Juan Bautista nos invita al cambio de vida

Querido amigo: Poco a poco nos vamos adentrando en el Adviento, esta etapa que nos hace prepararnos interiormente para la venida de Jesús. Y hoy en este encuentro se nos regala un texto donde aparece un personaje central, un heraldo, un profeta, alguien que nos llama a que cambiemos de vida, y éste es Juan Bautista. Vamos a escuchar el texto con mucha atención para después entrar profundamente en el encuentro con Jesús, en ese encuentro donde tú y yo escuchamos, aprendemos y nos adentramos en la práctica de una vida llena de amor y de fe. Escuchemos el texto de Lucas 3, versículo 1-6:

El año decimoquinto del Imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato Gobernador de Judea, y Herodes Tetrarca de Galilea, su hermano Filipo Tetrarca de Iturea y de la región de Traconítide, y Lisanio Tetrarca de Abilene, bajo los sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y fue por toda la región del Jordán predicando un bautismo de penitencia para remisión de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: “Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, rectificad sus senderos, todo barranco será rellenado y todo monte y colina rebajados, los caminos torcidos se harán rectos y los ásperos serán suavizados y todos verán la salvación de Dios”.

Después de escuchar este texto, entramos profundamente en el encuentro con Jesús. Hoy se nos presenta la figura de Juan Bautista, pero el Evangelio de Lucas nos da unos datos cronológicos de todas las autoridades civiles de la época y las autoridades religiosas: nos nombra el imperio de Tiberio César, nos nombra que Pilatos es Gobernador de Judea, nos dice que Herodes es Tetrarca de Galilea. Y entre las autoridades religiosas nos habla de los sacerdotes Anás y Caifás, para rápidamente presentarnos la figura de Juan. Juan Bautista, este hombre que ha pasado su juventud en el desierto y que recibe una revelación especial de Dios que le dice que salga del desierto, que vaya a la región de Judea y que predique un bautismo de penitencia y de conversión. Escuchamos a este profeta y le oímos con toda atención, querido amigo, y vemos qué nos dice a ti y a mí que para que Jesús entre en nuestro corazón: necesitamos cambiar, necesitamos hacer penitencia, necesitamos quitar todos los obstáculos que tenemos, necesitamos otro tipo de vida.

Este encuentro es un regalo del Señor, un regalo profundo donde se nos dice qué es lo que tenemos que hacer tú y yo. Centrados profundamente en lo que nos dice Juan Bautista, nos invita a preparar el camino del Señor, nos invita a un cambio radical. Sí, querido amigo, y hace esos verbos tan profundos: allanar, aplanar, enderezar, igualar. ¡Cuántas ocasiones tenemos en la vida y cuántas manifestaciones, cuántas malas formas, cuántas formas desagradables de carácter y a veces caminos torcidos! Y eso lo tenemos que enderezar para preparar el camino. No perdamos este momento, descendamos, abajemos esa falta de sencillez que tenemos, a veces esa prepotencia, el considerarnos superiores a los demás; y elevemos esos valles de pereza, de apatía, quizá de complejos y a veces momentos indignos que no le gustan al Señor.

Tenemos que darle gracias hoy al Señor porque nos mueve, nos espolea a cambiar. Éste es el Adviento: una preparación profunda, pero una preparación que nace de la esperanza y nace de la alegría; una esperanza alegre. ¡Cuántos mensajes recibimos proféticos! Otras veces tenemos tantos mensajes…, llamadas a la penitencia, a la conversión, llamadas a la esperanza. Pero siempre se nos dice: “¡Preparaos, porque ya está cerca, ya viene el Señor!”.

¡Qué rica es esta etapa del Adviento! Tú y yo pensamos cómo es nuestra vida y cómo a veces aparecen profetas especiales para que cambiemos, para que despertemos del sueño, para que nuestro corazón coja… y cambie… y se llene de calor, de acogida. Juan Bautista es un profeta que desgastó su vida diciendo… pero fijaos y fíjate, querido amigo, el precursor anuncia y desaparece. ¿Qué llamada tenemos tú y yo hoy? Tenemos que pedirle al Señor que nos movamos a la conversión, que allanemos nuestro corazón, que rectifiquemos nuestra voluntad, que corrijamos nuestras asperezas. ¿Cómo va a nacer Jesús? ¿Qué acogida calurosa puede tener mi corazón?

