II Vísperas – Domingo I de Adviento

II VÍSPERAS

DOMINGO I DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Marana tha!
¡Ven, Señor Jesús!

Yo soy la Raíz y el Hijo de David,
la Estrella radiante de la mañana.

El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven, Señor!»
Quien lo oiga, diga: «¡Ven, Señor!»

Quien tenga sed, que venga; quien lo desee,
que tome el don del agua de la vida.

Sí, yo vengo pronto.
¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Vendrá nuestro Rey, Cristo, el Señor: el Cordero de quien Juan anunció la venida.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrá nuestro Rey, Cristo, el Señor: el Cordero de quien Juan anunció la venida.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus propias obras.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus propias obras.

LECTURA: Flp 4, 4-5

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. el Señor está cerca.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo. Aleluya.

PRECES

Oremos a Jesucristo, nuestro redentor, que es camino, verdad y vida de los hombres, y digámosle:

Ven, Señor, y quédate con nosotros.

Jesús, Hijo del Altísimo, anunciado por el ángel Gabriel y a María Virgen,
— ven a reinar para siempre sobre tu pueblo.

Santo de Dios, ante cuya venida el Precursor saltó de gozo en el seno de Isabel,
— ven y alegra al mundo con la gracia de la salvación.

Jesús, Salvador, cuyo nombre el ángel reveló a José,
— ven a salvar al pueblo de sus pecados.

Luz del mundo, a quien esperaban Simeón y todos los justos,
— ven a consolar a tu pueblo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sol naciente que nos visitará de lo alto, como profetizó Zacarías,
— ven a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Resumamos nuestras alabanzas y peticiones, con las mismas palabras de Cristo.
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Llamada a la esperanza: ¡Levantaos, se acerca vuestra liberación!

Querido amigo: Comenzamos un tiempo precioso, el tiempo de la esperanza, una ocasión extraordinaria para revisar nuestra vida: este tiempo es el Adviento. Es una oportunidad que Dios nos da para vivirlo intensamente, para preparar su venida. Comenzamos también un ciclo litúrgico nuevo, un ciclo en donde vamos a ir pasando por la vida de Jesús y nos vamos a ir enamorando poco a poco de su mensaje, de sus actitudes y de su palabra. En este primer domingo de Adviento la Iglesia nos pone el Evangelio de Lucas, capítulo 21, versículo 25 al 28 y 34 al 36. Vamos a escucharlo con toda atención y a saborear todo lo que Jesús dice en estos momentos:

Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra angustia de las gentes desconcertadas por el estruendo del mar y de las olas, enloqueciendo los hombres de miedo y de ansiedad por lo que sobrevendrá al mundo, pues las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y gloria. Cuando comiencen a suceder estas cosas, tened ánimo y levantad vuestras cabezas porque se aproxima vuestra redención. Vigilad para que vuestros corazones no se obcequen por el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida y venga de improviso aquel día sobre vosotros, pues caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Velad pues, orando en todo tiempo, para que podáis escapar de todo lo que va a suceder y podáis estar firmes ante el Hijo del hombre.

Después de oír este texto nos asombra todo este vocabulario de Jesús. Es un mensaje trágico: habrá signos en el sol, la luna, las estrellas; la tierra se llenará de angustia, la gente estará enloquecida, los hombres quedarán sin aliento… Nos asusta todo esto. Pero en medio de tantas palabras como dice Jesús en estos términos, nos dice unas palabras o un mensaje precioso: “¡Levantaos! ¡Alzad la cabeza! ¡Se acerca vuestra liberación!”. Y más adelante nos dice: “Pero tened cuidado, que no se os embote la mente ni con el vicio ni con los agobios de la vida. ¡Estad siempre despiertos!”.

Vemos que Jesús ha salido del Templo y está de camino con sus discípulos, le han preguntado que cuándo acontecerán todos estos hechos… Jesús va dando respuesta a todo y este mensaje que parece duro, querido amigo, a ti y a mí nos tiene que llegar muy dentro. Jesús nos llama a la vigilancia, a la esperanza, a una espera gozosa, porque Adviento significa eso: espera, esperanza. Es una esperanza llena de alegría. Este Reino no va a venir de una manera o de otra, es distinto a todo el montante humano. Él está dentro de nosotros y es preciso descubrirle y es preciso no conformar nuestra naturaleza a todo lo que quiere, sino ir al ritmo de Dios. Y por eso Él explica que todo esto humano tiene que desaparecer, se tiene que desmoronar, que hay que dar paso a otra vida. Pero no hay vida sin muerte, y a veces nos parecen catástrofes, pero es el nacimiento de una vida nueva. El Evangelio nos anuncia una especie de catástrofes, pero luego nos dice: “¡Levantaos!”. Qué palabra tan bonita y tan profunda y tan llena de calor: “¡Levantaos!”.

