Vísperas – San Francisco Javier

VÍSPERAS

SAN FRANCISCO JAVIER, presbítero
memoria obligatoria

INVOCACIÓN INICIAL

Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cantemos al Señor con alegría,
unidos a la voz del pastor santo;
demos gracias a Dios, que es luz y guía,
solícito pastor de su rebaño.

Es su voz y su amor el que nos llama
en la voz del pastor que él ha elegido,
es su amor infinito el que nos ama
en la entrega y amor de este otro cristo.

Conociendo en la fe su fiel presencia,
hambrientos de verdad y luz divina,
sigamos al pastor que es providencia
de pastos abundantes que son vida.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores. Amén.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Soy ministro del Evangelio por el don de la gracia de Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en su tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua.

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor.

El que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Soy ministro del Evangelio por el don de la gracia de Dios

SALMO 111:

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos,
su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bedita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor,
su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.

La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Mis ovejas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mis ovejas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

LECTURA: 1P 5, 1-4

A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

R/ El que entregó su vida por sus hermanos.
V/ El que ora mucho por su pueblo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Éste es el criado fiel y solicito a quien el Señor ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Éste es el criado fiel y solicito a quien el Señor ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente, diciendo:

Salva a tu pueblo, Señor.

Tú que por medio de pastores santos y eximios, has hecho resplandecer de modo admirable a tu Iglesia,
— haz que los cristianos se alegren siempre de ese resplandor.

Tú que, cuando los santos pastores te suplicaban, como Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
— santifica por su intercesión a tu Iglesia con una purificación continua.

Tú que en medio de los fieles consagraste a los santos pastores y por tu Espíritu los dirigiste,
— llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo.

Tú que fuiste el lote y la heredad de los santos pastores,
— no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre esté alejado de ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por medio de los pastores de la Iglesia, das la vida eterna a tus ovejas para que nadie las arrebate de tu mano,
— salva a los difuntos por quienes entregaste tu vida.

Terminemos nuestra oración con las palabras que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Señor y Dios nuestro, tú has querido que numerosas naciones llegaran al conocimiento de tu nombre por la predicación de san Francisco Javier; infúndenos su celo generoso por la propagación de la fe, y haz que tu Iglesia encuentre su gozo en evangelizar a todos los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R.Amén.

Lectio Divina – 3 de diciembre

Lectio: Lunes, 3 Diciembre, 2018

1) Oración inicial

Concédenos, Señor Dios nuestro, permanecer alerta a la venida de tu Hijo, para que cuando llegue y llame a la puerta nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza. Por nuestro Señor Jesucristo. Amen.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 8,5-11
Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.» Dícele Jesús: «Yo iré a curarle.» Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: `Vete’, y va; y a otro: `Ven’, y viene; y a mi siervo: `Haz esto’, y lo hace.» Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos,

3) Reflexión

El Evangelio de hoy es un espejo. Evoca en nosotros las palabras que repetimos durante la Misa antes de comulgar: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Mirando al espejo, este texto sugiere lo siguiente:
• La persona que busca a Jesús es un pagano, un soldado del ejército romano, que dominaba y explotaba a la gente. No es la religión, ni el deseo de Dios, sino más bien el sufrimiento y la necesidad que le impulsan a buscar a Jesús. Jesús no tiene ideas preconcebidas. No exige nada antes, acoge y escucha la petición del oficial romano.
• La respuesta de Jesús sorprende al centurión, ya que supera su expectativa. El centurión no esperaba que Jesús fuera a su casa. Se siente indigno: “Yo no soy digno”. Quiere decir que consideraba a Jesús como a una persona muy superior.
• El centurión expresa su fe en Jesús diciendo: “Di una sola palabra y mi siervo sanará”. El cree que la palabra de Jesús es capaz de sanar. ¿De dónde le nace una fe tan grande? ¡De su experiencia profesional de centurión! Porque cuando un centurión da órdenes, el soldado obedece. ¡Tiene que obedecer! Y así se imagina que ocurra con Jesús: basta que Jesús diga una palabra, y las cosas acontecen según la palabra. El cree que la palabra de Jesús encierra una fuerza creadora.
• Jesús queda admirado y elogia la fe del centurión. La fe no consiste en aceptar, repetir y declarar una doctrina, sino en creer y confiar en la persona de Jesús.

