Vísperas – Lunes II de Adviento

VÍSPERAS

LUNES II DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Jesucristo, Palabra del Padre,
luz eterna de todo creyente:
ven y escucha la súplica ardiente,
ven, Señor, porque ya se hace tarde.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,
en tu amor tú quisiste ayudarlo
y trajiste, viniendo a la tierra,
esa vida que puede salvarlo.

Ya madura la historia en promesas,
sólo anhela tu pronto regreso;
si el silencio madura la espera,
el amor no soporta el silencio.

Con María, la Iglesia te aguarda
con anhelos de esposa y de madre,
y reúne a sus hijos en verla,
para juntos poder esperarte.

Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
que podamos salir a tu encuentro
y a tu lado vivamos por siempre,
dando gracias al Padre en el reino. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

SALMO 44:

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: Flp 3, 20b-21

Aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.

R/ Que brille tu rostro y nos salve.
V/ Señor Dios de los ejércitos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Mira, el Rey viene, el Señor de la tierra, y él romperá el yugo de nuestra cautividad.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mira, el Rey viene, el Señor de la tierra, y él romperá el yugo de nuestra cautividad.

PRECES

Supliquemos, hermanos, a Cristo, juez de vivos y muertos, y digámosle confiados:

Ven, Señor Jesús

Haz, Señor, que tu justicia, que pregonan los cielos, también la reconozca el mundo,
— para que tu gloria habite en nuestra tierra.

Tú que por nosotros quisiste ser débil en tu humanidad,
— fortalece a los hombres con la fuerza de tu divinidad.

Ven Señor, y con la luz de tu palabra
— ilumina a los que viven sumergidos en las tinieblas de la ignorancia.

Tú que con tu humillación borraste nuestros pecados,
— por tu glorificación llévanos a la felicidad eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que vendrás a juzgar al mundo con gloria y majestad,
— lleva a nuestros hermanos difuntos al reino de los cielos.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, suban a tu presencia nuestras súplicas y colma en tus siervos los deseos de llegar a conocer en plenitud el misterio admirable de la encarnación de tu Hijo. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 10 de diciembre

Lectio: Lunes, 10 Diciembre, 2018

1) Oración inicial

Señor, suban a tu presencia nuestras súplicas y colma en tus siervos los deseos de llegar a conocer en plenitud el misterio admirable de la encarnación de tu Hijo. Que vive y reina. Amen.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Lucas 5,17-26
Un día que estaba enseñando, había sentados algunos fariseos y doctores de la ley que habían venido de todos los pueblos de Galilea y Judea, y de Jerusalén. El poder del Señor le hacía obrar curaciones. En esto, unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirle, para ponerle delante de él. Pero no encontrando por dónde meterle, a causa de la multitud, subieron al terrado, le bajaron con la camilla a través de las tejas y le pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe que tenían, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados.»
Los escribas y fariseos empezaron a pensar: «¿Quién es éste, que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?» Conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: «¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: `Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: `Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dijo al paralítico-: `A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’.» Y al instante, levantándose delante de ellos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa, glorificando a Dios.
El asombro se apoderó de todos y glorificaban a Dios. Y llenos de temor, decían: «Hoy hemos visto cosas increíbles.»