Querido amigo, hoy en este texto y en este encuentro con Él, Jesús nos dice que nos dispongamos a vivir una vida nueva, que es preciso que cambiemos de actitud, que no nos apeguemos al vicio, a las cosas de esta vida, que todo eso nos embota, no nos ayuda a discernir. El dinero… todo eso que nos domina… todo lo que domina nuestro corazón. Y nos preguntamos: ¿hasta qué punto tenemos embotado el corazón con tantas cosas? ¿Caminamos con libertad? ¿Nuestra decisiones son como las que Jesús quiere? ¿Qué docilidad tenemos?

Es un encuentro con Él que nos lleva a estar despiertos, a no adormilarnos. ¿Con qué? Con tantas preocupaciones que nos ofrecen felicidad pero que en el fondo nos hacen infelices: el placer, drogas, poder… tantas cosas. El Adviento nos llama y Jesús, en este texto que se dirige a ti y a mí, nos llama y nos dice que estemos muy atentos, que nos llenemos de esperanza, pero que vivamos vigilantes, que no desperdiciemos el tiempo que Él nos da, que aprovechemos esta ocasión para acondicionar nuestro corazón y para recibirle como Él se merece, que no andemos perdidos por la vida sin darnos cuenta de lo que pasa.

Ahora recuerdo aquel pequeño cuento que a mí me impresionó y me gustó y te lo voy a contar, querido amigo. Mira, era un viajero que andaba perdido por el desierto. Ya estaba muy debilitado por el cansancio, el sol agotador, y creyó ver a lo lejos un oasis y pensó: “No, no es un oasis, es mi mente… Tiene que ser un espejismo, seguro que no hay nada”, —se decía continuamente a sí mismo—. Y a medida que iba acercándose veía palmeras y hierba e incluso contemplaba un manantial que caía alegremente y haciendo sus burbujas y su ruido, como es un río en plena actividad. Y este hombre… pensando… y sabio… se detuvo un momento y luego reemprendió el camino. “Sé que no hay nada —se volvió—, todo es pura proyección. Es demasiado hermoso todo esto pero no es verdad”. Horas más tarde llegaron al oasis otros dos viajeros y encontraron el cuerpo de este hombre muerto de hambre y de sed, y se dijeron: “¡Qué cosa tan extraña, si los dátiles le están cayendo en la boca y se ha muerto de hambre, el agua del manantial lo tiene ahí al alcance de la mano y se ha muerto de sed! ¿Cómo es que ha podido morir en medio de tanta abundancia?”. El oasis no era un espejismo y nuestro viajero, enfermo y sin fuerzas, no pudo disfrutar de lo que tenía abundantemente.

Pues esto nos puede pasar a ti y a mí: tenemos un Dios con un oasis tremendo, con un manantial, con todo… y no lo vemos. Creemos que es un espejismo, no lo entendemos, es algo lejano. Y así nos volvemos en una vida vacía. Y no, tenemos todo a la mano. El Adviento es esa espera, está ahí. ¡Creamos que Dios está ahí! Creamos que Él está, que nos da toda la alegría, toda la esperanza, que nos da todos los interrogantes. Y no estemos pensando que todo es fantasía, que todo es… ¡Cuánto tiempo desperdiciamos pensando en lo poco que hacemos y en lo mucho que el Señor nos da!

Querido amigo, démosle vueltas a estas palabras: “¡Levantaos, se acerca vuestra liberación! ¡Alzad la cabeza! Pero tened cuidado, estad siempre despiertos”. Ésta es la andadura que el Señor quiere para ti y para mí, querido amigo. Ésta es la andadura que nos pide: estar despiertos, no estar en una espera que creemos que va a llegar y la tenemos ya. El Señor está con nosotros, el Señor está en nuestra vida. Hoy en este encuentro nos vamos a dirigir a Jesús con mucho amor y le vamos a decir que sepamos conocerle mucho más, que sepamos profundizar mucho más, que sepamos estar atentos a través de esa oración, de ese trato con Él. Esa oración continua que es como el latir del corazón, como el pulso. Sin esa presencia de Dios no hay vida, no hay vida… no se entiende nada. Adviento es eso: esperanza, alegría, fuerza. Y así lo iniciamos, con este encuentro, con este texto que nos da la Iglesia, oyendo a Jesús en ese camino que nos dice: “No te embotes. ¡Búscame, que estoy cerca, que estoy contigo, que te des cuenta de que estoy ahí, que esperes, pero con gozo! ¡Espérame! ¡Camina hacia mí! Mira que estoy contigo continuamente…”.

Esta espera alegre y esta esperanza nos tiene que llenar de mucho gozo, de mucho. Pero nos tiene que llevar también a esos verbos: vigilar, mirar, estar atentos.Porque Dios está con nosotros y Jesús está con nosotros. Entremos en este encuentro con amor y examinemos también nuestra vida, examinemos nuestro corazón. Veamos también cómo estamos cargados de dinámicas, de decisiones falsas, de criterios infundados… y reavivemos nuestro amor, reavivemos nuestra fe. Vigilemos, porque el Señor está cerca, porque el Señor está con nosotros.

