Domingo I de Adviento

El año litúrgico, como sabemos, empieza antes que el año civil. La Iglesia quiere que los cristianos, desde el primero de los cuatro domingos que preceden a la Navidad, se preparen, en sus sentimientos religiosos, para recordar —lo mejor posible— el nacimiento de Jesús. Hay acontecimientos tan importantes y tan profundos, en la vida y en la Historia, que no se pueden recordar solo mediante la memoria. Más que la memoria, hay que preparar el corazón, para recordar cómo tiene que ser, la Navidad. ¿Por qué?

En Navidad no recordamos simplemente que Jesús nació en Belén. Al recordar eso, lo que en realidad celebramos es cómo Dios entró en la Historia y se hizo presente entre los seres humanos. Si despojamos nuestros belenes de arte y poesía, lo que queda es un niño nacido en el pesebre de un establo.

Ante un Dios así, caen todos los astros, las estrellas, los poderes que imponen el miedo y la ansiedad. El sistema, que nos oprime y nos angustia, pierde su consistencia. Ante semejante trastorno planetario, o nos quedamos sin religión o solo queda en pie nuestra humanidad, hecha cercanía, respeto, justicia y bondad con todos los seres humanos. Y con la naturaleza entera. Para tan asombroso cambio, nos preparamos en Adviento. Se acerca nuestra liberación.

José María Castillo