I Vísperas – Domingo I de Adviento

I VÍSPERAS

DOMINGO I DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Jesucristo, Palabra del Padre,
luz eterna de todo creyente:
ven y escucha la súplica ardiente,
ven, Señor, porque ya se hace tarde.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,
en tu amor tú quisiste ayudarlo
y trajiste, viniendo a la tierra,
esa vida que puede salvarlo.

Ya madura la historia en promesas,
sólo anhela tu pronto regreso;
si el silencio madura la espera,
el amor no soporta el silencio.

Con María, la Iglesia te aguarda
con anhelos de esposa y de madre,
y reúne a sus hijos en verla,
para juntos poder esperarte.

Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
que podamos salir a tu encuentro
y a tu lado vivamos por siempre,
dando gracias al Padre en el reino. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Anunciad a los pueblos y decidles: «Mirad, viene Dios, nuestro Salvador.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Anunciad a los pueblos y decidles: «Mirad, viene Dios, nuestro Salvador.»

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Mirad: el Señor vendrá, y todos sus santos vendrán con él; en aquel día, habrá una gran luz. Aleluya.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mirad: el Señor vendrá, y todos sus santos vendrán con él; en aquel día, habrá una gran luz. Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Vendrá el Señor con gran poder, y lo contemplarán todos los hombres.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrá el Señor con gran poder, y lo contemplarán todos los hombres.

LECTURA: 1Tes 5, 23-24

Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Mirad: El Señor viene de lejos y su resplandor ilumina toda la tierra.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mirad: El Señor viene de lejos y su resplandor ilumina toda la tierra.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría y júbilo de cuantos esperan su llegada, y digámosle:

¡Ven, Señor, y no tardes más!

Esperamos alegres tu venida:
— ven, Señor Jesús.

Tú que existes antes de los tiempos,
— ven y salva a los que viven en el tiempo.

Tú que creaste el mundo y a todos los que en él habitan,
— ven a restaurar la obra de tus manos.

Tú que no despreciaste nuestra naturaleza mortal,
— ven y arráncanos del dominio de la muerte.

Tú que viniste para que tuviéramos vida abundante,
— ven y danos tu vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que quieres congregar a todos los hombres en tu reino,
— ven y reúne a cuántos desean contemplar tu rostro.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 1 de diciembre