Y se lo vamos a pedir mucho a la Virgen. La Virgen María es nuestra esperanza. El Adviento es un tiempo muy mariano porque nos coloca junto a María que está disfrutando, saboreando el futuro nacimiento de su Hijo. Y a pesar de las dificultades y de todo lo que tengamos… “¡levantaos!, ¡levantaos, que se acerca vuestra liberación! No, tened cuidado, no estemos en otro mundo, no estemos así…”. Hoy se lo vamos a pedir de una manera especial a la Virgen, nos vamos a dar cuenta de cómo está nuestro interior. Descubrirle… Él está dentro de nosotros para enriquecernos, para llenarnos de vida, para quitarnos el hambre, la sed. Dispongámonos a vivir una vida en Jesús, dispongámonos a llenarnos de amor.

Que así terminemos este encuentro, cogiendo esas frases no tan trágicas, sino la esperanza, la alegría, el Jesús que viene, el Jesús que está con nosotros. Y nos quedamos tú y yo reflexionando todas estas palabras y llenándonos de gozo y de alegría en la espera de un Dios que viene a amarnos siempre y en todos los momentos.

Que así sea y nos llenemos de amor en Él.

Francisca Sierra Gómez

Domingo I de Adviento

El año litúrgico, como sabemos, empieza antes que el año civil. La Iglesia quiere que los cristianos, desde el primero de los cuatro domingos que preceden a la Navidad, se preparen, en sus sentimientos religiosos, para recordar —lo mejor posible— el nacimiento de Jesús. Hay acontecimientos tan importantes y tan profundos, en la vida y en la Historia, que no se pueden recordar solo mediante la memoria. Más que la memoria, hay que preparar el corazón, para recordar cómo tiene que ser, la Navidad. ¿Por qué?

En Navidad no recordamos simplemente que Jesús nació en Belén. Al recordar eso, lo que en realidad celebramos es cómo Dios entró en la Historia y se hizo presente entre los seres humanos. Si despojamos nuestros belenes de arte y poesía, lo que queda es un niño nacido en el pesebre de un establo.

Ante un Dios así, caen todos los astros, las estrellas, los poderes que imponen el miedo y la ansiedad. El sistema, que nos oprime y nos angustia, pierde su consistencia. Ante semejante trastorno planetario, o nos quedamos sin religión o solo queda en pie nuestra humanidad, hecha cercanía, respeto, justicia y bondad con todos los seres humanos. Y con la naturaleza entera. Para tan asombroso cambio, nos preparamos en Adviento. Se acerca nuestra liberación.

José María Castillo

Domingo I de Adviento

DOMINGO I de ADVIENTO

(2 de diciembre)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a TODOS; lo mismo sucederá cuando vengan el Hijo del Hombre:

Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.

Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.

Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre.

(Del Evangelio según san Mateo. Mt 24, 37-44)

Gaudete et exsultate – Francisco I

154. La súplica es expresión del corazón que confía en Dios, que sabe que solo no puede. En la vida del pueblo fiel de Dios encontramos mucha súplica llena de ternura creyente y de profunda confianza. No quitemos valor a la oración de petición, que tantas veces nos serena el corazón y nos ayuda a seguir luchando con esperanza. La súplica de intercesión tiene un valor particular, porque es un acto de confianza en Dios y al mismo tiempo una expresión de amor al prójimo. Algunos, por prejuicios espiritualistas, creen que la oración debería ser una pura contemplación de Dios, sin distracciones, como si los nombres y los rostros de los hermanos fueran una perturbación a evitar. Al contrario, la realidad es que la oración será más agradable a Dios y más santificadora si en ella, por la intercesión, intentamos vivir el doble mandamiento que nos dejó Jesús. La intercesión expresa el compromiso fraterno con los otros cuando en ella somos capaces de incorporar la vida de los demás, sus angustias más perturbadoras y sus mejores sueños. De quien se entrega generosamente a interceder puede decirse con las palabras bíblicas: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por el pueblo» (2 M 15,14).

Lectio Divina – 2 de diciembre

Lectio:  Domingo, 2 Diciembre, 2018

La manifestación del Hijo del Hombre
como principio de nuevos tiempos
¡Atención! ¡Dios puede llegar en cada momento!
Luca 21,25-28.34-36

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz , que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén

2. Lectura

a) Clave de lectura:

El texto litúrgico de este domingo nos lleva a meditar el discurso de Jesús sobre el fin del mundo. Hoy, cuando se habla tanto del fin del mundo, las posiciones son muy variadas. Algunos tienen miedo. Otros permanecen indiferentes. Otros comienzan a vivir con más seriedad. Y todavía otros, cuando oyen una terrible noticia, exclaman: “¡El fin del mundo está cerca!” ¿Y tú? ¿Tienes una opinión al respecto? ¿Por qué al principio del año litúrgico, en este primer domingo de Adviento, la Iglesia nos coloca de frente el fin de la historia?
Teniendo presente estas preguntas, tratemos de leer de modo que nos interpele y nos interrogue.
Durante la lectura haremos un esfuerzo por prestar atención, noa lo que nos causa temor, sino más bien a lo que produce esperanza.

b) Una división del texto para ayudar en la lectura:

