Lectura continuada del Evangelio de Marcos

20Decía: “Lo que sale del hombre, eso es lo que manchaal hombre. 21Porque es de dentro,del corazón de los hombres, de donde los malos pensamientos proceden: pecados sexuales, robos, asesinatos, 22adulterios, acciones motivadas por la codicia, acciones perversas, engaño, indecencia, ojo malo, lenguaje abusivo, arrogancia, insensatez. 23Todas estas maldades salen de dentroy manchanal hombre”».

7,20-23: Segunda respuesta de Jesús. Ahora Jesús se centra en la verdadera fuente de la que proviene la impureza o contaminación: el mismo corazón de los hombres. Lo que mancha no es aquello que entra en los seres humanos desde fuera, sino lo que procede de su interior (7,20). El pesimismo antropológico y la simbología escatológica que aquí se expresan son semejantes a los que hallamos en los Himnos de los rollos de Qumrán, donde el salmista se presenta a sí mismo como «una fuente de impureza y de viles suciedades» (1QH 112,25).

El catálogo de impurezas que brotan del corazón descritas aquí (7,21-23) pertenece a un género literario bien conocido y usado en el Nuevo Testamento: es una tabla o «lista de vicios». Estos catálogos de vicios del Nuevo Testamento toman prestados sus temas de una forma literaria popular, dentro de un mundo cultural más amplio. Tablas de ese tipo eran comunes en los escritos estoicos, en otras obras de filosofía popular del mundo greco-romano y en los círculos judíos de la diáspora influidos por la filosofía helenista. Pablo, por su parte, ofrece no solo las «obras de la carne», sino también «el fruto del Espíritu» (Gal 5,22-23; cf. 1Cor 3,12-14). Debe de haber sido una reflexión de Marcos sobre la dura realidad de las posibilidades humanas la que ha hecho que en su texto no aparezca un tipo de lista positiva semejante. En esa misma línea debemos añadir que el catálogo marcano de los pecados humanos se encuentra incorporado dentro de una visión verdaderamente infernal de la vida, en la cual el interior del corazón humano aparece representado como una caja de Pandora, una cueva de maldad, de la que provienen hordas de males de tipo demoníaco. Pues bien, incluso este catálogo de ofensas tiene cierta unidad y estructura (como se ve en el Infierno de Dante) y puede dividirse en dos partes: a) viene primero una serie de siete pecados en plural, que usualmente aluden a «casos concretos» (robos, asesinatos, adulterios…), formados en su mayoría por crímenes que pueden ser castigados conforme a la Ley del Decálogo (Mc 7,21-22a); b) después sigue otra serie de siete ofensas o pecados formulados en singular (engaño, indecencia, ojo malo…), de naturaleza más abstracta (7,22b).

A la cabeza de esa doble lista aparecen los «malos pensamientos». La estructura gramatical del texto sugiere que todos los demás males se encuentran en aposición a esta categoría abarcadora, ya que los «malos pensamientos» preceden al verbo «proceder», mientras que los restantes males siguen después. Esos «malos pensamientos» parecen formar la versión marcana del yeser hara‘, es decir, «la mala inclinación» que aparece en el rabinismo, aunque se encuentra enraizada en la Biblia. Esa inclinación constituye el enemigo interior de Dios, alojado dentro del corazón humano (Gn 6,5; 8,21; cf. Mc 6,21: «del corazón de los seres humanos»), como una fuerza salvaje que impulsa a las personas, quieran o no, a realizar acciones opuestas a la voluntad de Dios.

No puede ser casualidad que, tras esa categoría global («los malos pensamientos»), las primeras acciones perversas que se nombran sean pecados sexuales, pues en la filosofía popular helenista estos pecados formaban el primer ejemplo del aspecto caótico e ingobernable de la naturaleza humana, que persigue de un modo impetuoso sus propios deseos, ciega ante su propio bien verdadero; por su parte, en el judaísmo esos pecados aparecían frecuentemente asociados con los impulsos de la mala inclinación.

Tras los pecados sexuales, las cuatro ofensas siguientes (robos, asesinatos, adulterios, acciones motivadas por la codicia) constituyen infracciones en contra del decálogo. El último de estos primeros siete pecados que aparecen en plural (poneriai, «acciones perversas») da la impresión de ser algo superfluo después de los ejemplos anteriores; puede haber sido añadido simplemente para alcanzar el número siete y servir de transición al grupo más abstracto de los siete pecados que siguen.