4) Para la reflexión personal

• Si me pongo en el lugar de Jesús, ¿cómo acojo y escucho a las personas de otras religiones?
• Si me pongo en el lugar del centurión: ¿cuál es la experiencia personal que me lleva a creer en Jesús?

5) Oración final

¡Acuérdate de mí, Yahvé,
hazlo por amor a tu pueblo,
ven a ofrecerme tu ayuda.
Para que vea la dicha de tus elegidos,
me alegre con la alegría de tu pueblo. (Sal 106,4-5)

Oración Domingo II de Adviento

Te damos gracias, Señor,
porque el clamor del adviento por el cielo
y la tierra nuevos,
en que habite la justicia,
se expresa con joven esperanza y liberador optimismo
por labios del profeta:

¡Consolad, consolad a mi pueblo!

Una voz grita:

Preparad en el desierto
un camino al Señor,
porque se revelará su gloria
y todos los hombres la verán.

Haz, Señor,
que la levadura de tu reino
nos convierta en hombres
y mujeres nuevos
a la medida de Cristo Jesús,
para que seamos fermento
capaz de transformar
desde dentro
las estructuras familiares,
laborales, políticas y económicas
posibilitando el nacimiento
del hombre y mundo nuevos. Amén.

Lunes I de Adviento

LUNES I de ADVIENTO

(3 de diciembre)

El Adviento es tiempo de espera y de ilusión; tiempo de prepararnos para una visita especial. Quien espera a alguien está alerta, está preparado para salir al encuentro de aquel a quien espera. Está expectante para abrirla la puerta y recibirle… cuanto más especial es la persona esperada más especialmente preparamos al encuentro.

Dios se hace hombre y viene a visitarnos, nace entre nosotros y se hace niño. Por eso el adviento es tiempo de preparación, tiempo de ilusionarnos con su llegada. Un encuentro especial que necesitamos preparar de forma también especial.

“Estad también vosotros preparados”, les dice Jesús a sus discípulos. “Estad también vosotros preparados”, nos dice hoy también a nosotros.

Sólo quien se prepara para su llegada, es capad de descubrir qué significa su venida y sólo quien está preparado es capaz de vivir con sentido su nacimiento.

Para reflexionar

• ¿Estoy preparado para vivir de una forma especial el nacimiento de Dios entre nosotros?

• ¿Qué sentido tiene la Navidad en mí?

• ¿Cómo puedo preparar su llegada?

Oración

Ven Señor a mi vida, ven y lléname:
de ilusión
de ternura
de amistad
de agradecimiento por lo que soy y tengo
de fortaleza para vencer los contratiempos.
Permite abrirte la puerta de mi “casa”
y a recibirte en mi vida.

Gaudete et exsultate – Francisco I

155. Si de verdad reconocemos que Dios existe no podemos dejar de adorarlo, a veces en un silencio lleno de admiración, o de cantarle en festiva alabanza. Así expresamos lo que vivía el beato Carlos de Foucauld cuando dijo: «Apenas creí que Dios existía, comprendí que solo podía vivir para él»[117]. También en la vida del pueblo peregrino hay muchos gestos simples de pura adoración, como por ejemplo cuando «la mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio»[118].


[117] Carta a Henry de Castries (14 agosto 1901).

[118] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 259.

Homilía – Domingo II de Adviento

PREPARAD EL CAMINO AL SEÑOR

DEJARSE LIBERAR

“He venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10), decía el Señor. Vivir en actitud de adviento es aceptar nuevas experiencias que acrecienten la calidad de vida personal y comunitaria. Como el profeta a Jerusalén, el Señor nos invita a “despojarnos del luto y vestirnos de gala, porque se acuerda de nosotros” y ofrece liberación: “Alzad vuestras cabezas, que se acerca vuestra liberación” (Le 21,28).

Con frecuencia escuchamos testimonios de personas y grupos que han iniciado experiencias nuevas de mayor plenitud y calidad de vida; personas que han pasado de una vida más bien individualista a una vida de comunión, de grupo, de amistad, que les reporta alegrías insospechadas; personas que, gracias a la lectura de un libro, de la orientación de algún creyente, por medio de algún curso o de un intercambio grupal, han superado una religiosidad cumplimentera y fría, viven ahora una fe gozosa y oran de uña manera más evangélica; personas que se han reconciliado con las cruces de la vida, con los sufrimientos físicos, con las situaciones dolorosas y viven la experiencia de la conformidad al encontrar en la fe sentido al sufrimiento; personas que se han reconciliado con otras personas de su entorno y han empezado a disfrutar de una convivencia en paz; personas que “hacían su vida” y que han estrenado una vida de solidaridad y experimentan la alegría de sentirse útiles. Todo ello son gestos liberadores de Jesús, el Liberador.