Lucas 21,25-26. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas
Lucas 21,27: El Hijo del Hombre vendrá sobre una nube
Lucas 21,28: La esperanza que renace en el corazón
Lucas 21,29-33: La lección de la parábola de la higuera
Lucas 21,34-36: Exhortación a la vigilancia

c) El Texto:

25 «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de la gente, trastornada por el estruendo del mar y de las olas. 26 Los hombres se quedarán sin aliento por el terror y la ansiedad ante las cosas que se abatirán sobre el mundo, porque las fuerzas de los cielos se tambalearán.
27 Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria.
28 Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.»
Luca 21:25-28.34-3634 «Cuidad que no se emboten vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupacines de la vida y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, 35 como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. 36 Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza, logréis escapar y podáis manteneros en pie delante del Hijo del hombre.»

3. Un momento de silencio
orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.a) ¿Qué sentimientos has tenido durante la lectura? ¿De miedo o de paz? ¿Por qué?
b) ¿Has encontrado en el texto algo que te haya dado esperanza y ánimo?
c) ¿Qué es lo que hoy empuja a la gente a tener esperanza o a resistir?
d) ¿Por qué al principio del Adviento la Iglesia nos confronta con el fin del mundo?
e) ¿Qué responderíamos a los que dicen que el fin del mundo está cerca?
f) ¿Cómo entender la imagen de la venida del Hijo del Hombre sobre una nube?

5. Una clave de lectura

para aquéllos que quisieran profundizar en el tema

I. El contexto del discurso de Jesús

El texto del Evangelio de este domingo (Lc 21,25-28.34-36) es parte del así llamado “discurso escatológico” (Lc 28-36). En el Evangelio de Lucas, este discurso está presentado como respuesta de Jesús a una pregunta de los discípulos. Ante la belleza y grandeza del templo de la ciudad de Jerusalén, Jesús había dicho: “¡No quedará piedra sobre piedra!”(Lc 21,5-6). Los discípulos querían que Jesús les diese más información sobre esta destrucción del templo y pedían: “¿Cuándo sucederá esto, Maestro, y cuáles serán las señales de que estas cosas están a punto de suceder?” (Lc 21,7).

Objetivo del discurso: ayudar a discernir los acontecimientos
En el tiempo de Jesús (año 33), de frente a los desastres, guerras y persecuciones, mucha gente decía: “¡El fin del mundo está cerca!” La comunidad del tiempo de Lucas (año 85) pensaba lo mismo. Además, a causa de la destrucción de Jerusalén (año 70) y de la persecución de los cristianos, que duraba ya unos cuarenta años, había quien decía: “¡Dios no controla los acontecimientos de la vida! ¡Estamos perdidos!” Por esto, la preocupación principal del discurso es el de ayudar a los discípulos y discípulas a discernir los signos de los tiempos para no ser engañados por estas conversaciones de la gente sobre el fin del mundo: “¡Atención! ¡No os dejéis engañar!” (Lc 21,8). El discurso nos da diversas señales para ayudarnos a discernir.

Seis señales que nos ayudan a discernir los acontecimientos de la vida
Después de una breve introducción (Lc 21,5) comienza el discurso propiamente dicho. En estilo apocalíptico, Jesús enumera los sucesos que sirven de señales. Bueno será recordar que Jesús vivía y hablaba en el año 33, pero que los lectores de Lucas vivieron y escucharon las palabras de Jesús alrededor del año 85. Entre el año 33 y el 85 sucedieron muchas cosas de todos conocidas, por ejemplo: la destrucción de Jerusalén (año 70), las persecuciones, guerras por doquier, desastres naturales. El discurso de Jesús anuncia los acontecimientos como algo que deberá suceder en el futuro. Pero las comunidades los consideran algo ya pasados, ya sucedidos:

Primera señal: los falsos Mesías que dirán: “¡Soy yo! ¡El tiempo está cerca!”(Lc 21,8);
Segunda señal: guerras y rumores de guerra (Lc 21,9);
Tercera señal: una nación se alzará contra otra (Lc 21,10);
Cuarta señal: hambre, peste y terremotos por todas partes (Lc 21,11);
Quinta señal: persecuciones contra aquéllos que anuncian la palabra de Dios (Lc 21,12-19);
Sexta señal: asedio y destrucción de Jerusalén (Lc 21,20-24).
Las comunidades cristianas del año 85, al oír el anuncio de Jesús podían concluir: “¡Todas estas cosas han sucedido ya o están sucediendo! ¡Todo se desarrolla según un plano previsto por Jesús! Por tanto, la historia no se escapa de las manos de Dios”. Especialmente por lo que se refiere a las señales quinta y sexta podrían decir: “¡Es lo que estamos viviendo hoy!” “¡Estamos ya en la sexta señal!” Y después viene la pregunta: ¿Cuántas señales faltan para que venga el fin?
De todas estas cosas, aparentemente muy negativas, Jesús dice en el Evangelio de Marcos:” Son apenas los comienzos de los dolores de parto” (Mc 13,8). ¡Los dolores de parto, aunque sean muy dolorosos para una madre, no son señales de muerte, sino más bien de vida! ¡No son motivo de temor, sino de alegría y de esperanza! Este modo de leer los hechos da tranquilidad a las personas. Como veremos, Lucas expresará la misma idea, pero con otras palabras (Lc 21,28).
Después de esta primera parte del discurso (Lc 21,8-24), vemos el texto que se nos da en el evangelio de la Misa del primer domingo de adviento:

