 2. «Venid en pos de mí -dice el Señor-, y yo os haré pescadores de hombres.»

Salmo 125 – DIOS, ALEGRÍA Y ESPERANZA NUESTRA.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares.

Al ir, iban llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelven cantando,
trayendo sus gavillas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Venid en pos de mí -dice el Señor-, y yo os haré pescadores de hombres.»

Ant 3. Ellos, dejando al momento las redes, siguieron al Señor, su redentor.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ellos, dejando al momento las redes, siguieron al Señor, su redentor.

LECTURA BREVE   Ef 4, 11-13

Cristo ha constituido a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

RESPONSORIO BREVE

V. Contad a los pueblos la gloria del Señor.
R. Contad a los pueblos la gloria del Señor.

V. Sus maravillas a todas las naciones.
R. Contad a los pueblos la gloria del Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Contad a los pueblos la gloria del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Andrés fue siervo de Cristo, digno apóstol de Dios, hermano de Pedro y compañero suyo en el martirio.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Andrés fue siervo de Cristo, digno apóstol de Dios, hermano de Pedro y compañero suyo en el martirio.

PRECES

Hermanos: Edificados sobre el cimiento de los apóstoles, oremos al Padre por su pueblo santo, diciendo:

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia.

Padre santo, que quisiste que tu Hijo resucitado de entre los muertos se manifestara en primer lugar a los apóstoles,
haz que también nosotros seamos testigos de Cristo hasta los confines del mundo.

Padre santo, tú que enviaste a tu Hijo al mundo para dar la Buena Noticia a los pobres,
haz que el Evangelio sea proclamado a toda la creación.

Tú que enviaste a tu Hijo a sembrar la semilla de la palabra,
haz que, sembrando también tu palabra con nuestro esfuerzo, recojamos sus frutos con alegría.

Tú que enviaste a tu Hijo para que reconciliara el mundo contigo,
haz que también nosotros cooperemos a la reconciliación de los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que quisiste que tu Hijo resucitara el primero de entre los muertos,
concede a todos los que son de Cristo resucitar con él, el día de su venida.

Oremos ahora al Padre, como Jesús enseñó a los apóstoles:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, escucha la oración de tu pueblo y concédenos que, así como el apóstol san Andrés fue en la tierra predicador del Evangelio y pastor de tu Iglesia, así ahora en el cielo sea nuestro poderoso abogado ante ti. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio Divina – 30 de noviembre

Lectio: Viernes, 30 Noviembre, 2018

(Mateo 4, 18-22)

El llamado de Andrés y de su hermano;
los primeros discípulos pescadores de hombres.

ORACIÓN

Oh Padre, que has llamado a san Andrés de las redes del mundo a la pesca maravillosa en el anuncio del Evangelio; has que también nosotros podamos gustar siempre más de la dulzura de tu paternidad, especialmente en el sentirnos amados como hijos tuyos; que seamos abiertos a Ti con una fe plena toda nuestra vida, para así permitir ser alcanzados y ser transformados por la mirada y la palabra de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesús; ya que juntos con Él, deseamos llevar la alegre noticia de tu amor misericordioso a tantos hermanos y hermanas, el cual hace, que nuestra vida sea más bella.

Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

LECTURA

Del santo Evangelio según san Mateo (4, 18-22)

18 Mientras Jesús caminaba a orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos: uno era Simón, llamado Pedro, y el otro Andrés. Eran pescadores y estaban echando la red al mar. 19 Jesús los llamó: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.» 20 Al instante dejaron las redes y lo siguieron. 21Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago, hijo de Zebedeo, con su hermano Juan; estaban con su padre en la barca arreglando las redes. Jesús los llamó, 22 y en seguida ellos dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

