Festividad de San Andrés

Hoy es 30 de noviembre, viernes de la XXXIV semana de Tiempo Ordinario, festividad de San Andrés.

Hoy se te ofrece un espacio tranquilo para estar con el Señor. Y este encuentro con él puede alimentar tu vida, alimentarla llenándote con su paz y ayudándote a decidir en las encrucijadas cotidianas. Bienvenido, ponte cómodo, el Señor te está esperando.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 4, 18-22):

En aquel tiempo, pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.»

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

En el evangelio de hoy, Jesús llama a varios de los apóstoles para que le sigan. Algunos de ellos eran hermanos, Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Y qué importante es el apoyo de la familia. Esa en la que te criaste. Pero las familias las formamos personas, cada uno con sus limitaciones. A veces a falta de apoyo o los desacuerdos familiares nos quitan paz. Durante unos instantes prueba a aliviar esa carga en el Señor. Sin explicaciones, sin rencores, intenta dejar tus penas y los nombres de esa parte de tu familia en sus manos.

Pero en familia también se comparte en muchos momentos de alegría y celebración. Y con ellos has vivido episodios muy importantes y positivos en tu vida. A veces nos preocupamos tanto por lo que no va bien que nos olvidamos de dar gracias a Dios por todo lo bueno que tenemos. Puedes dar gracias a Dios por esa parte de tu familia que es un regalo.

Parece ser que Andrés oyó hablar de Jesús y quiso ir a escucharle. Le gustó tanto que no dudó en avisar a Pedro para que le escuchase también. Ahora que vas a volver a leer el texto, prueba a imaginar cómo se sentirían ellos, qué pensarían, y que les llevaría a dejarlo todo ante una llamada tan directa como esta.

Señor, tú me pides que te siga y que viva a tu modo. Y que eso lo lleve a mi familia, en la que nací. Y también a la familia con la que comparto ahora mi vida. Dame fortaleza y llena de paz mi vida para poder lograrlo.

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que allá donde haya odio, yo ponga el amor. Que allá donde haya ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde haya discordia, yo ponga la unión.  Que allá donde haya amor, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la fe. Que allá donde hay desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. ¡Oh Señor! Que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar. Ser comprendido cuando comprender. Ser amado, cuanto amar. Porque es dándose como se recibe, es olvidándose de sí mismo, como uno se encuentra a sí mismo. Es perdonando como se es perdonado. Es muriendo como se resucita a la vida eterna.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

Liturgia 30 de noviembre

VIERNES. SAN ANDRÉS, apóstol, fiesta

Misa de la fiesta (rojo)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria. Prefacio de los apóstoles. No se puede decir la Plegaria Eucarística IV. Conveniente Plegaria Eucarística I.

Leccionario: Vol. IV

• Rom 10, 9-18. La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo.
Sal 18. A toda la tierra alcanza su pregón.
• Mt 4, 18-22. inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

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Antífona de entrada Cf. Mt 4, 18-19
El Señor, paseando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, Pedro y Andrés, y los llamó: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».

Monición de entrada
Hermanos, al comenzar la celebración de los sagrados misterios en el día en el que veneramos al Apóstol san Andrés, hermano de san Pedro, y uno de los primeros discípulos del Señor Jesús, reafirmemos nuestra fe en Cristo, la fe que nos ha llegado por el testimonio de los apóstoles, la fe que también nosotros estamos llamados a vivir y anunciar.

Acto penitencial
Y para mejor hacerlo, reconozcamos que nuestra fe y nuestras obras no siempre van unidas, que a menudo cometemos fallos en la vida y que nuestro apostolado cristiano deja mucho que desear. Por eso, con humildad y sencillez, pedimos perdón a Dios por nuestros pecados.

Yo confieso…

Gloria

Oración colecta
Señor, humildemente pedimos a tu majestad
que, así como san Andrés, apóstol de tu Iglesia,
brilló como predicador y pastor,
sea también nuestro perpetuo intercesor delante de ti.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Pidamos ahora, hermanos, al Señor nuestro Dios, que escuche la oración de la Iglesia, reunida para celebrar el martirio del apóstol san Andrés, primer discípulo de Jesús, confiando en su poder, supliquémosle confiadamente.

1.- Por la Iglesia, por cada uno de los cristianos; para que vivamos cada día más firmemente la fe y el amor que los apóstoles nos han transmitido. Roguemos al Señor.
2.- Por las Iglesias de Oriente, que veneran de un modo especial al apóstol Andrés; para que crezcan constantemente en la fidelidad a Jesucristo. Roguemos al Señor.
3.- Por las vocaciones sacerdotales; para que nunca falten a nuestras parroquias los ministros necesarios para enseñarnos la Palabra que los apóstoles nos transmitieron. Roguemos al Señor.
4.- Por los que no conocen a Jesucristo o se han alejado de Él; para que puedan llegar a vivir la fuerza transformadora del Evangelio. Roguemos al Señor.
5.- Por los que nos hemos reunido hoy para celebrar la Eucaristía; para que sepamos anunciar a Jesucristo a nuestros hermanos y nos dispongamos a dejarlo todo para seguirlo. Roguemos al Señor.

Escucha nuestras oraciones, Padre de bondad; danos la luz de tu Espíritu y la fuerza de tu amor para que sigamos a tu Hijo con prontitud y generosidad y demos testimonio del Evangelio ante todos los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Dios todopoderoso,
concédenos agradarte con estos dones
que hemos traído en la fiesta de san Andrés,
y, al aceptarlos, haz que renueven nuestra vida.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión Cf. Jn 1, 41-42
Dijo Andrés a su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías, que significa Cristo». Y lo llevó a Jesús.

Oración después de la comunión
Señor, la comunión de tu sacramento nos dé fortaleza
para que, a ejemplo del apóstol san Andrés,
compartiendo la muerte de Cristo,
merezcamos vivir con él en la gloria.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne
— Vuelve, Señor, hacia ti el corazón de tu pueblo;
y Tú que le concedes tan grandes intercesiones
no dejes de orientarle con tu continua protección.
— Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, † Hijo y Espíritu Santo 
descienda sobre vosotros. Amén.

San Andrés

SAN   ANDRÉS
(+ s. I)

La liturgia griega distingue a San Andrés con el titulo de «protocletos», «el primer llamado»; pero, en rigor, este titulo ha de compartirlo con el apóstol Juan; ellos fueron los primeros que, en una tarde inolvidable, escucharon las palabras, nuevas para el mundo, de Jesús. Este recuerdo, siempre fresco en la memoria de Juan, ha quedado esculpida en su Evangelio. 