II. Comentarios del texto

Lucas 21,25-26: Señales en el sol, en la luna y en las estrellas
Estos dos versículos describen tres fenómenos cósmicos: (1) “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas”; (2) el fragor del mar y de las olas”; (3) “las potencias del cielo se conmoverán”. En los años 80, época en la que escribe Lucas, estos tres fenómenos no se habían manifestado. Las comunidades podían afirmar:” ¡Este es la séptima y última señal que falta antes del fin!” A primera vista, parece más terrible que las precedentes, ya que Lucas dice, que suscita angustia y causa temor en los hombres y en las naciones. En realidad, aunque su apariencia es negativa, estas imágenes cósmicas sugieren algo positivo, a saber, el comienzo de la nueva creación que substituirá la antigua creación (cf Ap 21,1). El comienzo del cielo nuevo y de la tierra nueva, anunciada por Isaías (Is 65,17). Introducen la manifestación del Hijo de Dios, el comienzo de nuevos tiempos.

Luca 21,27: La llegada del Reino de Dios y la manifestación del Hijo del Hombre
Esta imagen viene de la profecía de Daniel (Dn 7,1-14). Daniel dice que después de las desgracias causadas por los cuatro reinos de este mundo (Dn 7, 1-14), vendrá el Reino de Dios (Dn 7,9-14). Estos cuatro reinos, todos, tienen apariencia animalesca: león, oso, pantera y bestia feroz (Dn 7,3-7). Son reinos animalescos. Quitan la vida a la vida (¡incluso hoy!). El Reino de Dios aparece con el aspecto de Hijo de Hombre. O sea, con el aspecto humano de la gente (Dn 7,13). Es un reino humano. Construir este reino que humaniza, es tarea de las comunidades cristianas. Es la nueva historia, la nueva creación, a cuya realización debemos colaborar.

Lucas 21,28: Una esperanza que nace en el corazón
En el Evangelio de Marcos, Jesús decía: ¡Es apenas el comienzo de los dolores de parto! Aquí, en el Evangelio de Lucas, dice: “Cuando comiencen a acaecer estas cosas, ¡alzad los ojos y levantad la cabeza, porque vuestra liberación está cerca!” Esta afirmación indica que el objetivo del discurso no es el de causar miedo, sino sembrar esperanza y alegría en el pueblo que estaba sufriendo por causa de la persecución. Las palabras de Jesús ayudaban (y ayudan) a las comunidades a leer los hechos con lentes de esperanza. Deben tener miedo aquellos que oprimen y avasallan al pueblo. Ellos, sí, deben saber que su imperio se ha acabado.

Lucas 21,29-33: La lección de la higuera
Cuando Jesús invita a mirar a la higuera, Jesús pide que analicen los hechos que están acaeciendo. Es como si dijese: “De la higuera debéis aprender a leer los signos de los tiempos y poder así descubrir ¡dónde y cuándo Dios entra en vuestra historia! Y termina la lección de la parábola con estas palabras: “¡El cielo y la tierra pasarán; pero mis palabras no pasarán!” Mediante esta frase muy conocida, Jesús renueva la esperanza y alude de nuevo a la creación nueva que ya está en acto.

Lucas 21,34-36: Exhortación a la vigilancia
¡Dios siempre llega! Su venida adviene cuando menos se espera. Puede suceder que Él venga y la gente no se dé cuenta de la hora de su venida (cf Mt 24,37-39): Jesús da consejos a la gente, de modo que siempre estén atentos: (1) evitar lo que pueda turbar y endurecer el corazón (disipaciones, borracheras y afanes de la vida); (2) orar siempre pidiendo fuerza para continuar esperando en pie la venida del Hijo del Hombre. Dicho con otras palabras, el discurso pide una doble disposición: de un lado, la vigilancia siempre atenta del que siempre está esperando y por otro lado la serena tranquilidad del que siempre está en paz. Esta disposición es signo de mucha madurez, porque combina la conciencia de la seriedad del empeño y la conciencia de la relatividad de todas las cosas.

III. Más información para poder entender mejor el texto

a) Cuando vendrá el fin del mundo

Cuando decimos “fin del mundo”, ¿de qué estamos hablando? ¿El fin del mundo del que habla la Biblia o el fin de este mundo, donde reina el poder del mal que destroza y oprime la vida? Este mundo de injusticia tendrá fin. Ninguno sabe cómo será el mundo nuevo, porque nadie puede imaginarse lo que Dios tiene preparado para aquéllos que lo aman (1 Cor 2,9). El mundo nuevo de la vida sin muerte (Apoc 21,4), sobrepasa a todo, como el árbol supera a su simiente (1 Cor 15,35-38). Los primeros cristianos estaban ansiosos o deseaban saber el cuándo de este fin (2 Ts 2,2; Hech 1,11). Pero “no toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado con su autoridad” (Hech 1,7). El único modo de contribuir al final “es que nos lleguen los tiempos del refrigerio de parte del Señor” (Hech 3,20), es dar testimonio al Evangelio en todo momento y acción, hasta los confines de la tierra (Hech 1,8).

b) ¡Nuestro tiempo! ¡El tiempo de Dios!

