Sábado XXXIV de Tiempo Ordinario

Hoy es 1 de diciembre, sábado XXXIV de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 23, 1-12):

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo:
– «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen.
Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

El evangelio de hoy refleja claramente las actitudes de Jesús con los dirigentes que le acusaron y le llevaron al juicio condenatorio. Las controversias que han precedido en Jerusalén han puesto de manifiesto la separación, el abismo diríamos, entre la concepción religiosa de los escribas, sacerdotes y dirigentes y la del profeta de Nazaret. Pero en el caso del evangelio de Mateo, este conjunto que hoy se lee en la liturgia, adquiere, si cabe, tonos más controvertidos que lo que se ha transmitido en Mc 12,38-40 y Lc 20,45-47. Se han ampliado las acusaciones, cuando precisamente el evangelio de Mateo tiene un origen mucho más judío que los otros.

Está claro, pues, que en el seno de esta comunidad mateana se ha consumado la ruptura entre comunidad cristiana y sinagoga; ya no hay esperanza para rescatar el rabinismo de la opción por Jesús, por su evangelio y por la religión que había defendido con su vida, como se había pretendido en los orígenes de este grupo cristiano de Mateo. Es verdad que este en un tema complejo desde el punto de vista histórico sobre las relaciones entre judaísmo y cristianismo que todavía exige investigaciones más concretas y determinantes. En todo caso, el evangelista también tiene en cuenta a su comunidad, o a algunos de esa comunidad que vuelven a caer en el error del «judaísmo» al poner pesadas cargas sobre las conciencias de los otros, mientras ellos no mueven un dedo. Esto es muy probable y siempre ha sucedido en las instituciones humanas y religiosas.

En la historia de la Iglesia, en la lucha por la libertad, por otra parte, podíamos sentir esta misma acusación, ya que el comportamiento y el formalismo con que a veces vivimos y actuamos no deja lugar a la inspiración profética, a la religión carismática, a la acción del Espíritu. Esta es la lección más clara del evangelio de este día. ¿Qué quiere decir esto? Pues que la Iglesia no se fundamenta, en su esencia, exclusivamente en una estructura jurídica como algunos pretenden. Más importante que esto último le pertenece al pueblo de Dios ser una comunidad carismática: es decir, aquella que es conducida primera y principalmente por el Espíritu de Dios y de Jesucristo. Eso no implica que se pueda desconocer el papel que el «Magisterio» tiene como servicio de este proyecto espiritual; el v. 11 de nuestro texto lo deja bien claro: «el mayor entre vosotros será vuestro servidor». De esa manera, pues, todos los cristianos, cada uno en particular, en la Iglesia, en razón de su libertad personal que nunca se puede perder, están llamados a contribuir a la edificación del Pueblo de Dios, de la comunidad de salvación, según la llamada que reciba del Espíritu.

Jesús le ha dejado a los suyos, no un mensaje jurídico, sino la buena noticia del evangelio de la salvación. La interpretación del mismo en las nuevas situaciones de la vida y de la historia no puede hacerse como los «escribas y fariseos» que cerraron a cal y canto el acceso al mensaje de los profetas. Jesús se juega su vida precisamente contra esta situación. Esto es históricamente cierto. Es verdad que en el texto del evangelio de hoy se refleja la disputa concreta de la comunidad de Mateo con el judaísmo oficial que le lleva a una ruptura definitiva. Pero la comunidad cristiana debe estar vigilante para que en la «cátedra del evangelio» estén lo que «sirven» a la libertad del Espíritu y de la salvación de Dios y no vuelva a ser la «cátedra de Moisés» que, sin duda, ha sido superada por el evangelio de Jesucristo.

Liturgia 1 de diciembre

SÁBADO DE LA XXXIV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)
 
Misal: Cualquier formulario permitido. Prefacio común.
 
Leccionario: Vol. III-par
• Ap 22, 1-7. Ya no habrá más noche, porque el Señor los iluminará.
Sal 94. Maranathá. ¡Ven, Señor Jesús!
• Lc 21, 34-36. Estad despiertos, para que podáis escapar de todo lo que está por suceder.
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Antífona de entrada Cf. Sal 84, 9
Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus santos, y los que se convierten de corazón.
Acto penitencial
Comenzamos la celebración de la Eucaristía poniéndonos antes la presencia de Dios y nos sinceramos con Él en unos momentos de silencio, reconociendo nuestra pobreza y debilidad, e implorando su gracia y su perdón.
• Tú que acoges a todos.
• Tú que eres el camino seguro.
• Tú que eres la vida en plenitud.
Oración colecta
Despierta, Señor, la voluntad de tus fieles,
para que, con la búsqueda más intensa
del fruto de la acción divina,
reciban mayores auxilios de tu amor.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Oración de los fieles
Oremos a Dios nuestro Padre, pues sabemos que está cerca la llegada de su reino.
 