Juan Bautista, austero y centelleante, había encendido los ánimos y alentado la esperanza del pueblo judío, que ansiaba al Redentor. Jesús en Nazaret cuelga las herramientas de carpintero—su Madre lo mira expectante—y, envuelto en los peregrinos, se hace bautizar por Juan en el Jordán. Iba a empezar su vida pública. Una de aquellas tardes, el Bautista se encuentra dialogando con sus discípulos, a corta distancia pasa Jesús. El Bautista exclama, con voz y mirada de profeta: «He ahí el Cordero de Dios». Juan y Andrés se miraron con ojos encendidos; atónitos, siguen a Jesús de cerca. Atrás queda el Bautista. El mundo da aquí el primer paso hacia Jesús. Jesús acepta y agradece su gesto al decirles: «¿Qué buscáis?» Quieren saber dónde vive para dialogar en la intimidad y en el secreto del hogar. Hay por medio un misterio que no se puede decir en la calle. «Rabbí, que quiere decir Maestro, ¿dónde habitas?» «Venid y ved», les dijo Jesús. Le acompañaron a su morada. Una de tantas cabañas para guardianes de campos que aún hoy se conservan. Allí pasaron con Jesús desde las cuatro de la tarde hasta el anochecer. 

Nos conmueve pensar en el diálogo de aquella tarde entre Jesús y los dos discípulos del Bautista. Aquellas palabras de Jesús, que inicia su vida pública de una forma tan sencilla, debieron de ser como las primeras flores intactas de una rica primavera o como el agua primera de una fuente. El mundo no había hollado esas palabras ni los hombres habían adulterado su contenido. Palabras recién estrenadas para un mundo que debía encontrar en ellas su salvación. Alborea alegre la era de la gracia. Las palabras de Jesús iban horadando los corazones de aquellos pescadores sencillos, ya preparados por la predicación de Juan. Aquel gozo espiritual, aquel descubrimiento insospechado llenó de un entusiasmo sin doblez el corazón de Andrés. Al llegar a casa con la impresión de la entrevista, dijo a su hermano Pedro: «Hemos hallado el Mesías». Y Pedro contagiado por la fe de su hermano, corre a Jesús, y en Él encontró la hora inicial de una singular grandeza. Empieza a granar el mensaje de Jesús en los pobres. No fue ésta sin embargo, la llamada definitiva. Andrés volvió a mojar sus pies en el lago de Genesaret, a echar las redes y a sufrir los encantos y desencantos anejos al duro oficio de pescador. 

Las barcas se alinean junto a la costa; los pescadores, descalzos, preparan sus redes o hacen el recuento de la pesca recogida; cae el sol lenta, majestuosamente; hay alegría y esperanza. Pasa Jesús y junto aquellos pescadores en faena lanza la red de su llamada: «Venid y os haré pescadores de hombres». Allí quedó todo: el mar y la barca, peces y redes, y se fueron en pos de Jesús. Eran Andrés y Pedro. Después Santiago y Juan. 

Durante los tres años de la vida pública, la vida de San Andrés se hunde en el anonimato. Rápidos destellos fulgurantes nos descubren apenas la contextura espiritual del apóstol. Una vida andariega, azarosa, junto al Maestro, oyendo y empapándose del embrujo desconcertante de sus enseñanzas y de su vida. Privaciones, sufrimientos y la amargura final de una decepción cruel a la muerte de Jesús. 

Pocas veces nos citan su nombre los evangelios. En la multiplicación de los panes se hace ,cargo de la imposibilidad de dar de comer a la multitud con cinco panes y dos peces. «Señor, aquí hay un joven que tiene cinco panes y dos peces. Pero ¿qué es esto para tanta gente?» También con Felipe sirvió de intermediario entre Jesús y unos griegos, llegados para la fiesta de la Pascua que querían verle, asombrados por el ardor de la gente que seguía al Maestro. Su nombre aparece, por excepción, entre los tres discípulos predilectos—Pedro, Juan y Santiago—cuando éstos pedían explicaciones a Jesús sobre los acontecimientos del fin de Jerusalén y sobre la predicción sombría del fin del mundo. A esto se reducen los relatos evangélicos. 

De ellos se deduce que era natural de Betsaida. Ciudad situada junto al lago de Genesaret, visitada frecuentemente por Jesús y favorecida con multitud de milagros, no supo corresponder a esta predilección de Cristo, por lo cual fue duramente maldecida por Él. De allí salieron Santiago, Juan y Felipe, además de Pedro. 

De oficio era pescador, por lo que su vida se desarrollaba en el lago y sus alrededores. Participaba de los vicios y virtudes de los de su clase, sometidos a una vida y un paisaje que influía hondamente en sus caracteres. «Los pescadores son gentes, por lo general, sencillas y poco cultas. Estos hombres enjutos, curtidos al sol y al viento, viven entregados totalmente a su oficio, tienen que pasar noches enteras sin dormir, en maniobras ininterrumpidas con las redes» (William). En esta vida dura y áspera, con sus muchos fracasos y escasa alegrías, fue donde se forjó la firme vocación del apóstol. La intrepidez y la constancia, alentada por la fuerza del Espíritu, hizo de él un apóstol decidido. 

Vivía, aunque mayor, con su hermano Pedro. Con éste se trasladó desde Betsaida a Cafarnaún cuando Jesús hizo a esta ciudad centro de sus operaciones apostólicas. 

No sabemos con seguridad si estaba casado, como Pedro, o soltero. Ni el Evangelio ni la tradición posterior nos dicen nada claro sobre esta materia. Las opiniones de los Santos Padres y escritores antiguos se dividen y no es posible encontrar una solución clara. La opinión más común es que todos los apóstoles, excepto Juan, estuvieron casados. También podría ser que los dos primeros apóstoles que hablaron con Jesús fueran vírgenes. De cualquier modo, todo lo dejó por seguir a Cristo. 

Aparece San Andrés como hombre de índole calmada y serena, opuesto a la impetuosidad característica de su hermano Pedro. De corazón noble y abierto, inspiraba simpatía y confianza. De carácter sensible, era fácil al entusiasmo sencillo cuando una gran idea le dominaba. Aunque participó en las pequeñas rivalidades de los apóstoles sobre cuál sería el mayor y podía presentar el título de «primer llamado», no parece, sin embargo, apetecer grandes cosas. Le vencían en atrevimiento y en arrojo los hijos del Zebedeo, y sobre todo su hermano Pedro. Más sensato y prudente, Andrés; más pagado de sí mismo, y, por lo tanto, sujeto a más imprudencias, Pedro; los dos de espíritu leal y constante, sano y abierto. Si alguna virtud ha de calificarle, sería la sencillez. 

Todo esto se deduce de las referencias bíblicas y también de las noticias que nos dan los Santos Padres y los escritores eclesiásticos. En cuanto a éstas, que recogen la tradición en torno al santo apóstol, no todas son igualmente ciertas, y por eso es conveniente distinguir lo cierto de lo dudoso. 

Entre los documentos más antiguos que hablan de San Andrés, es importantísima la carta de los presbíteros de la iglesia de Acaya dirigida a toda la Iglesia. En ella, cariñosa y largamente, se narra el martirio de San Andrés en la ciudad de Acaya. De esta carta proceden la mayor y mejor parte de las noticias que nos da la antigüedad cristiana. Además, cada día los eruditos que han estudiado este documento, se inclinan a darle más valor histórico, si no en las circunstancias, sí en lo substancial del relato. En ella nos vamos a apoyar para lo que sigue. 