Lectio:  Sábado, 1 Diciembre, 2018
Tiempo Ordinario
1) Oración inicial
Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Lucas 21,34-36
«Cuidad que no se emboten vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza, logréis escapar y podáis manteneros en pie delante del Hijo del hombre.»
3) Reflexión
• Estamos llegando al final del largo discurso apocalíptico y también al final del año litúrgico. Jesús da un último consejo convocándonos a la vigilancia (Lc 21,34-35) y a la oración (Lc 21,36).
• Lucas 21,34-35: Cuidado para no perder la conciencia crítica. “Cuidad que no se emboten vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra”. Un consejo similar Jesús lo había dado ya cuando le preguntaron sobre la llegada del Reino (Lc 17,20-21). El responde que la llegada del Reino acontece como un relámpago. Viene de repente, sin previo aviso. Las personas han de estar atentas y preparadas, siempre (Lc 17,22-27). Cuando la espera es larga, corremos el peligro de quedar desatentos y no prestar más atención a los acontecimientos “los corazones se embotan por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida”. Hoy, las muchas distracciones nos vuelven insensibles y la propaganda puede hasta pervertir en nosotros el sentido de la vida. Ajenos a los sufrimientos de tanta gente del mundo, no percibimos las injusticias que se cometen.
• Lucas 21,36: La oración como fuente de conciencia crítica y de esperanza. “Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza, logréis escapar y podáis manteneros en pie delante del Hijo del hombre. . La oración constante es un medio muy importante para no perder la presencia de espíritu. La oración nos ayuda a profundizar en nosotros la conciencia de la presencia de Dios en medio de nosotros y, así, sacar fuerza y luz para aguantar los malos días y crecer en la esperanza.
• Resumen del Discurso Apocalíptico (Lc 21,5-36). Hemos pasado cinco días, desde el martes hasta hoy sábado, meditando y profundizando sobre el significado del Discurso Apocalíptico para nuestras vidas. Los tres evangelios sinópticos traen este discurso de Jesús, cada uno a su manera. Vamos a ver de cerca la versión que nos ofrece el evangelio de Lucas. He aquí un breve resumen de lo que meditamos esos cinco días.
Todo el Discurso Apocalíptico es un intento para ayudar a las comunidades perseguidas a situarse dentro del conjunto del plan de Dios y así tener esperanza y valor para seguir firme por el camino. En el caso del Discurso Apocalíptico del evangelio de Lucas, las comunidades perseguidas vivían en el año 85. Jesús hablaba en el año 33. Su discurso describe las etapas o las señales o de la realización del plan de Dios. En todo son 8 señales o periodos desde Jesús hasta el final de los tiempos. Leyendo e interpretando su vida a la luz de las señales dadas por Jesús, las comunidades descubrían en qué medida estaban realizando el plan. Las siete primeras señales habían acontecido ya. Pertenecían todas al pasado. Pero sobre todo en la 6ª y en la 7ª señal (persecución y destrucción de Jerusalén) las comunidades encuentran la imagen o el espejo de lo que estaba ocurriendo en el presente. He aquí las siete señales:
Introducción al Discurso (Lc 21,5-7)
1a señal: los falsos mesías (Lc 21,8);
2a señal: guerras y revoluciones (Lc 21,9);
3a señal: nación contra otra nación, un reino contra otro reino, (Lc 21,10);
4a señal: terremotos en varios lugares (Lc 21,11);
5a señal: hambre, peste y señales en el cielo (Lc 21,11);
6ª señal: la persecución de los cristianos y la misión que deben realizar (Lc 21,12-19) + Misión
7ª señal: la destrucción de Jerusalén (Lc 21,20-24)
Al llegar a esta última señal, las comunidades concluyen: “Estamos en la 6ª y en la 7ª señal”. Y aquí viene la pregunta más importante: “¿Cuánto falta para que llegue el fin?” A aquel que está siendo perseguido no le importa el futuro distinto, quiere saber si estará vivo el día siguiente o si tendrá la fuerza para aguantar la persecución hasta el día siguiente. La respuesta a esta pregunta inquietante la tenemos en la octava señal:
8ª señal: cambios en el sol y en la luna (Lc 21,25-26) que anuncian la llegada del Hijo del Hombre. (Lc 21,27-28).
Conclusión: falta poco, todo está conforme con el plan de Dios, todo es dolor de parto, Dios está con nosotros. Nos da fuerza para aguantar. Vamos a testimoniar la Buena Noticia de Dios traída por Jesús.
En definitiva, Jesús confirma todo con su autoridad (Lc 21,29-33).
4) Para la reflexión personal
• Jesús pide vigilancia para que no seamos sorprendidos por los hechos. ¿Cómo vivo este consejo de Jesús?
• La última petición de Jesús al final del año litúrgico es ésta: Estad en vela, orando en todo tiempo. ¿Cómo vivo este consejo de Jesús en mi vida?
5) Oración final
un gran Dios es Yahvé,
Rey grande sobre todos los dioses;
él sostiene las honduras de la tierra,
suyas son las cumbres de los montes;
suyo el mar, que él mismo hizo,
la tierra firme que formaron sus manos. (Sal 95,3-5)

Domingo I de Adviento

La reflexión que comenzamos hoy tiene como misión mostrar que, en pleno siglo XXI, es perfectamente legítimo entender positivamente la venida de Jesús dentro de un contexto científico.

La Biblia en un lenguaje muy elemental, adecuado a la cultura primitiva de aquellos a los que primeramente fue dirigida, nos comunica, de parte de Dios, las grandes verdades relacionadas con LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN.

Nada hay que impida que los científicos, con los medios propios de la ciencia más actualizada, vayan descubriendo y exponiendo en un lenguaje estrictamente científico, es decir, desde un punto de vista meramente fenomenológico, el proceso concreto como fue realizándose aquel “Fiat” pronunciado por Dios al comienzo de los tiempos.

