Lc 1, 26-38 (Evangelio Día de la Inmaculada Concepción)

El texto que se nos propone hoy, pertenece al “Evangelio de la Infancia” en la versión de Lucas. De acuerdo con los biblistas actuales, los textos del “Evangelio de la Infancia” pertenecen a un género literario especial, llamado homologuía. Este género, no pretende ser un relato periodístico e histórico de acontecimientos; sino que es, sobretodo, una catequesis destinada a proclamar ciertas realidades salvíficas (que Jesús es el Mesías, que él viene de Dios, que él es el “Dios con nosotros”). Se desenvuelve en forma de narración y recurre a las técnicas del midrash hagádico (una técnica de lectura y de interpretación del texto sagrado usada por los rabinos judíos de la época de Jesús).
La homologuía utiliza y mezcla tipologías (hechos y personas del Antiguo Testamento, encuentran su correspondencia en hechos y personas del Nuevo Testamento) y apariciones apocalípticas (ángeles, apariciones, sueños) para hacer avanzar la narración y para explicitar determinada catequesis sobre Jesús.

El Evangelio que hemos escuchado, debe ser entendido a esta luz: no interesa, pues, tanto comprobar los hechos históricos, cuanto percibir lo que la catequesis cristiana primitiva nos enseña, a través de estas narraciones, sobre Jesús.

La escena nos sitúa en una aldea de Galilea, llamada Nazaret. Galilea, región al norte de Palestina, alrededor del lago de Tiberíades, era considerada por los judíos una tierra lejana y extraña, en permanente contacto con poblaciones paganas y donde se practicaba una religión heterodoxa, influenciada por las costumbres y por las tradiciones paganas. De ahí la convicción de los maestros judíos de Jerusalén de que “de Galilea no puede venir nada bueno”. En cuanto a Nazaret, era una aldea pobre e ignorada, nunca nombrad a en la historia religiosa judía y, por tanto (de acuerdo con la mentalidad judía), completamente al margen de los caminos de Dios y de la salvación.

María, la joven de Nazaret que está en el centro de este episodio, era “una virgen desposada con un hombre llamado José”. El matrimonio hebreo consideraba el compromiso matrimonial en dos etapas: había una primera fase, en la cual los novios se prometían uno a otro (los “esponsales”); sólo en una segunda fase surgía el compromiso definitivo (las ceremonias del matrimonio propiamente dicho). Entre los “esponsales” y el rito del matrimonio, pasaba un tiempo más o menos largo, durante el cual cualquiera de las partes podía volverse atrás, aunque sufriendo una pena. Durante los “esponsales”, los novios no vivían en común; pero el compromiso que los dos asumían tenía ya un carácter estable, de tal forma que, si nacía un hijo, este era considerado hijo legítimo de ambos. La Ley de Moisés consideraba la infidelidad de la “prometida” como una ofensa semejante a la infidelidad de la esposa (cf. Dt 22,23-27). Y la unión entre los dos “prometidos” sólo podía disolverse con la fórmula jurídica del divorcio. José y María estaban, por tanto, en situación de “prometidos”: aún no habían celebrado el matrimonio, pero ya habían celebrado los “esponsales”.

Después de la presentación del “ambiente” de la escena, Lucas presenta el diálogo entre María y el ángel.

La conversación comienza con la salutación del ángel. En boca de este, se ponen términos y expresiones con resonancia vétero-testamentaria, ligados a contextos de elección, de vocación y de misión. Así el término “ave” (en griego, “kaire”) con el que el ángel se dirige a María, es algo más que un saludo: resuena el eco de los anuncios de salvación a la “hija de Sión”, una figura frágil y delicada que personifica al Pueblo de Israel, en cuya flaqueza se presenta y representa esa salvación ofrecida por Dios y que Israel debe testimoniar ante los otros pueblos (cf. 2 Re 19,21-28; Is 1,8; 12,6; Jer 4,31; Sof 3,14-17). La expresión “llena de gracia”, significa que María es objeto de la predilección y del amor de Dios. La otra expresión “el Señor está contigo”, es una expresión que aparece con frecuencia ligada a los relatos de vocación del Antiguo Testamento (cf. Ex 3,12, vocación de Moisés; Jz 6,12, vocación de Gedeón;Jer 1,8.19, vocación de Jeremías) y que sirve para asegurar al “llamado” la asistencia de Dios en la misión que se le pide. Estamos, por tanto, ante el “relato de vocación” de María: la visita del ángel es para presentar a la joven de Nazaret una propuesta de parte de Dios. Esa propuesta va a exigir una respuesta clara de María.

¿Cuál es, entonces, el papel propuesto a María en el proyecto de Dios?

A María, Dios le propone que acepte ser la madre de un “hijo” especial. De ese “hijo” se dice, en primer lugar, que se llamará “Jesús”. El nombre significa “Dios salva”. Además de esto, ese “hijo” es presentado por el ángel como el “Hijo del Altísimo”, que heredará “el trono de su padre David” y cuyo reinado “no tendrá fin”. Las palabras del ángel nos llevan a “S 7 y a la propmesa hecha por Dios al rey David a través del profeta Natán. Ese “hijo” es descrito en los mismos términos en los que la teología de Israel describía al “mesías” libertador. Lo que se propone a María es, pues, que ella acepte ser la madre de ese “mesías” que Israel esperaba, el libertador enviado por Dios a su Pueblo para ofrecerle la vida y la salvación definitivas.

¿Cómo responde María al plan de Dios?