Es tradición que después de la venida del Espíritu Santo le correspondió a San Andrés evangelizar la Escitia, cuna de pueblos bárbaros y feroces, en la parte sur de la Rusia actual, junto al mar Negro. Mas, como los demás apóstoles, no se limitaría a una sola región. La tradición recogida por los escritores antiguos nos da noticias de otras tierras evangelizadas: Asia Menor, Peloponeso, Tracia, Capadocia, Bitinia, Epiro. Traspasaría el Cáucaso y penetraría en las fronteras del Imperio romano. Estas tierras vendrían a ocupar en el mapa moderno, al menos en parte, las regiones de Grecia, Turquía, Bulgaria, Albania, Yugoslavia, Rumania, Ucrania y, sobre todo, las ciudades junto al mar Negro. 

A San Andrés atribuye Nicéforo, en su catálogo de obispos de la Iglesia de Bizancio, la creación de esta sede, tan importante en el Oriente por su esplendor político y religioso frente a Roma. Dice Nicéforo: «El apóstol Andrés fue el predicador del Evangelio en Bizancio. Construyó un templo, donde se rogaba a Dios con santas oraciones, y ordenó obispo a su sucesor». Evangelizó, pues, según esta tradición, la ancha zona de contacto entre Europa y Asia habitada por gentes refinadamente cultas, degradadas en sus cultos misteriosos y en sus costumbres corrompidas; o por gentes de instintos salvajes y bárbaros, que amenazaban la seguridad del pueblo romano. 

San Isidoro de Sevilla recoge la tradición que dice que el apóstol Andrés predicó a los etíopes. 

Más explícita es en cuanto al martirio la narración de los presbíteros de Acaya. No se puede dudar, a la luz de tantos y tan graves testimonios, que murió en Patrás ciudad de la región de Acaya, en la península de Crimea. Ciudad helénica que debe su celebridad precisamente al martirio de San Andrés. 

El martirio consistió en ser colgado en una cruz aspada en forma de equis. La tradición la llama cruz de San Andrés y es el símbolo tradicional para distinguir a este apóstol. El arte la ha consagrado así. Cruz distinta en su forma a la de Jesús y Pedro. Tampoco fue clavado en ella, sino atado con fuertes cordeles por las extremidades, a fin de prolongar su agonía y hacer su muerte más dolorosa. Jesús y los dos hermanos—Pedro y Andrés—fueron crucificados, aunque cada uno de forma diferente. Cristo les reservó una muerte semejante, como un lazo que los une en la vida y en la muerte, en la fidelidad a la misión evangelizadora, en el testimonio último de la sangre. Asemejarse a Jesús hasta en la muerte es una gracia que Dios otorgó a los dos pescadores de Galilea. 

Estas son las circunstancias de su martirio. Llega Andrés a Patrás de Acaya, y su predicación es tan bien recibida por los paganos, que en poco tiempo son muchos los que creen en la predicación y en los milagros del discípulo de Cristo. En Roma se perseguía ya a los cristianos. Por los caminos del Imperio, hollados pacíficamente por los apóstoles, corrían las noticias de que en la Urbe no era grata la secta de los cristianos. Egeas, procónsul romano en Acaya, temió la rápida eficacia de la predicación de Andrés, y por fidelidad a Roma inició la persecución. No se dirige directamente al apóstol, sino a sus discípulos. Y éste, superando los momentos de turbación, se presenta directamente a Egeas. Va a jugar su última batalla. Quiere atraerle dulce o severamente a la verdad o morir en testimonio de esa verdad que predica. 

Frente a frente Andrés y Egeas, van a discutir de los altos misterios del cristianismo. Andrés predica la salvación por la cruz de Cristo: pero Egeas, pagano, que sabe que la cruz es el castigo infamante propio de esclavos, afrenta suprema entre gentiles, se mofa de la muerte ignominiosa de Cristo en la cruz. El Santo, encendido en celo y en santa ira, hace un elogio lleno de vida de la cruz y de su poder salvador en Cristo. Se le escapan dos lágrimas, que denotan, no dolor, sino el ansia de morir en la cruz, de imitar al Maestro hasta en la muerte. 

«Las almas perdidas—dice el apóstol—hay que rescatarlas por el misterio de la cruz.» El corazón de Egeas se endurece. Un romano nunca podrá esperar la salvación de un crucificado. Intenta disuadir al Santo de sus propósitos, pero todo es inútil: la obsesión santa de la cruz le hace desear en su corazón tal género de martirio, y la maldad endurecida del procónsul no tiene inconveniente en dar este suplicio refinado a aquel hombre que le predica una verdad absurda, que no comprende. Una vez más, la verdad clara de Cristo luchando con las tinieblas paganas hasta hacer correr la sangre de los que llevan la antorcha de la luz. 

Antes de colgarlo en la cruz aspada manda azotarlo bárbaramente. El deseo de la cruz lo devora, y es más tardo el verdugo para ponérsela en los hombros que el Santo para abrazarse con ella. Al verla arde su corazón en un monólogo íntimo y expresivo, una cordial bienvenida al ser deseado largamente. Como al niño a quien su sueño más bonito se le convirtiera en una realidad. Este es el saludo: «Me acerco a ti, ¡oh cruz!, seguro y alegre; recíbeme tú también con alegría. Acuérdate que soy discípulo de Aquel que pendió de ti. Siempre me has guardado fidelidad y yo ardo en deseos de abrazarte. ¡Oh cruz, llena de bienes!, tú has robado la belleza y esplendor de los miembros del Señor, que eran las piedras preciosas que te adornaban. ¡Cuánto tiempo te he deseado, con qué ansiedad y constancia te he buscado, y por fin mi espíritu, que te añoraba dulcemente, te ve delante de mí! Líbrame de los hombres y llévame a mi Maestro, para que de tus brazos me reciba quien en tus brazos me salvó». 

En esta cruz tan ardientemente apetecida estuvo cuatro días y cuatro noches, explicando las últimas lecciones, y las más hermosas, a los discípulos, que no se quitaban de su lado. Los confortaba, los animaba a sufrir y a esperar. Aquella lenta agonía le hacía gustar con más fruición el fin de sus días, la inmolación por el Maestro. Poder testimoniar y rubricar con la propia sangre lo que fue semilla de verdad por los caminos del mundo. La misión de apóstol estaba cumplida, y de los ásperos brazos de la cruz voló a los brazos calientes de Jesús. Su cuerpo, recogido con cariño por los discípulos, fue enterrado por una noble matrona. 

Hasta aquí el relato resumido, del cual bien podemos tener por cierto la substancia del hecho, envuelto en unas circunstancias que lo hacen más jugoso y admirable. 

Andrés ha sido un apóstol, ha coronado felizmente su carrera apostólica. El apóstol da testimonio de la verdad del que le envía. La llamada de Jesús le ha conferido un sello imborrable y le ha confiado una misión. El apóstol es el enviado de Jesús, y aquí está su grandeza. No en sus dotes personales, en sus valores humanos, en su actividad, en su influencia; la magnitud de su personalidad reside en que un día Jesús puso en él sus ojos, comprendió la mirada penetrante, aceptó la misión que se le encomendaba y fue fiel hasta la muerte al mensaje recibido de Jesús, sin arredrarse ante la muerte ni ante los poderes humanos. Ser apóstol es orientar la vida y la obra hacia Jesús y hacia los hombres: recibir de Jesús palabra y vida y dar a los hombres, sin adulterarla, sin cambiarla, esa vida y esa palabra. El don del apostolado lleva a esto, a dar la vida, a sellar la palabra recibida con la muerte si así lo quiere Jesús. Y esto con fe, con alegría y con amor. Ser apóstol es dar testimonio de Jesús hasta lo último. 