El camino de Dios es un camino interior de conversión. Tenemos que elevar nuestra oración en silencio y decirle que descienda nuestro orgullo. “Señor, haz que descienda esta prepotencia que tengo, haz que suavice mi egoísmo, haz que enderece mi conducta de excesos de defectos, prepara mi corazón, que desborde de alegría, que anuncie con esperanza, que vea tu salvación, Señor”. Este encuentro es para reflexionar y examinarnos en silencio de todo lo que estorba y de todo lo que no hacemos. Él quiere entrar en un corazón sano, quiere entrar en un corazón limpio, quiere entrar en un corazón alegre, quiere entrar en un corazón que ame, que comparta, que sirva, que sea feliz. Y esto es lo que quiere el Señor en este encuentro. Tú y yo nos vamos a poner a pensar mucho en todo esto que nos dice el profeta, todo esto que nos dice Juan Bautista: allanad, preparad, igualad. Igualar tanto… Llamada a la conversión. “¿Acojo, Señor, las palabras de Juan Bautista? Te pido que se eleve el valle de mi apatía y que descienda todo lo que no es tuyo, que enderece y que iguale lo torcido y escabroso. Así podrás nacer en mí, así podré decir que realmente Tú estás feliz en mi vida”.

Y terminamos este encuentro pidiéndole al Señor que sepamos preparar su camino, que sepamos quitar esos desencantos que tenemos de fe, que sepamos abrir nuestras puertas, que sepamos tener otro estilo de vida. “Ayúdanos, Señor, a purificar nuestra mirada, nuestra mente, nuestro corazón. Ayúdanos a caminar a tu ritmo. Ayúdanos a facilitar el camino a los demás. Ayúdanos a tener ese deseo de siempre ayudar”. Este texto profético, pero que igual que todos éstos que escuchaban a Juan Bautista y lo oían así con esas palabras duras, también hoy se dirige Juan Bautista a ti y a mí y nos invita al cambio, nos invita a la conversión, sí.

Terminamos pidiéndole a la Virgen, la Madre de la espera, la Madre de la esperanza, que nos ayude a allanar todo, que llenemos estos baches, que nos ayude a preparar el camino del Señor. Y que como Juan Bautista seamos dóciles y salgamos de nuestro “yo”, como él tuvo que dejar todo, tuvo que dejar su vida que tenía en el desierto y enseñar y preparar el camino del Señor para luego desaparecer; que Él crezca y que yo mengüe.

Bien, querido amigo, acojamos la consigna del Bautista: “Preparad el camino del Señor”. Y nos vamos a fijar mucho en qué asperezas tenemos que limar, dónde tenemos que cambiar, cómo es nuestro trato con el prójimo… ¿cómo? Y tenemos que pedirle a Jesús que nos ayude para que nuestro corazón y nuestra vida cambien. Esos verbos tan importantes y tan fuertes que se nos dicen en este texto y que nos llevan mucho a pensar en nuestra vida, nos tienen que ayudar mucho: allanar, enderezar, igualar, descender, abajarse y elevar todo lo que no es tuyo, Señor.

Con tu ayuda y con la ayuda de tu Madre vamos a preparar un Adviento precioso, una espera digna y un corazón que alegremente acoge con amor el Dios- Amor que viene a nuestro interior para llenarnos de vida, para darnos fuerza y para hacernos felices en el camino de la fe y en el camino del amor. Querido amigo, nos quedamos pensando todas estas ideas, hablamos con el Señor y le pedimos en silencio todo lo que más necesitamos. Nos despedimos de Él pidiéndole ayuda, pidiéndole fuerza y, cogidos de la mano de María, comencemos nuestra espera, nuestro Adviento.

Que así sea.

Francisca Sierra Gómez

Vísperas – Inmaculada Concepción de la Virgen María

VÍSPERAS

SÁBADO I DE ADVIENTO

Inmaculada Concepción de la Virgen María

solemnidad

INVOCACIÓN INICIAL

Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Reina y Madre, Virgen pura,
que sol y cielo pisáis,
a vos sola no alcanzó
la triste herencia de Adán.

¿Cómo en vos, Reina de todos,
si llena de gracia estáis,
puede caber igual parte
de la culpa original?

De toda mancha estáis libre:
¿Y quién pudo imaginar
que vino a faltar la gracia
en donde la gracia está?

Si los hijos de sus padres
toman el fuero en que están,
¿cómo pudo ser cautiva
quien dio a luz la libertad?
Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre su estirpe y la tuya.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre su estirpe y la tuya.

SALMO 147: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA RESTAURACIÓN DE ISRAEL

Ant. El Señor me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres.

LECTURA: Rm 8, 29.30

A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó.

RESPONSORIO BREVE

R/ Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
V/ Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

R/ Y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
V/ Porque me has librado.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Aleluya.

