¡Ponte derecho!

Seguro que todos recordamos las muchas veces que, cuando nuestros padres nos veían sentados o tumbados en mala postura, nos decían: “¡Ponte derecho!” Una postura corporal erguida es indicio de buena salud, de buena autoestima, y también un gesto de respeto hacia los demás, si recibimos a alguien o cuando se dirigen a nosotros. Por el contrario, si alguien se encuentra enfermo o aquejado por preocupaciones, le cuesta mantenerse derecho: suele tener los hombros caídos, la espalda encorvada… Y también es de mala educación no levantarse o permanecer en una postura de dejadez y apatía si recibimos una visita o si alguien se dirige a nosotros.

Hoy comenzamos el tiempo de Adviento, y es como si Dios, como Padre nuestro que es, a través de los textos eucológicos (oraciones) y de su Palabra, nos estuviera diciendo: “¡Ponte derecho!”. Porque son muchos los motivos para mantener postradas a la mayoría de las personas: problemas de salud, familiares, de trabajo, económicos… Las convulsiones políticas y sociales, noticias de guerras, atentados, conflictos, desastres naturales y ecológicos, la crisis de refugiados, pobreza, hambre… Parece que se cumple realmente lo que decía Jesús en el Evangelio: Habrá… en la tierra angustia de las gentes… Los hombres quedarán sin aliento por el miedo, ante lo que se le viene encima al mundo.

Todo esto puede provocar que las personas vayan “encorvándose”, cayendo en la desesperanza, o adoptando “malas posturas”, como la indiferencia, el egoísmo, el consumismo, el “sálvese quien pueda”, o buscando evasiones, tal como indicaba Jesús en el Evangelio: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero.

Por eso, ante ese “encorvamiento” y esas “malas posturas” que podemos adoptar, al comenzar el Adviento el Señor nos dice: Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza… Jesús no niega la realidad, no la enmascara ni procura suavizarla; todo lo contrario, precisamente porque la realidad es la que es, Él nos dice: “¡Ponte derecho! No te dejes aplastar por las circunstancias”.

San Pablo también hacía un llamamiento a los cristianos de Tesalónica: Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios: pues proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos en nombre del Señor Jesús. Sin embargo, la experiencia nos muestra que, aunque hayamos aprendido cómo proceder para agradar a Dios, aunque conozcamos las instrucciones a seguir… a menudo la realidad y las circunstancias nos superan y no somos capaces de afrontarlas, de “alzar la cabeza”.

Pero no estamos abandonados a nuestras propias fuerzas, por eso el Señor también nos invitaba a estar pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, recordándonos que se acerca vuestra liberación.

Porque el motivo principal para “ponernos derechos” en medio de tantas circunstancias negativas, la razón para “levantarnos y alzar la cabeza” es que, una vez más, Dios viene a nosotros, como celebraremos en Navidad. De ahí la necesidad de aprovechar bien este tiempo de Adviento para mejorar “nuestra postura ante la vida”, y así recibir al Señor del mejor modo, manteniéndonos en pie ante Él, en lugar de afrontar la Navidad desde el simple consumismo, la rutina, la apatía.

¿Cómo es habitualmente mi postura corporal: erguida o tirando a encorvada? ¿Y cómo es mi postura ante la vida, esperanzada o escéptica y pesimista? ¿Por qué? ¿Adopto “malas posturas”, como la indiferencia, el egoísmo, el consumismo…? ¿Qué significa para mí el Adviento? ¿Estoy dispuesto a aprovechar este tiempo para “ponerme en pie” y recibir a Cristo, que viene?

Aunque no nos falten razones para ello, no nos dejemos aplastar por las circunstancias. No nos quedemos “encorvados”, apáticos, con la mente embotada, ni menos aún adoptemos “malas posturas” existenciales. “Pongámonos derechos” y hagamos nuestra la oración colecta de este primer Domingo de Adviento, pidiendo al Padre que avive en nosotros, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene. Y que, con esta fuerza, nos mantengamos en pie y procedamos como hemos aprendido para agradar a Dios, y sigamos adelante, sabiéndonos y sintiéndonos siempre acompañados de su presencia, con la esperanza en que se acerca nuestra liberación.