Entre las virtudes de San Andrés destacan la mansedumbre y la humildad, la sencillez e ingenuidad de su alma, el entusiasmo sincero por aquel Jesús a quien conoció una tarde inolvidable junto a las aguas del Jordán. El «primer llamado» demostró una gran constancia en la predicación y una paciencia inquebrantable en el dolor, dice el breviario godo. 

El amor a la cruz, fuente de vida, deseo de redención, forma la aureola mística de nuestro Santo. Los cristianos encuentran en este testigo del Evangelio no sólo la aceptación resignada, sino el afecto gozoso a este bárbaro instrumento de suplicio. Nos enseña a cargar con la cruz de cada día, como Jesús quiere de nosotros. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a si mismo, tome su cruz y me siga.» 

Las crónicas antiguas nos refieren multitud de milagros de San Andrés. Este poder asombroso de hacer milagros era una prerrogativa apostólica, un poder singular que Cristo concedió a sus apóstoles para facilitarles su predicación y en testimonio de ella. Sin embargo, aunque hizo muchos milagros, no nos consta que los que se nos cuentan sean auténticos. 

El culto de San Andrés se extendió por toda la Iglesia, tanto oriental como occidental. Varias iglesias se disputan la gracia de poseer sus sagradas reliquias. 

En las artes, la escultura y principalmente la pintura han dedicado una atención, artísticamente lograda, a San Andrés, sobre todo en la escena de su martirio. Entre los españoles destacan Murillo y Ribera, «el Españoleto»: éste pintó más de un cuadro del Santo. Entre los extranjeros, Miguel Ángel y Rubens. Todos han intentado plasmar la dulzura y serenidad de San Andrés en el suplicio de la cruz. Así el arte sirve a las narraciones históricas.

 

ANDRÉS FUENTES

Laudes – San Andrés, apóstol

SAN ANDRÉS APÓSTOL. (FIESTA)

 

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los apóstoles.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los apóstoles.

Himno: VOSOTROS QUE ESCUCHASTEIS LA LLAMADA.

Vosotros, que escuchasteis la llamada
de viva voz que Cristo os dirigía,
abrid nuestro vivir y nuestra alma
al mensaje de amor que él nos envía.

Vosotros, que invitados al banquete
gustasteis el sabor del nuevo vino,
llenad el vaso, del amor que ofrece,
al sediento de Dios en su camino.

Vosotros, que tuvisteis tan gran suerte
de verle dar a muertos nueva vida,
no dejéis que el pecado y que la muerte
nos priven de la vida recibida.

Vosotros, que lo visteis ya glorioso,
hecho Señor de gloria sempiterna,
haced que nuestro amor conozca el gozo
de vivir junto a él la vida eterna. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Uno de los dos que había ido en seguimiento de Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro.

SALMO 62, 2-9 – EL ALMA SEDIENTA DE DIOS

¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Uno de los dos que había ido en seguimiento de Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro.

Ant 2. El Señor amó a Andrés con singular predilección.

Cántico: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR – Dn 3, 57-88. 56

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

No se dice Gloria al Padre.

Ant. El Señor amó a Andrés con singular predilección.

Ant 3. Dijo Andrés a su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías»; y lo presentó a Jesús.

Salmo 149 – ALEGRÍA DE LOS SANTOS

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dijo Andrés a su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías»; y lo presentó a Jesús.

LECTURA BREVE   Ef 2, 19-22

Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu.

RESPONSORIO BREVE

V. Los nombrarás príncipes sobre toda la tierra.
R. Los nombrarás príncipes sobre toda la tierra.

V. Harán memorable tu nombre, Señor.
R. Sobre toda la tierra.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Los nombrarás príncipes sobre toda la tierra.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Salve, oh cruz preciosa, recibe al discípulo de aquel que en ti estuvo clavado, Cristo, mi maestro.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Salve, oh cruz preciosa, recibe al discípulo de aquel que en ti estuvo clavado, Cristo, mi maestro.

PRECES

Demos gracias a nuestro Padre que está en los cielos, porque por medio de los apóstoles nos ha dado parte en la herencia de los elegidos, y aclamémosle diciendo:

El coro de los apóstoles te alaba, Señor.

Te alabamos, Señor, porque por medio de los apóstoles nos has dado la mesa de tu cuerpo y de tu sangre:
en ella encontramos nuestra fuerza y nuestra vida.

Te alabamos, Señor, porque por medio de los apóstoles nos has preparado la mesa de tu palabra:
por ella crecemos en el conocimiento de la verdad y se acrecienta nuestro gozo.

Te alabamos, Señor, porque por medio de los apóstoles has fundado tu Iglesia:
por ella nos edificas en la unidad de tu pueblo.

Te alabamos, Señor, porque por medio de los apóstoles nos has dado el bautismo y la penitencia:
por ellos nos purificas de todas nuestras culpas.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concluyamos nuestra oración con la plegaria que Jesús enseñó a los apóstoles:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, escucha la oración de tu pueblo y concédenos que, así como el apóstol san Andrés fue en la tierra predicador del Evangelio y pastor de tu Iglesia, así ahora en el cielo sea nuestro poderoso abogado ante ti. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lecturas – San Andrés, apóstol

SAN ANDRÉS APÓSTOL. (FIESTA)

Andrés, natural de Betsaida, primero fue discípulo de Juan Bautista, más tarde siguió a Cristo y le presentó también a su hermano Pedro. Junto con Felipe, introdujo en presencia de Cristo a unos gentiles, y también fue él quien hizo saber a Jesús, cuando la multiplicación de los panes, que había un muchacho que tenía unos panes y unos peces. Según la tradición, después de Pentecostés predicó el Evangelio en muchas regiones y fue crucificado en Acaya.

 

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los apóstoles.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: MENSAJEROS DE DIOS.

Mensajeros de Dios
dadnos la Nueva;
mensajeros de paz,
sea paz nuestra.

Mensajeros de luz,
sea luz nuestra;
mensajeros de fe,
sea fe nuestra.

Mensajeros del Rey,
sea rey nuestro;
mensajeros de amor,
sea amor nuestro. Amén.

SALMODIA

Ant 1. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje.

SALMO 18 A – ALABANZA AL DIOS CREADOR DEL UNIVERSO.

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo murmura.

Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.

Allí le ha puesto su tienda al sol:
él sale como el esposo de su alcoba,
contento como un héroe, a recorrer su camino.

Asoma por un extremo del cielo,
y su órbita llega al otro extremo:
nada se libra de su calor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje.

Ant 2. Proclamaron la obra de Dios y meditaron sus acciones.

Salmo 63 – SÚPLICA CONTRA LOS ENEMIGOS

Escucha, ¡oh Dios!, la voz de mi lamento,
protege mi vida del terrible enemigo;
escóndeme de la conjura de los perversos
y del motín de los malhechores:

afilan sus lenguas como espadas
y disparan como flechas palabras venenosas,
para herir a escondidas al inocente,
para herirlo por sorpresa y sin riesgo.