PRECES

Proclamemos las grandezas de Dios Padre todopoderoso, que quiso que todas las generaciones felicitaran a María, la madre de su Hijo, y supliquémosle, diciendo:

Que la llena de gracia interceda por nosotros

Oh Dios, admirable siempre en tus obras, que has querido que la Inmaculada Virgen María participara en cuerpo y alma de la gloria de Jesucristo,
— haz que todos tus hijos deseen esta misma gloria y caminen hacia ella.

Tú que nos diste a María por madre, concede, por su mediación, salud a los enfermos, consuelo a los tristes, perdón a los pecadores,
— y a todos abundancia de salud y de paz.

Tú que encomendaste a María la misión de madre de familia en el hogar de Jesús y de José,
— haz que, por su intercesión, todas las madres fomenten en sus hogares el amor y la santidad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que coronaste a María como reina del cielo,
— haz que los difuntos puedan alcanzar, con todos los santos, la felicidad de tu reino.

Como hijos que somos de Dios, dirijámonos a nuestro Padre con la oración que Cristo nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que por la Concepción Inmaculada de la Virgen María preparaste a tu Hijo una digna morada, y en previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado, concédenos, por su intercesión, llegar a ti limpios de todas nuestras culpas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 8 de diciembre

Lectio: Jueves, 8 Diciembre, 2016

La Anunciación
Lucas 1,26-38

1. LECTIO

a) Oración inicial

Alégrate, Virgen María,
ya surge la estrella de Jacob.
Se cumplen hoy las Escrituras:
como nube fecunda llega el Señor.

Viene nuestro Dios, no está en silencio;
ten atento el oído a su saludo.
Dulce es la palabra en sus labios,
noble el diseño de su corazón.

Resplandecen como alas de paloma
los vestidos de su mensajero;
desciende como céfiro de estío
sobre ti, fecundo, su consuelo

Despliega su fuerza nuestro Dios,
en tu carne encuentra su descanso;
encuentra en ti su santuario,
alábalo y ámalo por siempre.

Mira, aparece su cortejo,
delante de él camina la justicia.
Dominará el orgullo de los fuertes.
Devolverá a los humildes su vigor

Lucas 1,26-38Extenderá su gran misericordia
sobre todos los que temen su nombre;
humilde esclava del Señor,
téjenos las alabanzas del Amor.

b) Lectura del Evangelio: Lucas 1, 26-38

26 Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 28 Y, entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» 29 Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. 30 El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; 31 vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. 32 Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; 33 reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» 34María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» 35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios. 36 Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, 37 porque no hay nada imposible para Dios.» 38 Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel, dejándola, se fue.

c) Un momento de silencio:

 para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

2. MEDITATIO

a) Clave de lectura:

Aunque se repiten los temas de Mateo y Marcos, el Evangelio de Lucas es una composición original en muchos aspectos. El evangelista coloca en su narración material nuevo con respecto a las otras narraciones evangélicas. En los primeros dos capítulos que tratan de la infancia de Jesús, Lucas se acerca a las tradiciones hebraicas con muchas referencias directas e indirectas al Antiguo Testamento. La teología, el simbolismo y todo el conjunto de los relatos de la infancia de Jesús han encontrado las raíces en el mundo semítico, diverso en muchas formas del mundo y del pensamiento griego. El evangelista ambienta el comienzo de su narración en el ambiente de los anawîm, los pobres del Señor, o sea aquéllos que se someten con gusto a la voluntad de Dios, firme en la fe que el Señor les dará la salvación en el tiempo oportuno. A los anawîm el Señor promete enviar el Mesías “ enviado a llevar la buena nueva a los abatidos, a curar las llagas de los corazones destrozados, a proclamar la libertad de los cautivos, y la liberación a los encarcelados, a promulgar el año de gracia del Señor, y un día de venganza para nuestro Dios, para consolar a todos los tristes, para alegrar a los afligidos de Sion…” (Is 61, 1ss). Esta promesa de Dios se cumplirá en Jesús de Nazareth que “ entrando según su costumbre el sábado en la sinagoga” (Lc 4,16), proclama que la promesa de Dios pronunciada por medio de Isaías “se ha cumplido” (Lc 4,21) en Él. Sólo los anawîm pueden recibir del hijo de José el carpintero y de María (Lc 4, 22; Mt 13, 53-58; Mc 6, 1-6; Jn 1,45) la alegre nueva de la salvación, los otros desgraciadamente se escandalizan de Él. El Mesías es humilde y dulce, su “ boca” pronuncia “palabras de gracia” (Lc 4,22) por esto para acogerlo se necesita prepararse, entrar dentro de sí mismo, para acoger al prometido de Israel. Por eso el Señor amonesta por medio del profeta: “ Buscad a Yahvé los humildes de la tierra, que practicáis su ley; buscad la justicia, buscad la mansedumbre, quizás quedaréis al abrigo de la ira del Señor (Sof 2,3).