Según los datos que nos aporta la ciencia, hace unos 13.700 millones de años, se produjo una fuerte explosión, denominada “Big-bang” con la que comenzó un proceso de complejización de la materia cuyo resultado, hasta el momento, es el mundo actual que todos vivimos. Tal proceso ha pasado al acervo científico con el nombre de EVOLUCIONISMO.

La ciencia nos muestra cómo a lo largo de los diferentes periodos han ido formándose los distintos tipos de rocas, mares, los primeros seres vivientes, ínfimos en el mar, cuya evolución dio lugar a los peces, estos a los anfibios, después los reptiles, de estos las aves y finalmente los mamíferos, entre ellos los primates, y entre estos, como un “filum” específico, el hombre.

El hombre tanto en su aspecto físico, su morfología, como en el técnico, su industria y el cultural, sus instituciones, ha experimentado una profundísima transformación a lo largo de los siglos y sigue abierto a futuras trasformaciones sin que se sepa con seguridad como será su aspecto físico y mucho menos su nivel técnico-cultural en el futuro.

En lo físico hay suficientes yacimientos que aportan restos fósiles del filum humano que confirman plenamente su transformación corporal.

En el campo de la evolución cultural se posee restos de culturas muy primitivas de hace unos dos millones y medio de años. En el paleolítico inferior se encuentra la cultura olduwayense, a la que sigue la achelense. Hace unos 100.000 años surge una cultura superior, musteriense, ya en el paleolítico medio. En el superior hace unos 40.000 años las técnicas dan lugar a la Auriñaciense y Magdaleniense.

El comienzo de la utilización de los metales, hace solo 3.000 años fue un hito muy importante en la evolución del hombre.

Aparte de los progresos “industriales”, se va produciendo otro que afecta a las Instituciones, muy elementales al principio, pero que fueron generando otras más complejas que cristalizaron en formas de religión, política, filosofía, economía, etc. hasta alcanzar los niveles actuales.

Según todos estos datos comprobados científicamente es evidente la evolución somática, técnica y cultural de la especie humana. Y, no menos evidente, que seguirá evolucionando mientras el mundo exista.

Esto nos abre a una importantísima reflexión. Los hombres y mujeres actuales somos un paso en una gigantesca empresa cuyo final no sabemos. Cada uno de nosotros somos una pequeña pieza dentro de un gran proyecto. Es todo el cosmos el que está en evolución, y, como parte de él, nosotros los humanos.

Todo lo anterior ha contribuido a que hoy “estemos como estamos” pero solo como un estadio de lo que queda por delante.

A estas alturas de la reflexión podríamos preguntarnos a qué viene todo esto, un primer domingo de adviento.

Viene a que debemos ser conscientes de la extraordinaria importancia que tiene la “entrada” de Jesús en el proceso evolutivo cultural de la humanidad.

En primer lugar, como cristianos del siglo XXI, debemos saber encajar científicamente la venida de Jesús al mundo, dentro de esa historia cósmica en la que el hombre se encuentra envuelto.

En segundo lugar, hemos de sentirnos responsables de facilitar la entrada de Jesús en ese proceso. Jesús ya vino y seguirá viniendo a lo largo de los tiempos, pero “entrará o no”, como factor importante de la evolución, dependiendo de nuestra decisión.

Durante este tiempo de adviento nos estamos preparando para celebrar esa grandiosa llegada que cumplirá la esperanza despertada en la primera lectura: suscitaré un vástago legítimo (Jer. 33, 14-16) que acercará nuestra liberación (3ª lec. Lc. 21, 25-28, 34-36) para cuando venga Jesús, nuestro Señor. (2ª lec. 1Tes. 3,12, 4,2) .

Que este tiempo de adviento nos ayude a prepararnos sólidamente para celebrar las entrañables fiestas de la Navidad con la misma alegría de siempre, pero insistiendo en su sentido profundamente teológico-científico. AMÉN.