1.- Para que los cristianos seamos siempre, como Jesús, portadores de amor, de misericordia, de esperanza. Roguemos al Señor.
2.- Para que las familias cristianas sean hogar y fuente donde puedan nacer futuras vocaciones para la Iglesia. Roguemos al Señor.
3.- Para que los ricos no queden prisioneros de sus bienes terrenos y descubran el valor de las verdaderas riquezas. Roguemos al Señor.
4.- Para que los que viven hundidos en el mal encuentren una mano amiga que los ayude a levantarse. Roguemos al Señor.
5.- para que no perdamos nunca el deseo de crecer en el conocimiento y el amor a Jesucristo. Roguemos al Señor.
 
Dios Padre nuestro, cuya palabra es eterna y permanece para siempre, concede a tu pueblo lo que te ha pedido con fe y dale la luz del Espíritu para que anuncie a todo el mundo la llegada de tu reino. Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las ofrendas
Recibe, Señor, estos dones sagrados
que nos ordenaste ofrecer en honor de tu nombre
y, para que seamos por ellos gratos a tu bondad,
haz que obedezcamos siempre tus mandatos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión Sal 116, 1. 2
Alabad al Señor todas las naciones, firme es su misericordia con nosotros.
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso,
te pedimos que nunca permitas,
a los que concedes alegrarse en esta participación divina,
que se separen de ti.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

San Edmundo Campion

SAN EDMUNDO CAMPION

(+ 1581)

Con una escolta de doscientos soldados, montado en una vieja cabalgadura, las manos atadas a la espalda, los pies ligados bajo el vientre del animal, vuelto el rostro hacía atrás para mayor ignominia, es conducido con un gran cartel en la cabeza que dice: Este es Campion, el jesuita sedicioso… Lo llevan a Londres como criminal. Había sido traicionado… Unas millas antes de llegar se les comunica la orden de maltratarlo y ridiculizarlo para deleite de la plebe y escarmiento de los católicos. Ya se acerca la cabalgata… Delante de todos el vizconde de Bark con el bastón blanco de la justicia: en seguida, el padre Edmundo Campion en su viejo rocín; tras él, los otros dos sacerdotes firmemente atados entre sí. A la zaga de toda la caravana, en el lugar de honor, no podía faltar el Iscariote… A medida que desfilan, el populacho vitupera al jesuita. Ya pasa el apóstata: ovaciones, vítores. Y Jorge Elliot, el traidor, sonríe… (¡Ay de ese hombre que más tarde, como su modelo, terminará con muerte desgraciada su vida infeliz!… )

Es el mes de julio de 1581. Los prisioneros son llevados a la Torre de Londres. Cuatro días más tarde lo presentan a Dudley, conde de Leicester, en su palacio. Le interroga el canciller, le hacen preguntas los magistrados; le prometen, en nombre de la soberana, la vida, la libertad, honores, el obispado de Cambridge; sólo esperan que reconozca la supremacía pontificia de la reina. La conciencia no se lo permite a Campion. Sus respuestas tienen un tono tan persuasivo que revelan una vez más al formidable scholar oxoniense.

De improviso se presenta Isabel en persona. El prisionero se inclina saludando a su reina: «¿Me reconoce como a su legítima soberana?» «Sí, majestad.» «¿Cree que el obispo de Roma tiene poder para deponerme?» «No me toca erigirme en juez y pronunciar sentencia entre dos partidos, tanto más cuanto que los más versados en la cuestión son de pareceros opuestos. Yo quiero dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» Lo demás que se dijo en esta entrevista permaneció secreto, por expresa voluntad de la reina.

Pero… ¿qué importancia tenía aquel prisionero, que la propia soberana de Inglaterra venía a interrogarle?