3) Reflexión

• Sentado, Jesús enseña. A la gente le gustaba escucharle. ¿Cuál es el tema de la enseñanza de Jesús? Hablaba siempre de Dios, de su Padre, pero hablaba de él de forma nueva, atractiva, no como hacían los escribas y los fariseos. (Mc 1,22.27). Jesús representaba a Dios como la gran Buena Noticia para la vida humana; a un Dios Padre/Madre que ama y acoge a las personas, y a un Dios que no amenaza, ni condena.
• Un paralítico es transportado por cuatro hombres. Jesús es para ellos la única esperanza. Viendo su fe, dice al paralítico: ¡tus pecados te son perdonados! En aquel tiempo, la gente creía que los defectos físicos (parálisis, etc.) fuesen un castigo de Dios por los pecados cometidos. Por ello, los paralíticos y muchos otros discapacitados físicos se sentían rechazados y excluidos por Dios. Jesús enseñaba lo contrario. La fe tan grande del paralítico era una señal evidente de que aquellos que lo ayudaban eran acogidos por Dios. Por ello Jesús exclama: ¡Tus pecados te son perdonados! Es decir: “Dios no te rechaza”.
• La afirmación de Jesús no sintoniza con la idea que los doctores tenían de Dios. Por ello reaccionan: ¡Ese hombre habla de forma muy escandalosa! Según su enseñanza, solamente Dios podía perdonar los pecados. Y solamente el sacerdote podía declarar que una persona es perdonada y purificada. ¿Cómo es que Jesús sin estudios, un seglar, podía declarar al paralítico que era perdonado y purificado de sus pecados? Y entonces, si un simple seglar podía perdonar los pecados, los doctores y los sacerdotes iban a perder su poder y además ¡la fuente de sus entradas! Por esto reaccionan y se defienden.
• Jesús justifica su acción diciendo: ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados te son perdonados o levántate y anda? Evidentemente, es mucho más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados”. Ya que nadie puede comprobar, de hecho, si el pecado ha sido perdonado o no. Pero si yo digo: “¡Levántate y anda!”, en este caso todos pueden ver si uno tiene poder o no de sanar. Por ello, para demostrar que, en nombre de Dios, él tenía poder de perdonar los pecados, Jesús dice al paralítico: ”¡Levántate y anda!” ¡Sana al hombre! Y así hace ver que la parálisis no es un castigo de Dios por el pecado, y hace ver que la fe de los pobres es una muestra de que Dios los acoge en su amor.

4) Para la reflexión personal

• Si me pongo en el lugar de los que ayudan al paralítico: ¿sería capaz de ayudar a un enfermo, subirlo al techo, y hacer lo que hicieron los cuatro hombres? ¿Tengo tanta fe?
• ¿Cuál es la imagen de Dios que llevo dentro y que se irradia hacia los demás? ¿La de los doctores o la de Jesús? ¿Dios de compasión o de amenaza?

5) Oración final

¡Acuérdate de mí, Yahvé,
hazlo por amor a tu pueblo,
ven a ofrecerme tu ayuda.
Para que vea la dicha de tus elegidos,
me alegre con la alegría de tu pueblo. (Sal 106,4-5)

Llegar hasta Jesús

Jesús,
El camino de mi encuentro contigo
pasa por la mediación de tus testigos.

Con sus palabras y actitudes
son los precursores

que me conducen hacia ti.

A veces, tengo la tentación
de quedarme en ellos,
porque no veo

la necesidad de ir hasta ti
o porque me resulta
más difícil comprender
sus gestos y sus palabras.

Cuando me decido a seguir
el camino que me indicas,
-como aún no te veo

ni te conozco suficientemente-,
tengo sensación de inseguridad
y de desequilibrio.

Pero tu Espíritu me va guiando,
esperanzado

y me ayuda a descubrirte
ya presente en mi interior.

¡Tú ya estabas en mí, pero yo no lo sabía!

Este encuentro,
impregnado del Espíritu,

me hace vivir una paz y una alegría,
que solo tú me puedes dar,

porque me haces conocer mi grandeza
y me ofreces una comunión
de amor para siempre.

¡Gracias por esta vida eterna
que ya compartimos!

Lunes II de Adviento

LUNES II de ADVIENTO

(10 de diciembre)

“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos” gritaba Juan el Bautista.

Juan había descubierto en su vida que conocer a Dios le había cambiado la vida y quiere que todo el mundo lo sepa, por eso anuncia la llegada de Dios y anima a los demás a que se preparen. Hay actitudes en mí que puede que hagan difícil la llegada de Dios a mi vida por eso el adviento es tiempo de “allanar”, de “cambiar”, de “prepararse”.

Para reflexionar

• ¿Soy capaz como Juan de reconocer que Dios es alguien importante en mi vida?

• ¿Qué actitudes tengo que cambiar para dejar que llegue Dios a mi vida?

Oración

Jesús,
ayúdame a reconocerte presente en mi vida.
ayúdame a cambiar las actitudes que
no me dejan descubrirte en mi vida,
las actitudes que hacen daño a los demás.
Que sea capaz, como Juan, de ser
mensajero/a de buenas noticias
y de alegrías para los demás.

Gaudete et exsultate – Francisco I

Despiertos y confiados

162. La Palabra de Dios nos invita claramente a «afrontar las asechanzas del diablo» (Ef 6,11) y a detener «las flechas incendiarias del maligno» (Ef 6,16). No son palabras románticas, porque nuestro camino hacia la santidad es también una lucha constante. Quien no quiera reconocerlo se verá expuesto al fracaso o a la mediocridad. Para el combate tenemos las armas poderosas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero. Si nos descuidamos nos seducirán fácilmente las falsas promesas del mal, porque, como decía el santo cura Brochero, «¿qué importa que Lucifer os prometa liberar y aun os arroje al seno de todos sus bienes, si son bienes engañosos, si son bienes envenenados?»[122].