Pedro Sáez

Primera semana de Adviento

Esta es la historia de unos gemelos que hablaban entre ellos en el vientre materno. La hemana le dijo al hermano: Creo que hay vida después del nacimiento. Su hermano protestó con vehemencia: No, esto es todo lo que hay. Éste es un lugar oscuro y acogedor, y no tenemos otra cosa que hacer que aferrarnos al cordón que nos alimenta.
La niña insistía: Tiene que haber algo más que este oscuro lugar. Tiene que haber otra cosa, un lugar con luz donde haya libertad de movimientos.
Pero no pudo convencer a su hermano. Después de un rato de silencio, la hermana le dijo tímidamente: Tengo algo más que decirte, y temo que esto tampoco lo creerás, pero me parece que hay una madre.
Su hermano se puso furioso: ¡Una madre! ¿De qué estás hablando? Nunca he visto ninguna madre, y tú tampoco. ¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza? Ya te lo he dicho, este lugar es todo lo que tenemos. ¿Por qué siempre quieres más? Éste no es un lugar tan malo, después de todo. Tenemos todo lo que necesitamos, así que quedémonos satisfechos.
La hermana estaba bastante abrumada por la respuesta del hermano y no se atrevió a decir nada más durante un rato. Pero no podía abandonar sus pensamientos, y como para hablar sólo tenía a su hermano, dijo por fin: ¿No notas estos apretones de vez en cuando? Son bastante molestos y a veces, incluso dolorosos.
Sí, ¿qué tienen de especial?, dijo el hermano. Pues bien yo creo que estos apretones están para que nos preparemos para otro lugar, mucho más hermoso que éste, en el que veremos a nuestra madre cara a cara. ¿No te parece emocionante?
El hermano no contestó. Estaba harto de las tonterías que contaba su hermana y le parecía que lo mejor que podía hacer era ignorarla y esperar que le dejara en paz.

SUEÑOS DE DIOS

 
Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos.
Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén la palabra del Señor.
Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor».
OTROS SUEÑOS EN EL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS: 11, 1-10; 25, 6-10; 26, 1-6.
 
 
Antífonas para saborear durante la semana
 
DOMINGO: A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío; no quede yo defraudado; que no triunfen de mi mis enemigos, pues los que esperan en ti no quedan defraudados.
LUNES: Escuchad, pueblos, la palabra del Señor; anunciadla en los confines de la tierra: Mirad a nuestro Salvador que viene; no temáis.
MARTES: Vendrá el Señor y con él todos sus santos; aquel día brillará una gran luz.
MIÉRCOLES: El Señor llegará sin retrasarse, iluminará lo que esconden las tinieblas y se manifestará a todos los pueblos.
JUEVES: Tú, Señor, estás cerca y todos tus mandatos son estables; hace tiempo comprendí tus preceptos, porque tú existes desde siempre.
VIERNES: El Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y comunicarle la vida eterna.
SÁBADO: Ven, Señor, tú que te sientas sobre querubines, que brille tu rostro y nos salve.
 
 
Dedico esta semana a sumergirme en los sueños de Dios.

Gaudete et exsultate – Francisco I

154. La súplica es expresión del corazón que confía en Dios, que sabe que solo no puede. En la vida del pueblo fiel de Dios encontramos mucha súplica llena de ternura creyente y de profunda confianza. No quitemos valor a la oración de petición, que tantas veces nos serena el corazón y nos ayuda a seguir luchando con esperanza. La súplica de intercesión tiene un valor particular, porque es un acto de confianza en Dios y al mismo tiempo una expresión de amor al prójimo. Algunos, por prejuicios espiritualistas, creen que la oración debería ser una pura contemplación de Dios, sin distracciones, como si los nombres y los rostros de los hermanos fueran una perturbación a evitar. Al contrario, la realidad es que la oración será más agradable a Dios y más santificadora si en ella, por la intercesión, intentamos vivir el doble mandamiento que nos dejó Jesús. La intercesión expresa el compromiso fraterno con los otros cuando en ella somos capaces de incorporar la vida de los demás, sus angustias más perturbadoras y sus mejores sueños. De quien se entrega generosamente a interceder puede decirse con las palabras bíblicas: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por el pueblo» (2 M 15,14).

