Domingo II de Adviento

No podemos tener seguridad de que Lucas acierta en la fecha y en las autoridades que tenían el poder político y religioso cuando Juan Bautista empezó a predicar su mensaje, como preparación para el comienzo de la vida pública de Jesús. Lo que aquí interesa no es la exactitud histórica. Lo que importa es que Lucas ya se dio cuenta de que el Evangelio de Jesús no se puede anunciar desde la «intemporalidad». Cuando el anuncio del Evangelio prescinde de la política y de la religión, el Evangelio no pasa de ser «palabras», «palabras», «palabras». Mera palabrería que no dice nada, ni resuelve nada.

Juan, hijo de un sacerdote judío (Zacarías), no aparece ni asociado a la religión oficial, ni sirviendo en el Templo. La Palabra de Dios se hace presente en el desierto, lugar de anacoretas, situación de «ausencia ilegal». Porque al desierto se iban, con frecuencia, los descontentos con el sistema legal y fiscal, con las autoridades. «Gente sospechosa». De entre esa gente, vino la Palabra de Dios al mundo. El Evangelio es desconcertante.

Y desde lo desconcertante, Juan le decía a la gente que iba a oírle, palabras que se inspiran en el profeta Is 40, 3-5. El resumen de su discurso consiste en decirle a todo el mundo que el Señor se acerca y viene cuando se prepara el camino para ello. La preparación consiste en allanar dificultades, en igualar desigualdades. Cuando la vida se le hace más fácil a la gente, cuando se recortan las desigualdades, cuando se dignifica lo insignificante, es que Dios se acerca. Y Jesús se presenta en nuestra vida.

José María Castillo