El primer encuentro había acontecido precisamente quince años antes, en 1566. Isabel, con su gran comitiva de cortesanos, aduladores y lacayos, llegaba en su carroza a Oxford a fin de pasar por primera vez unos días con su corte entre los estudiantes de la célebre Universidad. La visita duró seis días. Las diversiones, los actos académicos, todo se iba desarrollando tranquilamente. El tercer día correspondió el homenaje a los profesores, entre los cuales fue elegido como «orator» el scholar de Oxford más brillante de su generación, un apuesto joven de sólo veintisiete años de edad: se llamaba Edmundo Campion. La reina, que se complacía en dominar a los hombres de talento, le escuchó con honda satisfacción, le felicitó calurosamente y lo recomendó a la protección del canciller. Dudley, en nombre de la soberana hereje, le prometió su patronazgo y le hizo los más lisonjeros ofrecimientos. ¡Pobre Campion!…

Ya en 1553, María, la hija de Enrique VIII y doña Catalina de Aragón, había entrado solemnemente en Londres. Para declamar el discurso de bienvenida habían escogido los maestros a Edmundo Campion, que tenía entonces trece años. El garbo y la vivacidad del niño encantó a los circunstantes, de manera que Thomas White lo tomó bajo su protección y lo llevó consigo a Oxford para educarlo. Correspondió el éxito a las esperanzas. Descolló como discípulo, lúcidamente coronó sus estudios, brilló en buena lid como maestro, fué autor, luego se le nombró primer orator, después proctor y más tarde llegó a ocupar otros cargos insignes en aquella Alma Mater. A su alrededor se agruparon multitud de estudiantes, sobre los que su personalidad amable ejerció un influjo sabio y comprensivo: sus clases se veían atestadas de oyentes; muchos comenzaron a imitarlo hasta en su manera de hablar, en sus ademanes y en su modo de vestir, a los cuales se llamó campionistas… Este era el hombre que la nueva iglesia anglicana necesitaba entre sus filas.

Pero Campion, el gran humanista, casi por instinto rechaza la herejía, Mas, para desgracia suya, traba amistad con Richard Cheney, obispo anglicano de Gloucester. Y cede al fin; en 1564 presta el juramento anticatólico, reconociendo la supremacía espiritual de Isabel. Más aún, seducido por las promesas del de Gloucester, recibe el diaconado (1568) del hereje. Al tomar las manos del falso obispo siente aquel infeliz diácono el acicate mordaz de su conciencia atormentada. Y su corazón se rebela, y el remordimiento le roe el alma por la infamia cometida, y pierde la paz; se siente, dice él mismo, como si le hubieran marcado con «el signo de la bestia»… La crisis interior se desborda, vuelve en sí, se confiesa con un sacerdote católico y se reconcilia con la Iglesia.

En tales circunstancias se ve obligado a salir de Oxford para poner a salvo su vida y recobrar la tranquilidad de su espíritu. Se refugia en Irlanda. Mas el 12 de febrero de 1570 Su Santidad Pío V fulmina la excomunión contra Isabel, y sus súbditos quedan liberados de la obligación moral de obedecerla. Se expiden entonces contra los católicos por todo el reino severísimos edictos. En Dublín, entre los primeros, es denunciado Campion como «papista», y tiene que andar huyendo hasta que logra volver a Inglaterra.

Llegado a Londres, pasa algunas semanas tranquilo; mas temiendo ser arrestado, se embarca rumbo a Flandes. Llevaban ya varias millas mar adentro, cuando una fragata guardacostas les da alcance; de todos los pasajeros sólo Campion carece de pasaporte… Hecho, pues, prisionero, es devuelto a Dover para ser remitido a Londres: pero éste se escapa y acude a unos amigos, que le ayudan a embarcarse de nuevo; y por fin, pasando el Canal, llega al Continente, donde pasará los próximos nueve años. En el seminario inglés de Douai (Francia) obtiene su grado en Teología y recibe las órdenes menores y el subdiaconado. Pero a Campion le atormenta el recuerdo de aquel diaconado… Y el convertido desconfía de sí, pone su confianza en Aquel que lo conforta; quiere prepararse humildemente, vigorosamente, disciplinadamente. Su corazón se vuelve hacia la austera disciplina de la obediencia. Sólo así podrá hacerse digno del verdugo y de la horca por su Dios. El 25 de enero de 1573, vestido de peregrino, se dirige a Roma solo, a pie, con la intención de entrar en la perseguida y heroica Compañía de Jesús… Recibido en el noviciado, se le destina a la provincia jesuítica de Austria; y cinco años más tarde, el 8 de septiembre de 1578, recibe la unción sacerdotal en Praga de Bohemia.