La espera y la esperanza

1. No es lo mismo espera (lo que llega es debido al esfuerzo humano) que esperanza (lo que adviene nos sobrepasa humanamente). Pero tampoco hay que contraponerlas: la esperanza cristiana pasa a través de genuinas esperas humanas. A veces nuestro pueblo tiene una gran esperanza y pocas esperas humanas. Los acomodados viven únicamente pendientes de las esperas cifradas en el dinero, el poder, la comodidad, etc. Los pobres y marginados esperan siempre una sociedad nueva, un reparto de bienes y de oportunidades, un reino de Dios con libertad y justicia. Esto entraña que se derrumben muchos «mundos» viejos, muchas esperas falsas.

2. Podemos distinguir tres niveles de espera, según necesidades y deseos: la espera pasiva de los no comprometidos; la espera interesada del burgués a su favor; y la espera creadora de los activos a favor del pueblo. La esperanza es el entramado de la vida. Según como esperemos, así somos: impacientes o tranquilos, afirmativos o escépticos, comprometidos o desganados. Algunos profetas de calamidades sólo ven la «mala noticia», no la «buena nueva». La persona que espera de verdad tiene confianza en el cumplimiento de las promesas de Dios.

3. Jesús esperó activamente la venida del reino. Y, porque esperaba, encontró lo esperado: una nueva vida de resucitado.

El cristiano debe esperar, al modo de Jesús, la plenitud del reino, a pesar de los fracasos, de los «signos» catastróficos, de «lo que se nos viene encima». Espera con firmeza quien espera la «liberación», para lo cual es necesario tener una actitud básica: la «vigilancia», con objeto de ver en el tiempo de los signos los signos de los tiempos. El Evangelio no nos garantiza que los cristianos escapemos de las desgracias, naturales o provocadas. Nuestra existencia no es fácil. El Señor nos pide que «levantemos la cabeza» y tengamos en cuenta que el fin de «un» mundo es preparación de la venida del Señor.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿En qué ponemos nuestras esperas y esperanzas?

¿Cómo captamos los signos de esperanza en nuestro mundo?

Casiano Floristán

Estar vigilantes

Comenzamos el Adviento. Algo sucederá: la venida del Señor. La espera implica estar alerta: a ello nos llaman los textos de hoy.
 

La liberación llega

Se trata de un texto difícil del evangelio. Poco antes Lucas nos hablaba del asedio y la destrucción de Jerusalén (cf. 21, 20-23). Ahora, alude a la segunda venida de Jesús: es decir, a lo que se llama la parusía. Ella está a veces poco presente en la memoria del cristiano medio; sin embargo, es parte de nuestra fe. El cuadro es apocalíptico, pero Apocalipsis no significa catástrofe, como tendemos a pensar, sino revelación. La segunda venida del Señor revelará la historia a sí misma. La verdad que estaba oculta aparecerá a plena luz. Todos nos conoceremos mejor.

Por ello, la parusía no es motivo de terror, sino de lo contrario: de ánimo, porque «se acerca vuestra liberación» (v. 28). Además, la atención a lo que vendrá no elimina la exigencia de hoy. No se trata de una espera pasiva, lo propio es la vigilancia, la atención a los signos de los tiempos (cf. Le 21, 29-33), en ellos se manifiesta el Señor. La oración ha de estar presente «siempre» (v. 36), constituye un gesto y una experiencia de gratuidad, de la gratuidad del amor de Dios que da sentido pleno a la exigencia que hace auténtica la esperanza.

Amor y justicia

De amor y justicia nos hablan las dos primeras lecturas. La vigilancia ante la llegada del Señor supone practicar «la justicia y el derecho en la tierra» (Jer 33, 15). Esto forma parte de la misión del «hijo de David», cuya primera venida al mundo celebramos en Navidad. La justicia y el derecho son aspectos esenciales de la promesa de Yahvé (cf. v. 14). Cuando ésta alcance cumplimiento «se salvará Judá y en Jerusalén vivirán tranquilos y la llamarán así: Señor-nuestra-justicia» (v. 16). Con frecuencia los profetas dan nombres a Jerusalén que expresan la realización de la voluntad de Dios, así por ejemplo Isaías la llamará «alegría» (65, 18) porque en ella todos podrán vivir con plenitud.