MEDITACIÓN

* “Caminaba a orillas del mar de Galilea”. Jesús ha salido apenas del desierto, después de cuarenta días de gran soledad y de lucha contra el diablo (cf. Mt 4, 1-11). Él ha salido victorioso; seguro del amor de su Padre y ha venido a Galilea; una tierra lejana y despreciada; una tierra fronteriza y de paganos; solo portando consigo mismo su gran luz y su salvación (cf. Mt 4, 12-16). Y aquí, Él ha iniciado a proclamar  su mensaje de alegría y de liberación: “¡El Reino de los Cielos está ahora cerca! (cf. Mt 4, 17). No hay más soledad; ni desierto agobiante; no hay ausencia porque el Señor Jesucristo ha descendido sobre nuestra tierra; la Galilea de los gentiles: en efecto, Él está cercano; Él es Dios-con-nosotros. Él no está lejano. No se ha quedado ahí parado y escondido, porque Él mismo “camina”; pasea a orillas del mar; a lo largo de los costados de nuestras vidas pobres y de hecho aún más allá de nuestros horizontes. La Galilea, que significa “anillo”: y cuya interpretación nos dice que Él, Jesús, el Amor, viene a desposarse; a unirse para siempre con Él. Ahora, solo nos resta acogerlo mientras camina sobre la orilla del mar. Aún en la distancia, Él ya nos ve, y esto lo sabemos…

* El verbo “ver”, se repite dos veces, primeramente, al referirse a Andrés y a su hermano, después a Santiago y a Juan; este “ver” porta consigo mismo toda la fuerza y la intensidad de una mirada proveniente del corazón, de lo más íntimo.  Y es en esta manera, como el Señor nos ve: nos lee a profundidad; con una detenida atención amorosa hojea paso a paso las páginas de nuestras vidas; conoce cada cosa de nosotros y todo lo ama.

* No es del nada raro que Mateo utilice muchas veces un vocabulario familiar para narrar este episodio acerca de la vocación y del encuentro con el Señor Jesús. Ya que también, encontramos cuatro veces la palabra “hermano”, y dos veces la palabra “padre”. Somos llevados a casa; a nuestro principio de vida; allá donde de igual forma nos redescubrimos que somos hijos y hermanos. Jesús entra dentro de esta realidad nuestra y lo hace en una manera más humana; más nuestra; más cotidiana; entra en la carne; en el corazón; en toda la vida y viene a rescatarnos para hacernos nacer de nuevo. 

* “Sígueme” y “ven”: son sus palabras sencillas y claras; Él nos pide situarnos en el camino; movernos de la misma forma que Él. ¡Es agradable sentirse despertar por esta voz suya! La cual es más fuerte y alcanzable; más dulce qué la voz de las aguas del mismo mar y del mundo, que a veces tienden a ser ruidosas y confusas. En cambio, cuando Él habla, lo hace al corazón, todo se convierte en una gran paz y todo vuelve a la calma. Y después, nos muestra también la ruta, nos señala el camino por hacer y a seguir y no nos deja perdernos: “Detrás de mí”, dice el Señor. Solo basta recibir la invitación; solo basta en aceptar que sea Él, para qué saber más; solo debemos seguirlo, pues Él nos mostrará el camino. 

* “dejaron las redes y lo siguieron”. Los dos hermanos, los dos primeros llamados, el de Pedro y el de Andrés, llegan a ser para nosotros un ejemplo clarísimo, valiente y convincente al inicio de este camino. Ellos nos enseñan las cosas que hay que hacer, los movimientos y la elección. “Dejar” y “seguir” llegan a ser los verbos claves y las palabras escritas en el corazón. Lo son porque quizás frecuentemente pueda que ocurra el tener que considerar dichas iniciativas en el interior de nuestras vidas; en lo secreto del alma; allí donde solo nosotros podemos ver. Allí en donde solo el Señor es testigo de que incluso para nosotros, se cumplen estas dos maravillosas palabras del Evangelio, que son tan vivas y fuertes, y que te cambian la vida.

* “En seguida”. Por dos ocasiones, Mateo nos hace ver la prontitud de los discípulos en la acogida de la invitación del Señor, que pasa; al igual que en Su mirada y en su voz dirigida hacia ellos. Ellos no ponen obstáculos; no dudan; no tienen miedo; solo se fían ciegamente a Él; respondiendo en seguida y diciendo si, a aquel Amor.