Pablo pide a los miembros de la comunidad de Filipos que no se contenten con la primera conversión, que den un paso adelante, que crezcan, que acojan nuevos dones que el Señor ofrece a manos llenas.

ALLANAR LOS MONTES

Como Juan en el desierto, también ahora, y siempre, el Señor ofrece nuevas liberaciones, llama a la conversión. Son muchos los mensajeros que invitan a acoger al Liberador y sus liberaciones. Entre ellos, está Juan Pablo II, que nos urge a aceptar la nueva evangelización y la gracia de un cristianismo exultante y liberador.

El Bautista señala las condiciones para que la acción liberadora del enviado de Dios sea eficaz. Invita a preparar los caminos para que podamos acogerlo. En primer lugar, allanar los senderos. Toda la Escritura está llena de gritos de alerta contra la autosuficiencia que imposibilita la acción salvadora del Señor. La Iglesia lo cantó categóricamente por boca de María: “A los hambrientos los colma de bienes, pero a los ricos los despide vacíos” (Le 1,53). En almas cerradas a cal y canto no puede entrar el Señor con su liberación. Por eso Jesús ora diciendo: “Bendito seas, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25). La autosuficiencia hace que el fariseo salga del templo peor de lo que entró. Dios no tuvo nada que hacer en aquel espíritu herméticamente cerrado por su orgullo (Le 18,9-14). Se trata de un pobre esclavo que se cree

libre; él no tenía nada de qué ser liberado; y, por eso, salió más esclavo de lo que entró.

Un grupo de matrimonios, la mayoría por complacer a su párroco, acceden a ir de ejercicios un fin de semana: “Bueno, no tenemos cosa importante que corregir, pero siempre es bueno mejorar un poco”, comentan algunos. A medida que se suceden las reflexiones, se les van abriendo los ojos y van descubriendo asombrados las numerosas esclavitudes y mediocridades que están padeciendo. Se dan cuenta, como Adán y Eva, de que están desnudos (Gn 3,10). “A partir de ese encuentro, comentan, empezamos una nueva vida”.

Advierte el ángel a la Iglesia de Laodicea: “Tú dices: ‘Soy rico, tengo reservas y nada me falta’. Aunque no lo sepas, eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acendrado a fuego, así serás rico; y

un vestido blanco para ponértelo y que no se vea tu vergonzosa desnudez, y colirio para untártelo en los ojos y ver” (Ap 3,17-18).

Dicen los psicólogos que lo que domina hoy no es el miedo a la libertad, sino el miedo a la realidad. Tenemos miedo, sobre todo, a la verdad sobre nosotros mismos, condición imprescindible para que seamos realmente libres, como testifica Jesús (Jn 8,36).

 

RELLENAR LAS HONDONADAS

Otro camino que imposibilita la llegada liberadora del Señor es el camino con hondonadas profundas de pesimismo y desesperanza. Las personas llenas de hondonadas reconocen el mal, sus esclavitudes, pero tienen poca esperanza: “Yo sé que jamás podré con mi temperamento, que seguiré amargando la vida a los demás y a mí mismo”, “genio y figura hasta la sepultura”, “¿para qué voy a seguir intentando cambiar sí sé que es inútil?”, “esto no hay quien lo arregle”… Este derrotismo es una negación radical, la oposición frontal de la esperanza cristiana que proclama la Palabra de Dios en Adviento. Decir: “no hay nada que hacer; esto no tiene remedio” es, en boca de un cristiano, una auténtica blasfemia y, con frecuencia, esconde a un comodón y a un cobarde que no quiere hacer nada ni remediar nada.