[122] S. José Gabriel del Rosario Brochero, Plática de las banderas, en Conferencia Episcopal Argentina, El Cura Brochero. Cartas y sermones, Buenos Aires 1999, 71.

Homilía – Domingo III de Adviento

OYENTES Y PRACTICANTES

BIENAVENTURADOS LOS QUE ESCUCHAN LA PALABRA

Jesús echa en cara al pueblo judío no haber acogido el mensaje de conversión del Bautista (Mt 11,18-19); pero, como todos los profetas, tiene un grupo, “el pequeño resto” que se deja interpelar. Lucas se refiere a él en el relato evangélico de hoy. Se trata de un puñado de personas sencillas y sinceras que el evangelista presenta como modelos de escucha. No se trata, precisamente, de “piadosos”, sino, más bien, de excluidos, soldados, publícanos, gente marginal, pero con el corazón bien dispuesto. Ellos acogen el mensaje de salvación que los “piadosos”, escribas y fariseos, rechazan.

En ellos se cumple la bienaventuranza de Jesús: Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra (Le 11,28). En esto consiste la conversión. Pero, ¿por donde empezar? ¿Cómo desencadenar el proceso de conversión? Hemos de empezar por la escucha de la Palabra y por el esfuerzo de traducirla en hechos diarios. Juan Pablo II no cesa de llamar a la conversión y señala como punto de arranque la escucha de la Palabra.

Los oyentes del Bautista, como más tarde los oyentes de Pedro, responden adecuadamente a la palabra interpeladora del Señor: “¿Qué hemos de hacer?” (Hch 2,37). No se contentan con asentimientos de cabeza ni con decir: “Tiene más razón que un santo”; no se contentan con escuchar la Palabra, sino que quieren ponerla por obra. Vienen a decir a Pedro: “Queremos llevar la Palabra a la vida. Queremos empezar a actuar ya. ¿Qué te parece que hagamos?”. Quieren orientaciones concretas, verificables.

Según Jesús, “mi madre y mis hermanos son los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen por obra” (Le 8,21). Asegura también: “El que edifica sobre mi palabra, edifica sobre roca; el sordo edifica sobre arena” (Cf. Mt 7,24-27). En

la parábola del sembrador Jesús pone de manifiesto las formas tan distintas de acogida a la semilla de la Palabra (Me 4,1 – 20). Santiago, refiriéndose a la superficialidad con que muchos acogen la Palabra, señala: “Se miran en su espejo, se ven tiznados; pero salen de la celebración y se olvidan de limpiarse el rostro” (St 1,23-25).

 

CONSERVAR, MEDITAR, PROYECTAR LA PALABRA

María nos da la pista para saber qué hemos de hacer con la palabra escuchada. Antes de nada es preciso “conservarla”; después “meditarla” para asimilarla fecundamente y convertirla en oración-respuesta y en pauta de vida.

Un grave peligro que es también un error: muchos escuchan atentamente; asienten, a veces incluso visiblemente con la cabeza, pero creen que ya cumplen con haber escuchado, con haber estado en “misa”. Terminada la “misa”, pasan página, y hasta otro domingo. Escuchar la Palabra no es algo puramente pasivo; significa también comprenderla, asimilarla… Cuando termina de hablar el que proclama la Palabra, empieza la tarea del oyente.

Tenemos el riesgo de confundir la fecundidad de la palabra con las emociones que provoca en nuestro corazón, tan sensible y emotivo. Éstas son, sin duda, un efecto positivo; pero no son, ni mucho menos, un efecto suficiente. Cuenta el Abbé Pierre que después de algunas intervenciones suyas en la radio o la televisión, le llamaban con cierta frecuencia personas, sobre todo mujeres, para decirle: “Me ha conmovido usted hasta las lágrimas cuando le he oído describir esas situaciones tan dramáticas que tiene entre manos y las dificultades con las que tiene que luchar para solucionarlas”. Al ver que todo quedaba en lágrimas inútiles, él contestaba: “Sí, muy bien, señora; pero me temo que con sus lágrimas no voy a poder dar de comer a los sin techo que tenemos en nuestro refugio”…

Otro engaño muy frecuente son los deseos muy generosos, pero muy genéricos: “Voy a ser más humano”, “voy a darme más a los demás”, “voy a cooperar más con la Iglesia”, “voy a hacer más oración”… Supone, sin duda, una respuesta positiva a la Palabra de Dios, pero si no se concretan muy bien los compromisos, todos estos grandes deseos pueden convertirse en un autoengaño que tranquiliza la conciencia.