El 18 de abril de 1580, con la bendición de Gregorio XIII, sale de Roma una pequeña caravana de misioneros, entre ellos tres jesuitas: Roberto Persons—nombrado superior—y Edmundo Campion, a quienes se añade el hermano Ralph Emerson como compañero. Llegan a St. Omer. Mas el mismo día de la partida de Roma, un espia del Gobierno de Isabel enviaba al ministro Walsingham los nombres y señales de los peregrinos. Así que, sin ellos saberlo, ya todo puerto, todo paso está vigilado por espías sagacísimos para impedir la entrada de ningun jesuíta. Dondequicra se ven cartelones con la efigie de Persons y de Campion enviada desde Roma. Algunos fugitivos ingleses quieren descorazonar a los Padres anunciándoles que la vigilancia en Dover es tan grande que su arresto inmediato parece inevitable. Mas Persons se decide por la accion inmediata. A él, que es el superior, y a quien no falta astucia y franqueza, toca abrir el camino. Aventurará él solo el paso del Canal.

Disfrazado de capitán, aguerrido veterano de Flandes, el aire marcial, bien estudiados ademanes, haciendo honor a su uniforme, zarpa el barco de Calais En Dover, nuestro capitán se presenta cordialmente al capitán del puerto y le ruega que al llegar en un barco próximo un mercader irlandés de nombre Mr. Patrick, muy amigo suyo, con un criado, se lo envíe inmediatamente a Londres para que no pierda una ocasión propicia de vender sus mercancías… Un saludo militar, promesa de ser correspondido, y Persons sigue a la metrópoli. Por su parte Mr. Patrick con su criado esperan en Calais viento favorable. El 24 de junio cruzan el Canal, y en Dover el padre es aprisionado inmediatamente, porque «Mr. Patrick, dicen los espías, no es Mr. Patrick, sino el doctor Allen…» Campion insiste en que no es Allen y está dispuesto a jurarlo. El alcalde de Dover no le cree. Da orden de llevarlo al magistrado supremo de Londres. Insiste Campion en que no es Allen. Insiste el alcalde en no creer. Los caballos están listos. Campion se encomienda a Dios. «Cuando menos lo esperábamos, refiere Campion, se presenta un anciano. a quien Dios bendiga, y nos dice: Están ustedes libres; váyanse en paz». «Nosotros, prosigue el misionero, nosotros salimos corriendo inmediatamente.» Pero no… Campion se vuelve y va tan fresco a alquilar las bestias que les tenían preparadas, y así terminan el viaje más seguros y aprisa… Llegados al Támesis, varios jóvenes católicos les están esperando; mudan cabalgaduras, corren a alojarse en casa de George Gilbert, cambian el disfraz y sale Campion transformado en un caballero de los de daga al cinto, sombrero de anchas alas, pluma al aire, espuela de oro y galgo corredor… Minutos después busca alberque en el barrio de la Cancillería, en la propia casa en que mora el jefe de la policía donde está viviendo el «capitán» Roberto Persons…

En Londres, aquellos jóvenes que han servido de introductores de Campion hacen correr secretamente la voz entre los católicos de su llegada. La noticia causa revuelo. Campion predica sobre el Pontificado. Las conversiones son múltiples, la sagrada Eucaristía vuelve a fortalecer muchas almas, los sacramentos, los sermones, las palabras de consejo y de aliento, los arrepentidos, las lágrimas, los sabios, los humildes, la nobleza, los estudiantes… Ia santa misa…, todo como en las catacumbas… ¡Cien mil conversiones en un año! Cuando en hora mala sabe Isabel y sus ministros la increíble audacia de los jesuitas de penetrar en el Reino, ¡cuanta ira, qué poner precio a su cabeza! Y el misionero de Cristo no tiene otro recurso que mudar de nombre, de lugar y de apariencia.

El padre Edmundo, acompañado del hermano Emerson, se refugia en York, y en quince días compone en latín su más famoso libro, que titula Diez razones por las cuales Edmundo Campion, S. J., se ofreció a disputar con sus adversarios… Los ejemplares son repartidos de mano en mano entre los católicos, o abandonados en los sitios públicos, o introducidos en las casas por debajo de las puertas; lo cual excita tal sensación que juran los herejes no descansar hasta no dar con aquel jesuita sedicioso.

Persons, Camplon y el hermano pasan algunos días juntos. Persons—como presintiendo algo—renueva sus instancias a Campion de no acceder a todas las súplicas que en el trayecto se le presenten, y señala a Emerson como superior en lugar suyo. El padre Edmundo y su compañero llegan el día siguiente a una posada al caer de la tarde. Varios caballeros católicos, con pretexto de caceria por esos parajes, vienen a fin de hablar con él y confesarse. Le suplican volver al castillo de Lyford, donde pasó la noche anterior. Emerson resiste al principio, pero al fin consiente en la vuelta de Campion.