“Porque ninguno conoce ni el día, ni la hora; ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mc 13,32; Mat 24,36). Es Dios quien determina la hora del fin. El tiempo de Dios no se mide con nuestro reloj o calendario. Para Dios un día puede ser igual a mil años y mil años iguales a un día (Sl 90,4; Pt 3,8). El tiempo de Dios discurre independientemente del nuestro. Nosotros no podemos interferirlo, pero debemos estar preparado para el momento en el que la hora de Dios se presenta en nuestro tiempo. Lo que da seguridad, no es saber la hora del fin del mundo, sino la Palabra de Jesús presente en la vida. El mundo pasará, pero su palabra no pasará (cf Is 40, 7-8).

c) El contexto en el que se encuentra nuestro texto en el Evangelio de Lucas

Para nosotros, hombres del siglo XXI, el lenguaje apocalíptico es extraño, difícil y confuso. Pero para la gente de aquel tiempo era el modo de hablar que entendían. Expresaba la certeza testaruda de la fe de los niños. A pesar de todo y contra todas las apariencias, ellos continuaban creyendo que Dios es el Señor de la Historia. El objetivo principal del lenguaje apocalíptico es animar la fe y la esperanza de los pobres. En tiempos de Lucas, mucha gente de las comunidades pensaban que el fin del mundo estaba cerca y que Jesús habría vuelto. Pero estos individuos eran personas que nunca trabajaban: “¿Para qué trabajar si Jesús volverá?” (cf Ts 3,11). Otros permanecían mirando al cielo, aguardando la vuelta de Jesús sobre las nubes (cf Hech 1,11). El discurso de Jesús indica que ninguno sabe la hora de la última venida. ¡Hoy sucede la misma cosa! Algunos esperan tanto la venida de Jesús, que no perciben su presencia en medio de nosotros, en las cosas, en los hechos de cada día.

6. Salmo 46 (45)

Dios es nuestra fortaleza

Dios es nuestro refugio y fortaleza,
socorro en la angustia, siempre a punto.
Por eso no tememos si se altera la tierra,
si los montes vacilan en el fondo del mar,
aunque sus aguas bramen y se agiten,
y su ímpetu sacuda las montañas.

¡Un río! Sus brazos recrean la ciudad de Dios,
santifican la morada del Altísimo.
Dios está en medio de ella, no vacila,
Dios la socorre al despuntar el alba.
Braman las naciones, tiemblan los reinos,
lanza él su voz, la tierra se deshace.

¡Con nosotros Yahvé Sebaot,
nuestro baluarte el Dios de Jacob!
Venid a ver los prodigios de Yahvé,
que llena la tierra de estupor.

Detiene las guerras por todo el orbe;
quiebra el arco, rompe la lanza,
prende fuego a los escudos.
«Basta ya, sabed que soy Dios,
excelso sobre los pueblos, sobre la tierra excelso».

¡Con nosotros Yahvé Sebaot,
nuestro baluarte el Dios de Jacob!

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Domingo I de Adviento

1. Palabra

La vida tiene imprevistos. A veces los vivimos como amenaza de nuestra frágil y engañosa seguridad. Otras veces esperamos los imprevistos porque deseamos que cambie nuestra situación. Así vivimos, también, el Adviento, como amenaza (pereza, resistencia al cambio, desesperanza…) o como promesa de un futuro distinto (personal y colectivo).

El profeta anuncia tiempos mejores de justicia y paz. El salmo los pide y confía en la fidelidad de Dios.

Pablo llama a una esperanza que compromete ahora el presente en un proyecto de vida, guiado por el amor y la solidaridad.

Este domingo es Jesús el que nos pregunta con palabras de sacudida. Podemos escuchar el Evangelio o bien desde el miedo (la simbólica del terremoto, lo imprevisto amenazante) o bien desde la esperanza: «levantaos». Todo depende de la actitud que tengamos ante el cambio.

2. Vida

Porque el cambio viene irremediablemente.

El cambio por el cambio significa falta de identidad.

Esperar el cambio inmediato y feliz, un acontecimiento que lo arregla todo y para siempre, sin sentirme yo implicado en el cambio, significa vivir de sueños infantiles, sin asumir mi responsabilidad.

La fe es una experiencia paradójica:

– Los cambios importantes (del corazón, del sentido último de la vida, de las actitudes éticas colectivas) dependen de Dios, de su intervención. Mi compromiso es creer y esperar contra toda esperanza.

