Domingo I de Adviento

1. Palabra

La vida tiene imprevistos. A veces los vivimos como amenaza de nuestra frágil y engañosa seguridad. Otras veces esperamos los imprevistos porque deseamos que cambie nuestra situación. Así vivimos, también, el Adviento, como amenaza (pereza, resistencia al cambio, desesperanza…) o como promesa de un futuro distinto (personal y colectivo).

El profeta anuncia tiempos mejores de justicia y paz. El salmo los pide y confía en la fidelidad de Dios.

Pablo llama a una esperanza que compromete ahora el presente en un proyecto de vida, guiado por el amor y la solidaridad.

Este domingo es Jesús el que nos pregunta con palabras de sacudida. Podemos escuchar el Evangelio o bien desde el miedo (la simbólica del terremoto, lo imprevisto amenazante) o bien desde la esperanza: «levantaos». Todo depende de la actitud que tengamos ante el cambio.

2. Vida

Porque el cambio viene irremediablemente.

El cambio por el cambio significa falta de identidad.

Esperar el cambio inmediato y feliz, un acontecimiento que lo arregla todo y para siempre, sin sentirme yo implicado en el cambio, significa vivir de sueños infantiles, sin asumir mi responsabilidad.

La fe es una experiencia paradójica:

– Los cambios importantes (del corazón, del sentido último de la vida, de las actitudes éticas colectivas) dependen de Dios, de su intervención. Mi compromiso es creer y esperar contra toda esperanza.

– Pero, en la medida en que espero la Salvación, estoy ya cambiando la actitud. Trabajo en aquello que espero; lo voy realizando día a día.

Pregunta crucial en este comienzo de Adviento: ¿Qué me impide esperar el cambio? Lo fácil es hacer propósitos para sentirse bueno.