¿No conocemos a personas, familias, grupos y comunidades que eran un auténtico desastre y que se han rehabilitado? San Pablo recuerda a los corintios que eran unos auténticos degenerados y que fueron regenerados, resucitados por la fe y la confianza en Jesús de Nazaret. Les recuerda su desastrosa condición de ladrones, mujeriegos, borrachos, pendencieros y cómo han sido rehabilitados por la fe en Jesús (1Co 1,25-28; 6,9-11). ¿No tenemos experiencias de liberación que, quizás, creíamos imposible? Jesús testifica: “Todo es posible para el que tiene fe” (Me 9,23); “la fe mueve montañas” (Mt 17,20).

“Sé realista, decía un eslogan revolucionario, intenta lo imposible”. El cristiano, por definición, es una persona audaz,

porque sabe que hay dentro de él potencialidades y fuerzas insospechadas gracias a la acción del Espíritu. Dicen los psicólogos que sólo actualizamos el 10% de nuestra riqueza interior. “En los deseos, aconseja santa Teresa, seamos desmedidos, que el Señor es capaz de realizar aún más de lo que deseamos”.

 

ENDEREZAR LO TORCIDO

Jesús atestigua que los sepulcros blanqueados (Mt 23,27), los hipócritas y llenos de doblez, los tramposos e insinceros, los que se mueven en las tinieblas de la noche (Mt 23,1-35) no podrán ver el rostro de Dios. El Señor no puede acceder al hombre por caminos entreverados que se bifurcan o se trifurcan. El Señor no puede liberar a espíritus complicados y complicadores, a espíritus astutos que juegan a la diplomacia, a las segundas intenciones, al enigma… Jesús es categórico: “Os lo aseguro: quien no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Me 10,15), “bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). El Señor no tiene nada que hacer, afirma Teresa de Jesús, en los espíritus llenos de trampas. Sólo puede actuar en los espíritus sencillos que cumplen la consigna del Señor: “Que vuestro sí sea un sí y vuestro no sea un no” (Mt 5,37).

Dice certeramente Bailey: “El primero y el peor de todos los engaños es engañarse a sí mismo. Después de éste, todos los engaños resultan fáciles”. En consecuencia, también es verdad el reverso en positivo: El primero y el mejor de todos los aciertos es sincerarse con uno mismo. Después de éste, todos los aciertos resultan fáciles.

Es posible el encuentro liberador con el Señor si abrimos un camino sin altiveces, llano, de humilde reconocimiento de nuestras esclavitudes; recto por la sinceridad y transparencia, y planopor la confianza absoluta en el querer y el poder liberador de Jesús.

 

Atilano Alaiz

Lc 3, 1-6 (Evangelio Domingo II de Adviento)

El texto de hoy viene a continuación del “evangelio de la infancia”, en la versión lucana. Aquí comienza, oficialmente, el Evangelio, esto es, el anuncio de la Buena Nueva de Jesús.

Antes de comenzar a describir la acción liberadora y salvadora de Jesús en medio de los hombres, Lucas va a presentar a Juan Bautista, el profeta que vino a preparar la llegada del mesías de Dios.

Lucas, como compete a alguien que “todo lo investigó cuidadosamente desde el origen” (Lc 1,3), comienza situando el cuadro de Juan Bautista en su encuadre histórico. Nombra a siete personajes (desde el emperador Tiberio César hasta el sumo sacerdote Caifás), en un esfuerzo por situar en el tiempo los acontecimiento de la salvación (estamos alrededor de los años 27 / 28).

Sugiere, así, que la aventura del Dios que viene al encuentro de los hombres para presentarles un proyecto de salvación y de felicidad, no es una leyenda, perdida en las brumas del tiempo y en la memoria de los hombres, sino que es una historia concreta, con acontecimientos concretos, que pueden ser ligados a un determinado momento histórico y a una tierra concreta.

En un segundo momento, Lucas presenta la figura de Juan Bautista. Él es “la voz que grita en el desierto” y que invita a preparar los caminos del corazón para que Jesús, el mesías de Dios, pueda venir al encuentro de cada hombre.

Lucas comienza sugiriendo que la misión profética de Juan es cosa de Dios: la vocación de Juan es presentada con las mismas palabras que la vocación de Jeremías(cf. Jr 1,1, en el texto griego), para marcar el carácter profético de Juan: predica a “la orilla del río Jordán” (Mateo y Marcos, lo sitúan en el desierto). Se trata de una región bastante poblada, sobre todo después de las edificaciones de Herodes y de Arquéalo.

El anuncio profético de Juan se dirige a los hombres, invitados a acoger al mesías que está a punto de aparecer en el mundo.