La respuesta de María comienza con una objeción. La objeción forma siempre parte de los relatos de vocación del Antiguo Testamento (cf. Ex 3,11; 6,30; Is 6,5; Jer 1,6). Es una reacción natural del “llamado”, asustado con la perspectiva del compromiso de algo que le sobrepasa; pero es, sobre todo, una forma de mostrar la grandeza y el poder de Dios que, a pesar de la fragilidad y de las limitaciones de los “llamados”, hace de ellos instrumentos de su salvación en medio de los hombres y del mundo.

Ante la “objeción”, el ángel garantiza a María que el Espíritu Santo vendrá sobre ella y la cubrirá con su sombra. Este Espíritu es el mismo que fue derramado sobre los jueces (Otniel – cf. Jc 3,10; Gedeón – cf. Jc ,34; Jefté – cf. Jc 11,29; Sansón – cf. Jc 14,6), sobre los reyes (Saul – cf. 1 S 11,6; David – cf. 1 S 16,13), sobre los profetas (cf. Maria, a profetisa hermana de Aarón – cf. Ex 15,20; los ancianos de Israel – cf. Nm 11,25-26; Ezequiel – cf. Ez 2,1; 3,12; el Trito- Isaías – cf. Is 61,1), en fin de aquellos que pudiesen ser una presencia eficaz de salvación de Dios en medio del mundo. La “sombra” o “nube” nos lleva, también, a la “columna de nube” (cf. Ex 13,21) que acompañaba el caminar del Pueblo de Dios en marcha por el desierto, indicando el camino hacia la Tierra Prometida de la libertad y de la vida nueva. La cuestión es la siguiente:

a pesar de la fragilidad de María, Dios va, a través de ella, a hacerse presente en el mundo para ofrecer la salvación a todos los hombres.

El relato termina con la respuesta final de María: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Decir que es la “sierva” significa, más que humildad, reconocimiento de que es elegía de Dios y aceptar esa elección, con todo lo que ella implica, pues, en el Antiguo Testamento, ser “siervo del Señor” es un título de gloria, reservado a aquellos que Dios escogió, que él reservó para su servicio y que él envió al mundo con una misión (esa designación aparece, por ejemplo, en el Deutero-Isaías, cf. Is 42,1; 49,3; 50,10; 52,13; 53,2.11, en referencia a la figura enigmática del “siervo de Yahvé”). De esta forma, María reconoce que Dios la escoge, acepta con disponibilidad esa elección y manifiesta su disposición a cumplir con fidelidad, el proyecto de Dios.

Para la reflexión y el compartir, considerad los siguientes elementos:

La liturgia de este día afirma, de forma clara, que Dios ama a los hombre y tiene un proyecto de vida plena para ofrecerles. ¿Cómo ese Dios, lleno de amor por sus hijos, introduce en la historia humana y concreta, día a día, esa oferta de salvación? La historia de María de Nazaret (como la de tantos otros “llamados”) responde, de forma clara, a esta cuestión: es a través de hombres y mujeres atentos a los proyectos de Dios y de corazón disponible para el servicio de los hermanos, como Dios actúa en el mundo, como manifiesta a los hombres su amor, como invita a cada persona a recorrer los caminos de la fidelidad y de la realización plena.

¿Pensamos, alguna vez, que es a través de nuestros gestos de amor, de compartir y de servicio como Dios se hace presente en el mundo y lo transforma?

Otra cuestión es la de los instrumentos de los que Dios se sirve para realizar sus planes..María era una mujer joven de una aldea pequeña “Galilea de los paganos” de donde no podía “salir nada bueno”. No consta que tuviese una significativa preparación intelectual, extraordinarios conocimientos teológicos, o amigos poderosos en círculos de poder y de influencia de la Palestina de entonces. A pesar de eso, fue escogida por Dios para desempeñar un papel primordial en la etapa más significativa de la historia de la salvación. La historia vocacional de María deja claro que, en la perspectiva de Dios, no son el poder, la riqueza, la importancia o visibilidad social lo que determinan la capacidad de llevar a cabo una misión. Dios actúa a través de hombres y mujeres, independientemente de sus cualidades humanas. Lo que es decisivo es la disponibilidad y el amor con el que se acogen y testimonian las propuestas de Dios.

Ante las llamadas de Dios al compromiso, ¿cuál debe ser la respuesta del hombre? Es ahí donde podemos mirarnos en el ejemplo de María. Confrontada con los planes de Dios, María responde con un “sí” total e incondicional. Naturalmente, ella tenía su programa de vida y sus proyectos personales; pero, ante la llamada de Dios, esos proyectos personales pasan con naturalidad y sin dramas a un plano secundario. En la actitud de María no hay ninguna señal de egoísmo, de comodidad, de orgullo, sino que hay una entrega total en las manos de Dios y una acogida radical a sus caminos. El testimonio de María es un testimonio que nos cuestiona, que nos interpela fuertemente.

¿Qué actitud asumimos ante los proyectos de Dios: los acogemos sin reservas, con amor y disponibilidad, en una actitud de entrega total a Dios, o tomamos una actitud egoísta de defensa intransigente de nuestros proyectos personales y de nuestros intereses egoístas?

¿Es posible entregarse tan ciegamente a Dios, sin reservas, sin medir los pros y los contras? ¿Cómo se llega a esta confianza incondicional en Dios y en sus proyectos? Naturalmente, no se llega a esta confianza ciega en Dios y en sus planes sin una vida de diálogo, de comunión, de intimidad con Dios. María de Nazaret fue, ciertamente, una mujer para quien Dios ocupaba el primer lugar y era la prioridad fundamental. María de Nazaret fue, en verdad, una persona de oración y de fe, que hizo la experiencia de encuentro con Dios y aprendió a confiar totalmente en él.

En medio de la agitación de todos los días, ¿encuentro tiempo y disponibilidad para escuchar a Dios, para vivir en comunión con él, para intentar percibir sus señales en las indicaciones que él me da día a día?