Estar vigilantes

Comenzamos el Adviento. Algo sucederá: la venida del Señor. La espera implica estar alerta: a ello nos llaman los textos de hoy.
 

La liberación llega

Se trata de un texto difícil del evangelio. Poco antes Lucas nos hablaba del asedio y la destrucción de Jerusalén (cf. 21, 20-23). Ahora, alude a la segunda venida de Jesús: es decir, a lo que se llama la parusía. Ella está a veces poco presente en la memoria del cristiano medio; sin embargo, es parte de nuestra fe. El cuadro es apocalíptico, pero Apocalipsis no significa catástrofe, como tendemos a pensar, sino revelación. La segunda venida del Señor revelará la historia a sí misma. La verdad que estaba oculta aparecerá a plena luz. Todos nos conoceremos mejor.

Por ello, la parusía no es motivo de terror, sino de lo contrario: de ánimo, porque «se acerca vuestra liberación» (v. 28). Además, la atención a lo que vendrá no elimina la exigencia de hoy. No se trata de una espera pasiva, lo propio es la vigilancia, la atención a los signos de los tiempos (cf. Le 21, 29-33), en ellos se manifiesta el Señor. La oración ha de estar presente «siempre» (v. 36), constituye un gesto y una experiencia de gratuidad, de la gratuidad del amor de Dios que da sentido pleno a la exigencia que hace auténtica la esperanza.

Amor y justicia

De amor y justicia nos hablan las dos primeras lecturas. La vigilancia ante la llegada del Señor supone practicar «la justicia y el derecho en la tierra» (Jer 33, 15). Esto forma parte de la misión del «hijo de David», cuya primera venida al mundo celebramos en Navidad. La justicia y el derecho son aspectos esenciales de la promesa de Yahvé (cf. v. 14). Cuando ésta alcance cumplimiento «se salvará Judá y en Jerusalén vivirán tranquilos y la llamarán así: Señor-nuestra-justicia» (v. 16). Con frecuencia los profetas dan nombres a Jerusalén que expresan la realización de la voluntad de Dios, así por ejemplo Isaías la llamará «alegría» (65, 18) porque en ella todos podrán vivir con plenitud.

El texto de Lucas nos hace pensar en la segunda venida del Señor el domingo mismo en que empezamos la preparación de Navidad. Un Adviento lleva al otro. Entre los dos transcurre el tiempo de la comunidad cristiana, el lapso en que ella debe empeñarse en la construcción del «derecho y la justicia». Esto implica compromisos concretos con el «vía crucis» cotidiano que viven los pueblos pobres del mundo. Esa solidaridad debe concretarse en la decisión de forjar una sociedad distinta donde sea posible la justicia, la fraternidad y la paz, en las que se expresa históricamente el Reino, don de Dios. Para que los pobres, todos los seres humanos, puedan llamar a sus países «justicia» y «alegría».

Esto no se conseguirá si no «rebosa el amor» (1 Tes 3, 12), es decir, si todo no está empapado de entrega generosa y gratuita, «de amor mutuo y de amor a todos». No estamos ante sentimientos superficiales, es una forma de estar vigilantes para «cuando Jesús nuestro Señor vuelva» (v. 13).

Gustavo Gutiérrez