Finalmente, se centra en el ámbito de su misión: Juan “proclama un bautismo de conversión (“baptisma metanoias”), para la remisión de los pecados”. La palabra “metanoias” sugiere una revolución total de la mentalidad que lleva a una transformación completa de la forma de pensar y de actuar.

Para acoger al mesías que está por llegar, es necesario un proceso de conversión que lleva a cambiar la vida, las prioridades, los valores; el mesías sólo podrá asentarse en los corazones verdaderamente transformados.

El Evangelio de hoy termina con una cita tomada del Deutero-Isaías (cf. Is 40,3-5), que sirve para anunciar a los exiliados en Babilonia la liberación y el regreso a casa, en un nuevo y triunfal éxodo. Lucas sugiere, de esta forma, que está llegando la liberación: es necesario, sin embargo, que los destinatarios del proyecto libertador de Dios acepten andar por ese camino, dejarse transformar y que acojan “la salvación de Dios”.

Elementos para la reflexión y la actualización de la Palabra:

Juan es el profeta cuyo anuncio prepara el corazón de los hombres para acoger al mesías.
La dimensión profética está siempre presente en la comunidad de los bautizados. A todos nosotros, constituidos profetas por el bautismo, nos llama Dios a dar testimonio de que el Señor viene y a preparar los caminos por medio de los cuales Jesús ha de llegar al corazón del mundo y de los hombres.

Preparar el camino del Señor significa realizar una conversión urgente, que elimine el egoísmo, que destruya los esquemas de injusticia y de opresión, que aleje las cadenas que mantienen a los hombres prisioneros del pecado. Preparar el camino del Señor significa reorientar la vida hacia Dios, de forma que Dios y sus valores pasen a ocupar el primer lugar en nuestro corazón y en nuestras prioridades de vida.

Ese proceso de conversión es un verdadero éxodo, que nos transportará desde la tierra de la opresión hasta la tierra nueva de la libertad, de la gracia y de la paz. Solo quien acepta recorrer ese “camino” experimentará la “salvación de Dios”.

La preocupación de Lucas por situar concretamente, en el espacio y en el tiempo los acontecimientos de la salvación atrae nuestra atención hacia los profetas que anunciaban la “venida del Señor”, en el sentido de encarnar su anuncio en el contexto cultural y político donde están insertos, e ir al encuentro del hombre concreto, con su lenguaje, con sus problemas concretos, con sus aspiraciones, con sus dramas, sueños y esperanzas. El lenguaje con el que el profeta anuncia la salvación, no puede ser un lenguaje desencarnado, sino que tiene que ser un lenguaje vivo, interpelante.

Flp 1, 4-6. 8-11 (2ª lectura Domingo II de Adviento)

La Carta a los Filipenses es, tal vez, la más afectuosa de las cartas de Pablo. Está dirigida a una comunidad con la que Pablo se encariñó, que amaba a Pablo, que le ayudaba y que se preocupaba de él.

En el momento en el que escribe, Pablo está en prisión (¿en Éfeso?). De los Filipenses recibió dinero y el envío de Epafrodito, un miembro de la comunidad, encargado de ayudar a Pablo en todo lo que fuese necesario. De regreso a Filipos, Pablo agradece, da noticias, informa a la comunidad sobre su propia suerte y exhorta a los filipenses a la fidelidad al Evangelio, a través de Epafrodito.

El texto de la segunda lectura forma parte de “la acción de gracias” con la que Pablo inicia la carta: agradece a Dios la fidelidad de los filipenses y su empeño en la difusión del Evangelio.

Pablo comienza manifestando su asombro por el empeño de los filipenses en la difusión del Evangelio y en la ayuda a aquellos que se comprometen en el anuncio de la Buena Nueva (y de forma especial al mismo Pablo, prisionero por causa de su testimonio).

Pablo siente una gran ternura por esta comunidad atenta a las necesidades de los evangelizadores, solidaria con todos los que dan su vida por el Evangelio.

Después, Pablo pide a Dios que aumente la caridad de los filipenses (a pesar de ser una comunidad modelo, no todo es perfecto: Pablo tiene que pedir a dos señoras que hagan las paces y no dividan a la comunidad (cf. Flp 4,2-3).

La vivencia de la caridad es fundamental para que los filipenses puedan aguardar, puros e irreprensibles, el día de la venida del Señor.