Se animan al delito,
calculan cómo esconder trampas,
y dicen: «¿Quién lo descubrirá?»
Inventan maldades y ocultan sus invenciones,
porque su mente y su corazón no tienen fondo.

Pero Dios los acribilla a flechazos,
por sorpresa los cubre de heridas;
su misma lengua los lleva a la ruina,
y los que lo ven menean la cabeza.

Todo el mundo se atemoriza,
proclama la obra de Dios
y medita sus acciones.

El justo se alegra con el Señor,
se refugia en él,
y se felicitan los rectos de corazón.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclamaron la obra de Dios y meditaron sus acciones.

Ant 3. Pregonaron su justicia y todos los pueblos contemplaron su gloria.

Salmo 96 – EL SEÑOR ES UN REY MAYOR QUE TODOS LOS DIOSES.

El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono.

Delante de él avanza fuego
abrasando en torno a los enemigos;
sus relámpagos deslumbran el orbe,
y, viéndolos, la tierra se estremece.

Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.

Los que adoran estatuas se sonrojan,
los que ponen su orgullo en los ídolos;
ante él se postran todos los dioses.

Lo oye Sión, y se alegra,
se regocijan las ciudades de Judá
por tus sentencias, Señor;

porque tú eres, Señor,
altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses.

El Señor ama al que aborrece el mal,
protege la vida de sus fieles
y los libra de los malvados.

Amanece la luz para el justo,
y la alegría para los rectos de corazón.
Alegraos, justos, con el Señor,
celebrad su santo nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Pregonaron su justicia y todos los pueblos contemplaron su gloria.

V. Contaron las alabanzas del Señor y su poder.
R. Y las maravillas que realizó.

PRIMERA LECTURA

De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 18–2, 5

LOS APÓSTOLES PREDICAN LA CRUZ

Hermanos: El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación -para nosotros- es fuerza de Dios. Dice la escritura: «Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces.» ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el letrado? ¿Dónde esta el sofista de nuestros tiempos? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo?

Y, como en la sabiduría de Dios el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación, para salvar a los creyentes. Porque los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados a Cristo -judíos o griegos-: fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Fijaos en vuestra asamblea: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; todo lo contrario: lo necio del mundo lo ha escogido Dios para confundir a los sabios. Y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder. Aún más: ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta; de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Y así -como dice la Escritura- «el que se gloría, que se gloríe en el Señor».

Cuando vine a vosotros, hermanos, a anunciaros el testimonio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia ni sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temeroso; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

RESPONSORIO    Cf. Mt 4, 18. 19

R. Caminando por la ribera del mar de Galilea, vio el Señor a Pedro y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, y los llamó: * «Venid en pos de mí, y yo os haré pescadores de hombres.»
V. Pues eran pescadores, y les dijo:
R. «Venid en pos de mí, y yo os haré pescadores de hombres.»

SEGUNDA LECTURA

De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre el evangelio de san Juan
(Homilía 19, 1: PG 59, 120-121)

HEMOS ENCONTRADO AL MESÍAS

Andrés, después de haber estado con Jesús y haber aprendido de él muchas cosas, no guardó para sí este tesoro, sino que se apresuró a acudir a su hermano, para hacerle participe de su dicha. Fijémonos en lo que dice a su hermano: «Hemos encontrado al Mesías» (traducido, quiere decir «Cristo»). ¿Te das cuenta cómo empieza, ya desde este momento, a enseñar lo que en breve tiempo había aprendido? Con ello demuestra la eficacia del Maestro, que tan convencidos los había dejado, y su propio interés y diligencia, manifestada ya desde el primer momento. Este mensaje, en efecto, es propio del alma que anhela ardientemente la llegada del Señor, que espera su venida del cielo, que se llena de gozo con su aparición y que se apresura a anunciar a los demás algo tan grande. Ésta es la prueba del verdadero y sincero amor fraternal, el mutuo intercambio de bienes espirituales.

También es digna de notar la docilidad y prontitud de ánimo de Pedro. Al momento, sin dilación, acude a Jesús. Y lo presentó -dice- a Jesús. Pero no debemos extrañarnos de esta facilidad de Pedro, que acude sin previo examen. Lo más verosímil es que su hermano le explicara todas estas cosas con detalle; pero es que los evangelistas lo explican siempre todo de manera resumida, por razón de brevedad. Por lo demás, tampoco dice que hubiese creído al instante, sino: Y lo presentó a Jesús, para ponerlo en sus manos y para que fuese él quien le enseñase; pues estaba ahí en calidad de un discípulo más y a eso venía.

En efecto, si Juan Bautista -cuando dijo: Es el Cordero, y: Bautiza con el Espíritu- dejó a Cristo la ulterior explicación de estas palabras, con mayor razón lo hizo Andrés, ya que él no se consideraba capaz de explicarlo todo, y por esto condujo a su hermano a la fuente de la luz, a la que éste acudió con prisa y alegría, sin perder un instante.

RESPONSORIO

R. Tan pronto como san Andrés oyó la voz del Señor, que le llamaba, dejó las redes, con las cuales ganaba el sustento, * y siguió al que otorga las recompensas de la vida eterna.
V. Éste es aquel que sufrió el martirio de la cruz por amor de Cristo y por difundir su ley.
R. y siguió al que otorga las recompensas de la vida eterna.

Himno: SEÑOR, DIOS ETERNO

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,
por todos los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,
como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,
y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,
no quede yo nunca defraudado.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios todopoderoso y eterno, escucha la oración de tu pueblo y concédenos que, así como el apóstol san Andrés fue en la tierra predicador del Evangelio y pastor de tu Iglesia, así ahora en el cielo sea nuestro poderoso abogado ante ti. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

Vísperas – Jueves XXXIV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: RECUERDE EL ALMA DORMIDA

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente
daremos lo no venido
por pasado.

No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.

Salmo 71 I – PODER REAL DEL MESÍAS

Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz,
y los collados justicia;
que él defienda a los humildes del pueblo,
socorra a los hijos del pobre
y quebrante al explotador.

Que dure tanto como el sol,
como la luna, de edad en edad;
que baje como lluvia sobre el césped,
como llovizna que empapa la tierra.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna.

Que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra.

Que en su presencia se inclinen sus rivales;
que sus enemigos muerdan el polvo;
que los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributo.

Que los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
que se postren ante él todos los reyes,
y que todos los pueblos le sirvan.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.

Ant 2. Socorrerá el Señor a los hijos del pobre; rescatará sus vidas de la violencia.

Salmo 71 II

Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres;

él rescatará sus vidas de la violencia,
su sangre será preciosa a sus ojos.

Que viva y que le traigan el oro de Saba;
él intercederá por el pobre
y lo bendecirá.

Que haya trigo abundante en los campos,
y ondee en lo alto de los montes,
den fruto como el Líbano,
y broten las espigas como hierba del campo.

Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
el único que hace maravillas;
bendito por siempre su nombre glorioso,
que su gloria llene la tierra.
¡Amén, amén!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Socorrerá el Señor a los hijos del pobre; rescatará sus vidas de la violencia.