En este contexto, “En el mes sexto, fue enviado el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazareth a una virgen desposada con un varón de la casa de David, llamado José. La virgen se llamaba María”. (Lc 1, 26-27). Esta virgen es una de los anawîm a la cual el Señor revela su salvación. Con ella se encuentran otros dos anawîm que “eran entrados en años” (Lc 1, 7), “un sacerdote llamado Zacarías” e Isabel que “era estéril” y por tanto sin hijo (Lc 1, 5-7). También a estos dos deshonrados (Gen 30,33; 1Sam 1, 5-8; 2Sam 6, 23; Os 9,11) se les anuncia la salvación del Señor. Desgraciadamente en Jerusalén, en el templo, durante la liturgia, lugar de la revelación, de la potencia y de la gloria de Dios, esta buena nueva no es acogida por el sacerdote (Lc 1, 8-23). Pero la Palabra de Dios no está ligada y no se la puede limitar. Dice en verdad el Santo de Israel: “Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así será la palabra salida de mi boca: no volverá a mí vacía sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión” (Is 55, 10-11). Por eso, Isabel “en su vejez, ha concebido un hijo y este es el sexto mes para ella a la que todos llamaban estéril: nada es imposible para Dios” (Lc 1, 36-37). Este será el acontecimiento ofrecido a María como un signo “ de la potencia del Altísimo” (Lc 1, 35) que se extenderá como sombra sobre ella para concebir al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo que “descenderá” sobre ella (Lc 1, 34-35). El Hijo se llamará Jesús, “será grande y llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará por siempre sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin” (Lc 1,31-33). Estas palabras del ángel recuerdan las mismas dirigidas a Acaz: “El Señor mismo os dará un signo. Helo aquí: la virgen concebirá y parirá un hijo, que se llamará Emmanuel” (Is 7, 14).

Por esto, después de la concepción de Juan, o sea “en el sexto mes” (Lc 1,26), la buena noticia es bien acogida “en una ciudad de la Galilea, llamada Nazaret” (Lc 1,26) por una doncella, “virgen, prometida como esposa” (Lc 1,27). “Nazaret” y “María” hacen contraste con “Jerusalén” y “sacerdote”; así como también es contrastante la frase “ presentándose a ella” con la palabra “templo”. El Señor se revela en lugares humildes y es acogido por gente humilde de las que, a juicio de los hombres, no “puede venir nada de bueno” (Jn 1,45). A María se le invita a gozar: “¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!” (Lc 1, 28). La presencia del Señor en medio de su pueblo es ocasión de gozo, porque la presencia del Señor llevan salvación y bendición. El saludo e invitación del ángel está dirigido a todo el pueblo de Dios en la persona de María.. Por lo que, todo el pueblo de Dios está llamado a gozar y a alegrarse en el Señor su Salvador. Es el gozo mesiánico que se anuncia a todos: “Gritad de gozo y alegraos, habitantes de Sión, porque grande es en medio de vosotros el Santo de Israel” (Is 12, 6). “¡Exulta, hija de Sion, da voces jubilosas Israel, y regocíjate con todo tu corazón, hija de Jerusalén! El Señor ha revocado los decretos dados contra ti y ha rechazado tu enemigo. El Rey de Israel es el Señor en medio de ti, tú no verás ya más el infortunio…..” (Sof 3, 14-15ss). “ Alégrate y regocíjate, hija de Sión, porque he aquí que yo vengo para habitar en medio de ti” (Zc 2, 14).

La concepción de Jesús es un acontecimiento nuevo, la primicia de la futura nueva creación operada por la potencia creativa de Dios que viene al encuentro de la imposibilidad de concebir de María, porque todavía no conoce varón (Lc 1, 34). La sombra que el Altísimo extiende sobre María recuerda la nube que de día acompañaba al pueblo en el desierto (Ex 13,22), que daba sombra al monte Sinaí revelando la gloria del Señor por seis días (Ex 19,16; 24,17). Es también un signo de la protección de Dios otorgada al justo que invoca el nombre del Señor y se pone en sus manos durante la prueba (Sal 17,8, 57,2; 140,8). En la creación, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas, signo de la potencia creadora de la palabra de Dios (Gén 1,2).