La reflexión sobre el texto de la segunda lectura puede tener en cuenta los siguientes aspectos:

La esencia de la Iglesia de Jesús es ser misionera. “Id y anunciad”, dice Jesús. Para que Jesús venga, para que su propuesta de salvación llegue a todos los pueblos de la tierra, es necesario este compromiso continuo con la evangelización.

¿Nuestras comunidades sienten este imperativo misionero? ¿Están atentas a las necesidades y son solidarias con aquellos que dan su vida por el Evangelio? ¿Acogemos con ternura y cariño en nuestra comunidad a los catequistas de niños, jóvenes y adultos?

Sólo es posible acoger, con un corazón puro e irreprensible, al Señor que viene si la caridad es, entre nosotros, una realidad viva.
Pero, frecuentemente, la vida de nuestras comunidades cristianas está marcada por las divisiones, por las murmuraciones, por las luchas de poder, por los intentos de manipulación, por los intereses mezquinos y egoístas, por guerras de sacristía.

¿Será posible “esperar con corazón puro e irreprensible al Señor que viene” en un contexto de división?
¿Será posible que la comunidad sea el espacio donde Jesús nace, si no se aceptan a las personas y especialmente a los pequeños y a los pobres?

Es posible que nuestra comunidad no sea, todavía, un modelo de perfección: somos un grupo de hermanos con nuestros límites y defectos. Sin desánimo, debemos tener presente que somos una comunidad “en camino”, en proceso de construcción. Lo que importa es que sepamos acoger al Señor que viene y dejar que él nos lleve a la plenitud de la vida y del amor.

Ba 5, 1-9 (1ª lectura Domingo II de Adviento)

El “Libro de Baruc” es un texto de autor desconocido, aunque se presente como redactado por Baruc, “secretario” de Jeremías, durante el exilio de Babilonia (cf. Ba 1,1-2). La crítica interna revela (tanto por los datos personales que no cuadran con aquello que conocemos de Jeremías, como por el desarrollo de las ideas y de las perspectivas que son, claramente, posteriores a la época del exilio) que es imposible atribuir esta obra al “secretario” de Jeremías. Lo más probable es que sea un texto escrito durante el siglo II antes de Cristo, en la diáspora judía. El autor invita a los habitantes de Jerusalén a celebrar una liturgia penitencial y les exhorta a la reconciliación con Yahvé.

El texto que se nos propone se encuentra inserto en la cuarta parte del libro, integrado dentro de una exhortación y consolación dirigida a Jerusalén, muy del estilo del Deutero- Isaías. Después de invitar a la confesión de los pecados (cf. Ba 1,15-3,8), el autor manifiesta la certeza de que Israel, iluminado por la luz de la sabiduría, volverá al “temor de Dios” (cf. Ba 3,9- 4,4). Le sigue el perdón; por eso, el profeta invita a Jerusalén a tener coraje (cf. Ba 4,5-37) y a alegrarse por la actitud misericordiosa de Yahvé, en favor de su Pueblo pecador (cf. Ba 5,1-9).

El profeta comienza comparando la Jerusalén infiel con una mujer de luto, desanimada y afligida, sin razones para tener esperanza. Sin embargo, el mensaje fundamental de este texto es: “ese tiempo de luto ya ha terminado; Dios te ha perdonado todas tus faltas y quiere devolverte la vida y la esperanza”.

Para dar cuerpo a esa promesa de un futuro nuevo, el autor habla del regreso de los “hijos” exiliados, utilizando el lenguaje del Deutero-Isaías y presentando ese regreso como un nuevo éxodo de la tierra de la esclavitud hasta la Jerusalén nueva de la justicia y de la piedad. Tal acción es fruto, únicamente, del amor de Dios, siempre dispuesto a perdonar el alejamiento de los hijos rebeldes y a reiniciar con ellos una historia de liberación y de salvación.

La reflexión sobre este texto puede hacerse de acuerdo con las siguientes coordenadas:

El Adviento es un tiempo favorable para el éxodo desde la tierra de la esclavitud hasta la tierra de la libertad. En este tiempo somos confrontados, de una forma especial, con las cadenas que aún nos atan, e invitados a recorrer ese camino de regreso que la bondad y la ternura de Dios va a allanar, a fin de que podamos regresar a la ciudad nueva de la alegría y de la libertad. En términos personales, ¿cuáles son las esclavitudes que todavía nos aprisionan y nos impiden acoger al Señor que viene?