Más de sesenta católicos se reúnen aquel domingo, 16 de julio. El padre se prepara para el santo sacrificio; en el grupo de hombres hay uno de tantos. No tiene la contraseña, pero tanto insiste que por excepción se le abre la puerta… Jorge Elliot, infame criatura, por un homicidio había estado a punto de ser atormentado en el ecúleo, y para librarse había apostatado de la fe y prometido un crimen mayor: el de traicionar al jesuita Campion y traer otros sacerdotes al suplicio… Terminada la misa (la última misa), parte Elliot, como Judas, a hacer pronto lo que piensa… De repente, alarma. El castillo está rodeado por un escuadrón de caballería. Elliot y un oficial con cien soldados penetran en él. ¿Escapará el jesuita? Dos días de intensa búsqueda; todo en vano. Rabioso Elliot va a salir; al bajar las escaleras golpea como por descuido el arco de la puerta; siente que resuena profundamente: ¡ha dado con el escondite!… Los tres sacerdotes ofrecen su vida a Dios. El infeliz apóstata grita loco de felicidad. Se ha merecido las treinta monedas… Campion se entrega al traidor, el cual lo pone en manos del gobernador de Bark. Un correo parte inmediatamente a Londres. Tres días después llega la respuesta; como un vulgar asesino es llevado a la capital entre doscientos soldados…

Encerrado en un calabozo de la Torre, después de la entrevista con la reina, se le conduce al tormento. Campion ora unos instantes de rodillas. Fortalece su pecho con la señal de la cruz. Los verdugos le despojan de sus vestidos; se le dispone en la rock (ecúleo). Comienza la tortura: ¡horror, crueldad, agonía!…, se va descoyuntando el cuerpo; se quiebran los huesos; se desgarran los nervios, demasiado tensos… La angustia del mártir en el rostro… Los jayanes siguen impasibles su faena. Chirría llorando la máquina del tormento… El héroe, lívido, invoca a Dios y no cede. Lentamente van pasando las horas interminables, y el mártir extendido…, perdonando a los autores de sus penas. Se suspende un instante la tortura para volver a comenzar de nuevo y volver a suspenderse y volver a comenzar. Y ahora sí, los doctores protestantes quieren disputar con él sobre cuestiones de fe; con fortaleza inalterable confunde a sus enemigos y les echa en cara su herejía. No se dan por vencidos los herejes; les queda un recurso todavía: el del tormento. Y otra vez comienza la tortura… En manos ajenas es llevado a su prisión, donde tendrán lugar otras tres disputas por orden expresa del Consejo. Pero Campion rebate gloriosamente a sus adversarios…

Por fin, el 16 de noviembre de 1581 se sentencia contra él pena de muerte en la horca por crimen de lesa majestad, por haber predicado la religión católica y por traidor. Cuando estuviere expirando se le bajará del patíbulo y, abierto el vientre, se dispersarán las entrañas, se le sacará el corazan con el grito de ¡He aquí el corazón de un traidor!, y se le arrojará al fuego; luego de cortarle la cabeza se descuartizará su cuerpo, que se repartirá en diversos lugares para escarmiento de todos.

En el calabozo, Elliot se le acerca para pedirle excusas. El padre lo perdona y le da cartas de recomendación a ciertos señores de Alemania… La mañana del 1 de diciembre entran los verdugos para llevarlo junto con el jesuita Briant y el padre Sherwin. Al salir los mártires encuentran aparejadas dos esterillas de mimbre atadas a sendos caballos y una multitud de pueblo reunida porque se habia hecho correr el rumor de que Campion se había enterrado un puñal en el corazón. Al verlo aparecer quedan atónitos. Él los saluda con amabilidad. Extendido boca arriba sobre su esterilla, los jayanes del suplicio lo aseguran fuertemente; y a los compañeros entre si. Arrastrados a la cola de los caballos avanzan por las calles de Londres. Llegan al Tyburn, donde está levantada la horca. Le señalan el carromato. Sube a pie firme. Le echan al cuello la saga de nudo corredizo… Murmullo de los espectadores; luego, un silencio… Un consejero de la reina le exige la pública confesión de sus traiciones. «Si ser católico, responde el jesuita, es ser traidor, me confieso tal. Pero si no, pongo por testigo a Dios, ante cuyo tribunal voy ahora a presentarme, que en nada he ofendido a la reina, a la patria o a nadie por que merezca el titulo o la muerte de traidor…» Y luego, justificándose de otras calumnias, puesto en oración reza el Padrenuestro y el Avemaría. Y para testimoniar que da su vida por la fe verdadera, suplica a los católicos presentes que reciten el Credo mientra él expira… Tiran del carro, y el Beato Edmundo Campion queda suspendido de la horca… Era el 1 de diciembre de 1581. Tenía cuarenta y un años de edad. Había nacido en Londres el 25 de enero de 1540.