Además, Mateo nos hace recorrer delante a nuestros ojos todos los elementos que vivifican aquella escena a la orilla del mar: como por ejemplo, las redes; la barca; el padre…todo se escurre en el fondo; todo pasa a segundo plano y todo se deja a un lado. Solo permanece el Señor, que va adelante y, detrás de Él, aquellos cuatro hombres nuevos, que llevan nuestro nombre y la historia, que Dios ha escrito para nosotros.  

ALGUNAS PREGUNTAS

* El panorama de esta narración del Evangelio y por tanto la perspectiva de la gracia del Señor, que  todavía hoy actúa en nosotros; es como la del mar de Galilea; un mar textual que tiene un nombre y su geografía y que me llevan a considerar preguntas como: ¿Puedo en este momento ante la Palabra de Dios, dar una cara precisa al horizonte de mi vida? ¿Tengo la paz interior para dejar al descubierto ante los ojos de Cristo, mi vida tal como si fuese yo el mar, la Galilea? ¿Tengo, quizás miedo de las aguas que portan mi corazón, como si mi mar fuese amenazador, oscuro o enemigo? ¿Puedo dejar al Señor caminar a lo largo de mi costado? ¿Puedo dejarme verme yo también como Andrés, como Simón, Santiago o Juan en este relato?

* ¿Y si guardo silencio en este momento? ¿Y si permito realmente, a que pase Jesús y se acerque a mí, hasta dejar su huella de amor y de amistad sobre mi pobre arena? ¿Tengo aún y después el valor de dejarme alcanzar por su mirada llena de luz? ¿O continuo ha esconderme un poco más, a empañar y disfrazar cualquier parte de mí, que yo mismo no deseo ver o aceptar?

Y todavía: ¿dejo que Él me hable; que me diga, quizás por primera vez: “sígueme”? ¿O prefiero continuar escuchando solo el rumor del mar y de sus olas invasoras y devastadoras?

* Este Evangelio me habla en una manera muy fuerte acerca de la compañía de los hermanos; me habla de mí ser como hijo; pone al descubierto la parte más profunda del corazón y entra en lo más íntimo de mi hogar. ¿Tal vez, puede ser que este sea propiamente el lugar en donde hay más dolor para mí y en donde no me siento comprendido, escuchado y amado como yo quisiera? ¿Por qué el Señor pone du dedo en mi herida? Hermanos, padre, madre, compañeros…Jesús es todo esto para mí y Él es aún más. ¿Lo entiendo verdaderamente yo en esta manera? ¿Hay un espacio para Él en mi hogar? ¿Cómo es mi relación con Él? ¿Mi relación con Él es como de hermano, como de amigo o como de hijo? ¿O acaso lo conozco de una manera lejana, superficial o como un escape?

* Me parece muy claro en este pasaje, que el Señor hace grandes cosas en la vida de los discípulos: “Los haré pescadores de hombres”, les dice a ellos. ¿Cómo reacciono ante a este descubrimiento? ¿Deseo también yo el dejarme ser tocado por Él en un modo verdadero, real? ¿Deseo permitirme cambiar mi estilo de vida? ¿Deseo ponerme en camino con Él hacia una nueva aventura; a buscar hermanos y hermanas que han tenido la necesidad de encontrarlo? ¿Deseo conocerlo? ¿Deseo sentirme amado o amada de su Amor infinito? ¿Puedo ser pescador de hombres como Andrés y sus hermanos? 

* Por ahora, solo falta una cosa: la decisión, la opción de seguir al Señor, de caminar detrás de Él. ¿Todavía, intento detenerme un momento más? ¿Qué cosa debo dejar hoy para dar este paso importante? ¿Qué es lo que me frena, me esconde, que no me permite moverme? ¿Qué pesar tengo en el corazón, en el alma? ¿Quizás hay en mí la necesidad de confesarme, de abrir el corazón? ¿Porto ahora dentro en forma escrita el mensaje de Su mirada que Él ha puesto en mí; Su palabra, qué es más fuerte que el rumor del mar? ¡No puedo fingir que nada ha pasado! ¡El Señor ha pasado y ha dejado una señal! Yo no soy más como aquel de primero…quiero decir sí, como Andrea. Amén.