– Pero, en la medida en que espero la Salvación, estoy ya cambiando la actitud. Trabajo en aquello que espero; lo voy realizando día a día.

Pregunta crucial en este comienzo de Adviento: ¿Qué me impide esperar el cambio? Lo fácil es hacer propósitos para sentirse bueno.

¡Ponte derecho!

Seguro que todos recordamos las muchas veces que, cuando nuestros padres nos veían sentados o tumbados en mala postura, nos decían: “¡Ponte derecho!” Una postura corporal erguida es indicio de buena salud, de buena autoestima, y también un gesto de respeto hacia los demás, si recibimos a alguien o cuando se dirigen a nosotros. Por el contrario, si alguien se encuentra enfermo o aquejado por preocupaciones, le cuesta mantenerse derecho: suele tener los hombros caídos, la espalda encorvada… Y también es de mala educación no levantarse o permanecer en una postura de dejadez y apatía si recibimos una visita o si alguien se dirige a nosotros.

Hoy comenzamos el tiempo de Adviento, y es como si Dios, como Padre nuestro que es, a través de los textos eucológicos (oraciones) y de su Palabra, nos estuviera diciendo: “¡Ponte derecho!”. Porque son muchos los motivos para mantener postradas a la mayoría de las personas: problemas de salud, familiares, de trabajo, económicos… Las convulsiones políticas y sociales, noticias de guerras, atentados, conflictos, desastres naturales y ecológicos, la crisis de refugiados, pobreza, hambre… Parece que se cumple realmente lo que decía Jesús en el Evangelio: Habrá… en la tierra angustia de las gentes… Los hombres quedarán sin aliento por el miedo, ante lo que se le viene encima al mundo.

Todo esto puede provocar que las personas vayan “encorvándose”, cayendo en la desesperanza, o adoptando “malas posturas”, como la indiferencia, el egoísmo, el consumismo, el “sálvese quien pueda”, o buscando evasiones, tal como indicaba Jesús en el Evangelio: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero.

Por eso, ante ese “encorvamiento” y esas “malas posturas” que podemos adoptar, al comenzar el Adviento el Señor nos dice: Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza… Jesús no niega la realidad, no la enmascara ni procura suavizarla; todo lo contrario, precisamente porque la realidad es la que es, Él nos dice: “¡Ponte derecho! No te dejes aplastar por las circunstancias”.

San Pablo también hacía un llamamiento a los cristianos de Tesalónica: Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios: pues proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos en nombre del Señor Jesús. Sin embargo, la experiencia nos muestra que, aunque hayamos aprendido cómo proceder para agradar a Dios, aunque conozcamos las instrucciones a seguir… a menudo la realidad y las circunstancias nos superan y no somos capaces de afrontarlas, de “alzar la cabeza”.

Pero no estamos abandonados a nuestras propias fuerzas, por eso el Señor también nos invitaba a estar pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, recordándonos que se acerca vuestra liberación.

Porque el motivo principal para “ponernos derechos” en medio de tantas circunstancias negativas, la razón para “levantarnos y alzar la cabeza” es que, una vez más, Dios viene a nosotros, como celebraremos en Navidad. De ahí la necesidad de aprovechar bien este tiempo de Adviento para mejorar “nuestra postura ante la vida”, y así recibir al Señor del mejor modo, manteniéndonos en pie ante Él, en lugar de afrontar la Navidad desde el simple consumismo, la rutina, la apatía.

¿Cómo es habitualmente mi postura corporal: erguida o tirando a encorvada? ¿Y cómo es mi postura ante la vida, esperanzada o escéptica y pesimista? ¿Por qué? ¿Adopto “malas posturas”, como la indiferencia, el egoísmo, el consumismo…? ¿Qué significa para mí el Adviento? ¿Estoy dispuesto a aprovechar este tiempo para “ponerme en pie” y recibir a Cristo, que viene?

Aunque no nos falten razones para ello, no nos dejemos aplastar por las circunstancias. No nos quedemos “encorvados”, apáticos, con la mente embotada, ni menos aún adoptemos “malas posturas” existenciales. “Pongámonos derechos” y hagamos nuestra la oración colecta de este primer Domingo de Adviento, pidiendo al Padre que avive en nosotros, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene. Y que, con esta fuerza, nos mantengamos en pie y procedamos como hemos aprendido para agradar a Dios, y sigamos adelante, sabiéndonos y sintiéndonos siempre acompañados de su presencia, con la esperanza en que se acerca nuestra liberación.

Indignación y esperanza

Una convicción indestructible sostiene desde sus inicios la fe de los seguidores de Jesús: alentada por Dios, la historia humana se encamina hacia su liberación definitiva. Las contradicciones insoportables del ser humano y los horrores que se cometen en todas las épocas no han de destruir nuestra esperanza.

Este mundo que nos sostiene no es definitivo. Un día la creación entera dará “signos” de que ha llegado a su final para dar paso a una vida nueva y liberada que ninguno de nosotros puede imaginar ni comprender.