Ese nuevo grupo de siete pecados se refiere más a disposiciones internas que a acciones externas, aunque se trata de aquel tipo de disposiciones que desembocan necesariamente en acciones destructivas. Es significativo que Jesús, que comienza su discurso criticando a los discípulos por su falta de conocimiento (7,1a), termina su catálogo de vicios o pecados citando la «insensatez» (7,22), un problema que afecta y aflige de un modo constante a sus discípulos (cf. 4,13; 6,52; 7,18; 8,14-21). Esta manera de poner de relieve la falta de comprensión de los discípulos corresponde seguramente, a la evaluación que el mismo Marcos hace de su propia comunidad: dentro de ella, algunos necesitan desesperadamente una instrucción sobre las bases de la vida cristiana.

Sea como fuere, los discípulos no están fuera del grupo de hombres y mujeres de cuyos corazones brota el mal en el mundo (cf. 8,33). Los problemas analizados en nuestro pasaje son problemas humanos generales; resulta por eso significativo el hecho de que la última palabra de nuestro texto sea anthropos(persona, ser humano: 7,23), que, como hemos visto, ha sido una palabra clave a lo largo del pasaje anterior (7,1-15). Esta palabra final (anthropos; 7,23) aparece también en 7,18.20 (2 veces) y en 7,21. Eso significa que aparece cinco veces en nuestro breve pasaje, lo que unido a las seis veces del pasaje anterior da una suma total de once veces en 7,7-23, una cifra que resulta extraordinariamente grande. Por la gran cantidad de veces que se repite ese término (anthropos), parece que Marcos ha querido indicar que el problema básico que debe preocupar a los cristianos no es la forma en que han de comer, ni el alimento que han de tomar, sino la corrupción interior del anthropos. Esta malignidad o corrupción es la que destruye la vida separándola de la tradición, y haciendo que la misma tradición se convierta en enemiga de Dios, al desviarla por un camino de injusticia que se excusa a sí misma.

El pasaje termina de manera deliberadamente paradójica, con la repetición y ampliación de la segunda mitad del dicho sobre la pureza de 7,15, donde se afirma que solo aquello que sale fuera desde dentro es lo que mancha a una persona (7,23). En general, cuando se habla de «mancha» o suciedad suele decirse que las cosas que manchan son las que entran desde fuera al interior del ser humano. Pues bien, aquí se dice lo contrario: lo que mancha es lo que sale del interior humano. En este contexto debemos preguntarnos: ¿Cómo puede manchar a los humanos lo que sale de su interior? Quizá debamos responder diciendo que el hombre es esencialmente un ser en relación con los demás; en esa línea podemos añadir que aquello que sale de dentro y destruye las relaciones humanas destruye también algo que resulta esencial para la salud de los individuos.

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p style=»text-align:justify;»>De acuerdo con eso, Jesús invierte de un modo total, de arriba abajo, toda la noción de lo que mancha. Para personas que no están dispuestas a aceptarle como enviado escatológico de Dios, estas inversiones de Jesús se presentarían como invitaciones al desorden moral; por tanto, caerían bajo la denuncia de Isaías, que condena a los que llaman bueno lo que es malo, ponen la oscuridad en el lugar de la luz, cambian lo dulce por lo amargo y solo son sabios ante sus propios ojos (Is 5,20-21). Jesús elimina las fronteras impuestas por la tradición, por la ley e incluso por la lógica. De esa manera, Jesús plantea un desafío radical ante el pueblo: ¿Seguirá manteniéndose el pueblo dentro de las fronteras que marca la tradición, para defender esas fronteras (como quieren los fariseos)? ¿O aprenderán a ver las cosas de otra manera, a través de los ojos de Jesús, es decir, tal como él las juzga?
De un modo muy significativo, el siguiente pasaje se desarrolla en una frontera, en la línea de separación entre el Israel bíblico y el mundo gentil; se centra en la relación de Jesús con una mujer que, desde el punto de vista judío, se sitúa fuera del círculo de la buena sociedad. Pues bien, tenemos que añadir que, en consonancia con aquello que se ha dicho sobre la aceptación del juicio de Jesús, esta mujer iniciará su argumento a partir de lo que Jesús le diga, para darle un sentido distinto… y Jesús la alabará por ello.

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