Oración Final

Tu palabra es una lámpara para mis pasos, y una luz en mi camino.

Del Salmo 119

¿Cómo un joven llevará una vida honesta?
Cumpliendo tus palabras.
Yo te busco de todo corazón:
No permitas que me aparte de tus mandamientos.

Conservo tu palabra en mi corazón,
para no pecar contra ti.
Tú eres bendito, Señor:
Enséñame tus preceptos.

Yo proclamo con mis labios
todos los juicios de tu boca.
Me alegro de cumplir tus prescripciones,
más que de todas las riquezas.

Meditaré tus leyes
y tendré en cuenta tus caminos.
Mi alegría está en tus preceptos:
no me olvidaré de tu palabra.

Trabajo y familia

El buen hijo de Dios trata de manifestarse (siempre) como tal. En la espiritualidad cristiana, ese empeño por ser siempreuno y el mismo, sin cambios, sin mutaciones, sin tener que disimular delante de nada ni de nadie, se ha venido a llamarunidad de vida. El mismo empeño con que uno se esfuerza por vivir la piedad en la Iglesia, lo aplica a luchar por practicar la caridad en casa o la laboriosidad en el trabajo. Un mismo fuego, el del Amor de Dios, hace arder todas las hogueras de la existencia cristiana.

En este sentido, resultan un testimonio particularmente negativo las personas que viven una doble vida. Cristianos reconocidos y aparentemente coherentes que tienen un trato injusto con sus trabajadores; o personas con cargos de importancia en la parroquia o en las comunidades cristianas que viven la vida familiar con evidente desapego y muy próximos a la desunión o a la infidelidad. Es muy dañino recibir mal de quien se espera lo mejor.

Un despliegue extraordinario de esa identidad de hijo de Dios, que vive en unidad de vida, se manifiesta en los dos contextos donde transcurre gran parte de la vida: el trabajo y la familia.

«Santificar el trabajo, santificarse con el trabajo, santificar a los demás, con el trabajo». Mediante esta tríada, san Josemaría resumía cómo debía ser la espiritualidad del trabajo. Santificar el trabajo o el estudio significa que se puede ser santo a través de ejercicio de cualquier trabajo, salvo aquellos que, al contravenir los mandamientos, van contra la ley de Dios. Cualquier labor, material o intelectual, es de suyo santificable: desde el trabajo de albañil en la construcción, hasta el de biólogo molecular, pasando por cualquiera de las miles de profesiones nobles que existen.
Santificarse con el trabajo hace referencia no tanto al objeto de la labor, sino al sujeto que trabaja. Al empeñarse en una determinada labor, me santifico. Santificarse con el trabajo significa realizar la tarea con esmero, compromiso y dedicación, no dejándola a medias o abandonándola por desánimo.

Finalmente, santificar a los demás con el trabajo admite, al menos, dos significados. El trabajo bien hecho, con empeño y buen humor, es instrumento de santificación de otras personas. En muchas ocasiones, el cristianismo se transmite por envidia; la envidia que da la alegría de un compañero de trabajo, así como la razón con la que aborda los problemas profesionales y personales. Se santifica a otros con el trabajo bien hecho porque es causa de admiración, y cuestiona a quien no sabe vivir de esa manera. El testimonio suscita la pregunta, y la pregunta acerca a muchas personas a Dios. Por otro lado, se santifica a otros con el trabajo a través del trato cotidiano con los correligionarios, de la amabilidad y confianza de hijo de Dios que uno es capaz de contagiar en los ambientes laborales. En definitiva, santificar a los demás con el trabajo guarda íntima relación con el apostolado, del que hablaré en el parágrafo siguiente.