MANUEL BRICEÑO J., S. I

Laudes – Sábado XXXIV de Tiempo Ordinario

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. Escuchemos la voz del Señor y entremos en su descanso.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Escuchemos la voz del Señor y entremos en su descanso.

Himno: SI SALVASTE A MAGDALENA

Si salvaste a Magdalena
y al ladrón de eterna pena,
tú serás mi salvador.

De tu amor yo no soy digno,
mas tú, Señor, sé benigno,
no arda yo en fuego eternal.

Líbrame de todo daño,
admíteme en tu rebaño,
a tu diestra, sacro Rey.

Librado ya del averno,
sé mi guía al gozo eterno,
a tu dulce corazón.

Puesto, Jesús, yo de hinojos,
con lágrimas en los ojos,
te pido la salvación.

Cuando el reo vaya al juicio,
por tu muerte, sé propicio,
por tu vida, Salvador.

Oh Dios santo, el uno y trino,
llévanos por tu camino
a la patria celestial. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Por la mañana proclamamos, Señor, tu misericordia y de noche tu fidelidad.

Salmo 91 – ALABANZA A DIOS QUE CON SABIDURÍA Y JUSTICIA DIRIGE LA VIDA DE LOS HOMBRES.

Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad,
con arpas de diez cuerdas y laúdes
sobre arpegios de cítaras.

Tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo, las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta.

Aunque germinen como hierba los malvados
y florezcan los malhechores,
serán destruidos para siempre.
Tú, en cambio, Señor,
eres excelso por los siglos.

Porque tus enemigos, Señor, perecerán,
los malhechores serán dispersados;
pero a mí me das la fuerza de un búfalo
y me unges con aceite nuevo.
Mis ojos no temerán a mis enemigos,
mis oídos escucharán su derrota.

El justo crecerá como una palmera
y se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;

en la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Por la mañana proclamamos, Señor, tu misericordia y de noche tu fidelidad.

Ant 2. Dad gloria a nuestro Dios.

Cántico: BENEFICIOS DE DIOS PARA CON SU PUEBLO Dt 32, 1-12

Escuchad, cielos, y hablaré;
oye, tierra, los dichos de mi boca;
descienda como lluvia mi doctrina,
destile como rocío mi palabra;
como llovizna sobre la hierba,
como sereno sobre el césped;
voy a proclamar el nombre del Señor:
dad gloria a nuestro Dios.

Él es la Roca, sus obras son perfectas,
sus caminos son justos,
es un Dios fiel, sin maldad;
es justo y recto.

Hijos degenerados, se portaron mal con él,
generación malvada y pervertida.
¿Así le pagas al Señor,
pueblo necio e insensato?
¿no es él tu padre y tu creador,
el que te hizo y te constituyó?

Acuérdate de los días remotos,
considera las edades pretéritas,
pregunta a tu padre y te lo contará,
a tus ancianos y te lo dirán:

Cuando el Altísimo daba a cada pueblo su heredad,
y distribuía a los hijos de Adán,
trazando las fronteras de las naciones,
según el número de los hijos de Dios,
la porción del Señor fue su pueblo,
Jacob fue la parte de su heredad.

Lo encontró en una tierra desierta,
en una soledad poblada de aullidos:
lo rodeó cuidando de él,
lo guardó como a las niñas de sus ojos.

Como el águila incita a su nidada,
revolando sobre los polluelos,
así extendió sus alas, los tomó
y los llevó sobre sus plumas.

El Señor solo los condujo
no hubo dioses extraños con él.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dad gloria a nuestro Dios.

Ant 3. ¡Qué admirable es tu nombre, Señor, en toda la tierra!

Salmo 8 MAJESTAD DEL SEÑOR Y DIGNIDAD DEL HOMBRE.

Señor, dueño nuestro,
¡que admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos,
para reprimir al adversario y al rebelde.

Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos;
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él;
el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies:

rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por las aguas.

Señor, dueño nuestro,
¡que admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Qué admirable es tu nombre, Señor, en toda la tierra!

LECTURA BREVE   Rm 12, 14-16a

Bendecid a los que os persiguen, no maldigáis. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran. Tened un mismo sentir entre vosotros, sin apetecer grandezas; atraídos más bien por lo humilde.

RESPONSORIO BREVE

V. Te aclamarán mis labios, Señor, cuando salmodie para ti.
R. Te aclamarán mis labios, Señor, cuando salmodie para ti.

V. Mi lengua recitará tu auxilio.
R. Cuando salmodie para ti.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Te aclamarán mis labios, Señor, cuando salmodie para ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Guía nuestros pasos, Dios de Israel, por el camino de la paz.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Guía nuestros pasos, Dios de Israel, por el camino de la paz.