El texto de Lucas nos hace pensar en la segunda venida del Señor el domingo mismo en que empezamos la preparación de Navidad. Un Adviento lleva al otro. Entre los dos transcurre el tiempo de la comunidad cristiana, el lapso en que ella debe empeñarse en la construcción del «derecho y la justicia». Esto implica compromisos concretos con el «vía crucis» cotidiano que viven los pueblos pobres del mundo. Esa solidaridad debe concretarse en la decisión de forjar una sociedad distinta donde sea posible la justicia, la fraternidad y la paz, en las que se expresa históricamente el Reino, don de Dios. Para que los pobres, todos los seres humanos, puedan llamar a sus países «justicia» y «alegría».

Esto no se conseguirá si no «rebosa el amor» (1 Tes 3, 12), es decir, si todo no está empapado de entrega generosa y gratuita, «de amor mutuo y de amor a todos». No estamos ante sentimientos superficiales, es una forma de estar vigilantes para «cuando Jesús nuestro Señor vuelva» (v. 13).

Gustavo Gutiérrez

Con destino al portal de Belén

Cuando llegan estas fechas, por muy poco observadora que sea una persona, advertirá o notará que algo va a suceder: algo distinto, algo diferente. Las calles de casi todo el mundo se adornan, luces multicolores parpadean por doquier, la publicidad es característica, las relaciones interpersonales y sociales adquieren un tono original. En resumen, se respira un ambiente distinto al resto del año, gestos, costumbres, tradiciones que son casi exclusivas de ésta época. Un nacimiento, un niño, un pesebre se hacen famosos.

Hoy litúrgicamente iniciamos un nuevo año y lo hacemos con el tiempo llamada “Adviento”, que dura cuatro semanas y en ellas nos preparamos a la Navidad. Adviento significa venida.

Distinguimos tres venidas: la primera en Belén, que tuvo lugar hace dos mil años, la segunda se refiere a la venida al final de los tiempos, que la describe el evangelio de hoy con estilo grandioso, con señales espectaculares y la tercera, que será a nuestro corazón, a nuestra vida; nacer en nuestra lucha diaria.

Al hablar del nacimiento de Jesús, hablamos del nacimiento más famoso, más importante de la Historia. No en vano, divide a la Historia humana en dos partes: antes de Cristo y después de Cristo. El hecho del nacimiento de Jesús me lleva o nos lleva a sacar a la luz el problema del envejecimiento de la población. Esta situación se ha convertido en uno de los principales desajustes de la sociedad actual y sobre todo lo será en el futuro. Exceptuando África, todos los demás Continentes acusan un aumento preocupante de personas ancianas con consecuencias profundas en todos los aspectos de la vida humana.

El nacimiento de Jesús, por otro lado, nos tiene que llevar a nacer a la esperanza, nacer a la ilusión, tenemos que convencernos de la fuerza que despliega la persona humana cuando enfoca sus energías a hacer el bien y evitar el mal. Cuándo la persona se motiva, desaparecen las dificultades.

Un ejemplo de esto lo observamos en los deportistas animados o desanimados. No parecen los mismos. San Pablo comenta estas reacciones en una de sus cartas.

El salmo de hoy se apoya en la metáfora del camino. El camino con destino al portal de Belén (dónde tenemos mucho que aprender).Camino que nosotros correremos a lo largo de las cuatro semanas que nos separan de la Navidad.

Recemos con el salmista:

“A ti, Señor, levanto mi alma.

Señor, enséñame tus caminos,

instrúyeme en tus sendas,

haz que camine con lealtad.

El Señor es bueno y es recto

y enseña a los pecadores.

La senda del Señor son misericordia y lealtad”.

Jesús nació en Belén, estaría bien que en nosotros naciera el coraje contra el miedo, la acción contra el pasotismo, la solidaridad contra el individualismo, el encuentro contra la soledad.

Josetxu Canibe

Sin matar la esperanza

Jesús fue un creador incansable de esperanza. Toda su existencia consistió en contagiar a los demás la esperanza que él mismo vivía desde lo más hondo de su ser. Hoy escuchamos su grito de alerta: «Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Pero tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero».