Ant 3. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

LECTURA BREVE   1Pe 1, 22-23

Por la obediencia a la verdad habéis purificado vuestras almas para un amor fraternal no fingido; amaos, pues, con intensidad y muy cordialmente unos a otros, como quienes han sido engendrados no de semilla corruptible, sino incorruptible, por la palabra viva y permanente de Dios.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor es mi pastor, nada me falta.
R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

V. En verdes praderas me hace recostar.
R. Nada me falta.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A los que tienen hambre de ser justos el Señor los colma de bienes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A los que tienen hambre de ser justos el Señor los colma de bienes.

PRECES

Elevemos a Dios nuestros corazones agradecidos porque ha bendecido a su pueblo con toda clase de bienes espirituales y digámosle con fe:

Bendice, Señor, a tu pueblo.

Dios todopoderoso y lleno de misericordia, protege al Papa Francisco y a nuestro obispo N.,
que tú mismo has elegido para guiar a la Iglesia.

Protege, Señor, a nuestros pueblos y ciudades
y aleja de ellos todo mal.

Multiplica como renuevos de olivo alrededor de tu mesa hijos que se consagren a tu reino,
siguiendo a Jesucristo en pobreza, castidad y obediencia.

Conserva el propósito de aquellas de tus hijas que han consagrado a ti su virginidad,
para que, en la integridad de su cuerpo y de su espíritu, sigan al cordero donde quiera que vaya.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Da la paz a los difuntos
y permítenos encontrarlos nuevamente un día en tu reino.

Ya que por Jesucristo hemos llegado a ser hijos de Dios, acudamos con confianza a nuestro Padre:

Padre nuestro…

ORACION

Al ofrecerte, Señor, nuestro sacrificio vespertino de alabanza, te pedimos humildemente que, meditando día y noche en tu palabra, consigamos un día la luz y el premio de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 29 de noviembre

Lectio: Jueves, 29 Noviembre, 2018
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Lucas 21,20-28
«Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea que huyan a los montes; los que estén en medio de la ciudad que se alejen; y los que estén en los campos que no entren en ella; porque éstos son días de venganza en los que se cumplirá todo cuanto está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! «Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra y cólera contra este pueblo. Caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que el tiempo de los gentiles llegue a su cumplimiento. «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de la gente, trastornada por el estruendo del mar y de las olas. Los hombres se quedarán sin aliento por el terror y la ansiedad ante las cosas que se abatirán sobre el mundo, porque las fuerzas de los cielos se tambalearán. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.»
3) Reflexión
• En el evangelio de hoy sigue el Discurso Apocalíptico con más señales, la 7ª y la 8a, que debían de acontecer antes de la llegada del fin de los tiempos o mejor antes de la llegada del fin de este mundo para dar lugar al nuevo mundo, al “cielo nuevo y a la tierra nueva” (Is 65,17). La séptima señal es la destrucción de Jerusalén y la octava es los cambios en la antigua creación.
• Lucas 21,20-24. La séptima señal: la destrucción de Jerusalén. Jerusalén era para ellos la Ciudad Eterna. Y ahora ¡estaba destruida! ¿Cómo explicar este hecho? ¿Dios no tiene en cuenta el mensaje? Es difícil para nosotros imaginarnos el trauma y la crisis de fe que la destrucción de Jerusalén causó en las comunidades de tantos judíos y cristianos. Cabe aquí una breve observación sobre la composición de los Evangelios de Lucas y de Marcos. Lucas escribe en el año 85. Se sirve del evangelio de Marcos para componer su narrativa sobre Jesús. Marcos escribe en el año 70, el mismo año en que Jerusalén estaba siendo cercada y destruida por los ejércitos romanos. Por esto, Marcos escribió dando una cita al lector: “Cuando vierais la abominable desolación instalada donde no debe – el que lee entienda – entonces los que estén en Judea huyan a los montes” (Mc 13,14). Cuando Lucas menciona la destrucción de Jerusalén, Jerusalén estaba en ruinas desde hace quince años. Por esto él omite el paréntesis de Marcos. Lucas dice: «Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea que huyan a los montes; los que estén en medio de la ciudad que se alejen; y los que estén en los campos que no entren en ella; porque éstos son días de venganza en los que se cumplirá todo cuanto está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra y cólera contra este pueblo. Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que el tiempo de los gentiles llegue a su cumplimiento”. Al oír a Jesús que anunciaba la persecución (6ª señal) y la destrucción de Jerusalén (7ª señal), los lectores de las comunidades perseguidas del tiempo de Lucas concluían: “Este es nuestro hoy. ¡Estamos en la 6ª señal!”
• Lucas 21,25-26: La octava señal: mudanzas en el sol y en la luna. ¿Cuándo será el fin? Al final después de haber oído hablar de todas estas señales que ya habían acontecido, quedaba en pie la pregunta: “El proyecto de Dios avanza mucho y las etapas previstas por Jesús se realizaron ya. Ahora estamos en la sexta y en la séptima etapa. ¿Cuántas etapas o señales faltan hasta que llegue el fin? ¿Falta mucho?” La respuesta viene ahora en la 8ª señal: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de la gente, trastornada por el estruendo del mar y de las olas. Los hombres se quedarán sin aliento por el terror y la ansiedad ante las cosas que se abatirán sobre el mundo, porque las fuerzas de los cielos se tambalearán”. La 8ª señal es diferente de las otras señales. Las señales en el cielo y en la tierra son una muestra de lo que está llegando, al mismo tiempo, el fin del viejo mundo, de la antigua creación y el comienzo de la llegada del cielo nueva y de la tierra nueva. Cuando la cáscara del huevo empieza a rasgarse es señal de que lo nuevo está apareciendo. Es la llegada del Mundo Nuevo que está provocando la desintegración del mundo antiguo. Conclusión: ¡falta muy poco! El Reino de Dios está llegando.
• Lucas 21,27-28: La llegada del Reino de Dios y la aparición del Hijo del Hombre. “Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.” En este anuncio, Jesús describe la llegada del Reino con imágenes sacadas de la profecía de Daniel (Dan 7,1-14). Daniel dice que, después de las desgracias causadas por los reinos de este mundo, vendrá el Reino de Dios. Los reinos de este mundo, todos ellos, tienen figura de animal: león, oso, pantera y bestias salvajes (Dn 7,3-7). Son reinos animales, deshumanizan la vida, como acontece con ¡el reino neoliberal hasta hoy! El Reino de Dios, pues, aparece como un aspecto del Hijo del Hombre, esto es, con un aspecto humano de gente (Dn 7,13). Es un reino humano. Construir este reino que humaniza, es tarea de la gente de las comunidades. Es la nueva historia que debemos realizar y que debe reunir a la gente de los cuatro lados del mundo. El título Hijo del Hombre es el nombre que a Jesús le gustaba usar. Solamente en los cuatro evangelios, este nombre aparece más de 80 (ochenta) veces. Todo dolor que soportamos desde ahora, toda la lucha a favor de la vida, toda la persecución por causa de la justicia, todo el dolor de parto, es semilla del Reino que va a llegar en la 8ª señal.
4) Para la reflexión personal
• Persecución de las comunidades. Destrucción de Jerusalén. Desesperación. Ante los acontecimientos que hoy hacen sufrir a la gente ¿me desespero? ¿Cuál es la fuente de mi esperanza?
• Hijo de Hombre es el título que Jesús gustaba usar. El quería humanizar la vida. Cuanto más humano, más divino, decía el Papa León Magno. En mi relación con los demás, ¿soy humano?
5) Oración final
Bueno es Yahvé y eterno su amor,
su lealtad perdura de edad en edad. (Sal 100,5)