Dios supera toda capacidad humana, nada es imposible para Él (Lc 1,47; Gen 18, 14; Jer 32,27). Ante el Señor de la alegría, de la vida y de la salvación, María acoge su palabra generadora y creadora: “He aquí la esclava del Señor, que me suceda como has dicho” (Lc 1, 38).

b) Preguntas para orientar la meditación y actualización:

● El Señor se revela a los anawîm de su pueblo: Según tu parecer ¿quiénes son los anawîm contemporáneos a nosotros?
● Muchas veces nos sentimos como si viviéramos en un mundo hostil a la revelación de Dios. Parece también que Él ha enmudecido, que no revela más su palabra que da vida ¿Es esto verdad? Si Él todavía nos habla ¿dónde puedo encontrar su palabra viviente? ¿Cómo acogerla?
● Las potencias del mal paresen envolver nuestro inquieto mundo. Las diversas modalidades de opresión parecen que incluso oprimen también al Dios de la alegría, de la libertad, de la misericordia. ¿Cómo te comportas tú ante esta realidad? ¿Piensas que el texto de hoy pueda inspirarte un comportamiento justo ante las situaciones imposibles?
● ¿Qué piensas tú que sea la característica del comportamiento de María? ¿Te revela algo en tu vida?

3. ORATIO

a) Cántico de María:

«Alaba mi alma la grandeza del Señor
y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador
porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava,
por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso, Santo es su nombre
y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero.
Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.
A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías.
Acogió a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como había anunciado a nuestros padres-
en favor de Abrahán y de su linaje por los siglos.»

b) Momentos dedicados al silencio orante

4. CONTEMPLATIO

[En la contemplación], de hecho, a los hombres fuertes le es consentido recogerse cuando desean estar solos consigo mismo, cultivar asiduamente los pimpollos de las virtudes y nutrirse, felizmente, de los frutos del paraíso. Aquí se conquista aquel ojo cuya serena mirada hiere de amor al Esposo, y por medio de su transparencia y pureza se ve a Dios. Aquí se practica un ocio laborioso y se descansa en una acción quieta. Aquí, por la fatiga de la lucha, Dios da a sus atletas la recompensa deseada, esto es, la paz que el mundo ignora, y el gozo en el Espíritu Santo.
Esta es aquella Raquel graciosa, de bello aspecto, que Jacob, si bien no era ella fértil de hijos, amó más que a Lía, segura que más fértil, pero de ojos legañosos. Menos numerosos, de hecho, son los hijos de la contemplación respecto a los de la acción; sin embargo José y Benjamín son amados del padre más que los otros hermanos.
Esta es aquella parte mejor que María ha escogido y que no le será quitada.

(De la Carta de San Bruno a Rodolfo el Verde).

II Semana de Adviento

SEGUNDA SEMANA

 
En la habitación no había más luz que la de una lámpara eléctrica de esas diminutas, de una o dos bujías, en un rincón. Yo no veía nada, no oía nada, no tocaba nada, no tenía la menor sensación, pero Él estaba ahí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía.
Percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras, netro sobre blanco, que estoy trazando, pero no tenía ninguna sensación ni en la vista ni en el oído, ni en el tacto, ni en el olfato, ni en el gusto. Sin embargo, le percibía allí presente con entera claridad y no podía caberme la menor duda de que era Él.
No sé cuanto tiempo permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Si sé que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello, Él allí, durará eternamente, porque su presencia me inundaba.
¿Cuándo terminó la estancia de Él allí? No lo sé. Terminó. En un instante desapareció. Una milésima de segundo antes estaba Él allí y yo le percibía. Una milésima de segundo después, ya no estaba. Ya no había nadie en la habitación.
Manuel García Morente. Filósofo

PRESENCIA DE DIOS

 
“¡Te necesito Señor!, porque sin ti mi vida se seca. Quiero encontrarte en la oración, en tu presencia inconfundible, durante esos momentos en los que el silencio se sitúa de frente a mí, ante Ti. ¡Quiero buscarte!
Quiero encontrarte dando vida a la naturaleza que Tú has creado; en la transparencia del horizonte lejano desde un cerro, y en la profundidad de un bosque que protege con sus hojas los latidos escondidos de todos sus inquilinos. ¡Necesito sentirte alrededor!
Quiero encontrarte en tu sacramentos, en el reencuentro con tu perdón, en la escucha de tu palabra, en el misterio de tu cotidiana entrega radical.
¡Necesito sentirte dentro! Quiero encontrarte en el rostro de los hombres y mujeres, en la convivencia con mis hermanos; en la necesidad del pobre y en el amor de mis amigos; en la sonrisa de un niño y en el ruido de la muchedumbre.
¡Tengo que verte! Quiero encontrate en la pobreza de mi ser, en las capacidades que me has dado, en los deseos y sentimientos que fluyen en mí, en mi trabajo y mi descanso y, un día, en la debilidad de mi vida, cuando me acerque a las puertas del encuentro cara a cara contigo”.
P. Pierre Teilhard de Chardin S.J.
 