PRECES

Celebremos la sabiduría y la bondad de Cristo, que ha querido ser amado y servido en los hermanos, especialmente en los que sufren, y supliquémosle insistentemente diciendo:

Señor, acrecienta nuestro amor.

Al recordar esta mañana tu santa resurrección,
te pedimos, Señor, que extiendas los beneficios de tu redención a todos los hombres.

Que todo el día de hoy sepamos dar buen testimonio del nombre cristiano
y ofrezcamos nuestra jornada como un culto espiritual agradable al Padre.

Enséñanos, Señor, a descubrir tu imagen en todos los hombres
y a saberte servir a ti en cada uno de ellos.

Cristo, Señor nuestro, vid verdadera de la que nosotros somos sarmientos,
haz que permanezcamos en ti y demos fruto abundante para que con ello sea glorificado nuestro Padre que está en el cielo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Con la confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo como Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Que nuestra voz, Señor, nuestro espíritu y toda nuestra vida sean una continua alabanza en tu honor, y ya que toda nuestra existencia es un don gratuito de tu liberalidad, haz que también cada una de nuestras acciones te esté plenamente dedicada. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lectura – Sábado XXXIV de Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Escuchemos la voz del Señor y entremos en su descanso.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: MUERTE, PUERTO DE MI VIDA

Muerte, puerto de mi vida,
vida que en mi muerte estás,
como no sé si vendrás
de luna o de sol vestida,
muriendo estoy en mi vida,
viviendo en ti, muerte, estoy;
pues, siendo lo que no soy
y anhelando al que siempre es,
con la inquietud de tus pies,
hacia sus riberas voy.

Tengo contigo una cita
desde siempre, desde Dios;
sólo una señal: adiós
-sobre el corazón escrita-,
es la palabra inaudita
que digo a todas las cosas.
y cunas, tálamos, fosas
-claro silencio escondido-,
de adioses el pecho herido,
dicen adiós a las rosas. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Sólo el Señor hizo grandes maravillas: es eterna su misericordia.

Salmo 135 I – HIMNO A DIOS POR LAS MARAVILLAS DE LA CREACIÓN Y DEL ÉXODO

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

El afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sólo el Señor hizo grandes maravillas: es eterna su misericordia.

Ant 2. Con mano poderosa, con brazo extendido, sacó a Israel de Egipto.

Salmo 135 II

El hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Con mano poderosa, con brazo extendido, sacó a Israel de Egipto.

Ant 3. Dad gracias al Dios del cielo: él nos libró de nuestros opresores.

Salmo 135 III

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel, su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dad gracias al Dios del cielo: él nos libró de nuestros opresores.

V. Señor, enséñame tus caminos.
R. Instrúyeme en tus sendas.

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Daniel 12, 1-13

PROFECÍA ACERCA DEL ÚLTIMO DIA Y DE LA RESURRECCIÓN

Esto me dijo el ángel del Señor:

«En aquel tiempo, surgirá Miguel, el gran príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo. Será aquél un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro, desde que existen las naciones. En aquel tiempo, se salvará tu pueblo: todos aquellos que se encuentren inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno. Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas por toda la eternidad. Y tú, Daniel, guarda en secreto estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos andarán errantes acá y allá, y la iniquidad aumentará.»

Yo, Daniel, miré y vi a otros dos que estaban de pie a una y otra parte del río. Uno de ellos dijo al hombre vestido de lino que estaba sobre las aguas del río:

«¿Cuándo será el cumplimiento de estas maravillas?»

Y oí al hombre vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río, jurar, levantando al cielo la mano derecha y la izquierda, por aquel que vive eternamente:

«Un tiempo, algunos tiempos y medio tiempo, y todas estas cosas se cumplirán cuando desaparezca aquel que aplasta la fuerza del pueblo santo.»

Yo oí, pero no comprendí. Luego dije:

«Señor mío, ¿cuál será la última de estas cosas?»

Él me dijo:

«Escucha, Daniel: estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin. Muchos serán lavados, blanqueados y purificados; los impíos seguirán haciendo el mal; ningún impío comprenderá nada; sólo los doctos comprenderán. Contando desde el momento en que sea abolido el sacrificio perpetuo e instalada la abominación de la desolación: mil doscientos noventa días. Dichoso aquel que sepa esperar y alcance mil trescientos treinta y cinco días. Y tú, vete a descansar; te levantarás para recibir tu suerte al fin de los días.»