Los evangelios recogen el recuerdo de una reflexión de Jesús sobre este final de los tiempos. Paradójicamente, su atención no se concentra en los “acontecimientos cósmicos”que se puedan producir en aquel momento. Su principal objetivo es proponer a sus seguidores un estilo de vivir con lucidez ante ese horizonte

El final de la historia no es el caos, la destrucción de la vida, la muerte total. Lentamente, en medio de luces y tinieblas, escuchando las llamadas de nuestro corazón o desoyendo lo mejor que hay en nosotros, vamos caminando hacia el misterio último de la realidad que los creyentes llamamos “Dios”.

No hemos de vivir atrapados por el miedo o la ansiedad. El “último día” no es un día de ira y de venganza, sino de liberación.Lucas resume el pensamiento de Jesús con estas palabras admirables: “Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”. Solo entonces conoceremos de verdad cómo ama Dios al mundo.

Hemos de reavivar nuestra confianza, levantar el ánimo y despertar la esperanza. Un día los poderes financieros se hundirán. La insensatez de los poderosos se acabará. Las víctimas de tantas guerras, crímenes y genocidios conocerán la vida. Nuestros esfuerzos por un mundo más humano no se perderán para siempre.

Jesús se esfuerza por sacudir las conciencias de sus seguidores. “Tened cuidado: que no se os embote la mente”.No viváis como imbéciles. No os dejéis arrastrar por la frivolidad y los excesos. Mantened viva la indignación. “Estad siempre despiertos”.No os relajéis. Vivid con lucidez y responsabilidad. No os canséis. Mantened siempre la tensión.

¿Cómo estamos viviendo estos tiempos difíciles para casi todos, angustiosos para muchos, y crueles para quienes se hunden en la impotencia? ¿Estamos despiertos? ¿Vivimos dormidos? Desde las comunidades cristianas hemos de alentar la indignación y la esperanza. Y solo hay un camino: estar junto a los que se están quedando sin nada, hundidos en la desesperanza, la rabia y la humillación.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 2 de diciembre

De la espera a la esperanza 

      Comienza el Adviento. Es tiempo de preparación para la Navidad, cuando celebraremos el nacimiento de Jesús. A todos nos sale en ese tiempo a flote el corazón de niño, a veces demasiado hundido entre las muchas preocupaciones, problemas y trabajos. Pero las cuatro semanas de Adviento son algo más que un tiempo de preparación para esa celebración. La espera del aniversario del nacimiento de Jesús, nos sitúa en la misma tensión en que vivió el mundo y la creación entera ante el nacimiento del Mesías. Hace dos mil años es como si un escalofrío hubiese recorrido el mundo. El Salvador estaba a punto de llegar. Nos gustaría que la salvación prometida en Jesús se hubiese manifestado ya del todo. Y ésta es precisamente la tensión en que vamos a vivir estas cuatro semanas. La espera de la celebración del nacimiento se nos mezcla con la esperanza de que el Señor Jesús venga definitivamente a nuestros corazones y a nuestro mundo. 

      Las lecturas que la liturgia nos propone estos domingos, sobre todo los dos primeros, se dirigen a alentar esa esperanza. Porque sabemos que vivimos en el ya sí de la fe pero en el todavía no de su manifestación plena. Porque sabemos que creemos pero que no somos capaces de llevar a la práctica de una forma total esa fe que tenemos. Porque creemos que Jesús, al resucitar, nos ha liberado de la muerte, pero nosotros todavía tenemos que pasar por ese trago amargo. Y hay demasiado dolor y sufrimiento en este mundo. Por todo ello deseamos vivamente que se cumpla la palabra de Jesús, que su reino llegue a nosotros. De nuestro corazón sale continuamente un “¡Ven, Señor Jesús!”. Eso es vivir en la esperanza.

      La primera lectura de este domingo y el Evangelio nos ponen en esa tesitura. Viene el Señor y con él trae la justicia y el derecho. La paz será una realidad para todos (primera lectura). En el Evangelio resuena todavía el eco de los anuncios apocalípticos que escuchábamos hace pocos domingos, pero hay un mensaje nuevo que cierra el ciclo y da sentido a todo lo que se ha dicho en esos mensajes: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”. De esa forma la esperanza supera al temor. 

      Pero hay que ir a la segunda lectura para encontrar la clave que nos diga como se debe vivir este tiempo de esperanza. Nos pide Pablo que rebosemos de amor mutuo. Ésa será la forma como, cuando llegue Jesús, nos encontrará santos e irreprochables. Una vez más es el amor la característica que ha de llenar la vida del cristiano. Su esperanza se ha de manifestar en una especial capacidad de amar a los que viven cerca de él. Porque el que espera a un Dios que es amor y reconciliación vive ya bajo la ley del amor y de la reconciliación. Si no es así, es que su esperanza no es auténtica.

Para la reflexión

      ¿Siento como míos los dolores y sufrimientos de mis hermanos y hermanas en este mundo? ¿Cómo podría irme preparando para la celebración del nacimiento de Jesús? ¿Qué signos de esperanza podríamos ofrecer en nuestra comunidad o parroquia?

Fernando Torres, cmf