 
Antífonas para saborear durante la semana
 
DOMINGO: Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos; y todos verán la salvación del Señor.
LUNES: Escuchad, pueblos, la palabra del Señor; anunciadla en los confines de la tierra: Mirad a nuestro Salvador que viene; no temáis.
MARTES: Vendrá el Señor y con él todos sus santos; aquel día brillará una gran luz.
MIÉRCOLES: El Señor llegará sin retrasarse, iluminará lo que esconden las tinieblas y se manifestará a todos los pueblos.
JUEVES: Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo. Ábrase la tierra y brote la salvación.
VIERNES: El Señor llega, salid a su encuetnro; él es el Príncipe de la paz.
SÁBADO: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Todos verán la salvación de Dios.
 
 
En lo pequeño, en lo insignificante, en lo irrevelante,
durante esta semana veo y escucho la presencia de Dios en todo ello.

Sábado I de Adviento

SÁBADO I de ADVIENTO

(8 de diciembre)

M –isericordia viva;
A –legría invencible;
R -econciliación plena;
I -nocencia de origen;
A -mor, siempre amor,
flor de amor.
 
I -lusión y esperanza;
N -ovedad, primavera;
M -aternidad divina;
A -dhesión, fe entera;
C -orazón hecho templo;
U -nidad sin barreras;
L -ibertad radical;
A -roma de pureza;
D -ones todos del Espíritu;
A -leluya eterna.
(De la publicación de Cáritas para el
Adviento y la Navidad de 1986, p. 43.)
Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminará pueblos numerosos. Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén la palabra del Señor. Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosso. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven; caminemos a la luz del Señor.
(Del Libro de Isaías. Is 2, 2-5)

“Caminemos a la luz del Señor”

Gaudete et exsultate – Francisco I

Algo más que un mito

160. No aceptaremos la existencia del diablo si nos empeñamos en mirar la vida solo con criterios empíricos y sin sentido sobrenatural. Precisamente, la convicción de que este poder maligno está entre nosotros, es lo que nos permite entender por qué a veces el mal tiene tanta fuerza destructiva. Es verdad que los autores bíblicos tenían un bagaje conceptual limitado para expresar algunas realidades y que en tiempos de Jesús se podía confundir, por ejemplo, una epilepsia con la posesión del demonio. Sin embargo, eso no debe llevarnos a simplificar tanto la realidad diciendo que todos los casos narrados en los evangelios eran enfermedades psíquicas y que en definitiva el demonio no existe o no actúa. Su presencia está en la primera página de las Escrituras, que acaban con la victoria de Dios sobre el demonio[120]. De hecho, cuando Jesús nos dejó el Padrenuestro quiso que termináramos pidiendo al Padre que nos libere del Malo. La expresión utilizada allí no se refiere al mal en abstracto y su traducción más precisa es «el Malo». Indica un ser personal que nos acosa. Jesús nos enseñó a pedir cotidianamente esa liberación para que su poder no nos domine.


[120] Cf. Homilía en la Misa de la Casa Santa Marta (11 octubre 2013): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (18 octubre 2013), p. 12.

El profetismo cristiano

1. El profeta no es un adivino. Lo que le caracteriza no es el «pre-decir» sino el «decir». El profeta se enfrenta a todo poderío personal y social, habla desde el «clamor de los pobres» y pretende que haya justicia.

Naturalmente, le preocupa el futuro del pueblo, la situación sangrante de los pobres. Hay profetas seculares y profetas cristianos, los cuales surgen con fuerza en los momentos de crisis y de cambios para entrever una situación nueva, llena de libertad, de justicia, de solidaridad, de paz.

2. La misión del profeta cristiano es cuestionar los «sistemas» infieles al Espíritu, defender a toda persona atropellada y a todo pueblo amenazado, alentar esperanzas en situaciones catastróficas y promover la conversión hacia actitudes solidarias. Tiene experiencia del pueblo (está encarnado) y contacto con Dios (es un místico), y de ahí obtiene la fuerza para su misión. Por medio de los profetas, Dios guía a su pueblo «con su justicia y su misericordia» (Baruc 5,9). El profeta «allana los caminos» a seguir.