Como los oyentes del Bautista hemos de preguntarnos: ¿Qué hemos de hacer? ¿En quién y cómo voy a expresar mi solidaridad? ¿Con quien y cómo he de compartir la túnica o las sandalias repetidas que tengo? ¿Cómo voy a mejorar mi oración? ¿Qué injusticias puedo remediar? Lo confieso: A veces termina uno las celebraciones un poco decepcionado. Has trasmitido la Palabra del Señor que invita a cosas bien concretas, reclama respuestas bien concretas, pero los oyentes no vienen a preguntar como hicieron los de Juan el Bautista y los de Pedro (Le 3,10; Hch 2,17).

Existe otra forma de autoengaño que señala san Ignacio con mucha perspicacia. Es la de quien dice: Algo hay que hacer para responder a la Palabra de Dios; pero se engaña con el pago de la menta y el comino, con pequeños gestos que no cambian ni comprometen especialmente la vida: alguna limosna más, algún rato más de oración, un pequeño servicio a la comunidad, a los pobres, a una acción social. Es loable, pero… ¿es lo que agrada al Señor?

¿QUÉ HEMOS DE HACER NOSOTROS?

Los oyentes de Juan el Bautista preguntan muy responsablemente: ¿Qué hemos de hacer “nosotros”? La tentación nuestra de cada día es desviar las interpelaciones de Dios a otros: “Si el Gobierno se empeñara… si el obispo hiciera… si nuestro párroco se moviera un poco más… si los sindicatos apostaran firme… si las grandes fortunas compartieran… Eso será lo que tienen que hacer ellos, pero es preciso preguntarse como los oyentes del Bautista: ¿Qué tenemos que hacer “nosotros”?, ¿qué tengo que hacer “yo”?, ¿qué he de aportar “yo”?

Le preguntaba un periodista a la madre Teresa de Calcuta: “¿Cuándo y cómo se remediará la tragedia del hambre en el

3.° Domingo de Adviento 33 mundo?” esperando, sin duda, que le iba a dar respuestas

genéricas y soluciones estructurales. Ella le responde mansa pero enérgicamente: “Cuando usted y yo gastemos menos y compartamos más”. Le responde, justamente, lo que hoy pregona el Bautista. Como os podéis imaginar, el periodista se quedó de una pieza. ¡Cómo cambiaría nuestro entorno, la familia, nuestra comunidad cristiana, la misma sociedad si cada uno se preguntase qué tiene que hacer para que las personas que le rodean sean un poco más felices!

A la pregunta que le hacen los oyentes, Juan (¡qué significativo!) no les invita a las prácticas religiosas, no alude a rezos y cumplimientos, sino a los deberes sociales, porque los deberes sociales son también deberes religiosos. También él, como los grandes profetas del pueblo de Dios, reclama una religiosidad verdadera, que va más allá del mero culto ritual y se encarna en la justicia, el respeto a los derechos del otro y en la actitud samaritana que lleva a compartir con generosidad.

Estamos tan cerca de Dios Padre-Madre como lo estamos de nuestros hermanos, los hombres.

Compartir es el gran signo de la conversión. “Creer es compartir”, repite insistentemente monseñor Casaldáliga. Compartir también los bienes materiales. Un teólogo seglar ha dicho muy lúcidamente: “La conversión pasa por el bolsillo”. El cardenal Lercaro tenía inscrito en el frontis del altar de su capilla particular: “Si compartimos el pan del cielo, ¿cómo no vamos a compartir el pan de la tierra?”. El compartir de los cristianos ha de ser generoso y gozoso. “Generoso”, que implica no dar sólo las sobras; al contrario, hay que dar con alegría. Esto es lo que recomienda Pablo a los corintios: “Dios ama al que da con alegría” (2Co 9,7). “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35).