Introducción al Catecismo de la Iglesia Católica

57.- “Este orden a la vez cósmico, social y religioso de la pluralidad de las naciones (cf. Hch 17, 26-27), confiado por la providencia divina a la custodia de los ángeles, está destinado a limitar el orgullo de una humanidad caída que, unánime en su perversidad (cf. Sb 10,5), quisiera hacer por sí misma su unidad a la manera de Babel (cf. Gn 11,4-6). Ya veis como se recuerda ese episodio de la torre de Babel. Es como diciendo nosotros queremos regirnos por nuestra propia cuenta. En el fondo es como una reedición del pecado de Adán y Eva. Ese pecado de si coméis de este árbol vosotros mismos seréis conocedores del bien y del mal. Lo del pecado de Babel, la torre de Babel es una especie de reedición nueva de ese pecado original, porque es como decir, nosotros haremos una torre que se eleve frente a Dios, frente a Dios, para que nos seamos así inexpugnables, para que Dios no nos pueda tocar. Sin embargo Dios derriba esa torre que parecía inexpugnable. Que por cierto esto tiene en nosotros unas reminiscencias que a veces cuando pensamos que el progreso lo puede todo, que el hombre es capaz de construir medidas de seguridad que son absolutamente, casi sin posibilidad de fallo alguno, etc, el progreso del hombre y luego a veces ocurren acontecimientos que manifiestan nuestra fragilidad, que se nos cae encima entero el montaje. Estoy pensando en situaciones de fragilidad en las que nos vemos a veces por el ataque del terrorismo, como ocurrió en el 11-S, etc, o dramas que pueden ocurrir entorno a un terremoto, que si un sunami, que si una crisis nuclear, etc. A veces ocurren acontecimientos en los que hacemos experiencia de nuestra fragilidad. Parece que el hombre eleva su torre frente a Dios pensando que su seguridad está únicamente la tenemos en nuestros medios y después eso se cae como un castillo de naipes o desaparece todo como un castillo de papel. A esto se refiere en ese episodio de la torre de Babel.

Sin embargo el plan en el que Dios quiere unir a las naciones es un plan de humildad, no de autosuficiencia, no de sentirnos nosotros seguros, sino un plan de humildad, sintiéndonos humanos, no sintiéndonos con poder frente a otros. Son dos formas bien distintas, uno quiere conseguir la unidad sometiendo a los otros. Les someto para que el imperio sea único y el plan de Yavé es una unidad no por sometimiento sino por fraternidad. Luego dice que Dios ha confiado la pluralidad de las naciones a la providencia divina que custodia los ángeles de Dios. Luego se nos habla en otros textos, otros libros de la Sagrada Escritura como Dios ha confiado los pueblos a sus santos ángeles. A cada pueblo, como vemos en el Apocalípsis, le confía un ángel. Un ángel que cuida de cada pueblo. Este es el plan de la revelación de Dios, que como veis busca la unidad de los pueblos.

Dice finalmente: Pero, a causa del pecado (cf. Rm 1,18-25), el politeísmo, así como la idolatría de la nación y de su jefe, son una amenaza constante de vuelta al paganismo para esta economía aún no definitiva.” Es decir, existe el pecado que está siempre en contra de ese plan de Dios, de la unidad del género humano. Y ¿cuáles son las tentaciones? Dos principalmente. Primera tentación la del politeísmo. Creer en varios dioses. Este es el Dios del bien, este es el Dios del mal, este es el Dios de la fertilidad, es decir una manera de fragmentar la humanidad es el politeísmo porque entonces un Dios lucha contra otro Dios y es casi como darle una especie de justificación teológica a la división que el pecado ha producido en nosotros. El politeísmo que no conocerá al Dios único y verdadero, es causa de la división entre nosotros. Y segundo lugar, el hecho de que se haga una idolatría de la nación y de su jefe, divinizar a los mandatarios, a los estadistas, como el César, como el caudillo, como aquel dignatario al que se le tiene que dar culto como ocurría en el imperio romano. Un culto cual si de una divinidad se tratase. Cuando se divinizan las naciones, las patrias, con cual si fuesen Dios y se diviniza el poder y aquellos que lo ejercen, eso es un motivo de división entre nosotros. Porque claro es lo que he dicho antes, hay mucho gallo y poco gallinero. Y tenemos el conflicto servido.

Esta es la realidad que genera el pecado del hombre, pero como decíamos en la revelación de Dios y en ese episodio de Noé, se quiere prefigurar la unidad de las naciones. Se había acabado, el diluvio había acabado con aquellas generaciones depravadas y salió, milagrosamente salvado por aquella arca de la alianza, por aquel madero, que también prefigura el madero de la cruz por el que somos salvados. Agarrados al madero, agarrados al arca, agarrados a la cruz de Cristo. El pueblo de la unidad, el pueblo que no es fruto de la división, o vencedor de la lucha entre ellos, sino el pueblo que por la gracia se une, que es imagen de la Iglesia, sale a flote de esa perdición.

Vocación

Nada hacía presagiar un final así. Estudiaba primero de carrera y andaba sobrada de ilusión por su reción estrenada vida universitaria. Durante varias jornadas, se celebró en una de las facultades un congreso sobre voluntariado y cooperación. A ella le interesó especialmente una de las conferencias, atraída no tanto por la ponencia, como por el hecho de haber sido invitada por uno de los chicos más guapos de la universidad.

Las palabras del ponente —acompañadas por una presentación informática con fotografías y vídeos— le impresionaron hondamente, tocándole lo más íntimo del alma. Se habló de pobreza y maltrato infantil, desnutrición y falta de compromiso; pero también de amor y de razones del corazón, de la luz del buen obrar, del olvido de uno mismo y de la entrega a los más necesitados.

Cuando terminaron las preguntas, se dio por concluida la ponencia, y nuestra protagonista salió entre lágrimas de la sala de conferencias, olvidando al chico y a sus amigas. Se acercó a la habitual estación de metro que le encaminaba a casa, preocupada, pensativa. Ya nada era igual, reconocerá más adelante. Todo había cambiad porque ese día ya no veía pobres, veía a Jesús en ellos; ya no veía gente, veía corazones que sufren o se alegran; ya no veía mis planes, sino los de Jesús sobre mí, que me llamaba a servir a los demás de un modo que nunca antes había imaginado. Se había abierto un nuevo horizonte: la entrega sin fisuras de toda mi vida.

Esta historia, por otra parte real, pone de manifiesto cuál es el lugar donde se desarrolla el diálogo de la vocación: la intimidad de la conciencia. En lo más profundo de uno mismo reverbera esa palabra mediante la cual Dios quiere indicarnos el camino para orientar nuestra vida. Sin embargo, esa palabra no siempre resuena con claridad y no es fácil distinguirla de otros discursos. Se duda sobre la autenticidad de esas mociones interiores, y surgen zozobras. Como para aquella chica, es decisivo para todos poder responder si verdaderamente será eso lo que Dios quiere.