3. Juan Bautista, profeta precursor de Jesús, fue hijo de un «mudo» (pueblo en silencio) que renunció al «sacerdocio» (a los privilegios de la herencia) y de una «estéril» (fruto del Espíritu). Le «vino la palabra» en el desasimiento, es decir, en la lejanía del poder y en el contacto con las bases, con el pueblo. La palabra siempre llega desde el desierto (donde sólo hay palabra) y se dirige a los instalados (entre quienes habitan los ídolos) para desenmascararlos. La palabra profética le costó la vida a Juan. Su deseo profético es profundo y universal: «Todos verán la salvación de Dios». La salvación viene en la historia (nuestra historia se hace historia de salvación), con una condición: la conversión («preparad el camino del Señor»).

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Dónde encontramos hoy el profetismo?

¿Qué debemos hacer para ser todos un poco profetas?

Casiano Floristán

Paz en la justicia

Tiempo de Adviento, tiempo de esperanza y de apertura al cambio: cambio de vestido, cambio de nombre (Baruc), cambio de camino (Isaías). Cambiar para que todos puedan ver la salvación de Dios.

Dios se acuerda de ti

Al pueblo del destierro, herido en su esperanza, el profeta Baruc le dice una palabra consoladora: «Dios se acuerda de ti» (5, 5). Ya el Segundo Isaías (profeta igualmente del destierro) se había preguntado: «¿Puede olvidarse una madre de su criatura?… pues aunque ella se olvide, yo no me olvidaré»(Is 49, 15). El Dios fiel no se olvida de Jerusalén, su esposa, que es invitada ahora a despojarse del luto y vestir «las galas perpetuas de la gloria que Dios te da» (Bar 5, 1). Este cambio obrado por la misericordia de Dios en favor de su pueblo se expresa también como cambio de vestido y cambio de nombre dado a esa ciudad: «Paz en la justicia» (Bar 5, 4), es decir, salvación que Dios ofrece para los que ama, de los que se acuerda en su amor.

En el evangelio, al llegar la plenitud de los tiempos, el mismo Dios anuncia la cercanía del Reino por medio de Juan y asegura con Isaías que «todos verán la salvación de Dios» (Lc 3, 6). Lucas, con la meticulosidad a que nos tiene acostumbrados (cf. Lc 1, 1-4), nos da las coordenadas históricas de la predicación de Juan (cf. 3, 1-3). Para el Dios que llega con el don de la salvación debemos preparar el camino en el hoy de nuestra propia historia.

Preparar el camino

La invitación de Isaías, repetida por Juan Bautista y corroborada por Baruc nos invita a entrar en el dinamismo de la conversión, a ponernos en camino, a cambiar. Cambiar desde dentro, creciendo en lo fundamental, el amor para «apreciar los valores» (v. 10). Con la penetración y sensibilidad del amor escucharemos mejor las exigencias del Señor que llega y saldremos a su encuentro «cargados de frutos de justicia» (Flp 1, 11).

Esa renovación desde dentro tiene su manifestación externa porque se abajan los montes, se llenan los valles, se endereza lo torcido y se iguala lo escabroso (Bar 5, 7). Se liman asperezas, se suprimen desigualdades y se acortan distancias para que la salvación llegue a todos. La humanidad transformada es la humanidad reconciliada e igualada, integrada en familia que ve los «hijos reunidos de oriente a occidente» (Bar 5, 5). Convertirse entonces es ensanchar el corazón y dilatar la esperanza para hacerla a la medida del mundo, a la medida de Dios. Una humanidad más igualitaria y respetuosa de la dignidad de todos es el mejor camino para que Dios llegue trayendo su salvación. A cada uno corresponde examinar qué renuncias impone el enderezar lo torcido o abajar montes o rellenar valles. Pero nuestros caminos deben ser rectificados para que llegue Dios.

Unidos en la esperanza caminamos juntos al encuentro de nuestro Dios. Pero al mismo tiempo, él camina con nosotros señalando el camino porque «Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia» (Bar 5, 9).

Gustavo Gutiérrez

Como maestro, pero no como amigo

No nos equivocamos si decimos que en ocasiones nos han presentado a Jesús como “una persona engolada, distante, como maestro, pero no como amigo. Como un gran señor, pero no como un compañero”. Estas afirmaciones tan rotundas pertenecen a los hermanos Ignacio y María López Vigil, quienes, allá por los años 1980, escribieron un interesante libro sobre Jesús. Se titula “Un tal Jesús”. Los dos autores confiesan las dificultades para poner en boca de Jesús un chiste, una picardía, una carcajada. Se ha dicho que en el evangelio “Jesús a veces llora y nunca ríe”. En las películas sobre su persona se le representa con gesto avinagrado, como un personaje antipático, lejano. Con estas afirmaciones o puntos de vista y ante lo que diré a continuación resulta difícil vivir con alegría con esperanza, poner en práctica la invitación de la liturgia de hoy.