¿Nuestras comunidades son, verdaderamente, oasis de justicia, de fraternidad, de comunión, de solidaridad y de servicio? ¿Que tendremos que hacer, en el ámbito comunitario, para acoger el don de Dios y hacer realidad la ciudad de la justicia y de la piedad?

Contempla a tus hijos… están llenos de alegría porque Dios se acordó de ellos” (Ba 5,5). En esta atmósfera de alegría y de confianza serena en la acción salvadora de nuestro Dios es en la que estamos invitados a vivir este tiempo de cambio y a preparar la venida del Señor a nuestras vidas.

Comentario al evangelio – 3 de diciembre

Una ciudad para todos

La primera semana de Adviento y parte de la segunda constituyen el ciclo de Isaías (presente, por lo demás, durante todo este tiempo litúrgico): el ciclo de la promesa mesiánica, que se cumple en Jesús, como nos recuerda cada día el texto evangélico.

El primer rasgo de esta promesa mesiánica es su universalidad. Aunque se haga a Israel, no se trata de una afirmación de exclusividad nacional o religiosa. La visión que afirma el monte del Señor y la ciudad santa, lo contempla como un punto de confluencia de todos los pueblos y naciones, que encontrarán en el cumplimiento de la promesa el camino de la paz, el fin de las enemistades.

¿Significa esto que para acceder a la salvación del Dios de Israel es necesario convertirse en judío? Algo de esto (un resto de nacionalismo) hay en el universalismo mesiánico de los profetas.

En Jesús se cumplen plenamente las antiguas promesas, pero en gran parte de modo distinto a como lo imaginaron los profetas y lo esperaban sus contemporáneos. Dios no se deja atrapar por nuestros esquemas, los supera siempre. Así, en lo que hace al universalismo de la promesa mesiánica, vemos hoy que no queda resto alguno de nacionalismo o de sometimiento de las otras naciones al pueblo elegido.

El centurión romano es un enemigo de Israel, un ocupante, representante de una fuerza poderosa y arrogante. Pero tanto en sus entrañas de misericordia hacia el criado enfermo, como en su actitud humilde ante Cristo (“no soy digno”), que reconoce su propia impotencia y confiesa su confianza en el poder de Jesús, se está cumpliendo la profecía de Isaías: se convierte en representante de esos pueblos que confluyen a Jerusalén, y que están forjando arados de las espadas, de las lanzas podaderas. Sabe lo que es el poder, el mando, pero también lo que significa estar sometido, ser obediente (“yo también vivo bajo disciplina”). Sabe, en suma, lo que es la responsabilidad. Y como responsable, se ocupa del bien de los que están bajo su cuidado. Pero descubriendo también los límites de su poder, acude al que reconoce como Señor de la vida y de la muerte, a uno que está sometido sólo a la voluntad salvífica del Padre y que tiene poder para dar órdenes sobre la vida y la muerte. Lo que cumple la visión universalista de Isaías es sólo la fe, la confianza que genera esperanza.  Pero la esperanza no es la pasividad de esperar sentados. Hay que preparar el encuentro, ponerse en camino, acercarse al monte Sión. En este pagano descubrimos lo que significa vivir en vela, lo que es una esperanza activa: vivir con responsabilidad para mandar y para obedecer, tener entrañas de misericordia para con los que sufren, ir al encuentro del que puede salvarnos, hacerlo con fe y confianza. Hacer de intercesor ante Dios, ante Jesús, de la salvación ajena: el extranjero se integra así, sólo por su misericordia y su fe, en el pueblo sacerdotal.

Desde hace siglos los cristianos repetimos las palabras del centurión antes de recibir la comunión. Tal vez sería bueno que meditáramos en ellas releyendo este texto evangélico: qué significa decir esas palabras, a qué nos compromete. En primer lugar, a avivar nuestra fe y confianza en el poder salvador de Jesús; además, a ponernos al servicio de un ministerio eucarístico: no vamos a la Eucaristía ni acudimos a Jesús sólo a pedir por nosotros, sino también como intercesores de los que sufren, de los alejados, de los que todavía no han encontrado el camino al monte del Señor, en el que Jesús acoge, cura y salva.

José M. Vegas CMF