 

Atilano Alaiz

Lc 3, 10-18 ( Evangelio Domingo III de Adviento)

El Evangelio de hoy viene a continuación del que reflexionamos el pasado Domingo: el profeta Juan Bautista indica, con gran detalle y a grupos concretos, cómo proceder para recorrer ese camino de “metanoia” y cómo preparar la “venida del Señor”.

Situar a las personas ante la pregunta “¿qué hacemos nosotros?”, es habitual en Lucas (cf. Hch 2,37; 16,30; 22,10): sugiere una apertura a la propuesta de salvación que viene de Dios.

Juan Bautista propone, entonces, tres actitudes concretas para quien quiere hace la experiencia de conversión y de encuentro con el Señor que viene:

– al pueblo en general, Juan Bautista le recomienda sensibilidad ante las necesidades de quien nada tiene y compartir los bienes;
– a los publicanos, les pide que no exploten, que no se dejen arrastrar por criterios de enriquecimiento ilícito, que no despojen ilegalmente a los más pobres;

– a los soldados, les pide que no utilicen la violencia, que no abusen de su poder contra los débiles e indefensos.

Juan Bautista pone de relieve los “crímenes contra el hermano”: todo aquello que atente contra la vida de un sólo hombre es un crimen contra Dios; quien lo comete, está cerrando el corazón de su vida a la propuesta liberadora que Cristo vino a traer.

En la segunda parte del Evangelio (vv. 15-18), Juan Bautista anuncia la llegada del bautismo en el Espíritu Santo, contrapuesto al bautismo “en agua” de Juan.

El bautismo de Juan es, únicamente, una propuesta de conversión; el bautismo de Jesús consiste en recibir esa vida de Dios que actúa en el corazón del hombre, transforma al hombre viejo en hombre nuevo, hace del hombre egoísta y cerrado en sí mismo un hombre nuevo, capaz de compartir al vida y amar como Jesús.

Se hace, aquí, referencia a esa transformación que Cristo operará en el corazón de todos los que estén dispuestos a acoger su propuesta de liberación: comenzará, para ellos, una nueva vida, una vida purificada (fuego), una vida donde el pecado y el egoísmo sean eliminados, una vida según Dios.

Para Lucas, este anuncio del profeta Juan se realizará plenamente el día de Pentecostés.

Elementos para la reflexión y actualización de la Palabra:

“¿Qué hacemos nosotros?”. La expresión revela la actitud correcta de quien está abierto a la interpelación del Evangelio.
Se sugiere aquí la disponibilidad para cuestionar la propia vida, primer paso para una efectiva toma de conciencia de lo que es necesario cambiar.

Los bienes que tenemos a nuestra disposición son siempre un don de Dios y, por tanto, pertenecen a todos: nadie tiene derecho a apropiárselos en su beneficio exclusivo.
Las desigualdades, la ceguera que nos lleva a cerrar el corazón a los gritos de quien vive por debajo de lo que corresponde a la dignidad humana, el egoísmo que nos impide compartir con quien nada tiene, son obstáculos infranqueables que impiden al Señor nacer en medio de nosotros.

¿Nuestras comunidades y nosotros mismos damos testimonio de este compartir que es signo del Reino propuesto por Jesús?

Los publicanos eran aquellos que extorsionaban con sus préstamos, despojando a los más pobres y enriqueciéndose de forma ilícita.
¿Qué decir de los modernos esquemas inmorales (a veces lícitos, pero inmorales) de enriquecimiento rápido?

¿Qué decir de la corrupción, del blanqueo de dinero sucio, de la evasión de impuestos, de las tasas exageradas cobradas por ciertos servicios, de los fraudes?
¿Será posible perjudicar conscientemente a un hermano o a la comunidad entera y acoger “al Señor que viene”?

“No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie”. ¿Y los actos de violencia, que tantas veces afectan a inocentes y derraman sangre o, al menos, provocan sufrimiento e injusticia? ¿Y los actos gratuitos de terrorismo, aunque estén adornados por la lucha por la liberación?

¿Y la explotación de aquél que trabaja, el rechazo de un salario justo o la explotación de inmigrantes?
¿Y las prepotencias que se comenten en los tribunales, en las distribuciones públicas, en la propia casa y, tantas veces, en nuestras mismas iglesias?

¿Con este panorama, es posible acoger a Jesús?

Ser cristiano y ser bautizado en el Espíritu, quiere decir, ser portador de esa vida de Dios que nos permite dar testimonio de Jesús y de su propuesta salvadora.
¿Qué es lo que dirige nuestro caminar y motiva nuestras opciones: el Espíritu o nuestro egoísmo y comodidad?