RESPONSORIO    Cf. Lc 20, 35. 36. 38

R. Los que alcancen a ser dignos de tener parte en la resurrección de entre los muertos ya no podrán morir: * serán como ángeles, serán hijos de Dios, una vez que hayan resucitado.
V. Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven.
R. Serán como ángeles, serán hijos de Dios, una vez que hayan resucitado.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 256, 1. 2. 3: PL 38, 1191-1193)

CANTEMOS EL ALELUYA AL DIOS BUENO QUE NOS LIBRA DEL MAL

Cantemos aquí el Aleluya, aun en medio de nuestras dificultades, para que podamos luego cantarlo allá, estando ya seguros. ¿Por qué las dificultades actuales? ¿Vamos a negarlas, cuando el mismo texto sagrado nos dice: El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio? ¿Vamos a negarlas, cuando leemos también: Velad y orad, para no caer en la tentación? ¿Vamos a negarlas, cuando es tan frecuente la tentación, que el mismo Señor nos manda pedir: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden? Cada día hemos de pedir perdón, porque cada día hemos ofendido. ¿Pretenderás que estamos seguros, si cada día hemos de pedir perdón por los pecados, ayuda para los peligros? Primero decimos, en atención a los pecados pasados: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; luego añadimos, en atención a los peligros futuros: No nos dejes caer en tentación. ¿Cómo podemos estar ya seguros en el bien, si todos juntos pedimos: Líbranos del mal? Mas con todo, hermanos, aun en medio de este mal, cantemos el Aleluya al Dios bueno que nos libra del mal.

Aun aquí, rodeados de peligros y de tentaciones, no dejemos por eso de cantar todos el Aleluya. Fiel es Dios -dice el Apóstol- para no permitir que seáis tentados más allá de lo que podéis. Por esto, cantemos también aquí el Aleluya. El hombre es todavía pecador, pero Dios es fiel. No dice: «Para no permitir que seáis tentados», sino: Para no permitir que seáis tentados más allá de lo que podéis. Por el contrario, él dispondrá con la misma tentación el buen resultado de poder resistirla. Has entrado en la tentación, pero Dios hará que salgas de ella indemne; así, a la manera de una vasija de barro, serás modelado con la predicación y cocido en el fuego de la tribulación. Cuando entres en la tentación, confía que saldrás de ella, porque fiel es Dios: el Señor guarda tus entradas y salidas.

Más adelante, cuando este cuerpo sea hecho inmortal e incorruptible, cesará toda tentación; porque el cuerpo ha muerto. ¿Por qué ha muerto? Por causa del pecado. Pero el espíritu es vida. ¿Por qué? Por la justificación. Así pues, ¿quedará el cuerpo definitivamente muerto? No, ciertamente; escucha cómo continúa el texto: Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales. Ahora tenemos un cuerpo meramente natural, después lo tendremos espiritual.

¡Feliz el Aleluya que allí entonaremos! Será un Aleluya seguro y sin temor, porque allí no habrá ningún enemigo, no se perderá ningún amigo. Allí, como ahora aquí, resonarán las alabanzas divinas; pero las de aquí proceden de los que están aún en dificultades, las de allá de los que ya están en seguridad; aquí de los que han de morir, allá de los que han de vivir para siempre; aquí de los que esperan, allá de los que ya poseen; aquí de los que están todavía en camino, allá de los que ya han llegado a la patria.

Por tanto, hermanos míos, cantemos ahora, no para deleite de nuestro reposo, sino para alivio de nuestro trabajo. Tal como suelen cantar los caminantes: canta, pero camina; consuélate en el trabajo cantando, pero no te entregues a la pereza; canta y camina a la vez. ¿Qué significa camina? Adelanta, pero en el bien. Porque hay algunos, como dice el Apóstol, que adelantan de mal en peor. Tú, si adelantas, caminas; pero adelanta en el bien, en la fe verdadera, en las buenas costumbres; canta y camina.

RESPONSORIO    Cf. Ap 21, 21; cf. Tb 13, 22. 13. 14

R. Tus plazas, Jerusalén, están pavimentadas de oro puro, y en tus puertas se entonarán cantos de alegría. * Y todas tus casas cantarán: «Aleluya».
V. Brillarás cual luz de lámpara y pueblos numerosos vendrán a ti de lejos.
R. Y todas tus casas cantarán: «Aleluya».

ORACIÓN.

OREMOS,
Mueve, Señor, nuestros corazones, para que correspondamos con mayor generosidad a la acción de tu gracia, y recibamos en mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.