Esta tríada puede ocupar espacio en nuestra conversación espiritual: si estudiamos con atención, si trabajamos con dedicación, si perdemos tiempo de las horas de trabajo, si nos empleamos en transmitir el amable rostro de Cristo a los compañeros, si buscamos hacer el ambiente más y más amable, o, por el contrario, es irrespirable… en fin, toda esa trama que conforma la única urdimbre de nuestra santificación en el estudio o en el mundo laboral.
Otro de los grandes «entornos» donde se desarrolla nuestra tarea —y muy unido al mundo del trabajo— es la familia. No es fácil entener que haya hombres piadosos, trabajadores ejemplares… que traten descuidadamente a sus hijos o con desprecio a sus cónyuges. La unidad de vida conforme a la caridad informa toda la existencia, también y especialmente la familia. No debería haber paréntesis o acontumbramientos en el ejercicio de la caridad.
Es muy probable que, mediante el acompañamiento espiritual, aprendamos a vivir en un continuo ajuste. Una familia es una realidad en permanente cambio: se pasa del enamoramiento al amor (de lo sensible a lo realmente fundado), nacen y crecen los hijos (y llega un momento en que abandonan el hogar), se plantea la decisiva cuestión de la paternidad responsable, cambian los horizontes profesionales, se crece en años (en defectos y en virtudes)… y finalmente, los esposos vuelven a estar juntos, «solos», con toda una vejez por delante, que en ocasiones no es fácil gestionar de modo alegre, disponible, servicial y abierto.
Tenemos que dejarnos ayudar para poder comprender mejor a nuestro cónyuge o a los hijos, en medio de este continuo fluir. Mediante el acompañamiento espiritual y el correcto discernimiento, sabremos en qué ocasiones es oportuno aplicar la corrección, o bien callarse (por amor). La ayuda espiritual muestra el camino para encajar las limitaciones propias y ajenas que aparecen con el paso del tiempo, así como el fomento de la esperanza sobrenatural cuando se resquebraja el ánimo por las dificultades de los hijos o por cualquier otra causa.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

Gaudete et exsultate – Francisco I

153. Tampoco la historia desaparece. La oración, precisamente porque se alimenta del don de Dios que se derrama en nuestra vida, debería ser siempre memoriosa. La memoria de las acciones de Dios está en la base de la experiencia de la alianza entre Dios y su pueblo. Si Dios ha querido entrar en la historia, la oración está tejida de recuerdos. No solo del recuerdo de la Palabra revelada, sino también de la propia vida, de la vida de los demás, de lo que el Señor ha hecho en su Iglesia. Es la memoria agradecida de la que también habla san Ignacio de Loyola en su «Contemplación para alcanzar amor»[116], cuando nos pide que traigamos a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor. Mira tu historia cuando ores y en ella encontrarás tanta misericordia. Al mismo tiempo esto alimentará tu consciencia de que el Señor te tiene en su memoria y nunca te olvida. Por consiguiente, tiene sentido pedirle que ilumine aun los pequeños detalles de tu existencia, que a él no se le escapan.


[116] Cf. Ejercicios espirituales, 230-237.

La misa del Domingo

Domingo I de Adviento – Ciclo C

2 de diciembre de 2018

 

PALABRA DE DIOS

• Jeremías 33,14-16: “Suscitaré a David un vástago legítimo”

• Salmo 24: “A ti, Señor, levanto mi alma”

• 1ª Tesalonicenses 3,12–4,2: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor”

• Lucas (21,25-28.34-36): “Se acerca vuestra liberación”

CLAVES PARA LA HOMLÍA
• El Adviento inaugura un “año nuevo” y un “tiempo nuevo”: comenzamos un nuevo año litúrgico, el del ciclo C, con un tiempo nuevo que llena nuestra vida de esperanza y de confianza.
• Esperar es confiar, en actitud de alerta: la espera evangélica nos debe poner en marcha, superando una actitud pasiva y favoreciendo una actitud de alerta confiada.
• Celebraremos una Navidad cristiana si antes vivimos un Adviento auténtico: las grandes fiestas se conocen por sus vísperas –dice la sabiduría popular–, de ahí la oportunidad que un año más se nos brinda con el Adviento para preparar y, entonces sí, celebrar una Navidad cristiana, una Navidad llena de Dios.