Obtener una respuesta es lo más necesario de la existencia. La resolución del planteamiento vocacional se plantea fundamentalmente —aunque no en exclusividad— en la adolescencia y la juventud, momento en el cual se toma una orientación profesional y vital. ¿Qué quiero hacer con mi vida?
La dirección espiritual es testigo de este maravilloso conversar del hombre con Dios. Mediante la conversación espiritual, el director tiene una misión capital: ayudar al dirigido a conocerse y ser capaz de responder a la pregunta sobre su identidad (¿Quién soy?), motivar en él la inquietud de más (¿Quién quiero llegar a ser?) y confiarlo a un diálogo de intimidad con Dios, donde se cuestiona sobre quién quiere Él que llegue a ser. Mediante el acompañamiento espiritual, las almas se conocen y conforman sus horizontes vitales según Dios: si al principio tenían unas metas a la medida de sus posibilidades, ahora se abren a un futuro a la medida de las posibilidades de Dios mismo.
¿Quién quiere Dios que llegue a ser? El acompañado, en la sinceridad que le es propia, hará partícipe al director de las inquietudes que brotan en su interior. En este sentido, el respeto e incluso la veneración son las actitudes adecuadas para quien quiere acompañar almas. Lo honrado es dejar que la voz de Dios resuene, respetar siempre la libertad del otro, y no cuestionar en ningún caso sus esfuerzos o generosidad. Cada caminante siga su camino.
Cuando esto ocurre, y el alma del joven se siente urgida a más, poco a poco adquirirá certezas que le llevarán por uno y otro camino. Para llevar a cabo este discernimiento, tienen que intervenir en sus consideraciones —y también en la conversación espiritual— las tres potencias del alma: Memoria, inteligencia y voluntad (M. Costa, p. 213).

Para llegar a una conclusión cierta sobre el camino vocacional, lo primero es implicar a la memoria. Hacer una propia historia vocacional, íntima, y ponerla en común con el director espiritual, si se considera conveniente. Recordar con él, después de haberlo rezado con Dios, los principales hitos de la eventual llamada: cuándo y cómo me sentí llamado, por qué a este camino y no a otro, en qué contextos, cuántas veces, si fue ya de pequeño o de mayor… Para mirar de frente a la vocación, es necesario observar primero alrededor: pasado, presente y futuro.

El tenor vocacional de la oración de la memoria fue subrayado con bellas palabras por el Papa Francisco, durante la entrevista concedida a Antonio Spadaro. «La oración es para mí siempre una oración «memoriosa», llena de memoria, de recuerdos, incluso de memoria de mi historia o de lo que el Señor ha hecho en su Iglesia o en una parroquia concreta», afirmaba el Papa. «Para mí, se trata de la memoria de que habla san Ignacio en la primera Semana de los Ejercicios, en el encuentro misericordioso con Cristo Crucificado. Y me pregunto: «¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?»». Estas preguntas, presentes en algún momento de nuestra vida, también son horizonte de diálogo para que nos puedan ayudar en la dirección espiritual. «Es la memoria de la que habla también Ignacio en la Contemplación para alcanzar amor, cuando nos pide que traigamos a la memoria los beneficios recibidos», concluía el Papa «pero, sobre todo, sé que el Señor me tiene en su memoria. Yo puedo olvidarme de Él, pero yo sé que Él jamás se olvida de mí».
En el proceso vocacional, del que es testigo el acompañamiento espiritual, intervienen —evidentemente— la inteligencia y la libertad. La inteligencia es aquella que tiene que comprender lo que sucede, separar lo verdadero de lo falso, y valorar cuanto considera oportuno. Esa inteligencia es una inteligencia purificada por la oración y por ese noble intento de morir a uno mismo (la abnegación), llegando a pensar según la gloria de Dios y no tanto en relación al propio bienestar. El papel del director espiritual es, por tanto, conducir al acompañado por caminos de oración intensa y sacrificio verdadero; llevar al dirigido al terreno de la sincera voluntad, para que elija libremente.

Para que la elección sea lo más certera posible, es deseable que se pondere en un período tranquilo. El acompañante espiritual tiene que ayudar al que discierne a alcanzar esa paz suficiente, y el dirigido debe confiarse al director para poder conseguir la serenidad que desea. «Llamo «período tranquilo» a aquel en que el alma no es agitada por espíritus diversos y hace uso libre y tranquilamente de las propias facultades naturales (San Ignacio). Sabias palabras —pondera Juan Bautista Torelló— que nada tienen que ver con tantas elucubraciones «altísimas» y alambicadísimas de espiritualidades mal entendidas» (J. B. Torelló, p. 189).

Hay que dejarse ayudar para alcanzar sosiego. La historia vocacional tiene que ir más allá de subidones puntuales o momentos de extraordinaria (y aparente) lucidez que van acompañados de cotidiana oscuridad. «Aquí no hay impulsos, ni arranques, ni entusiasmos, «sino la simple visión de la razón, iluminada por la fe, de que se trata de un estado de vida posible y deseable. Es una vocación —digamóslo así— en frío, sin ninguna o casi ninguna ‘razón del corazón’, por la cual el alma se decide a practicar la vida perfecta como consecuencia de una neta visión del modo en que le conviene servir al Señor» (Macourant)».
Puede sonar extraordinariamente frío, pero la experiencia demuestra que estas son las vocaciones más seguras. «Al comprender la excelencia de un estado sobrenatural en su esencia, se resuelve a seguirlo por completo y sin reservas, apoyándose en una esperanza también netamente sobrenatural (no en las propias fuerzas humanas, ¡siempre desproporcionadas!). Entraña esto la entrega de la libertad, el sacrificio sin medida de uno mismo, el riesgo absoluto en el misterio de la fe. Constituye esto el núcleo de toda verdadera vocación y de todo amor verdadero, que nace de un conocimiento que mueve a estima y decisión, y arrastra consigo —psicológicamente— al sentimiento: la entera personalidad crece ordenadamente; incluido el instinto, que se integra de una manera valiosa y sana».
El acompañamiento espiritual es testigo del milagro de la vocación, y debe extremar en este particular su respeto y admiración por el otro. El regalo de poder participar en el discernimiento vocacional es un don inmerecido: cuidarlo por la sinceridad y la confidencia no es solo una posibilidad, es una obligación, tanto para el acompañante como para el acompañado.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

Gaudete et exsultate – Francisco I

152. Pero ruego que no entendamos el silencio orante como una evasión que niega el mundo que nos rodea. El «peregrino ruso», que caminaba en oración continua, cuenta que esa oración no lo separaba de la realidad externa: «Cuando me encontraba con la gente, me parecía que eran todos tan amables como si fueran mi propia familia. […] Y la felicidad no solamente iluminaba el interior de mi alma, sino que el mundo exterior me aparecía bajo un aspecto maravilloso»[115].


[115] Relatos de un peregrino ruso, Buenos Aires 1990, 25.96.