En este domingo de Adviento se nos recuerda que estamos en tiempo de preparación a la Navidad. Nos ofrece un ejemplo: a Juan el Bautista. Un personaje original cuya misión fue preparar la venida del Señor, que Jesús, el Salvador, el Mesías, fuera recibido como se merecía. Nos invita a abrir el corazón en un ambiente de alegría y de gozo. Hay razones, motivos para este júbilo pues “todos verán la salvación de Dios”. No todos coincidimos en definir en qué consiste la salvación. Pero todos imaginamos un mundo, una sociedad, cosidos, atravesados por la justicia y el amor. Sin embargo, la marcha de nuestra sociedad no conduce precisamente al optimismo. Esa salvación, que nos habla el profeta no surge por arte de magia, si no que exige cumplir una serie de condiciones, somos nosotros quienes que los tenemos que llevar a cabo.

El apóstol Pablo en la carta de este domingo, escribe emocionado a sus cristianos de la ciudad de Filipos. Se muestra contento, satisfecho de su gente, a quienes les anima a ser “limpios e irreprochables. No con las manos vacías si no cargadas de frutos de justicia”, en un clima de alegría y esperanza.

Volviendo al principio nos podemos imaginar a Jesús alegre y abierto y si hay quienes nos ofrecen una religión aburrida, hay otros que, como santo Tomás Moro, ruega a Dios: “Dame, Señor el sentido de humor”.“Concédeme la gracia de comprender las bromas para que conozca en la vida un poco de alegría y pueda comunicársela a los demás. Así sea”.

Josetxu Canibe

Abrir caminos nuevos

Los primeros cristianos vieron en la actuación del Bautista al profeta que preparó decisivamente el camino a Jesús. Por eso, a lo largo de los siglos, el Bautista se ha convertido en una llamada que nos sigue urgiendo a preparar caminos que nos permitan acoger a Jesús entre nosotros.

Lucas ha resumido su mensaje con este grito tomado del profeta Isaías: “Preparad el camino del Señor”.¿Cómo escuchar ese grito en la Iglesia de hoy?  ¿Cómo abrir caminos para que los hombres y mujeres de nuestro tiempo podamos encontrarnos con él? ¿Cómo acogerlo en nuestras comunidades?

Lo primero es tomar conciencia de que necesitamos un contacto mucho más vivo con su persona.No es posible alimentarse solo de doctrina religiosa. No es posible seguir a un Jesús convertido en una sublime abstracción. Necesitamos sintonizar vitalmente con él, dejarnos atraer por su estilo de vida, contagiarnos de su pasión por Dios y por el ser humano.

En medio del “desierto espiritual” de la sociedad moderna, hemos de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde se acoge el Evangelio de Jesús. Vivir la experiencia de reunirnos creyentes, menos creyentes, poco creyentes e, incluso, no creyentes, en torno al relato evangélico de Jesús. Darle a él la oportunidad de que penetre con su fuerza humanizadora en nuestros problemas, crisis, miedos y esperanzas.

No lo hemos de olvidar. En los evangelios no aprendemos doctrina académica sobre Jesús, destinada inevitablemente a envejecer a lo largo de los siglos. Aprendemos un estilo de vivir realizable en todos los tiempos y en todas las culturas: el estilo de vivir de Jesús. La doctrina no toca el corazón, no convierte ni enamora. Jesús sí.

La experiencia directa e inmediata con el relato evangélico nos hace nacer a una fe nueva, no por vía de “adoctrinamiento” o de “aprendizaje teórico”, sino por el contacto vital con Jesús. Él nos enseña a vivir la fe, no por obligación sino por atracción. Nos hace vivir la vida cristiana, no como deber sino como contagio. En contacto con el evangelio recuperamos nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús.

Recorriendo los evangelios experimentamos que la presencia invisible y silenciosa del Resucitado adquiere rasgos humanos y recobra voz concreta. De pronto todo cambia: podemos vivir acompañados por Alguien que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. El secreto de la “nueva evangelización” consiste en ponernos en contacto directo e inmediato con Jesús. Sin él no es posible engendrar una fe nueva.

José Antonio Pagola