Flp 4, 4-7 (2ª lectura Domingo III de Adviento)

Pablo, en prisión, recibió la ayuda fraterna de los filipenses. En reconocimiento de su generosidad les escribe una carta en la que manifiesta su afecto por la comunidad cristiana de Filipos.

Después de dar gracias a Dios por la respuesta de los Filipenses al anuncio del Evangelio (cf. Flp 1,11), de informar a la comunidad sobre su situación personal (cf. Flp 1,12- 26), de dirigir exhortaciones varias a la comunidad (cf. Flp 1,27-2,18), de dar noticias sobre Timoteo y Epafrodito (cfr. Flp 2,19-30) y de denunciar las acusaciones que le hacían sus adversarios (cf. Flp 3,1-21), Pablo, consciente de que no todo era perfecto todavía en esa comunidad ejemplar, presenta un conjunto de recomendaciones diversas de carácter práctico. Este texto contiene algunas de esas recomendaciones.

La primera y más importante recomendación de Pablo es una invitación a la alegría.

Se trata de algo tan fundamental, que Pablo repite dos veces en el espacio de un versículo: “alegraos”.

La palabra aquí utilizada (el verbo “khairô”), nos evoca esa “alegría” (“khara”) que los ángeles anuncian a los pastores, a propósito del nacimiento de Jesús en Belén.

Es, por tanto, una alegría que surge de la presencia salvadora del Señor Jesús en medio de los hombres.

Después, Pablo señala otras recomendaciones: la bondad, la confianza, la oración (de súplica y de acción de gracias).

Son estas algunas de las actitudes que deben acompañar al cristiano que espera la venida próxima del Señor: alegría porque su liberación plena está a punto de llegar; tolerancia y mansedumbre para con los hermanos; serena confianza en Dios; diálogo con Dios, agradeciendo los dones y presentándole los sufrimientos y dificultades.

La reflexión de este texto puede tocar los siguientes aspectos:

La alegría, constitutiva de la experiencia cristiana, debe estar especialmente presente en este tiempo de espera del Señor. No es una alegría que nace de los éxitos deportivos de nuestro equipo, ni de nuestro éxito profesional, ni del aumento de nuestra cuenta bancaria, sino que es una alegría por la presencia inminente del Señor en nuestras vidas, como propuesta liberadora. Es la certeza de la presencia liberadora del Señor la que nuestra alegría debe anunciar a los hombres nuestros hermanos.

La bondad y la indulgencia con la que acogemos a los que nos rodean tienen que ser, también, distintivos de quien espera al Señor.
¿Será posible que Dios nazca cuando el camino de nuestro corazón está cerrado con las cadenas de la intolerancia, de la prepotencia, de la incomprensión?

La espera del Señor se hace, también, un diálogo continuo con él.
No es posible estar disponible para acogerle, cuando somos indiferentes y no compartimos con él, a cada instante, nuestras alegrías y dificultades, nuestros sueños y nuestras esperanzas.
No es posible acoger a alguien con quien no nos comunicamos y de quien no nos sentimos cercanos.

Sof 3, 14-18a (1ª lectura Domingo III de Adviento)

El profeta Sofonías predica en Jerusalén, durante la primera fase del reinado de Josías (siglo VII antes de Cristo). En las décadas anteriores al rey impío Manasés abrió el país a las costumbres de los pueblos vecinos, erigió altares a los dioses extranjeros (llegando a poner en el templo de Jerusalén la imagen de la diosa Astarté), se dedicó a la adivinación y a la magia y multiplicó las injusticias, sobre todo contra los más pobres y débiles. Después, subió al trono el rey Josías, que quiso alterar este estado de cosas y promover una verdadera reforma religiosa; sin embargo, en la época en la que Sofonías ejerce su ministerio profético, los errores de Manasés todavía se hacen sentir.

En este contexto, Sofonías ataca la idolatría cultural, las injusticias, el materialismo, la despreocupación religiosa, los abusos de autoridad: todo este cuadro configura una situación de grave infidelidad a la “alianza”; Dios no va a pactar con esta situación, dice el profeta.

Sin embargo, la intención de Sofonías no es únicamente anunciar el castigo. Su mensaje es, antes que nada, una llamada a la conversión, primer paso para la salvación. Lo que el profeta pide a su Pueblo es que vuelva de nuevo a Yahvé, asuma sus responsabilidades para con Dios y viva de acuerdo con los compromisos asumidos en el ámbito de la “alianza”.