PROPUESTA DE HOMILÍA

El domingo pasado, con la celebración de la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, pusimos el punto final al año litúrgico. Seguramente este momento nos sirvió para revisarnos, para recoger lo mejor y lo peor del año que acababa y, por qué no, para retomar lo que todavía puede mejorar en nuestra vida como discípulos del Señor Jesús. Seguro que también este “punto final” del año litúrgico nos dio la oportunidad de reconocer, en el día a día de este último año, la presencia amorosa de Dios en nuestra vida cotidiana. No es este un ejercicio baladí, sino muy importante si queremos ir ganando intimidad y “amistad con Aquél que sabemos que nos ama”.

Hoy, primer domingo de Adviento, inauguramos un nuevo año y, con él, un tiempo cargado de novedad. Todo lo nuevo nos habla de oportunidad y de posibilidad. Es bueno que así acojamos este nuevo año que estrenamos, como una oportunidad de seguir haciendo camino, de seguir creciendo como personas y como creyentes. ¡Qué bueno que, en el inicio del nuevo año litúrgico, sea el tiempo de Adviento el primer invitado de nuestra vida! Porque hablar de Adviento es hablar de esperanza, de preparación y de alerta confiada.

La esperanza está en las raíces de nuestra fe. Esta convicción está presente desde las primeras páginas del Antiguo Testamento. Hoy la hemos vuelto a escuchar de boca del profeta Jeremías: “Ya llegan días –oráculo del Señor– en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá”. Nuestro Dios siempre cumple sus promesas, y les da plenitud: Jesús, el Señor, será ese “vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra”. Para nosotros -como para el pueblo de Israel-, constatar comunitaria y personalmente que nuestro Dios cumple sus promesas, es robustecer nuestra fe y llenarla de esperanza.

Sin embargo, nuestra esperanza no puede vivir sólo mirando hacia atrás, de los recuerdos y de la nostalgia del pasado. La esperanza cristiana nos invita a preocuparnos por lo que pasa a nuestro alrededor y, también, a mirar hacia delante, trabajando por un mundo más justo, más humano, más de Dios. Porque, ¡qué sería de nosotros si dejáramos de esperar algo! Una persona que ya no espera nada de la vida está muerta. Vivir es esperar, porque esperar es vivir.

Para esperar al que va a venir, al que va a nacer, el Adviento nos convoca a una honesta preparación interior. Sin ella, corremos el riesgo de que todo quede en lo exterior: en las luces, la brillantina, los papeles de celofán, los escaparates… Si queremos esperar (sin desesperar), aprovechemos este tiempo para acercarnos más a Dios: en la oración personal y comunitaria, en el servicio a los demás, en la celebración de los sacramentos.

Dejemos que nuestro Buen Dios sea quien nos enseñe a entrar más y mejor en su Misterio de Amor. Él es nuestro mejor Maestro. El salmo que hoy hemos rezado nos lo recordaba: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador”.

Una de las lecciones que podemos aprender durante este tiempo de Adviento la encontramos hoy en el fragmento del evangelio de Lucas que acabamos de proclamar. Es el mismo Jesús quien nos invita a vivir en una actitud de alerta confiada. No es suficiente solo con mirar los signos “del sol y la luna y las estrellas”.Es necesario dar un decidido paso al frente ante su invitación: “levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”.

Vivir el Adviento como un tiempo de alerta confiada es “estar despiertos en todo tiempo”, superando el riesgo del despiste o del adormecimiento.

Preparar la Navidad, esperando el día de la libertad, es vivir en medio de las cosas de este mundo sin dejar que nos absorban.

Preparar la Navidad, esperando el día de la libertad, es abrir los ojos, las manos, los oídos y el corazón a descubrir a Dios presente en nuestra historia, en nuestro barrio, en nuestra familia, en nuestra vida.

Preparar la Navidad, esperando el día de la libertad, es erguir la cabeza confiando en que el Amor de Dios es más fuerte y poderoso que el mal, el odio o el desaliento del mundo.

¡Feliz Adviento! ¡Buen camino de esperanza, preparación y alerta confiada!

Xabier Camino Sáez, sdb