Las palabras de Jesús no han perdido actualidad, pues también hoy seguimos matando la esperanza y estropeando la vida de muchas maneras. No pensemos en los que, al margen de toda fe, viven según aquello de «comamos y bebamos, que mañana moriremos», sino en quienes, llamándonos cristianos, podemos caer en una actitud no muy diferente: «Comamos y bebamos, que mañana vendrá el Mesías».

Cuando en una sociedad se tiene como objetivo casi único de la vida la satisfacción ciega de las apetencias y se encierra cada uno en su propio disfrute, allí muere la esperanza.

Los satisfechos no buscan nada realmente nuevo. No trabajan fondo nos va bastante bien. Desde esta perspectiva, oír hablar de que un día todo puede desaparecer «suena» a «visiones apocalípticas» nacidas del desvarío de mentes tenebrosas.

Todo cambia cuando el mismo Evangelio es leído desde el sufrimiento del Tercer Mundo. Cuando la miseria es ya insoportable y el momento presente es vivido solo como sufrimiento destructor, es fácil sentir exactamente lo contrario. «Gracias a Dios esto no durará para siempre».

Los últimos de la Tierra son quienes mejor pueden comprender el mensaje de Jesús: «Dichosos los que lloran, porque de ellos es el reino de Dios». Estos hombres y mujeres, cuya existencia es hambre y miseria, están esperando algo nuevo y diferente que responda a sus anhelos más hondos de vida y de paz.

Un día «el sol, la luna y las estrellas temblarán», es decir, todo aquello en que creíamos poder confiar para siempre se hundirá. Nuestras ideas de poder, seguridad y progreso se tambalearán. Todo aquello que no conduce al ser humano a la verdad, la justicia y la fraternidad se derrumbará, y «en la tierra habrá angustia de las gentes».

Pero el mensaje de Jesús no es de desesperanza para nadie: Aun entonces, en el momento de la verdad última, no desesperéis, estad despiertos, «manteneos en pie», poned vuestra confianza en Dios. Viendo de cerca el sufrimiento cruel de aquellas gentes de África me sorprendí a mí mismo sintiendo algo que puede parecer extraño en un cristiano. No es propiamente una oración a Dios. Es un deseo ardiente y una invocación ante el misterio del dolor humano. Es esto lo que me salía de dentro: «¡Por favor, que haya Dios!».

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 1 de diciembre

Se nos acaba el año, y ¿cómo nos encuentra Dios? Esta tarde la liturgia se viste del blanco de Adviento y el “ángel nos muestra el río de agua viva, luciente como el cristal, que sale del trono de Dios y del Cordero que hace crecer el árbol de la vida”. Nuestro Redentor está vivo y sólo los vivos contemplan su rostro. No te mueras ahora que queda tan poco.

Para estar vivo, ten cuidado: “no se te embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero, y se te eche encima de repente aquel día. Estate siempre despierto, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y mantente en pie ante el Hijo del Hombre”.

¡Qué mensaje más bonito en el último día del año litúrgico para saborearlo en la memoria de María en sábado!. Que no se nos embote la mente con preocupaciones absurdas. Que estemos bien despejados, despiertos de tanto susurro que amortaja el alma en la superficialidad y el desencanto. En pié, alerta, firmes ante Jesús el Cristo de nuestra fe. Sin bostezos ni lágrimas de aburrimiento en los ojillos. Y si no lo puedes evitar, pide fuerza para escapar de lo que está por venir, eso que puede arruinar todo cuanto has hecho hasta ahora y agota el último aceite de la alcuza. No se puede bajar la guardia porque el partido termina cuando pita el árbitro. Todo el tiempo de juego es tiempo de salvación.

Hermano, hemos de pasar por la purificación para llegar al lugar donde “no hay ni habrá ya nada maldito”. Lo maldito se pega a nuestros huesos con suma facilidad y hay que ejercitarse en la ascesis de antaño para rejuvenecer, de lo contrario, no dejaremos la noche y necesitaremos luz de lámpara o del sol, luceros de poca monta comparados con la luz que irradia el Señor Dios.

Mirad que el Señor está para llegar. Dichoso quien tiene presente el mensaje profético. Esperad, postrados en tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

¡Buen Adviento!