El texto que vamos a leer, sin embargo, está incluido en las “promesas de salvación”: ahí el profeta traza el cuadro de ese tiempo nuevo de alegría y de felicidad, que ha de llegar tras la conversión de Judá.

El texto que hoy se nos propone, es una invitación a la alegría, porque fue revocada la sentencia que condenaba a Judá. El amor de Dios por su Pueblo, vencerá.

A partir de ahora, Dios residirá en medio de su Pueblo; y esa nueva comunión entre Yahvé y Judá, es una garantía de seguridad, de felicidad y de vida en plenitud.

El amor de Dios, ese amor que nada consigue apagar, va a renovar el corazón del Pueblo y a hacer que Judá vuelva por los caminos de la “alianza”; y el mismo Dios se alegrará con esa transformación.

La reflexión y actualización de la Palabra, puede hacerse alrededor de los siguientes puntos:

Nunca está de más subrayar la esencia de Dios: el amor. En este texto, el amor de Dios no sólo introduce en la relación con el Pueblo una dimensión de perdón, sino que ese amor hace todavía más: provoca la propia conversión del Pueblo. Esta conciencia de que Dios nos ama, mucho más allá de nuestras faltas y debilidades, y que su amor nos transforma, nos hace menos egoístas y más humanos, es una de las más bellas constataciones que los creyentes pueden hacer.

Lo que renueva el mundo y lo transforma, no es el miedo, sino el amor.
El miedo provoca inseguridad, pesimismo, angustia, sufrimiento, bloqueo; el amor es el que hace crecer, es el que crea dinamismos de superación, es el que nos hace más humanos, es el que nos hace confiar, es el que potencia el encuentro y la comunión.

Debemos tener esto bien presente cuando seamos llamados a anunciar el Evangelio y a proclamar la propuesta de salvación que Dios hace a los hombres.

También es necesario subrayar la constatación de que Dios no se cansa de venir a nuestro encuentro y de habitar en medio de nosotros. Él tiene una propuesta de salvación que quiere presentarnos, a toda costa.

¿No es esta una constatación consoladora frente a las dificultades, las angustias, las inseguridades que día a día amenazan a nuestra existencia?

Finalmente, conviene hacer notar la llamada a la alegría.
La constatación de que Dios nos ama y que habita en medio de nosotros con una propuesta de salvación y de felicidad para todos los que lo acogen, no puede provocar sino una inmensa alegría en el corazón de los creyentes.
¿Damos siempre testimonio de esa alegría?
¿Son nuestras comunidades espacios donde se nota la alegría por el amor y por la presencia de Dios?

Comentario al evangelio – 10 de diciembre

La primera lectura de Isaías es un canto a la esperanza. La esperanza de verdad, la honda, la que duele, la que no ve apenas nada y solo intuye… y cree y hasta ama. No es magia. Es gracia. Cuando alguien es capaz de ver y desear y anunciar que la estepa florecerá o que el desierto estará alegre, es que guarda un tesoro muy grande dentro. Es que espera mucho.

Es una esperanza que nunca se queda sola en casa. Siempre tiene vocación de caminante, de pregonera, de hacedora con otros: ¡Sed fuertes, no temáis, está viniendo!

A nosotros nos toca ver las señales de esa esperanza que YA nos rodea y nos habita. Si no ha comenzado YA, es que no es esperanza o al menos, no es esperanza cristiana. Son buenos deseos, nostalgia, ensoñaciones…

Podríamos leer esta lectura cada día hasta que notáramos que realmente nos ha germinado dentro del corazón y las entrañas. Sería una fuerza interior arrebatadora. ¿Será algo así ese poder que percibían en Jesús?

Ese poder que desde dentro cura las parálisis de los demás, como en el evangelio de hoy. Unas veces no caminamos porque nos fallan las piernas, los recursos, las ganas. Otras veces más bien pareciera que la parálisis viene de caminos que se cierran, senderos anegados, rutas imposibles… Pero nuestro Dios viene en persona, cura parálisis y abre caminos. Más aún: podrás caminar por ti mismo, con tu camilla incluso, porque con Dios habrá caminos rectos. Y eso que ahora se te parece como camino imposible, lo llamarán “Vía sagrada”.

Él ha dicho que lo hará y queremos creerle.

Rosa Ruiz